“La violencia nos decapitó el alma”, María Jimena Duzán

La periodista María Jimena Duzan acaba de presentar “Para qué escribir”, una antología de columnas publicadas en la revista Semana.
Tatiana Escárraga conversó con ella sobre el libro, sobre periodismo y sobre el país que le ha tocado contar.

Tatiana Escárraga

@etatiana1

24.10.2020

A María Jimena Duzán (Bogotá, 1960) le ha tocado librar muchas batallas. Como reportera y como víctima de la guerra (en 1990 los paramilitares asesinaron a su hermana Silvia, también periodista). A los 30 años ya era editora y columnista y desde que se acuerda ha estado en primera línea. Ha cubierto el conflicto, destapado escándalos de corrupción y se ha entregado, como todos, a esa incierta transición del periodismo a las entrañas de lo digital.

Duzán acaba de publicar ‘Para qué escribir’ (Ed. Debate), un compendio de sus columnas escritas en la revista Semana desde 2008 y que abordan la corrupción, la paz, la democracia y la sociedad en la que le tocó vivir. 

En esta entrevista hablamos de su libro, de lo que han visto sus ojos de reportera y de por qué la vanidad ha sido su gran pecado.   

El prólogo de ‘Para qué escribir’ es una radiografía absolutamente contundente –y devastadora- del periodismo actual. Dice, entre otras cosas, que uno de nuestros problemas es la estigmatización del pensamiento crítico.

La crisis del periodismo se ha agudizado con la pandemia. La transición obligatoria hacia lo digital no ha sido fácil, entre otras cosas porque son pocos los empresarios que entienden que en lo digital es donde hay que invertir y se aferran a modelos ya gastados, como el impreso. Creo que es importante que marcas como El Tiempo, Semana, El Espectador, se trasladen a lo digital y encuentren ahí sus fuerzas, sus inercias, su manera de expresarse y sus contenidos. En esa transición estamos todos. Pero entre mis colegas yo soy de las más optimistas. Con las redes, por ejemplo. Así tengan muchísimos puntos oscuros que son difíciles de sortear y que siguen siendo un desafío para el periodismo. En general, yo diría que para mí son una oportunidad de volver al periodismo de verdad. Yo entré a las redes, es más, hago un programa en redes [Semana en Vivo]. Y era muy pesimista porque venía de la televisión cerrada, que también es un lugar muy árido y era muy difícil competir con las telenovelas. Sin embargo, logré capturar una pequeñísima franja. Y se sorprende uno. Esto para concluir que las audiencias son todavía un misterio para muchísimos periodistas. Y me parece muy importante entenderlas porque quieren contenidos, quieren ejercitar su pensamiento crítico y no las podemos menospreciar. 

¿Y lo negativo de las redes?

La crisis del modelo económico y de la ética periodística han producido el advenimiento de las redes mal utilizadas. Eso ha generado una gran cantidad de distorsión con la que no estoy de acuerdo, porque considero que el periodismo es un ejercicio de pensamiento crítico. Donde sea: en las redes, en lo impreso; uno debe ser un sujeto que desajusta. No puede ser la caja de resonancia de nadie. Lo que ha pasado con las redes es que han creado este periodismo ególatra que se muere por un clic, que se fija en la forma y no en el contenido. Es la dictadura del like y del ego. Porque cuando el periodista se vuelve más importante que la noticia, esa es la peor crisis del periodismo. 

¿En quién está pensando?

En muchísimos. Hay muchos periodistas así. Prefiero no decir nada porque suficientes peleas tengo en la vida. Pero cuando hablo, todo el mundo sabe quiénes son. Yo soy tuitera y me parecen importantes Twitter e Instagram, pero mi vida no se define por ahí. No me voy a morir por un trino o por un like. Me preocupo más por el contenido. Detesto esos benditos hashtags. Ese periodismo no me interesa. Ahora, cada vez es más difícil, porque desde luego el periodismo vedette, que también existe en impreso y en radio, siempre es el más vistoso. Uno es el que lleva las de perder. Pero bueno, no sé hacer otra cosa. 

En esa medida, ¿cuál cree que es el desafío del periodismo?

