Eduardo Pizarro: “La gran derrota del 2 de octubre puede ser un gran triunfo para el país”

Es hijo de un militar. Es hermano de un guerrillero. Concilió con el M19, con EPL y con las AUC. Estuvo en la Habana y cree que pronto tendremos un acuerdo nacional de paz en el que ganemos todos. Conversamos con Eduardo Pizarro, uno de los miembros de la Comisión Histórica del Conflicto que negoció con las FARC.

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Laura Pedraza Rodríguez

26.10.2016

Eduardo Pizarro Leongómez ha dedicado su vida al estudio del conflicto armado en Colombia. Su compromiso con la búsqueda de salidas negociadas lo ha llevado a participar activamente en todos los intentos de diálogo que se han dado entre el Estado colombiano y los distintos grupos guerrilleros que le han declarado la guerra. Fue un miembro fundamental de las negociaciones con el Movimiento 19 de abril (M-19) y con el Quintín Lame en 1990. Con el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y con el Ejército Popular de Liberación (EPL) en 1991, incluso con las AUC en el 2003. Ahora, durante las negociaciones con las FARC, Eduardo estuvo en La Habana como miembro de la Comisión Histórica del Conflicto y publicó un texto llamado Una lectura múltiple y pluralista de la historia. Además haber escrito varios libros y artículos, de tener una carrera académica y de haber sido diplomático, Eduardo ha vivido directamente el conflicto desde sus múltiples facetas.

La trayectoria militar de su padre Juan Antonio Pizarro, el único marino que ha ocupado el cargo de Comandante de las Fuerzas Armadas, le enseñó  cómo viven y piensan el conflicto quienes se dedican a velar por la seguridad del Estado colombiano, de sus instituciones y de sus ciudadanos. Por el contrario, la forma de vida que escogió su hermano Carlos Pizarro Leongómez, más conocido como “comandante papito”,  le demostró que el conflicto es algo mucho más complejo que un enfrentamiento entre Estado e insurgencia. El encuentro ideológico de estás dos formas tan distintas de pensar lo llevó a concluir que la violencia política es inútil y que es necesario entender la guerra desde todas sus dimensiones para poder solucionarla. Hablamos con Pizarro sobre los resultados del plebiscito, sobre violencia y sobre la posibilidad de vivir en paz para siempre.

 

¿Cómo explicaría usted lo que sucedió el pasado domingo 02 de octubre con respecto al plebiscito por la paz convocado por el presidente Santos?

Primero que todo, hay un gran debate sobre si era necesario hacer un plebiscito. Muchos argumentaron que bastaba con la firma del presidente porque constitucionalmente estaba autorizado para sellar así lo pactado en La Habana. Aquí viene un tema complejo y es que las FARC venían insistiendo en que la única forma de refrendar los acuerdos era hacer una asamblea nacional constituyente y el presidente Santos se vio presionado a ofrecer el plebiscito como mecanismo de refrendación. Entonces, es muy posible que la responsabilidad última haya sido de las propias FARC.

Ahora bien, una vez se toma la decisión de hacer un plebiscito, el presidente Santos confía en que va a ganar y las agencias encuestadoras le otorgan una victoria abrumadora al “Sí”. Yo creo que los directores de esas agencias deberían dedicarse a vender arepas venezolanas. Lo digo no sólo porque cometieron errores garrafales sino porque, además, son en gran medida los responsables de este fracaso. En un día lluvioso, miles de personas que iban a votar “Sí” se quedaron en sus casas porque su opción seguro ganaba por veinte puntos. Las encuestas terminaron desmovilizando a los electores. El error de las agencias no solamente les restó mucho prestigio y legitimidad sino que cometió un crimen contra el plebiscito. Generó un triunfalismo desmovilizador, el mismo de Gran Bretaña con el “Brexit”.

