1887

Andrés Ruiz Zuluaga

01.03.2013

El Pacífico bogotano

Gritos al aire, sin destinatario, hacen del sitio un pequeño estadio. Pareciera una versión a escala del Pascual Guerrero en un clásico entre América y el Deportivo Cali; pero se trata de una peluquería en el centro de Bogotá, en un segundo piso, en la carrera 10 con calle 24, decorada con banderas rastas en el techo y con dibujos de Bob y Damian Marley en las paredes. En la fachada: unas tijeras, los colores rojo, amarillo y verde y el nombre Color Master Barber Shop.

Quizá es el salón de belleza más llamativo de la zona, pero no el único afro, pues, desde la calle 22, hay por lo menos tres por cuadra hasta la 25. Un par de locales más adelante queda Black and White y al lado New Style. Los tres hacen parte de un estudio que investiga el negocio de la belleza en Bogotá y analiza tendencias, formas de trabajo, economía y diferencias entre géneros, clases y razas en 350 salones de belleza que van desde el estrato uno hasta el seis.

Al entrar, la algarabía corre por cuenta de 13 personas: nueve clientes (el único blanco, un reguetonero samario), dos peluqueros y dos mujeres que se dedican a hacer trenzas, todos de raza negra. Hablan al tiempo. Discuten sobre un partido de Portugal vs. República Checa de la Eurocopa sin quitar los ojos de un televisor plasma que puede ser visto hasta por los peluqueros mientras trabajan.

El lugar combina el ambiente jamaiquino con el del Pacífico colombiano. Lo más grande, los bafles que mezclan salsa, reggae y reguetón.

Al fondo, con media cuchilla de afeitar entre sus dedos, John Eduard, un rasta de estatura media, nacido en Buenaventura hace 37 años, hábilmente marca la línea de la barba de su quinto cliente del día, un hombre de unos 40 años, de piel morena y casi calvo que no para de reírse por los alegatos futboleros. El hombre trata de no moverse miestras la cuchilla recorre su cara. Al final pagará 15.000 pesos por el corte y el diseño de la barba. Eduard aspira a completar unos 20 clientes antes de irse para su casa en Bosa, a eso de las diez de la noche, después de 12 horas de trabajo.

El rasta es especialista en diseñar cortes con cuchilla. La mayoría con tendencias hip hop. Dibuja caras, logos o palabras. El diseño más costoso es la cara de una mujer, que cuesta 50.000 pesos.

Él y los demás reciben la mitad de cada servicio. Prestaciones sociales y salud corren por su cuenta como “en el 99 por ciento de los salones de belleza del país”, según Javier Pineda, economista y geógrafo que antes estuvo aquí para su investigación Microempresas, trabajo y género en el sector servicios: el caso de las peluquerías y salones de belleza.

Entre la gritería se escucha el dardo envenenado de otro barbero:

– Lo que nos faltaba, un negro rasta que se cree argentino –vocifera mientras ríe con tono retador. Le está cobrando a Eduard su pasión por Messi y su aversión hacia el portugués Cristiano Ronaldo.

– ¡Qué va a saber de fútbol este man hom’e!… Si es hincha del Cali –agrega sonriente uno de los clientes que espera su turno y viste chaqueta de cuero negro.

Desde el otro costado, con una carcajada estridente y pegajosa que manda la voz de los demás a un segundo plano, una robusta mujer de Turbo, Antioquia, de nombre Rubis Nei Ledesma, se une a la disputa mientras le hace trenzas al cantante de reguetón Jáider White, del grupo Blindaje 10.

– Ja ja ja, se lo tiraron. ¡Qué tal! Un negro como este dizque argentino –grita Rubis Nei sin soltar el pelo de Jáider, al que después de una hora de trabajo le cobrará 25.000 pesos. Jáider, de 31 años, va a la peluquería cada semana desde hace tres años.

– Acá es como si todos fuéramos familia– agrega Jáider.

Nadie se afana porque sea el momento de su corte. Más que un salón de belleza, es un punto de encuentro afro en Bogotá.

Como dice la investigación de Javier Pineda (doctor en geografía de la Universidad de Durham y magíster en economía del Cide de México) este salón de belleza y los demás del sector “rescatan las figuras de la barbería. Son formas que se asocian con masculinidad guerrera, el hip hop y otras expresiones culturales. Son lugares atendidos por hombres para hombres”.

