La dama fiel

Traducir no es un simple trueque de palabras. ¿Cuál es el secreto de la mujer que ha hecho sentir a millones de lectores en inglés la gracia y el sabor de las grandes obras de la literatura en castellano?

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Lorenzo Morales

04.02.2014

Edith Grossman es como una cerrajera del idioma: su trabajo es encontrar la combinación de palabras en inglés que abre la compuerta a mundos cifrados en castellano. Gracias a ella, millones de lectores que no leen español han sentido como si el intenso amor de Florentino Ariza por Fermina Daza se hubiera declarado en inglés o como si el primer viaje inédito de Maqroll el Gaviero hubiera sido en el Mayflower. “Es lo que significa “fidelidad” en la traducción literaria–el encuentro de formas expresivas equivalentes en otro idioma”, dice Grossman, una de las más reputadas traductoras.

 

En la era de los robots que intercambian palabras como si fueran convertidores de moneda, Grossman ha logrado que sus traducciones de García Márquez, Vargas Llosa, Muñoz Molina o Mutis, conserven la intención, la emoción y la belleza que le imprimió quien las escribió por primera vez. “Muchas palabras y frases tienen más de un significado, más de un matiz. Luego, buscamos las formas en la segunda lengua que capten esos matices”, dice Grossman. “Así que el acto de traducir es una serie continua de interpretaciones y selecciones críticas”.

 

En cada página, en cada frase, Grossman logra hacerse notar por pasar desapercibida. Así sus traducciones de obras como El general en su laberinto o Lituma en los Andes crean una especie de paradoja: la traducción es tan pulcra que el lector olvida la presencia de ese mediador inevitable; pero esa ilusión premeditada y ejecutada con la levedad de un mago, la vuelve una protagonista involuntaria. Con frecuencia, Gabo decía que sus obras prefería leerlas traducidas por Grossman.

 

El brillante cartel de autores traducidos por Grossman marcó la senda hasta uno de los retos más difíciles que ha tenido en su carrera: la traducción de 2003 de Don Quixote de Miguel de Cervantes, considerada hoy la mejor de las tantas que se han hecho de la obra ejemplar de la lengua castellana. “La verdad es que tenía bastante miedo de los eruditos académicos: creía que iban a escarbar todos los errores inevitables en la traducción”, dice Grossman haciendo hincapié en la larga tradición de investigación cervantina. “Pero afortunadamente, esa pesadilla no ocurrió”.

 

La otra dificultad, tal vez la más importante según ella, fue que, por primera vez desde que empezaron a ser publicadas sus traducciones en los años 80, no había manera de consultar con el autor. “Ésta es una de las grandes ventajas de trabajar con escritores vivos,” recalca Grossman.

 

Pese a que había leído muchas veces y admirado a Don Quixote, primero como estudiante y luego como profesora en la Universidad de Columbia, la traducción abrió una nueva compuerta. “Después de vivir tan íntimamente con la novela por dos años, realmente la amaba, y en efecto me enamoré un poco de Cervantes, o por lo menos, con el Cervantes que vive en las páginas de Don Quixote”, dijo.

 

Ese amor se prolongó hasta la literatura del Siglo de Oro. Desde entonces ha traducido una antología de poetas renacentistas, Las soledades de Luis de Góngora y una antología de poesía, prosa y teatro de Sor Juana Inés de la Cruz. En este nuevo año que empieza comienza la traducción de las novelas ejemplares de Cervantes.

 

Quien se enfrenta o aprende un nuevo idioma suele descubrir palabras fascinantes, palabras a veces sonoramente misteriosas o irremplazablemente únicas. A ella, ¿qué palabra del castellano le fascina?  “La verdad es que no puedo pensar en sólo una palabra en español que me fascine”, dice. “Pero sí que le puedo decir las palabras que me conmueven tanto en inglés como en castellano: el arte, el amor, y la amistad”.

 

*Este texto fue publicado originalmente en Hay Para Contar. Lorenzo Morales es politólogo, periodista y profesor del CEPER.

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