Irán en la encrucijada. Razones y escenarios de una guerra innecesaria

Claves para entender la guerra en Irán, un conflicto que marca la pauta de la reconfiguración global.

por

Carlos Ramírez

Internacionalista y experto en Irán


13.03.2026

Portada: Isabella Londoño

Este texto hace parte de Sancocho Mundi, nuestra columna de geopolítica. Si quiere ver las otras entradas, haga clic aquí.

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Asia Occidental está en llamas.

A diario, en fragmentos deshilvanados y sin saber si las imágenes son reales o son un producto de la inteligencia artificial, vemos videos de artefactos explosivos cayendo sobre Beirut, Tel Aviv, Teherán o Riad. En las principales ciudades israelíes los ciudadanos pernoctan en refugios subterráneos y se acostumbran a las alarmas de bombardeos. Llueven misiles y drones. En el Líbano, luego de que Hezbollah entró en escena para apoyar a Irán, van cerca de 400 muertos tras la represalia israelí. El Líder supremo de la República Islámica de Irán, junto a buena parte de la cúpula militar, fueron asesinados. Entre tanto Trump, apelando al nacionalismo cristiano, se hace fotografiar junto a una veintena de pastores evangélicos y promete la “destrucción total” de la república islámica. Aunque, como suele suceder en las guerras, la información es opaca y dudosa, no es difícil percatarse de la magnitud del conflicto. Su escalada, tras el 28 de febrero, nos pone ante una de las guerras más amplias, y de más vastas consecuencias, de los últimos tiempos.  

Entender esta guerra es imperativo. Ella es parte de un orden global en gestación. Uno en el que la competencia entre las grandes potencias pasa por las sinergias, voluntarias o forzadas, entre los avances tecnológicos desarrollados por empresas privadas y el poder militar de los Estados – tal como lo muestran los casos de Palantir o Anthropic. Uno que deja atrás tanto el viejo orden liberal, proveniente de las cenizas de las dos guerras mundiales, como la posibilidad de un orden multipolar estable, en el cual, a pesar de la pertenencia de todas las partes a la vida del capitalismo global, el mundo quedaría dividido en bloques político-culturales relativamente independientes. Un orden emergente, impulsado desde los Estados Unidos, que se basa menos en grandes narrativas ideológicas universalizables y más en el poder de las armas, la coacción económica, las alianzas con autócratas locales y la articulación de los servicios de inteligencia con la capacidad de supervisión de la población mediante tecnologías de vanguardia. En vista del significado histórico del conflicto en curso, cabe entonces preguntarse cuáles son las razones de su surgimiento y cuáles son los posibles escenarios de su desarrollo. 

Las razones de la guerra

Así ha sido la confrontación entre Irán, Israel y EE.UU. en los últimos diez años

Línea de tiempo para explicar el contexto en el que sucedió la “Guerra de los 12 días” y los objetivos conseguidos por cada actor.

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Si tiene sentido hablar de la necesidad de una guerra, en términos de decisiones que no dejan alternativas, esta no era una guerra necesaria. Señalar que Irán era una amenaza creciente y que la respuesta inevitable era un ataque preventivo, resulta poco creíble. Ni siquiera los EEUU se han esmerado por hacerla parecer verosímil. Benjamin Netanyahu, el Primer Ministro israelí, lleva 30 años diciendo que Irán está a punto de tener la bomba atómica. Tras la reacción israelí al ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 –que incluyó allí la muerte de la cúpula de esta organización, al igual que la de Hassan Nasralá y buena parte de la cúpula de Hezbollah en Beirut en septiembre de 2024– y tras la ‘Guerra de los doce días’, en 2025, cuando fueron bombardeadas las instalaciones nucleares en Fordow, Natanz e Isfahán, la República Islámica de Irán quedó fuertemente debilitada. 

Si el ataque a Irán fue instigado por Israel, no fue porque el primero se encuentre en la cumbre de su poderío y al borde de destruir al segundo, sino porque Irán era, justamente, un actor debilitado. Donde además –como lo mostraron las fuertes protestas de finales de 2025 e inicios de 2026, originadas inicialmente por la situación económica– hay un considerable descontento interno. Iniciar ahora una guerra con Irán no tuvo así relación alguna con el nivel de enriquecimiento de uranio, sino con la percepción, por parte de Israel y los EEUU, de que se abría una oportunidad única para acabar definitivamente con un viejo enemigo. La guerra no es para ambos Estados el fruto de la obligación de reaccionar ante un agresor, sino del deseo de no dilapidar la ocasión para un éxito militar contundente sobre un enemigo debilitado. 

