Columnas

El viaje de Chihiro (2001) / Hayao Miyazaki

Biografía de la humanidad Apuesto que no muy a menudo nos ponemos a pensar quien escribe la historia de la humanidad, y aunque escribir es un proceso importantísimo (por lo menos en la historia occidental) y revolucionario que nos ayuda a encapsular unos momentos de tiempo, a veces se nos olvida que existen unos otros […]

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Curso Arte & Cine

14.11.2018

Biografía de la humanidad

Apuesto que no muy a menudo nos ponemos a pensar quien escribe la historia de la humanidad, y aunque escribir es un proceso importantísimo (por lo menos en la historia occidental) y revolucionario que nos ayuda a encapsular unos momentos de tiempo, a veces se nos olvida que existen unos otros (literalmente otros: completamente alternos a nosotros), como el agua, que “escriben” con la memoria de todos los tiempos.

En la película El viaje de Chihiro (2001) se hablan de muchas cosas, y para una cultura occidental en la que vivimos muchas más cosas nos generan extrañeza. Esta película también es una historia sobre el agua, para el agua, del agua y que es narrada por el agua. Como la mayoría de las cosas importantes que se nos son dichas de manera sutil, el agua es una presencia constante a lo largo de la vida de Chihiro, a la cual llegamos a media res. Miyazaki nos recuerda que el agua tiene vida y es aquella que nos la otorga.

Al pensar en la importancia del agua para Japón, hablando de un contexto más específico, salió a flote el cuadro-estampa La gran ola de Kanagawa (1830-1833) de Katsushika Hokusai, que es como una historia, que detiene el tiempo por un instante de dualidad. La ola allí representada está en su mayor punto de esplendor y al mismo tiempo está empezando a decaer para ser parte de otra cosa, de otra historia. Pienso que de la misma manera se puede entender el agua en El viaje de Chihiro: en la caída inevitable algo así como el uso que le damos, el sentido de la utilidad que le hemos otorgado a todo nuestro entorno y a la codificación de nuestro pensamiento; su mayor esplendor, generalmente olvidado, en el que está en su punto más alto como dadora de vida, como un personaje omnipresente que acompaña nuestra vida, como un dios.

A través de esta película el agua puede hablar, requiere ayuda, hace parte fundamental de la vida que conocemos y escribe a través de la memoria infinita de sus olas, en sus océanos y mares, en sus ríos, en las lluvias y los charcos, una de las manifestaciones de vida más raras y magníficas que ha creado: la humanidad.

—El agua

Un lenguaje universal 

Voy a hablar desde mi experiencia como espectadora, de esas sensaciones que me llevaron a entender algo muy valioso de El Viaje de Chihiro y que reafirman a esta película como una verdadera obra de arte. Cuando por razones de la clase volví a escuchar este título, mi primer pensamiento era que, de niña, mis padres me habían insistido en que la viera y en mí había generado una extrañeza que, según recordaba, había rozado el miedo y la antipatía pero que, sin embargo, como solía hacer con todas las películas, la había repetido muchas veces porque era lo que estaba a mi alcance en ese momento. En el transcurso de esta semana, compartí el título con algunos amigos contemporáneos y me llevé la sorpresa de que muchos tenían recuerdos similares a los míos, los comentarios más escuchados fueron: “no me gustaba”, “era muy rara y daba miedo”.