Además de eso creo que en la opinión pública hay mucho malestar con respecto a los crímenes de las FARC. Durante los cuatro años que duraron las negociaciones las FARC dijeron: “no tenemos un peso para el fondo de reparación”, “no tenemos que pedir perdón porque nuestra lucha es legítima” y faltando una semana para votar comenzaron a disculparse. El mismo día del plebiscito dijeron que iban a ofrecer bienes para el fondo de víctimas. Entonces, tras cuatro años de estar diciendo no, no y no, un “lo sentimos” faltando una semana es difícil de creer. Jugaron pésimamente sus cartas. Por último, creo que Uribe y el Centro Democrático sí lo hicieron muy bien porque centralizaron la campaña del “No” y lanzaron mensajes que explotaban los sentimientos y las pasiones. Afirmaciones como: “viene el castrochavismo”, “es la ley de la impunidad”, “Timochenko es el nuevo presidente de Colombia” lograron exaltar la emotividad. Mientras tanto, el Gobierno se centró en una campaña racional: “si hay paz vendrá el desarrollo” “si hay paz habrá una mejoría en el campo”. Expotar los sentimientos es más eficaz que generar miedo en el elector. Como se decía en alguna época, transmitieron el mensaje de que “ya estamos próximos a escuchar la entrada de los tanques rusos”.

Me parece que el acuerdo era muy bueno pero fueron muy pocos los colombianos que leyeron las 297 páginas. Muchas personas que estaban de acuerdo con el 95%, pero no con el 5%. El problema de los plebiscitos en bloque es que llevan a que por culpa de un punto, como el de la participación política, la gente vote “No”.

Usted plantea que en los años noventa, cuando comenzó el proceso de paz con el M-19, no había una verdadera experiencia de salidas negociadas al conflicto armado ni en Colombia ni en América Latina. ¿Cómo se preparó para afrontar el reto de participar en dicho proceso? ¿Cuál fue el papel de las ciencias sociales para asumir la tarea?

Algo importante fue el establecimiento de un grupo de profesionales que se dedicaron rigurosamente a estudiar la violencia en Colombia. Este grupo fue liderado por el entonces profesor de la Universidad de los Andes Fernando Cepeda, quien había sido nombrado Ministro del Interior durante el gobierno del ex presidente Barco. Cepeda, como abogado y politólogo, le planteó en 1987 a un grupo de académicos, entre los que estaban Gonzalo Sánchez y Álvaro Camacho, la necesidad de armar una comisión para estudiar y afrontar la violencia en Colombia. Esta comisión fue llamada –terriblemente– la comisión de “los violentólogos”. El término fue acuñado por una periodista y desembocó en una experiencia interesante que organizó a intelectuales y académicos, sobre todo de las ciencias humanas, en torno a un tema urgente para el país. Fue complicado porque la mayoría éramos de izquierda y opositores del Estado. Sin embargo, nos reunimos y decidimos trabajar juntos. El mundo académico nos acusó de colaborar con un gobierno “burgués”, con “la oligarquía”. A pesar de eso continuamos y resultó ser una muy buena experiencia porque marcó un antes y un después. Cuando en 1987 presentamos el informe Colombia: violencia y democrácia se abrió un debate que comenzó a darle participación a la academia en el tema de la solución del conflicto. La primera experiencia negociada en América Latina fue el M-19 y sirvió para que otros grupos de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar firmaran los acuerdos de paz. Luego, sirvió para que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) , de El Salvador, firmara sus propios acuerdos de paz en 1992 y para que la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG-MAIZ) abriera su proceso de paz en 1996. En realidad nuestra primera comisión se dio en 1981 bajo el gobierno de Turbay, lo que quiere decir que estamos haciendo esfuerzos desde hace 35 años. Ya son casi tres generaciones las que han vivido procesos de paz frustrados, una historia bastante trágica.

¿Qué puede decir sobre la caracterización del conflicto armado en Colombia?