El miedo de la sociedad en la que estamos. No se puede hacer periodismo con miedo. Y el mundo entero tiene miedo, pero miedo y periodismo no se la van. En Colombia, ese ha sido el gran desafío para mí como periodista y me ha costado mucho trabajo porque no puedo negar que tengo miedo. 

¿Cuándo ha sentido más miedo?

Yo he sentido miedo muchas veces en mi vida. Cuando mataron a Guillermo Cano, cuando los narcotraficantes cercaban El Espectador, cuando nos pusieron una bomba los paramilitares, cuando mataron a mi hermana y me tocó irme del país…Yo he tenido miedo todo el tiempo, pero también he asumido que, si no entiendo el miedo, pues no puedo seguir escribiendo. Hoy vuelvo a tener miedo, fíjate. No solamente por la pandemia. Vuelvo a sentir otra vez que en Colombia estamos bajo unos dogmas y unas matrices que son falsas. Las fake news me dan miedo y son lo más difícil de controvertir porque al hacerlo les das peso. También creo que el periodismo debe ser ejercido siempre desde el punto de vista del periodista. No creo que seamos neutrales. Lo que debemos ser es independientes.  

¿Los periodistas deberían decir, por ejemplo, cuál es su pensamiento político?

Eso no es necesario si uno hace bien su trabajo. Es que uno puede ser de izquierda, de derecha, de centro, amarillo, blanco o verde. Eso no tiene nada que ver cuando uno hace una noticia o cuando emite una opinión. Yo, por ejemplo, apoyé mucho el acuerdo de paz, la JEP, todo eso. Pero cuando las Farc salen a decir que no hubo reclutamiento forzado, eso es un absurdo. Uno tiene que decir ‘eso no fue así’. Y si las Farc están incumpliendo con su compromiso ante la JEP, hay que decirlo. De eso se trata. 

Escribe en el prólogo del libro que entiende este oficio como la capacidad para no tragar entero. ¿En Colombia el periodismo está tragando entero?

Sí, lo creo. Mucho periodismo decidió acomodarse al poder. La mayoría del periodismo que se hace —y lo digo de la mejor manera, con muy contadas excepciones—, es concupiscente con el poder. O sea, los mismos que están con Santos están con Uribe, con Duque.  Eso me sorprende porque de entrada uno no debe haber estado con ninguno. Yo, por ejemplo, solamente estuve con Santos por el acuerdo de paz porque me parecía que era una política de cambio histórica, pero estuve muy crítica en muchísimos aspectos de su administración, como Odebrecht. Incluso con Uribe, cuando la Ley de Justicia y Paz, que al principio no entendía muy bien, pero yo, que soy víctima del paramilitarismo, asumí que había un tema que aceptar y así lo hice. Pero eso no me hacía uribista. Cuando el país va hacia la paz yo no puedo querer la guerra. Como periodista no puedo hacer eso.  

Dice usted que en los noventa el periodismo llegó tarde al narcoparamilitarismo. ¿A qué estamos llegando tarde ahora?

Estamos llegando tarde a la manera como se están acabando o coartando las precarias instituciones democráticas que tenemos. Hay en Colombia una profunda campaña de desprestigio con la Corte porque hizo lo que hizo en el caso del expresidente Uribe. Incluso Transparencia Internacional emitió una alerta diciendo que este es uno de los países con mayor concentración de poder en el Ejecutivo. Fuimos el único país del mundo en el que el Congreso sesionó solo de forma virtual. Eso es preocupante y me parece que no lo estamos viendo, vamos a mirar tarde esa historia. Es increíble. Ahora, la buena noticia es que yo creo que este país cambió. Ya no somos el país del 2002 al 2005, cuando no se podía pronunciar la palabra conflicto, no podíamos decir que había desplazados sino migrantes, ni ejecuciones extrajudiciales sino falsos positivos. Todo un lenguaje que reflejaba una merma en nuestros derechos. 

Es muy triste ver que pasó el bus de la paz y nos dejó. Yo todavía no puedo creer que seamos tan estúpidos. 

Pero ahora nos quieren meter los ‘homicidios colectivos’ por masacres…

Pero yo creo que este país ya no se aguanta eso más. Ha habido un Acuerdo de paz, han surgido nuevos liderazgos que de alguna manera están diciéndole a las antiguas élites políticas ‘nos mamamos de ustedes’. Hay un cambio. Y ese cambio es lo que más asusta a los que no quieren cambiar. 