Desde la ruptura del Acuerdo Nuclear con Irán, por parte de la primera administración de Trump, el punto ya no es una política de disuasión (deterrence). Ya no es un asunto de marcar líneas rojas –sobre todo, aunque no exclusivamente– respecto al programa nuclear, y castigar o premiar a Irán por el acatamiento de ese límite. La disuasión es un tipo de política pasiva y reactiva: evitar que el otro traspase un límite establecido, mediante el mantenimiento constante de una amenaza, y mantenerse inmóvil si eso no sucede. Así fue la postura, a grandes rasgos, de los gobiernos demócratas de Obama y Biden. Para Trump y Netanyahu se trata de una política de coerción (compellence) y, por tanto, de desplazar discrecionalmente los límites y obligar a la contraparte a ajustarse a ellos, so pena de una sanción aún mayor. De ahí, por ejemplo, el paso a la exigencia a Irán de reducir, también, sus armas convencionales. Esta postura, más agresiva, supone la confianza en la propia superioridad militar y la voluntad de correr mayores riesgos. La escalada en curso –esto es, la intensificación del conflicto armado hasta el punto en el cual sucede una transformación de su naturaleza– ya había tenido una primera fase en la ‘Guerra de los doce días’. Ahora, sin embargo, ha tenido lugar una escalada intencional en un sentido vertical, respecto al tipo de blancos y la magnitud de los ataques, y horizontal, en su extensión geográfica. Allí donde había una situación tensa para las partes, pero potencialmente inmóvil, hay ahora un desequilibrio impulsado por el cálculo de unos de los bandos de un beneficio considerablemente superior al precedente. 

Manifestaciones en Londres en apoyo a las protestas en Irán de enero de 2026.

La administración Trump ha dado este paso – pese a la oposición interna – por motivos que trascienden la visión de la seguridad nacional del gobierno israelí. Detrás de la decisión de Trump de lanzarse a la empresa riesgosa de una guerra de esta escala, con un enemigo que controla la circulación del petróleo por el Estrecho de Ormuz, puede hallarse más de un motivo. 

En primer lugar, el lobby sionista, en cabeza de organizaciones como AIPAC (American Israel Public Affairs Committee), que juega un rol decisivo en la política exterior estadounidense y del cual depende la financiación de las campañas de muchos congresistas. En segundo lugar, la resonancia positiva que tiene cualquier política islamofóbica entre el electorado, y los miembros de la clase política, favorables al sionismo cristiano. En tercer lugar, la presión por el turbio manejo de los Archivos Epstein por parte de esa aliada incondicional de Trump que es su fiscal general, Pam Bondi. En cuarto lugar, el interés en reavivar y profundizar los Acuerdos de Abraham (2020), mediante los cuales se normalizaban o fortalecían las relaciones de Israel con varios Estados árabes, dentro y fuera del golfo, cuyos efectos fueron inhibidos o retardados tras el 7 de octubre. En quinto lugar, el mal cálculo de que se iba a tratar de una guerra rápida, semejante a lo sucedido en Venezuela, pues –teniendo la capacidad tecnológica, de ubicar y decapitar a la cúpula de la RII, y contando con el descontento interno– Trump suponía que la República Islámica de Irán iba a caer con facilidad. Ahora ya ha moderado el discurso del “cambio de régimen”. En sexto lugar, la búsqueda de privar a China de una fuente de petróleo, pues más del 80% del petróleo iraní tiene ese destino, y así debilitar a un competidor global. En séptimo lugar, la fascinación de Trump con una política espectacularizada y el augurio de poder presentarse como un “ganador”, allí donde varias generaciones de presidentes norteamericanos previos han fracasado. 

