La doble discriminación de ser sordo y gay

No hay una cifra exacta que diga qué porcentaje de los 450 mil colombianos que son sordos son, además, miembros de la comunidad  LGBTI. Lo que sí se sabe es que los hay, que en los últimos 10 años han creado procesos para fortalecer su comunidad y que a diario se sienten  doblemente excluidos.

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Estefanía Avella Bermúdez

19.10.2017

Con el pulgar y el meñique de la mano derecha estirados y con los demás dedos encogidos hace dos toques sobre el lado derecho de la frente, exactamente encima de la ceja. Meñique, meñique.

Es la seña de la J. Quiere decir Joan.

Así se presenta. Así es que como los demás se refieren a él.

Joan Tamayo nació en Caldas, pero se crió en Bogotá. Sus papás quisieron que él, al igual que sus hermanas, estudiara en un colegio y se formara para la vida. Eso en los 90 sólo era posible en unas pocas ciudades del país, sólo en las más grandes.

“Las personas todo el tiempo están pensando en que tenemos una dificultad más allá de no escuchar. Todo el tiempo a mí me están hablando de barreras para leer y escribir, por ejemplo. Muchos pensaron que yo no podría”, dice Joan con sus manos que se mueven rápidamente mientras gesticula con su cara y un intérprete traduce con palabras.

En Colombia, según el Instituto Nacional para Sordos (INSOR), de los dos millones de personas con algún tipo de limitación, 450 mil son Sordos, es decir el 1 % de la población colombiana. El 48 % son mujeres y el 52 % son hombres. De ellos se sabe cuántos acceden o accedieron a instituciones educativas, se sabe su nivel social, se sabe el rango de edad, se sabe su pertenencia étnica, se sabe su lugar de residencia y el modo de vida. Lo que no sabe, porque el registro no pide esa información, es su identidad ni orientación sexual. No hay una cifra, ni siquiera aproximada, de cuántas personas LGBTI en Colombia son Sordas.

Joan es gay y se comunica de forma distinta al 99 % de la población. Es bilingüe: habla lengua de señas y escribe y lee en español. Vive con su pareja, es gestor social y está en quinto semestre de mercadeo y diseño. Tiene privilegios y no los niega. Vive en una sociedad excluyente y lo enfatiza: “En Colombia se habla mucho de inclusión. No me gusta el término. No lo uso porque la inclusión no es una realidad, no pasa, no se logra”, dice.  “Acá sólo se puede hablar de aceptación. Puede que nos acepten, pero no nos incluyen. Es distinto”.

Joan en la Semana de la diversidad sexual de Bogotá 2017. Foto: Estefanía Avella.

Su propio lenguaje

Hay que prender y apagar la luz para llamar la atención del mesero, que no puede oír. El piso es de madera y la música retumba no para escucharla, sino para sentirla con los pies. Hay dos cartas: una con las bebidas, la otra con un diccionario básico de lengua de señas. Es un Bar Sin Palabras, así se llama. En este espacio, en el barrio Chapinero de Bogotá, los oyentes son la excepción.

Carlos Moreno, con señas rústicas, pero sobre todo con expresiones es un cliente en una tarde de sábado que regaña al mesero. Le da a entender que debe estar más pendiente de las personas en el bar. Que para eso está la luz. Que él la prendió y la apagó varias veces para que viniera a la mesa a tomar la orden y no la vio por estar pendiente del celular.

“Decir que sé lengua de señas es ambicioso de mi parte”, dice Carlos que aunque no sabe, se las arregla. Aprendió lo que sabe porque se enamoró de Joan. Entre ellos se comunican. Entre los dos tienen su propio lenguaje, señala el intérprete que no logra descifrar lo que dicen.

Ya se habían visto, pero se conocieron en Theatron, la discoteca LGBTI más grande de América Latina. Carlos estaba solo, Joan con un grupo de amigos. Joan lo invitó a estar con ellos, Carlos accedió. Siete pisos, una noche, un beso y la relación fluyó. Desde entonces no es sólo una relación sentimental, es de activismo social.

Ambos trabajan por la comunidad LGBTI. Carlos es gestor de la Secretaría Distrital de Integración Social y trabaja, sobre todo, con la comunidad trans. Joan, con la población Sorda. Ambos atienden población vulnerable, especialmente en las localidades de Puente Aranda y Antonio Nariño. A un mismo evento cada cual convoca a su grupo, a su comunidad, y de actividad en actividad transcurren sus días. De domingo a domingo, especialmente para Carlos. Él no para, Joan a veces tiene que decirle no más, que los fines de semana también son para descansar.