Sin embargo, pareciera que de alguna manera este país todavía le copia a Uribe…

Uribe ya no tiene la misma popularidad ni tiene estado de opinión. Este país ya no está sometido tan fácilmente a las mentiras de aquella época. No pienso que vayan a ganar esas mentiras porque la gente está mucho más abierta, atenta, se puede decir ‘eso no es cierto’ porque las redes han dado esa posibilidad. No creo que sea el mismo país, espero no equivocarme. Obviamente, las mentiras bien dichas se vuelven verdades y el uribismo puede resurgir de entre sus cenizas. De hecho, yo escribí una columna diciendo que nuestro real Chávez era Uribe. Sobre todo, el de esta época, que es mucho más radical. 

Se podría decir que fue usted casi la única que vio venir el No en el plebiscito. ¿Por qué?

Lo vi porque andaba por toda Colombia. Y la gente no tenía ni idea de qué era el acuerdo. Incluso yo, que había estado en La Habana, no lo entendía todavía. Imagínate la opinión pública. Recuerdo que escribí esa columna porque me pareció un error de Juan Manuel Santos, pues lo hizo para acabar con su gran enemigo, que era Álvaro Uribe, y lo terminó reviviendo. Y eso le quitó legitimidad al acuerdo. Lo que se firmó en el Colón fue un acuerdo muy mermado que recibió un gobierno que no lo quería. 

¿Acabaremos devolviéndonos a la guerra?

El alcance del acuerdo es que las Farc no van a volver. Esa guerrilla se acabó y eso es un éxito. Pero las reformas para que no vuelva la violencia, no pasaron. La necesidad que había de llevar al Estado a los territorios y de pagar una deuda histórica no se ha dado. El acuerdo no es prioridad para el gobierno, ellos estaban en contra, lo han dicho. Y una manera de hacerlo trizas también es dejarlo morir. Entonces, claro, el escenario sí es muy triste. Es muy triste ver que pasó el bus de la paz y nos dejó. Yo todavía no puedo creer que seamos tan estúpidos. 

Una de las razones de la dificultad para salir de la guerra, dice usted en una columna, es que los colombianos no hemos podido saber en realidad lo que nos pasó. ¿Qué nos pasó?

Que nos volvimos insensibles. Que la mayoría vio por televisión la guerra que se hizo en los territorios. Y solo cuando las Farc decidieron volverse más terroristas, fue cuando se dieron cuenta que había una guerra. Los medios de comunicación jugaron un papel fundamental al presentar la guerra como si fuera buena, como si valiera la pena todo sin importar si se atropellaban derechos humanos. Fue dramático cómo el país se acostumbró a llorar solo a los soldados. Ni los campesinos ni los guerrilleros eran colombianos. No tenían derechos. No eran humanos. ¿Qué nos pasó? Que por mucho tiempo esa visión fue pasando de generación en generación y es muy difícil desprenderse de eso todavía. ¿Qué nos pasó? Que nos atribuló la violencia, nos denigró como ciudadanos y como seres humanos, nos decapitó el alma. Nos cortó muchas cosas, nos bajó en grado sumo nuestra condición humana. A todos. 

El ejercicio de la autocrítica es escaso en el periodismo colombiano. ¿Usted en qué siente que se ha equivocado?

Me he equivocado en muchas cosas. Me equivoqué en empezar a ser columnista tan temprano, ese fue un error garrafal. Lo acepté porque me parecía ¡wow! Pero aprendí con los golpes que el periodismo es menos de egos y más de trabajo. Y puede que uno entre por un nombre, yo entré a El Espectador por mi papá, pero eso no dura. Yo, como todos, tuve esa época de gran ego y de sentirme lo máximo. Pero me quedaron más bien sensaciones vacías, por eso volví a hacer mi periodismo de investigación, a hacer proyectos distintos. El ego es el peor de las vanidades. Es fue mi gran pecado, la vanidad. Y el otro, creer que podía tener mi propia empresa.

Esto me produce

  • Qué hueso
    1
  • Ojalá lo lean
    7
  • Para grabárselo
    6
  • AMO
    43
  • Uy, qué jevi
    2
  • Que la fuerza nos acompañe
    1
  • KK
    1

Relacionados