Ha sido un tema complicado porque la legitimidad de la lucha armada siempre ha estado en el centro del debate. Hubo quienes consideraron que era justa porque la guerrilla no tenía otras vías para expresarse. Yo, debo decirlo sin falsas modestias, fui uno de los primeros académicos en Colombia que rompió radicalmente con la guerrilla y con la lucha armada. Nunca creí que fuera una guerra justa. Ese debate sobre legitimidad y justicia fue fundamental para comenzar a caracterizar el conflicto. ¿Era una guerra civil?, ¿una guerra contra la sociedad?, ¿una guerra anti terrorista?, ¿un conflicto armado interno? La caracterización de un conflicto es fundamental porque no sólo tiene que ver con la legitimidad del mismo sino con el tratamiento que se les da a los actores. Uribe lo planteó como uno antiterrorista, recién acontecido el 11 de septiembre se quiso inscribir el conflicto armado en la lucha global del presidente Bush con el fin de conseguir aliados y recursos para combatirlo. Santos, por su lado, lo propuso como uno armado interno y comenzó nuevas negociaciones de paz. Estas caracterizaciones son importantes ya que determinan soluciones militares o políticas.

Su libro Las FARC (1949-2011): de guerrilla campesina a máquina de guerra es de los pocos que tratan rigurosamente la historia de este grupo armado. ¿Cuáles considera usted que son los puntos más importantes de la trayectoria histórica de esta guerrilla? 

Las FARC son excepcionales tanto en América Latina como en el mundo porque demuestran que en Colombia hubo guerrillas comunistas antes de la Revolución Cubana y que el mito guerrillero del continente despertó en enero de 1959. A partir de ese hito, todos los jóvenes quisieron ser como el Che Guevara y surgieron guerrillas a lo largo y ancho del territorio americano (desde México hasta Argentina y Chile, incluyendo a Estados Unidos y a Canadá). Pero cuando aparecieron estas guerrillas post-revolución Cubana, Colombia ya tenía una tradición de lucha guerrillera por la violencia política liberal-conservadora de los años veinte y treinta. Los guerrilleros comunistas de los años sesenta se unieron con los guerrilleros liberales experimentados y esto explica que la lucha se haya afianzado tan fácilmente en el país. Mientras que en otros lugares de América Latina el surgimiento de grupos guerrilleros fue totalmente artificial, aquí la lucha armada contó con una tradición social y política que les permitió a las FARC consolidarse fuertemente en el territorio. Hoy, junto con algunas guerrillas asiáticas de inspiración maoísta, las FARC forman parte de los grupos armados más antiguos del mundo.

 

"En el Caguán se hizo todo lo que no había que hacer y el equipo de Santos pudo aprender de esos errores. Si uno compara lo que fue el Caguán con lo que fueron las negociaciones en La Habana, puede ver que son totalmente diferentes"

 

En su libro Una democracia asediada: balance y perspectivas del conflicto armado en Colombia, usted plantea que uno de los factores que dificultaba los procesos anteriores era la postura rígida de las FARC, quienes solicitaban que se despejara una porción del territorio, que no participara ningún tercero en la negociación y que ésta se diera durante tiempos de guerra en lugar de que hubiera un cese de hostilidades, ¿Cómo explica que en este proceso esas tres condiciones fueran negadas y que fuera el gobierno quien definiera los parámetros? En esa medida, ¿qué diferencia esta negociación de las anteriores?

Primero es importante hablar de los rasgos comunes. En Colombia hemos tenido muchísimos grupos armados (pro-chinos, pro-soviéticos, pro-cubanos, nacional-populares, indigenistas, etc.), pero nunca se ha logrado una unidad guerrillera. Entonces los procesos aquí se han dado grupo por grupo y de manera escalonada en el tiempo. Firmó el M-19, firmó el PRT, firmó el Quintín Lame, el EPL y la Corriente de Renovación socialista. Todos de forma individual. Las FARC firmaron solas y se espera que luego el ELN también lo haga. Creo que cada grupo guerrillero ha querido tener sus “quince minutos de fama” y su momento de protagonismo ante Colombia. Es un egocentrismo mediático aterrador.

