El puño que no me pegó (segunda parte)

La violencia contra la mujer no se reduce a la violencia física. Esta es la segunda entrega de la historia de una miembro de No Es Normal, quien tuvo que descubrir que estaba en una relación violenta y encontró en ‘Las mujeres que amaban demasiado’ motivos para salir de ella.

No es Normal

17.09.2019

Siempre me consideré feminista. Sin embargo, en el pasado fui muy dura con todas las mujeres y sus decisiones de vida, especialmente con respecto a sus relaciones. Cuando me enteraba de un caso de maltrato, decía: “¡Qué boba por quedarse ahí, qué falta de carácter!”. Las culpaba inconscientemente, pues pensaba que el problema era su incapacidad de salirse de esa relación. Yo, en cambio, vivía convencida de que nunca estaría en una relación tóxica, mucho menos en una con maltrato: aunque mi familia tuviera antecedentes de violencia por parte de mi papá —y aunque yo tuviera una baja autoestima—, sentía que era algo que solo le pasaba a las demás.

Pero eso cambió con Andrés. 

Esta es la segunda parte de esta historia. Si no leyó la primera, le recomendamos que lo haga antes de seguir adelante. 

En vacaciones de mitad de año decidimos viajar para estar solos. Yo sentía que nuestras peleas se podían deber al estrés de la universidad y que alejarnos de la gente y del movimiento frenético de Bogotá podría ayudar. Sin embargo, él me hacía dudar de lo que pensaba y sentía. Me cuestionaba si realmente era una perra por hablar con mis amigos hombres. Muchas veces me dijo que era “una mierda de persona, le haces creer a tus amigos y a tu familia que eres buena pero en realidad eres una mierda”.

Y me lo creí. Lo creí completamente. 

Una noche, cuando ambos habíamos tomado pero ninguno estaba ebrio, volvimos a pelear. Él empezó a gritar, a manotear y a zarandearme. Le dije que no podía hablar con él en ese estado y que prefería hacerlo al día siguiente cuando se calmara. Pero él no soportó que yo quedara con la última palabra: me jaló de un brazo y me lo dobló. 

Recuerdo que me dolió.

Recuerdo que me dolió, pero era tal el desconcierto que no lo vi como algo malo o alarmante. Me dijo: “De aquí no te vas. Si te vuelves a ir terminamos y esto se acaba”. 

Le hice caso. Me quedé para seguir discutiendo, pero las cosas se iban escalando cada vez más. Caminé hacia las hamacas donde dormíamos pero él siguió insultándome. En un punto recordé que me había torcido el brazo y me enfurecí: entendí que me había violentado físicamente. Le dije: “muy machito usted, ¿no?”. Le toqué un hombro mientras me enfrentaba hacia él pero eso lo puso más bravo. Dio un paso hacia mí y me empujó con ambos brazos hacia el piso. Perdí el equilibrio y me caí sobre una parte de la hamaca. 

Él se posó sobre mí y alzó un brazo. 

Aquí fue. Aquí fue. Aquífueaquífueaquífueaquífue…

Volteé mi cara y la cubrí con ambas manos. Tenía miedo de que me volviera a lastimar, pero sólo me alcanzó su voz. 

“¡Vuélvame a tocar! ¡pégueme a ver! Si usted me pega yo le pego tres veces más duro, porque eso de que los hombres no le puedan pegar a las mujeres pero las mujeres sí le puedan pegar a los hombres es hipocresía”. 

Se fue enfurecido. Salió del sitio en el que nos estábamos quedando y a la mañana siguiente me contó que se había agarrado con dos policías y que se iba a devolver a Bogotá.

Esa mañana también le mostré mi brazo: “Andrés, pónle un nombre a esto. Pónle un nombre a esto porque esto no es normal, me estás violentando físicamente” 

En mi cabeza tenía todo el sentido del mundo lo que me decía. Andrés tiene una gran capacidad de jugar con la mente de las personas y de torcer las situaciones a su favor. Yo también le pedí perdón por mi forma de reaccionar y por haber sido ofensiva. 

Un día, recibió una llamada de la universidad. Andrés me llevaba un semestre y se graduó antes que yo, por lo que entró a la maestría con asistencia graduada. Lo llamaron a ofrecerle dictar una clase de laboratorio que yo tenía que ver: una que no sólo era obligatoria sino también anual. Yo no me podía atrasar más, el semestre pasado ya había perdido dos materias después de los constantes conflictos con él que además desencadenaron en más conflictos con las personas que me rodeaban. Él, al recibir la noticia, me dijo que no se sentía cómodo sabiendo que me tenía que dar clases, que no metiera esa materia y que si lo llegaba a hacer, terminábamos.

