El todero de la muerte

Lo que tiene Reinaldo para contar tras una década de trabajo funerario; lo que vivió mientras acompañaba a cientos de cadáveres del lecho a la tumba. La finada bigotuda, el teniente de plátano, el entierro sin difunto y otras historias de sus días al servicio de la muerte.

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Miguel Botero Echeverri

22.01.2016

“Acérquese”, “tóquelo”, “sin miedo”, le decían sus compañeros mientras él se aproximaba al cuerpo desfigurado. Horas antes había pertenecido a un parapentista que se había destrozado contra uno los cerros verdes de las afueras de Manizales. Al desconcierto de las extremidades maltrechas y los huesos rotos se sumaba la incisión que le habían hecho en Medicina Legal. Partía de su vientre, rodeaba el ombligo, se bifurcaba entre las tetillas y terminaba en los hombros; los pliegues abiertos formaban un enorme hueco en forma de corazón que revelaba las entrañas. Para Reinaldo Montes fue como una bienvenida de tórax abierto al oficio de la tanatopraxia.

Al momento del encuentro con el parapentista, Nayo, como le decían sus amigos, manejaba un taxi. Llegó a la sala porque uno de ellos lo invitó, lo animó a familiarizarse con el negocio para que pudiera ocupar la primera vacante que resultara en la funeraria. El plan funcionó a la perfección; pocos meses más tarde se encontraba tras el volante de una carroza fúnebre. Recuerda que sudaba, apretaba el timón para que no se notara que le temblaban las manos. En ese momento hubiera querido recoger vivos en la calle pero le tocaba ir por su primer muerto. Parecía una broma de mal gusto el hecho de que la cita con el cadáver fuera justo en el tercer piso de una de las casonas que los primeros colonos levantaron con barro y guadua en el centro. El ascenso por las escaleras quejumbrosas lo llevó al pequeño cuarto oscuro y polvoriento donde yacía el anciano. Se sentó en la cama para desplegar la camilla y el difunto le jaló la camisa.

Eso sintió, en todo caso. Hoy reconoce que fueron los nervios los que lo hicieron saltar frente a la familia del viejo, los mismos que tuvo crispados durante los primeros meses de trabajo. Había cambiado la libertad de su taxi por la soledad del laboratorio y las sinuosas calles por dos mesones de acero inoxidable, cuatro paredes ciegas forradas de baldosa fría y una despensa llena de químicos para simular la vida y aplacar la podredumbre. Ya la muerte era un oficio, una rutina, y no pasaba una hora en la que no lo acosara la idea de estar en el lugar equivocado. Dos meses después de haber comenzado, entró a la oficina de su jefe con la bendición de su esposa y la carta de renuncia. Justo en ese momento le ofrecieron el cambio de su contrato de temporal a indefinido. El prospecto de estabilidad económica puso los nervios en su lugar y los mantuvo a raya durante los diez años que trabajó como preservador de cadáveres.

Preservación y maquillaje

Fue una década de trabajo intenso porque, como explica Reinaldo, “En ciudades grandes como Medellín, cada funcionario se dedica a lo suyo. A nosotros nos toca desde la hora en punto en que fallece la persona hasta el destino final”. Eso significa que él recogía el cadáver, lo preservaba, lo maquillaba, negociaba con la familia los detalles del servicio, acomodaba al difunto en la sala de velación, supervisaba la ceremonia y le entregaba el ataúd al sepulturero. De todas las etapas de ese epílogo de la vida de los difuntos que Reinaldo escribía, la más exigente era la de la preservación y el maquillaje. La más íntima, también, la que más destreza exigía. En cuestión de semanas, un hombre que se dedicaba a llevar a las personas del punto A al B, tenía la tarea de tomar un cadáver y hacerlo parecer un cuerpo con vida.