Con respecto a las diferencias, hay que tener en cuenta tres puntos importantes. El primero es que cuando las FARC llegaron al Caguán, zona de distensión en tiempos de Pastrana, llegaron con grandes éxitos militares que consiguieron sobre todo durante el gobierno de Samper. Ahora, con Santos, llegaron en una situación militar muy poco importante. Pasaron de tener 20.000 hombres a tener menos de 6.000. El segundo punto es que con Pastrana hubo una improvisación total. En el Caguán se hizo todo lo que no había que hacer y el equipo de Santos pudo aprender de esos errores. Si uno compara lo que fue el Caguán con lo que fueron las negociaciones en La Habana, puede ver que son totalmente diferentes. Durante el Caguán se negoció en Colombia y eso es muy difícil porque los periodistas no contribuyen a la prudencia que requiere un proceso de paz. Se negoció sin cese de hostilidades -había “paz” dentro de la zona de distensión, pero había guerra fuera de ella-. Ese territorio se convirtió en el campo de secuestrados de las FARC, en el lugar donde planeaban su salida por la Cordillera Oriental para tomarse Bogotá y donde aprendían nuevas técnicas de guerra. Se trataba de una zona de más de 41.000 km2, más grande que Holanda y casi tan grande como Suiza, que prácticamente estaba bajo el dominio de la guerrilla. El tercer punto es que Noruega y Cuba hicieron un trabajo excepcional: no se negoció una agenda interminable sino se negociaron seis temas concretos más acordes con la realidad.

También plantea usted que las FARC han demostrado una gran capacidad de adaptación frente a las estrategias estatales, más allá de que en este caso llegaron menos prepotentes y más debilitados que en los casos anteriores, ¿Cómo se adaptaron a las estrategias de este gobierno?

Yo creo que en este caso llegaron con una determinación seria de negociar, llegaron con la decisión de firmar la paz. Es decir, en el pasado siempre llegaban a la mesa de negociación con el objetivo de pactar con el Gobierno para tener más visibilidad y poder fortalecerse mientras había treguas. Esta vez, la diferencia fundamental fue que llegaron a la mesa dispuestos a abandonar la guerra. Cuando un grupo armado toma esa decisión la actitud es radicalmente distinta, pero para que lleguen con esa determinación y esa mentalidad, necesariamente tuvo que existir una gran fortaleza del Estado y una superioridad militar. Eso fue lo que vivimos en La Habana, las FARC llegaron perdiendo la guerra.

 

070 RECOMIENDA

La lectura de "Colombia: violencia y democracia. Comisión de estudios sobre la violencia". Un libro escrito como resultado de la Comisión de Estudios de la Violencia, bajo la administración del presidente Virgilio Barco en 1987.

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Otro tema importante que usted ha tratado es la debilidad del Estado colombiano y la manera en que esto se vuelve un obstáculo para llevar a cabo negociaciones exitosas con las guerrillas. ¿Cómo explica esa debilidad y cómo cree que afecta los procesos de paz?

Es un tema muy importante.  La Universidad de Harvard publicó hace algunos años un estudio sobre complejidad geográfica. De acuerdo con ese estudio, Colombia es el tercer país geográficamente más complejo del mundo. Además de que tiene serios problemas de seguridad interna, es un país imposible. Es el único que tiene tres cordilleras, carácter selvático en el 40% de su territorio, dos mares y fronteras terrestres que equivalen a 6.000 km, el doble de la frontera entre Estados Unidos y México. Entonces, la primera razón por la que el Estado no puede controlar el territorio es puramente geográfica. La segunda es que Colombia ha sido un país en el que el desarrollo regional ha estado determinado por polos distintos en los que las elites locales han jugado un papel fundamental. Eso ha sido muy aprovechado por los grupos armados. Por último, el tercer factor que afectó al país fue la producción masiva de narcóticos. El Estado se hizo vulnerable y le dio a los actores armados tanto recursos como poder  territorial.

Volviendo al tema del papel que juega la caracterización del conflicto en los procesos de paz, ¿cómo cree usted  que los medios de comunicación afectaron los resultados del Plebiscito? ¿Cuál fue el balance entre propaganda y pedagogía?