Trump busca adelantar una política de prestigio, contraria al status quo, que deje un sólido enclave estadounidense en toda Asia Occidental y envíe un amenazante mensaje de poderío a China y Rusia. En un orden global multipolar, en el cual zonas como Ucrania, Taiwán o el mismo Irán aparecen como territorios fronterizos, cualquier variación de los territorios controlados equivale a un reposicionamiento de las partes y a un estrechamiento, para los perdedores, del margen de acción. Trump se lanza así a una guerra más allá de lo que percibe como el espacio vital natural estadounidense, el continente americano, para señalizar su vocación de imponerse como la superpotencia global. Aquí no vale la repartición global en bloques bien delimitados. Los Estados Unidos de Trump no están así participando en una guerra ajena: están ampliando la cobertura, y las posibilidades de expansión, de su propio imperio. 

Los posibles escenarios

Para entender los posibles escenarios hace falta tomar nota de la política interior iraní y, como parte de ella, de las protestas iniciadas a finales de 2025. La movilización social en ese período, desencadenada inicialmente por motivos económicos (inflación y variaciones drásticas y rápidas de los precios de artículos de primera necesidad), escaló internamente hasta integrar múltiples fuentes de descontento. Se difuminó geográficamente por 15 provincias y subió el tono de las reivindicaciones hasta reclamar el fin de la República Islámica. Además ocasionó disturbios y –para unas autoridades poco tolerantes con cualquier forma de oposición y paranoicas ante el riesgo de intervención extranjera–  fue fuertemente reprimida. 

Según fuentes como la ONG de derechos humanos IHRNGO (Iran Human Rights), alrededor de 3500 iraníes fueron asesinados por las fuerzas de seguridad. Desde la perspectiva del difunto Líder Supremo de Irán, el ayatollah Khamenei y de la Guardia Revolucionaria, no se trataba sino de un nuevo intento de desestabilización de Irán, por parte de los EEUU e Israel. La lectura de la protesta social, por motivos políticos o económicos, como una forma de intervencionismo, instigado por servicios secretos extranjeros, ha sido una constante en la República Islámica de Irán, tal como esto aparece en el caso de la Revolución Verde del 2009 o en las protestas de 2017-2018, 2019 o 2022, tras la muerte de la joven kurda Masha Amini. 

No obstante, aún si uno es paranoico es posible que alguien lo persiga en realidad. Tal como lo confesó Scott Bessent, Secretario del Tesoro, EEUU provocó deliberadamente una escasez de dólares para impulsar protestas en Irán y, de ese modo, aclimatar una insurrección popular. Mike Pompeo, ex Secretario de Estado de Trump, reconoció la presencia del Mossad Israelí en las protestas. A pesar de las detenciones y ejecuciones arbitrarias, la presencia de agitadores contratados e infiltrados no parece ser nada extraordinario en la República Islámica de Irán. Incluso se sospecha que Esmail Qaani, comandante de la Fuerza Quds, fue quien le reveló al Mossad la ubicación del ayatollah Khamenei. Y por eso o fue ejecutado o está bajo protección israelí. Nada de esto significa que las protestas no han sido genuinas y masivas, pero sí que las reivindicaciones democráticas crecen, en Irán, en una zona gris entre el descontento popular espontáneo y la fabricación de la insurrección por actores foráneos. 

“Desde la perspectiva del ayatollah Khamenei y de la Guardia Revolucionaria, las protestas de enero de 2026 no eran sino un nuevo intento de desestabilización de Irán por parte de los EEUU e Israel”. Khamenei fue asesinado en los bombardeos del 28 de febrero de 2026 por parte de Israel.

Las protestas en Irán, protagonizadas en parte por jóvenes de la Generación Z, son el resultado de las sanciones económicas y la infiltración política. Pero también son el resultado de un orden político autoritario e incapaz de reformarse sustancialmente. Del resultado de altos niveles de corrupción y nepotismo. De décadas de políticas económicas que impulsaron las privatizaciones masivas –como sucedió durante la Era reformista (1997-2005). Y del descontento ante la captura de las rentas públicas por organizaciones paraestatales –como las bonyads y empresas afiliadas a la Guardia Revolucionaria– hasta el punto de desmontar los logros sociales de la revolución. 

Motivos de protesta sobran. 