La pinta del rasta Eduard es perfecta para ser el anfitrión. Pantalón y pañoleta naranjas, una camiseta blanca, deslumbrante, y el pelo más abajo de la cintura. Lo cuida desde hace 14 años. En su puesto de trabajo hay un gran collage de fotos con sus cortes. Logos de Nike, corazones y caras cuidadosamente elaboradas sirven de catálogo.

A 11 minutos del final, Cristiano Ronaldo mete el gol que clasifica a Portugal a semifinales.

–Rasta, ¿dónde está Messi? –le cobra su vecino barbero. Rubis Nei carcajea con más fuerza.

–¡Qué gol tan chimbo, Ronaldo es un arepudo –rezonga Eduard.

Es jueves. El partido trajo buena clientela, pero los fines de semana son mucho mejores.

– Esos días la gente quiere verse bonita pa’ la rumba –dice Eduard, que entre sábado y domingo, desde el mediodía hasta las nueve de la noche, hace entre 30 y 35 cortes. Su récord, el 24 de diciembre de 2008. –Logré 70 cortes, desde las seis de la mañana hasta las once de la noche.

El partido acaba, el rasta apaga el televisor y prende el equipo de sonido. La salsa se adueña de Color Master Barber Shop. Vuelve a ser una isla del Pacífico entre el mar de tráfico de la Décima.

El diván de la belleza

–En 1992 había solo tres peluquerías en el barrio. Ahora hay 57 –dice Elsy Bernal, propietaria y estilista de Bella Imagen, un salón de 3,50 metros de frente por 15 de fondo en la avenida principal de Villa Luz, en el occidente de Bogotá. Está entre una frutería y una distribuidora de alimentos, al frente hay un reconocido asadero de pollos y una pizzería. Nunca deja de pasar gente.

Al hombre sencillo y de movimientos tímidos que pregunta por Lorena, una de las peluqueras, Elsy le pide que espere un momento. Apenas ella sale, lo llama por su nombre y le pregunta por su vida. – ¿Cómo van su esposa y sus niños? –Durante todo el corte no paran de hablar. Él, de unos 30 años, susurra; Lorena escucha. Él comenta y ella interviene, aconseja.

A un volumen que apenas cubre la conversación, la voz de Ricardo Montaner ahonda en los malos augurios para un amor que se acaba de ir.

–Uno acá hace las veces de amigo, psicólogo, charla con el cliente, se cuenta cosas. Es una relación particular, –comenta Elsy.

Una mujer que pasa de los 40 años entra afanada y la saluda presurosa.

–Te tengo que contar –le dice jadeante–… Pero veo que estás ocupada. Paso más tarde y, de una vez, me arreglo este pelo. Ya se me empezaron a ver las raíces.

Con 56 competidores en menos de un kilómetro a la redonda, tener la clientela asegurada vale oro. En un pacto, todos –o casi todos– los propietarios se comprometieron a no cobrar menos de cinco mil por corte.

–Es para no dañar el negocio –sentencia esta mujer de 49 años, separada y madre de dos hijos que vive en el segundo piso–. La mayoría lo cumplimos, pero un vecino se movió un par de cuadras al barrio San Marcos para cobrar tres mil y llevarse la clientela.

El del pelo no es el único negocio en este local. Junto a la puerta, como a la espera de los invitados a una fiesta de 15 años, una mesa, un mantel blanco, unas sillas cubiertas con tela, moños fucsia y el aviso de ‘Mardi Gras eventos: bodas, 15 años, bautizos, cumpleaños, fiestas temáticas, primera comunión, eventos empresariales’.

–Lo monté con mis hijos. Hay que rebuscarse como sea porque la situación está muy dura –agrega Elsy, quien además vende ropa, joyas y productos de belleza.

Bella Imagen es un lugar elemental. Paredes blancas, baldosas con parches negros, un televisor con un reproductor de DVD y cuatro puestos para dos peluqueras y una manicurista que ganan el 50 por ciento de lo que cobran y un peluquero que arrienda una silla por $18.000 pesos la jornada.

–En un día bueno –precisa Elsy–, cada quien hace unos 20 cortes. Quizá 30.