Personalmente nunca me he visto muy inclinada hacia expresiones artísticas orientales que, en los últimos lustros han tomado más fuerza; anime, manga, K-Pop. Sin embargo, al repetirme esta película aproximadamente unos 12 años después, me encontré con una gran sorpresa: no la sentí tan extraña como recordaba haberla sentido, no la sentí tan ajena. Al verla de nuevo reconocía que esa película, que tanto decía que me había molestado, había realmente sido la inspiración de muchas imágenes que mi cerebro ha utilizado como detonadores para crear historias e incluso encontré planos que puedo claramente reconocer como origen de diversos sueños que se me repitieron hasta no hace tantos años. Probablemente esto me sucedió porque, independientemente de las sensaciones que me generara, las de esta película eran imágenes en tonos y matices muy diferentes a los utilizados en Disney, Pixar y DreamWorks, que fueron las animaciones que marcaron mi infancia y esto claramente generó una fuerte impresión en mí sin que siquiera lo notara. En Japón hay quizás una percepción diferente de las fuerzas de la naturaleza, la espiritualidad y los dragones cargan un significado que desconocemos, pero a pesar de que hoy todavía reconozco en la película imágenes, metáforas, dibujos y representaciones extrañas a mí y al mundo occidental en el que me encuentro tan inmersa, la base humana es la misma. Es por esto que el cine y las artes son el mejor puente entre fronteras culturales y espacialidades lejanas, porque al fin y al cabo representan al ser humano.

Según Hayao Miyazaki, el director, esta película fue hecha principalmente para que las niñas se vieran como protagonistas de una historia diferente y tuvieran otro ideal de heroína además de las conocidas princesas. Pero esto no aplica solo para las niñas japonesas, es una inquietud común buscar ejemplos a seguir en el proceso de construcción de identidad. Miyazaki quería transmitir un personaje, unos sueños y unas ideas diferentes, pero para lograr alcanzar varias cabezas y corazones alrededor del mundo no necesitaba hablar francés, inglés, mandarín, portugués y español, pues sabía el lenguaje del cine.

—Antonia Benjumea

El poder del Silencio

El “Viaje de Chihiro” es una película que inmediatamente te traslada a un mundo paralelo de la realidad. Desde el comienzo me encontré inmersa en una subyugante epopeya que te lleva de la mano por las legendarias hazañas de Chihiro. En un inicio esta pequeña heroína es lanzada a un mundo que la obliga a entrar en un modo de supervivencia inmediata. A minutos de su caída en este mundo de dioses y espíritus, sus padres se han convertido en cerdos, la emplean en una casa de baños para dioses dirigida por una bruja y parece encontrarse atascada en un lugar sin salida.

Miyazaki, la mente detrás de esta película, envuelve al lector en una serie de escenas en donde mucha acción y conflicto tienen lugar; hay un constante dinamismo, movimiento, caos. Sin embargo, después de presenciar como Chihiro es atacada por pájaros de papel, Sin Cara la persigue, Haku es hérido, Miyazaki nos traslada a una escena sin diálogo, sin movimiento de personajes, solo escenario y música instrumental: La escena del tren. En esta escena no obtenemos ningún insight del conflicto, sobre ella, o sobre el mundo. De la manera más genuina, esta escena encarna un momento de calma, un alejamiento de la tensión de los sucesos que nos adentra a una nueva dimensión.

Según Miyazaki, existe un término japonés para explicar esos espacios de calma entre momentos o el “ma”, los cuales están ahí de manera intencional. Ante mi percepción, el silencio es nuestro equivalente al ma. El silencio permite entender esa complejidad espiritual que abunda en la película, dado que este es mucho más que ausencia de palabras y ruidos, tiene su propia densidad; es el clima especial en el cual florece y se desarrolla la interioridad del hombre. El silencio no es ausencia si no presencia.

Todo esto cobra sentido cuando entendemos que son los momentos de silencio los que permiten desarrollar esa catarsis y metamorfosis, una atmósfera de emociones y reflexión. Es aquí donde Chihiro puede procesar todo lo que ha soportado, canalizar sus energías, aprender y entender, pero más importante, lograr interiorizar el crecimiento personal y de carácter que ha logrado. Explorar todas las cualidades que contaba, pero no había explotado y creer en ella misma para poder verse con firmeza como una heroína en su interior, y así terminar la travesía la cual inició con miedo, pero ahora termina con esperanza y valentía.

—María Alejandra Rivera

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