La verdad yo creo que, en general, los medios de comunicación jugaron un papel muy constructivo. El temor que tenía el Gobierno era que no se llegara al umbral del 4,5 millones de votos. No era un día electoral normal porque no estaban en juego ni las curules de los parlamentarios ni los puestos de los concejales o diputados. En Colombia se vota fundamentalmente con el tamal, con los buses, con el cemento, con las tejas. Con los votos de maquinaria. Este era un voto de opinión, no había ni buses ni tamales ni cemento. El haber llegado a casi quince millones sin tamales es extraordinario en un país tradicionalmente abstencionista. Eso refleja que los medios de comunicación movilizaron a los electores, que hubo interés, y que hubo movilización política. Se votó tanto como en las elecciones en las que Santos fue elegido presidente, y esas elecciones han sido las más altas en la historia colombiana.

La pedagogía era difícil. Los acuerdos eran muy complejos y primó el contraste entre los mensajes simplistas pero impactantes del uribismo frente a los intentos más racionales y pedagógicos con cada punto del acuerdo por parte del gobierno. Cuando un colombiano de a pie llega a su casa cansado después de un día de trabajo y tiene que decidir entre los argumentos pedagógicos y el mensaje simple de “impunidad total para los criminales de las FARC”, es obvio que se irá por la forma más fácil. En  el caso del Brexit sucedió algo similar: ganaron los mensajes simplistas de “los musulmanes nos están invadiendo y van a acabar con la cultura inglesa” y de “van a llegar un millón de sirios el próximo año” frente a los argumentos racionales de por qué era necesario para el país quedarse dentro de la Unión Europea. Cuando se juegan temas importantes en un plebiscito, la pedagogía siempre es insuficiente porque la decisión final termina siendo muy emocional.

El país se encuentra en un limbo y en una gran incertidumbre desde que ganó el no. Usted dice en su libro que en Colombia la guerra ha sido una “guerra de perdedores” porque ninguno de los actores ha alcanzado sus metas iniciales ¿Ve usted está paz como una “paz de perdedores”? ¿Cómo ve el tema del timing?

No la veo como una paz de perdedores. Vi los resultados en la revista Semana con los directores de esa publicación y el desconcierto era total. Sin embargo, rápidamente ocurrió un hecho excepcional y fue que nos dimos cuenta de que si el Sí hubiera ganado con la misma diferencia con la que ganó el No, habría sido un desastre para Colombia. El Sí habría ganado en un país polarizado y ese acuerdo de paz habría sido el más frágil del mundo. Si el Sí hubiera ganado con un 65% frente a un 35% hablaríamos un mandato mayoritario sólido a favor de la paz. Pero si hubiera ganado por 100.000 votos habría sido el peor escenario. Ante la certeza de no ganar por millones, perder por sólo 60.000 resulta maravilloso. Probablemente tendremos un nuevo plebiscito en el cual el acuerdo pasará de contar con el 50% de los colombianos a contar con el 95%. Creo que  la gran derrota del 2 de octubre se puede convertir en el gran triunfo para el futuro de país.

Lo del timing es dramático para todos. La comunidad internacional está extraordinariamente emocionada con la paz de La Habana y la firma del acuerdo en Cartagena fue un hecho simbólico de alcance global. Por eso el secretario general de las Naciones Unidas  dijo “aquí estamos enviando un mensaje al mundo de que la paz es posible”. Incluso los líderes del No saben claramente que no pueden ser los sepultureros de la paz. Muchos de los que votaron No, votaron contra Santos –los taxistas, los transportadores, las comunidades agrarias– por eso el voto se convirtió en una condena al gobierno de Santos y no necesariamente a los acuerdos de La Habana. Creer que el No era homogéneo es falso, aunque había una unidad uribista, no era la mayoría de quienes optaron por esa opción. Las FARC no tienen un tiempo indefinido tampoco porque no pueden mantener a los guerrilleros inmovilizados para siempre. El gobierno no tiene mucho tiempo, estamos a punto de entrar en etapa pre electoral. Entonces yo pronostico, espero no equivocarme, que las negociaciones serán muy rápidas, muy buenas, y tendremos un acuerdo nacional de paz.

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