En Bogotá, según el Dane, 82% de quienes trabajan con la belleza son mujeres, pero quienes se llevan el crédito y ganan el doble son los hombres. Los investigadores Javier Pineda y Luz Gabriela Arango encontraron que uno de los argumentos más sólidos es la creencia de que ellas ‘entecan’ el pelo durante el periodo menstrual.

–Hay machismo y mucho mito. Los peluqueros dejan a la gente divina, pero solo por un día. Nosotras hacemos un cambio más práctico y a fondo.

La mujer a la que se le empiezan a ver las raíces está de vuelta. Trae menos impulso y, sin duda, una historia interesante: ni menciona a qué entró a este local, pero en segundos la dueña de casa y una manicurista le están trabajando el pelo, las manos y los pies. Nadie más habla, todas están atentas a los pormenores de eso que, con tanto afán, tenía que contarle a Elsy.

Un hombre, un estilo

Hace casi un mes pidió la cita y llegó el día. Diez minutos antes de la hora, a las 9:50 a.m., una mujer la invita a una de las dos cómodas salas, al fondo, al lado de una estilizada barra de café. Se sienta en uno de los sofás de cuero para tres personas y le ofrecen algo de tomar. Antonio, en el segundo piso, termina de atender a otra cliente, la primera de siete este día.

– El peluquero es un artista que trabaja con el pelo, diseña, debe sacar la idea que el cliente lleva adentro y encontrar lo que quiere, lo que no ha podido mostrar –dice Jesús Antonio Cárdenas, el famoso estilista propietario de los cuatro salones de belleza Antonio. Entre sus clientes están la familia de Luis Carlos Sarmiento Angulo, la primera dama de la Nación, ministros, artistas y cantantes. Una de sus peluqueras es la reconocida actriz transexual Endry Cardeño.

– La gente viene a que uno la asesore en tendencias, pero también por algo de esnobismo, a pasar un rato relajado, a ver gente bonita y a que la vean –comenta mientras retoca a una elegante mujer de unos 40 años y llama a una de las empleadas del sitio, ubicado en la calle 109 con carrera 15, en el norte de Bogotá, y le pide que vayan preparando a la mujer del turno siguiente.

Él está en el segundo piso, en un lugar aparte con tres espacios para cortes.

Un cristal enorme, a manera de pared, deja ver la calle 109 casi desde cualquier ángulo.

– Tenemos esta estructura arquitectónica pensando en que el cliente pase un momento de relajación. Muchos vienen no solo por el corte sino a vivir una experiencia.

En el diseño, minimalista, predomina el blanco. Es un edificio de tres pisos con ventanales verticales y horizontales que prevalecen en una fachada de entrepisos generosos y un marco de madera que rodea buena parte de la superficie. Al frente, dos palmeras.

– Esta peluquería es la más grande de las cuatro (las otras tres son en la Javeriana, Chicó y la calle 127). Son mil metros de construcción pero buscamos amplitud para que el cliente pueda caminar.

En el primer piso hay, además de la sala de espera, seis puff y otros tantos sillones. En el fondo hay jardín con pasto natural y una vegetación sin excesos. En la entrada, ocho puestos de trabajo. Luego, dos zonas húmedas para champú y tres de manicure. En el segundo piso, también, hay lugar para siete estilistas, cabinas de depilación, espacios para manicure, cepillados y pedicure.

Antonio termina con su primera cliente. Paga $250.000 por corte, tintura y manicure. Sube la siguiente. El estilista boyacense, padre de tres varones (de 22, 17 y 5 años), saca su iPad y le muestra cómo podría quedar. Con su tableta graba cortes y peinados para la página de Internet.

– Ha sido un éxito ser hombre en esto y de ahí la marca. Se cree que el hombre, heterosexual o gay es más talentoso. También se cree que tenemos mejor mano. Lo cierto es que somos muy dedicados y apasionados y eso gusta. Además, hay una creencia de que la mujer, cuando tiene el período menstrual, achila el pelo. No sé si es verdad, pero el tema de energías es complejo. He visto que en una mujer con el período el color no se deposita bien en los poros.

Antonio estudió peluquería en la Academia Francesa de Belleza en Bogotá y se ganó una beca de L’Oréal para completar sus estudios en París. Se ha separado dos veces, vive con su novia y maneja cerca de 300 empleados. Un corte cuesta 30.000 pesos para hombre y 35.000 para mujer. Si es con Antonio, 40.000 y 80.000.