Si no están en la localidad de Antonio Nariño, donde viven, están en un evento en Ciudad Jardín, en el oriente de la ciudad, o en el Parque Simón Bolívar, en el occidente. Si no es ahí, es en el Centro de Atención Integral a la Diversidad Sexual de Teusaquillo. O están con los grupos LGBTI de las universidades enfrente de las bibliotecas públicas. Si es la Semana de la diversidad, la que el Distrito dedica a hacer actividades para la comunidad LGBTI en en Bogotá, están en el Parque Nacional y después recorriendo las calles de la ciudad. Hacen talleres y charlas. Enseñan lengua de señas. Orientan a quienes tienen dudas o atraviesan por procesos y circunstancias difíciles. Participan y apoyan eventos LGBTI. Hacen campañas de concientización en salud sexual y reproductiva. Hacen manualidades. Nunca están solos. Trabajan, se ríen, se cansan y se divierten.

Mientras Carlos carga un pendón de medio pliego que tiene el abecedario del lenguaje de señas y lo muestra a jóvenes del grupo LGBTI de la Universidad Distrital, Joan explica el uso de anticonceptivos. En la mitad de un círculo de más de 40 personas, destapa un sobre, saca un condón y muestra cómo es que lo deben utilizar. Al final de su explicación dice que tiene preservativos para repartir. Varios se acercan, él anota sus datos en una tabla y entrega de paquetes de a tres.

Ser activista, ser gestor social, es un trabajo de tiempo completo. Carlos ha convencido a Joan de eso.

Semana de la diversidad sexual de Bogotá 2017. Foto: Estefanía Avella.

Arco Iris de Sordos

Tenía 19 años cuando comenzó a apoyar el proyecto Arco Iris de Sordos, que trabaja con población LGBTI Sorda. En 2006 un grupo de Sordos diversos, que desde hacía varios años se reunía en calles y bares, buscaron un espacio para establecerse como organización, para trabajar por su comunidad. Era un grupo de 30 que con los años se ha disminuido. Eran sólo ellos, pues literalmente nadie más los entendía.

El nombre del proyecto Arco Iris no es por los colores de la bandera LGBTI, es porque representa tranquilidad. Y ellos necesitan un espacio así: seguro, de calma. No ha sido fácil, cuenta Angélica Lineros, fundadora y coordinadora del grupo. Llevan un poco más de 10 años y aunque ahora trabajan en un espacio propio y tienen más reconocimiento como organización, las condiciones siguen siendo casi las mismas que cuando comenzaron. No reciben apoyos económicos constantes, quienes están ahí tienen que ser todos voluntarios e incluso, dice Angélica, es difícil convocar a la misma comunidad: “Las personas se retiran o no van. Eso cansa. Pareciera que no se interesan por Arco Iris, sino que sólo buscan asistir para pasar el tiempo. No hay compromiso”.

Reconoce, además, que si bien hay un apoyo para la población Sorda de parte del gobierno con instituciones como INSOR, no hay un enfoque diferencial en temas de orientación sexual. Se quedan con las personas Sordas en su generalidad, dice Angélica. Y en INSOR esta es una realidad que no se niega. Está establecido que INSOR no favorece a ninguna comunidad en particular, favorece a la comunidad Sorda en general.

Sí, pueden ser muchos aspectos los que se combinana en la vida de una persona y la hacen más vulnerable. Se llama Interseccionalidad. Un término acuñado por feministas, pero que los comités internacionales de DD.HH. han retomado. Frente a esto, no se trata de hacer una ruta de protección específica para las personas con una discapacidad, otra para las personas con orientación sexual diversa, otra para las mujeres, otra para las niñas, niños y adolescentes. Lo ideal es que exista una sola ruta de acción que tenga en cuenta la interseccionalidad que tiene una persona.  De lo contrario, dice  Yenny Guzmán, asesora jurídica del Programa de acción para la igualdad y la inclusión social (PAIIS), “nos llenamos de muchas líneas de acción, poco prácticas y damos tratamientos excluyentes a cada población. Hay que mirar cada caso en concreto”.

"La información que deben saber, los formularios que deben llenar, el paso a paso de los procedimientos que deben seguir no está en su propia lengua. No todas las personas sordas saben español"

 

INSOR brinda educación bilingüe primaria y secundaria a la población Sorda. Pero cuando se trata de educación superior la situación cambia. Hay colegios exclusivos para sordos, pero no universidades. Hay algunas que brindan el servicio de intérpretes en las clases, pero eso no es suficiente. Para Angélica no sólo se trata de interpretar. Se trata de pensar en un verdadero modelo incluyente de educación, con espacios de integración, con los apoyos comunicativos necesarios.