Este hombre, para el que los labiales, bases y rubores eran misterios casi tan insondables como la muerte, se vio obligado a recurrir a su esposa. Ella le enseñó todo lo que sabe sobre maquillaje, le prestó su cara para que practicara y soltara la mano. Malicia fue lo que necesitó Reinaldo cuando recibió el cuerpo del teniente. Cuerpo es mucho decir porque el fuego de la granada dejó la cabeza, un pedazo del pecho y las piernas; los brazos y el torso quedaron desperdigados en la finca en la que el oficial, tras una pelea con su novia, le quitó el seguro al explosivo y se aferró a él. La familia llegó a la funeraria con el uniforme de su hijo y sin esperanzas de un velorio de cofre abierto. Como muchos otros familiares de militares, los padres del teniente tuvieron que aceptar que su hijo esquivó la muerte en las calles para encontrarla luego en sus propias manos. Su caso parecía armado para que encajara en las estadísticas. Por esa época las Fuerzas Militares expresaban preocupación por la alta tasa de suicidios, 51 en el 2012. El 95 %, decía un informe del 2008, año en el que falleció el teniente, se debía a decepciones amorosas.

Dos vástagos de racimos de plátano. Eso le pidió Reinaldo a la familia que, a pesar de la perplejidad, hizo llegar los palos a la funeraria. El preservador moldeó una malla del pecho hasta las piernas para simular la caja torácica. Coció las mangas de la chaqueta a los vástagos y los remató con los guantes de cuero inflados con aserrín. Recuerda el llanto de alegría de los padres al ver a su hijo con el uniforme completo, impecable, los brazos a los lados como si en cualquier momento pudiera llevar el derecho a la cien para hacer el saludo de visera. Ese, dice Reinaldo, fue uno de los momentos que le confirmaron que estaba en el lugar correcto.

Por supuesto, no siempre recibió felicitaciones por su trabajo. Entre las risas que sólo son posibles tras el paso del tiempo, Reinaldo recuerda el caso de una señora de edad que llegó al laboratorio. Una muerta natural y una agonía corta dejaron el cuerpo de la mujer en buen estado, así que su preservación no requirió esfuerzos inusuales. Lo que sí requirió fue una decisión porque la mujer llegó con un marcado bozo y un lunar del cual manaban largos pelos negros. Reinaldo resolvió remover el exceso que, pensó, había crecido durante la convalecencia. La decisión no cayó bien entre la familia de la señora a quien, de cariño, llamaban “La Barbadita”. Según cuenta Reinaldo, acostumbraban consentirle su lunar tupido y su bigote ralo. El momento familiar fue desastroso, las quejas de la familia profusas y la evaluación del servicio, una sarta de reclamos.

"En Manizales la tasa de homicidios de 2014 fue de 26 casos por cada 100 mil habitantes"

El año negro

Estos son para Reinaldo casos curiosos con los que tuvo que lidiar en su década como tanatopráctico; gajes, motivos de orgullo, recuerdos. Pero hubo días no de casos sino de tragedias y estas se agolparon en el 2011, periodo que fue llamado “El año negro de Manizales”. El 13 de abril del 2011 un bus recorría la vía entre Bogotá y Manizales. Al peligro de una carretera angosta en el filo de la montaña se sumó la lluvia torrencial. Esta produjo un alud que arrojó el bus con sus 18 pasajeros a un precipicio de 35 metros. Fue también el agua la que, siete meses más tarde, causó la segunda tragedia del año. Tras la ruptura de una tubería, se acumuló en las entrañas del Cervantes, tradicional barrio de la ciudad. Produjo un movimiento de tierra que arrastró 34 casas y 44 vidas. “Eh avemaría si me tocó ver imágenes duras, papás desmayados que caían al suelo”, recuerda Reinaldo.

A veces era así, los cuerpos llegaban por “cosechas”, según recuerda el tanatopráctico. “Usted llega de corbata y cuando menos piensa le toca quitársela y clavarse en el laboratorio 8, 10 horas. A mi me tocó, en un turno de ocho horas, preservar 10, 12 cuerpos. Un sábado, un domingo allá se puede volver un día más trágico para nosotros porque no solo son los muertos naturales.” Los difuntos del Cervantes llegaron un sábado, precisamente. Pero el aumento de trabajo durante los fines de semana se debía a que los homicidios se suelen concentrar entre el viernes y el domingo. Según Forensis, el reporte de muertes violentas que Medicina Legal publica cada año, en Colombia, durante el 2014, el martes fue el día con menos homicidios, 1.417 que representaron el 11.65 % del total. Durante los domingos fueron asesinadas 2.564 personas, 21.07 % de todas las víctimas del año. En cuanto a cantidad, en Manizales la tasa de homicidios de 2014 fue de 26 casos por cada 100 mil habitantes. La Organización Mundial de la Salud considera que estos son un problema público a partir de una tasa de 10.