–Antes, cuando empecé en la Javeriana, se hacía fila. Ahora, la idea es prestar otro tipo de servicio. Antonio no hace más de 10 cortes en un día y trabaja de lunes a sábado en sus cuatro sedes. La mayor parte de sus peluqueros han sido formados por él. Sin duda, además de la técnica, busca dejar en ellos la huella de su estilo.

 Cortes diversos

–La cédula dice Patricia Castillo porque ya me cambié el nombre. ¡Qué cree, mijito!

– ¿Y qué dice en el género?

– Pues ‘M’, de mujer… –aclara mientras suelta una carcajada.

Patricia lleva 21 años trabajando en Bosa. Los últimos 14 lo ha hecho en su propio salón de belleza: Patrick’s Peluquería. Es quizá el más grande y reconocido de una localidad con cerca de 800 mil habitantes, el equivalente a dos veces la población de Manizales.

– Llegué a tener tres salones, pero ahora prefiero solo uno bien atendido –dice Patricia–. Cuando llega un peluquero nuevo me demoro casi un mes en capacitarlo y soltarlo. Siempre traen mañas, quieren peluquear rápido y ya. A los clientes pido que los reciban como si se tratara del mejor amigo, que los asesoren pero respetándolos, sin criticarles su estilo.

Al cruzar la puerta de Patrick’s, la primera pregunta al cliente, antes del corte, es si quiere elegir tinto, aromática o agua. Las paredes son blancas y vinotinto y el techo blanco con cornisas decoradas. Hay nueve puestos de peluqueros, nueve sillas de espera con un plasma, tres zonas de champú y amplios espacios para desplazarse.

–Conmigo han aprendido muchos estilistas que ahora están con Norberto o Antonio. Las peluquerías de por acá casi todas las montaron quienes trabajaron aquí y se independizaron.

Patricia, de 50 años, vestida con una bata de la peluquería y un jean ceñido a su cuerpo femenino, empezó a trabajar en una pastelería cuando su físico era el de un niño. A los 19 años empezó a ‘hormonizarse’, como dice ella.

–Lo típico es que después de declararse gay o trans la familia rechace a la persona, no le den más estudio y la echen de la casa. ‘Vea a ver qué hace, mijito’. La única opción, para muchos, es la prostitución o pedir trabajo en peluquerías. En mi caso, seguí una vida normal en mi casa.

En Patrick’s trabajan tres mujeres, cinco hombres homosexuales y dos trans. Todos ganan al destajo, como en las demás peluquerías, aunque Patricia les da el 55 por ciento de cada servicio. El corte, en su local, es a $8.000

– Desde que era pequeñita vi algo inspirador en la belleza, me encantaba la peluquería. Me paraba con mi mamá en los salones y le decía que yo era capaz de arreglar a la gente mucho mejor. Empecé ‘trasquilándola’ a ella. La peluquería es algo bonito, creativo, se ayuda a la gente no solo a verse bien sino a sentirse bien. Me encanta transformar a una persona.

Patricia vive “felizmente” sola luego de tres relaciones: la primera duró nueve años, la segunda seis y la tercera ocho. Ahora es líder de comunidades LGBTI, dicta charlas y apoya las actividades de la Alcaldía de Bosa.

–Trato de encaminar a quienes se reconocen LGBTI y les muestro que se puede seguir una vida normal. No los enfoco al camino fácil de la prostitución. Siempre que se piensa en nosotros para hablar de prostitución, drogas y SIDA y esto no debe ser así.

La propietaria de Patrick’s usa un maquillaje suave, con colores sobrios, su pelo es rubio y siempre tiene a la mano un espejo y un cepillo.

– Ya la peluquería y la prostitución no son la única salida. Antes los grandes empresarios no recibían a un gay o a un trans con facilidad, pero aparte del rechazo también tenía que ver con que no nos preparábamos. Ahora ve uno personas LGBTI con carreras, doctorados y maestrías en grandes empresas. Aunque todavía hay discriminación, el panorama ha mejorado.

Para Patricia, aún hay discriminación especialmente con los trans a diferencia de los homosexuales, que han sido aceptados de a poco.

– Sigue siendo complicado. Para nosotras es más fácil conseguir trabajo en el sur. En el norte todavía hay discriminación, allá consiguen trabajo más fácil las personas que no han transformado su cuerpo.

*Esta nota fue publicada originalmente en la página de la Universidad de los Andes.

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