Entonces me enfermé. Cuando llegué del viaje empecé a orinar sangre. Lloraba cada vez que iba al baño y Andrés no me contestaba el teléfono. Cuando le conté que estaba enferma y que al parecer tenía una infección urinaria, lo único que me respondió fue: “¿ya tomaste una decisión con la clase?”. 

Le dije que mi salud era más importante que la clase, que necesitaba su apoyo porque mi familia no estaba en la ciudad y había tenido que irme al médico porque no aguantaba el dolor. Él me respondió con un mensaje de texto que decía “lo siento, ojalá te mejores”.  

Decidí entonces contarle algo que me llevaba atormentando desde hacía rato. Le conté que había tenido una mala experiencia cuando empecé mi vida sexual y que eso me había llevado a relacionar el sexo únicamente con dolor. Le dije que sufría de vaginismo: un espasmo involuntario que me dificultaba las relaciones sexuales normales…que por eso me costaba tener relaciones con él, que las veces que las habíamos tenido me había dolido mucho y había sangrado. Él siempre supo la incomodidad y el dolor que me causaba pero nunca le importó. Por el contrario, en esas situaciones solía ponerse bravo conmigo y echarme la culpa o me decía si estaba pensando en alguien más y por eso no podía estar con él. 

Le estaba compartiendo algo que me pertenecía, algo íntimo y privado que nunca antes había compartido con nadie pero que le estaba contando porque confiaba en él, pero no le importó. Durante nuestra relación nunca le importó que me sintiera incómoda, sólo le interesaba acostarse conmigo por satisfacer sus ganas. 

Además, le dije que me había molestado que me hubiera empujado y torcido el brazo en el viaje, pero eso no le gustó: “ya te lo dije, eso es sólo instinto…además sólo te empujé así”, y me volvió a empujar. 

“Contigo no se puede hablar” le dije, y empecé a caminar asustada hacia un centro comercial donde sabía que había seguridad. 

Él me siguió y me pidió perdón. Nos sentamos en una esquina y hablamos horas hasta que por fin nos reconciliamos. Entonces, antes de despedirnos, me dijo: “te tengo que decir algo… el día en que te enfermaste mi mamá también se enfermó. Yo no te respondí y tampoco estuve con ella porque me fui de paseo al páramo con unos amigos”. 

No podía creer lo que me estaba diciendo. No sólo me había ignorado cuando lo necesitaba, no sólo me había mandado ese mensaje de texto que tanto me dolió, sino que también había abandonado a su mamá cuando ella lo necesitaba. Empecé a abrir los ojos por primera vez cuando observé que era violento y negligente hacia otras personas…hacia alguien que debería ser inclusive más importante que su novia. 

“No puedo más con esto, no puedo creer que seas esa persona”.

Me levanté y él empezó a gritar: golpeó la mesa y una caneca que estaba cerca. Luego, mientras caminaba hacia la salida, golpeó las sillas. Salí a la calle a agarrar el primer taxi para mi casa, muerta del miedo. Él me persiguió rogando que lo escuchara, diciendo que si terminábamos era mi culpa…que era mi culpa por irme. 

Pasaron pocos días y finalmente cogí la fuerza para decirle que lo iba a borrar de mis redes sociales. Me dolía ver que lo etiquetaran en fotos con sus amigos, me dolía verlo conectado en la madrugada sin poder hablar. Le dije que lo amaba y que ojalá consiguiera una terapia para tratar su problema de ira, que si necesitaba yo lo podía acompañar, que su comportamiento no era normal: abandonar a su mamá y a su novia para irse de paseo cuando necesitaban su apoyo no estaba bien. Pensé que eso sólo indicaba un grado de misoginia con el que él había crecido que no me correspondía arreglar y que además sólo pude ver cuando no se trató de mi.

“Con mi mamá nadie se mete. Ya sobrepasó mi límite, más bien búsquese usted un psicólogo para acostarse con los manes” me respondió. Yo lo eliminé y bloqueé de todas las redes sociales. 

Pasaron los meses y me atrasé un año en la carrera. No metí la clase que él iba a dictar porque ya me había advertido que no lo hiciera y yo sabía exactamente de qué era capaz si lo desobedecía. Me sentía intimidada y tenía miedo. Tenía miedo de cruzármelo en los pasillos, de verlo en el laboratorio de al lado, de que empezara a decir mentiras sobre mí, de que me tocara ver alguna otra clase con él, de que me volviera agredir…tenía miedo. 