Aunque los asesinatos se han reducido en la capital caldense (Medicina Legal reportó 181 en el 2008 y 103 en el 2014), siempre ha habido suficientes para repartir entre las funerarias. Reinaldo tiene claro cuál fue el homicidio que más lo estremeció de todos los que atendió.

 

Reinaldo Montes en su casa. Fotografía cortesía de Reinaldo Montes.
Reinaldo Montes en su casa en Manizales. Fotografía cortesía de Reinaldo Montes.

 

El Ganso

“No caí en cuenta”, dice Reinaldo tres veces como reconociendo lo absurdo de su descuido. Hubiera ayudado que le dijeran que ese camionero al que dos sicarios le habían caído a tiros era El Ganso; hay apodos tan bien puestos, tan aceptados que sepultan el nombre original de las personas. Puso a andar las diligencias funerarias como si se tratara de cualquier otro muerto.

Cruzaron las puertas metálicas de vaivén y vieron a Andrés tendido en el mesón. La sutura en forma de Y hecha tras la autopsia estaba fresca, secas las bocas de los túneles que las balas habían hecho en su cuerpo. Pero Nayo no fijó su atención en esos detalles sino en la cara del muerto cuya familiaridad le enfrió el pecho y lo hizo trastabillar.

La única explicación que le encuentra al asunto es la diferencia de edad; Carlos le llevaba varios años a Andrés, tal vez por eso Reinaldo nunca los había visto en el mismo lugar. Con El Ganso, tras años de amistad en el negocio de los taxis, se tuvo que reencontrar en la morgue. Carlos le pidió a Nayo que lo dejara acompañarlo durante la preservación. Esa noche, preparó el cuerpo mientras su amigo miraba y se despedía de su hermano con una botella de ron en la mano. En el funeral, Reinaldo fue asistente y funcionario.

A pesar de lo espeluznante que puede ser un laboratorio lleno de cadáveres Reinaldo vivió uno de los momentos más aterradores en la camioneta fúnebre. Avanzó en ella a la cabeza una de tantas procesiones, lenta como si no quisiera llegar a su destino. Lo seguían los familiares del difunto en varios carros. La marcha se detuvo en el parqueadero del cementerio y la muchedumbre de negro se reunió en torno a la carroza. Desde ese punto era el ataúd el que debía presidir la marcha. Reinaldo abrió la bodega para sacarlo y se encontró con una bodega vacía. “Se me fue el mundo al piso, me temblaban las piernas”. Por una confusión, los funcionarios de la funeraria no habían sacado el cofre del laboratorio. A Nayo le tocó explicarle a la familia que se le había quedado el protagonista de la ceremonia.

La carrera de Reinaldo en la funeraria se acabó porque le prohibieron hacer fuerza, precisamente lo que se necesita para manipular cadáveres. “La aseguradora mando un comunicado que yo tenia que cargar máximo 12 kilos. Usted nunca va a encontrar un muerto de 12 kilos.” El límite llegó tras dos hernias, una umbilical y una discal, y lo condenó a trabajos menores y turnos dispersos. El salario básico que empezó a recibir no le dio para pagar las cuentas así que decidió volver a transportar vivos. Hoy lo hace al volante de una buseta y de vez en cuando se encuentra con personas que lo reconocen; en el trabajo lo saludan, en los bares lo invitan a una media de aguardiente, en las calles lo paran y le preguntan si fue él quien preservó a una o otra persona. Son recordatorios constantes de que en el bus tiene un buen sueldo y prestaciones pero es un trabajo, la funeraria, una profesión. “Mi vocación está allá, con los muerticos, con mis muchachos” dice y remata con una carcajada.

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