Pasa lo mismo en la salud y en el acceso a la justicia. “La atención en salud para personas sordas no existe”, dice Joan. No hay comunicación. Cómo un médico le explica a una persona sorda que está enferma, que necesita un tratamiento, se pregunta él e insiste en que lo más difícil de ser sordo es no poder acceder a la información.

No tienen tampoco claridad sobre las rutas de la justicia que deben seguir las personas víctimas de discriminación. La información que deben saber, los formularios que deben llenar, el paso a paso de los procedimientos que deben seguir no está en su propia lengua. No todas las personas sordas saben español.

Es un proceso lento y sobre todo desgastante en términos de aceptación y más aún de inclusión. “Los sordos rechazan mucho a quienes tienen una orientación sexual diferente”, asegura Angélica.  En los jóvenes ya es un tema más flexible, pero no lo es con la población adulta.

No ha sido fácil poner sobre la mesa temas como la prevención del embarazo y la sexualidad. En el país existe una idea generalizada de que quienes tienen algún tipo de “discapacidad”, no son sujetos de derechos. Dependen de otros para tomar decisiones sobre sus cuerpos y sus vidas.

Así lo establece la ley. El artículo 577 del Código General del Proceso determina que debe someterse al proceso de jurisdicción voluntaria “la interdicción de la persona con discapacidad mental absoluta o del sordomudo que no pueda darse a entender”. Es decir, un juez puede quitarle la capacidad jurídica a una persona por tener una discapacidad. Eso implica que ya no es un sujeto de derechos, que por siempre será infantilizado, que no podrá acceder a un trabajo, que no podrá pagar un arriendo, que no podrá decidir. “Siempre hay alguien más que va a decidir por ellos, no se va a tener en cuenta su opinión. Es discriminatorio y contrario a la Convención de derechos de las personas con discapacidad“, señala Yenny Guzmán, asesora jurídica del Programa de acción para la igualdad y la inclusión social (PAIIS).

Angélica y Joan miembros de Arco Iris de Sordos. Foto: Estefanía Avella.

Angélica y Joan se conocieron en Arco Iris de Sordos. Son amigos, pero sobre todo trabajan por una misma causa. En el 2016, ella le pidió que asumiera la coordinación del grupo, ya está cansada. Joan dijo que no porque él creó su propio proyecto. “Ahora tiene su proceso y es respetable”, comenta Angélica.

Se trata de Sordoyent, un espacio de integración. Desde hace dos años, Joan con dos personas más y con ayuda de Carlos trabaja en un proceso de comunicación entre sordos y oyentes. El fuerte del colectivo, dice Alejandro Medina, integrante del equipo, es enseñar la lengua de señas para que pueda existir una comunicación real entre la población oyente y la población sorda.

Han creado escuelas itinerantes: espacios dentro del Distrito en donde se enseña el lenguaje, el abecedario, las palabras básicas y los saludos.

Ser Sordo, no es tener una discapacidad, como se dice comúnmente. Angélica y Joan concuerdan en que se trata de tener otras habilidades, otras capacidades, otra forma de comunicación. Es realmente un lenguaje distinto y por lo tanto una cultura diferente. Cambia en cada lugar del mundo. Cambia de región a región, cambia de país a país. Como el español, no es lo mismo la lengua de señas en Colombia que en el resto de América Latina. Se entienden, pero hay diferencias en las expresiones y en los significados.

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Este video realizado por PAIIS sobre cómo responde la Fiscalía, el Instituto de Medicina Legal y la Defensoría del Pueblo a casos de violencia sexual cometida contra personas con discapacidad en Bogotá.

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Para Juan Carlos Nieto, miembro de la población Sorda y experto en educación social, no existe un puente comunicativo entre los sordos y los oyentes y por ello hay choques y tensiones en la cultura y la identidad. No es lo mismo comunicar en una lengua lineal que puede ser escrita, que una lengua de señas ágrafa. Las normas, los derechos, los conceptos se entienden de forma distinta.

Tener una orientación o identidad sexual diversa dentro de la comunidad sorda, implica enfrentarse también a una forma distinta de discriminación. En la lengua de señas el insulto no es loca ni marica. Las palabras y los sentidos que se usan para descalificar a alguien por su orientación sexual son otros. Señas machistas que no tienen una traducción específica al español, pero que marcan una diferencia muy grande entre lo masculino y lo femenino; además de señas para descalificar su capacidad mental o cognitiva. Así es el insulto. Por eso no es suficiente luchar en contra de la discriminación y de la homofobia, si sólo se hace en un lenguaje para oyentes. Las políticas y las estrategias que pretenden reducir la discriminación en la sociedad no están dirigidas para la población sorda. El prejuicio nace de la desinformación y mientras no haya inclusión del lenguaje de señas en la educación, la salud y la justicia, el panorama seguirá siendo el mismo.

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