Hablo porque no quiero que esto le pase a nadie más. Recuerdo que hace ya unos meses escuché un Podcast de una amiga (que siempre he considerado guerrera) y me sentí acompañada. Recuerdo que hablaban de cómo los “machos” suelen destrozar los espacios por su falta de autocontrol (o falta de decencia) y de cómo estas agresiones van realmente dirigidas hacia nosotras.Ahora entiendo que no existe una sola forma de violencia sino que esta se puede presentar de mil y un formas. Recuerdo que en sus ataques de ira, él le pegó a las puertas, a las canecas, a las paredes, y una vez hasta destrozó mi cuarto, pero que siempre me repetía: “yo nunca te voy a pegar un puño”. 

Dos años después me atrevo a contar mi historia porque me cansé de tener miedo, me cansé de escuchar cómo las personas distorsionaban los hechos, me cansé de que esto se hubiera convertido en un chisme más de la universidad. Sé que algunas personas me llaman mentirosa por decir que me pegó, así que dejemos algo claro: él nunca me pegó un puño. Me manipuló, me amenazó, me chantajeó, me empujó, me torció un brazo, me jaló y me gritó, me insultó, utilizó mi sexualidad y mi intimidad para herirme pero nunca me pegó un puño. 

Si conocen a alguien que esté pasando por este tipo de relación, a alguien de la que se estén aprovechando, a alguien que esté siendo intimidada por su pasado o por sus inseguridades, no la dejen sola. No crean que es su culpa porque no lo es.  

Directorio de personas e instituciones a las que pueden acudir si están pasando por algo similar: 

  • En la Universidad de los Andes: 

 

    • Ombudsperson: Margarita Gómez cumple la función de acompañante. Si no sabes cómo moverte dentro de los reglamentos o a dónde acudir para pedir ayuda, ella te puede guiar. Oficina 201 RGA, 
    • Línea Protocolo MAAD: En caso de maltrato, acoso, amenaza o discriminación, activar el protocolo. Se encarga de proteger de manera inmediata y temporal tu integridad y bienestar. En caso de ser necesario, te ayuda a abrir un proceso disciplinario, pero en primera instancia brinda medidas preventivas: apoyo psicológico, de seguridad, o técnico (como impedir que veas una clase con tu agresor). 

Puedes activar la línea escribiendo un correo electrónico a lineamaad@uniandes.edu.co, o a través de la Ombusperson, PACA, No es Normal, un coordinador académico, un consejero, entre otros. 

    • Decanatura de estudiantes/centro de apoyo: Consejería en procesos disciplinarios, citas con psicólogos y diversas herramientas para reconocer los patrones de violencia y salir de ellos. Se encuentra en la Casita Amarilla (Ñf) 

https://decanaturadeestudiantes.uniandes.edu.co/index.php/es/centro-consejeria-inicio 

    • PACA (Pares de acompañamiento contra el acoso): Red de apoyo conformada por estudiantes de pregrado y posgrado que brinda asesoría y acompañamiento a las y los estudiantes que crean estar enfrentándose o haberse enfrentado a una situación de acoso. Puedes contactarlos escribiendo un correo a paca@uniandes.edu.co o a través de sus redes sociales: @PACA(Facebook) y @pacauniandes (Instagram)
    • No es Normal: Somos una colectiva de género que busca visibilizar casos de acoso sexual y discriminación. De esta manera generamos conciencia en la comunidad y desnaturalizamos comentarios y acciones violentas. Nos puedes contactar por correo (derechoygenero@uniandes.edu.co) o por redes sociales: @noesnormaluniandes (Facebook) y @noesnormal_uniandes (Instagram) 

 

  • Fuera de la Universidad: 
    • Sistema de casa de igualdad de oportunidades: Se brinda orientación judicial y psicosocial. Hay abogados y abogadas enfocados en casos de violencia sexual que acompañan a la víctima en su proceso de denuncia y lo que sigue.
    • Línea púrpura distrital: Línea telefónica abierta 24 horas atendida por mujeres con el el objetivo de prevenir el feminicidio, el daño emocional y las afectaciones en salud de las mujeres a través de la orientación y atención psicosocial. (http://www.sdmujer.gov.co/inicio/541-mujeres-que-escuchan-mujeres-a-traves-de-la-linea-purpura-distrital +018000 112137 )
    • La Morada: Casa feminista. “La casa cuenta con múltiples espacios para disfrutar: un sitio de consulta feminista, tres salones para talleres, un espacio de niños y niñas, un co-working para chicas (lugar para trabajar), un sitio de descanso, un consultorio con servicio psicosocial y jurídico que se cobra de acuerdo a los ingresos de las mujeres que lo utilicen o si no tienen dinero se hace por trueque (…)” entre otros. 

Dirección: Carrera 19 #36-34

Facebook: @lamoradacc

(Existen muchas redes y muchos espacios de apoyo y acompañamiento en Bogotá y en Colombia, esta es solo una pequeña lista) 

 

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