Ahora, combinando la movilización social con el contexto de guerra externa, se abren varios escenarios. El primero supone la derrota militar de la República Islámica, en un escenario donde confluyen los intereses del proyecto imperial norteamericano con una rapsodia de fuerzas solo unidas por su rechazo total a la preservación de la república islámica y con las líneas más radicales de la diáspora iraní. En este escenario se valida, incluso, la llegada de tropas terrestres con el fin de posibilitar un ‘cambio de régimen’ que incluye, como una de sus alternativas, una restauración monárquica encabezada por el príncipe Pahlavi en el exilio. Aquí, en todo caso, se elude la pregunta por el día después, siempre y cuando caiga el orden existente. 

La posición directamente contraria la representarían los ‘principialistas’ y la Guardia Revolucionaria. Para ellos, la proyección es preservar el status quo y garantizar la subsistencia de la República Islámica de Irán y de su núcleo doctrinal –el modelo concebido por el ayatollah Khomeini del ‘Gobierno del jurista’. Aquí el objetivo es sobrevivir a una guerra en la cual ya Irán quemó las velas, pues atacar a los aliados de EEUU en todo el golfo pérsico transmite tanto una señal de compromiso con una posición como representa, a la vez, un camino sin retorno. El antecedente esperanzador es la ‘Guerra impuesta’, la guerra Irán-Irak (1980-1988), en la cual la república islámica sobrevivió a una confrontación contra una alianza multinacional, con fuerte presencia europea y norteamericana. Con esa referencia en la memoria, el objetivo acá  es no perder la unidad territorial –ahora que EEUU e Israel intentan agitar el secesionismo kurdo–, preservar el sistema de gobierno, reprimir toda disidencia y, encima de las ruinas de un país bombardeado y con una economía en estado crítico, hacer valer la dignidad de una postura antiimperialista.

Quedan tres escenarios, dos de ellos menos plausibles. 

Por un lado, el de una “delcyficación’ de Irán, en la cual Trump, tal como sucedió con Delcy Rodríguez, codetermine el nuevo liderazgo iraní y, bajo la amenaza de una nueva intervención militar y de asesinatos selectivos, genere un gobierno títere sin necesidad de desmontar el Estado. Esa sería la opción preferida por Trump, tal vez no por Netanyahu, pues es la que permitiría controlar la situación sin extender el caos y con una baja inversión económica. La fórmula prevista sería una alianza de algún líder reformista dotado de algún arraigo local con alguien del tipo de Reza Pahlavi II. Que puedan sobrevivir restos de un Estado hecho a la medida de la República Islámica bajo la tutela de EEUU es, sin embargo, muy poco probable. 

Por otro lado, está la opción, próxima a lo imposible, de un fracaso del proyecto sionista e imperialista que fuera acompañada por una drástica democratización interna. Este escenario incluiría, por ejemplo, la liberación de los presos políticos, la protección irrestricta de los DDHH de todos los ciudadanos, la regularización de las fuerzas de oposición, la eliminación definitiva de la obligación para las mujeres de portar el hijab en espacios públicos, una nueva política económica, y eventualmente un nuevo ordenamiento constitucional. La expectativa sería aquí contener la arremetida militar para refundar el Estado bajo coordenadas post-islamistas. Este escenario raya en lo ilusorio. Si Irán logra soportar la arremetida militar, será por obra y gracia de líderes y organizaciones contrarios a todo reformismo quienes, ahora más radicalizados, determinarán el futuro del país. 

Y queda así un último escenario, mucho más plausible, en el cual Trump asume las palabras del guasón y, tomándose por un ‘agente del caos’, torna a Irán en un espacio ingobernable, en una lucha de todos contra todos, al modo como sucedió, tras la intervención norteamericana, con Libia o Irak. Para Trump esto también sería un triunfo, pues inducir la implosión de un orden adverso, así solo quede un vacío de poder y una economía arruinada, significaría deshacerse, en todo caso, de un adversario poderoso y minar el poder ruso y chino. Generar desabastecimiento y nubes tóxicas, bloquear la salida del petróleo, arruinar la infraestructura petrolera, destruir la infraestructura de servicios públicos en las grandes ciudades, asesinar al nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, mientras, a la vez, se arma a grupos secesionistas y se agita a unas facciones contra otras, garantizaría un Irán domesticado. El nuevo orden mundial, como ya sucedió en Gaza, bien se puede construir sobre ruinas y cenizas.

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Carlos Ramírez

Internacionalista y experto en Irán


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