Columnas

Día #43

Se buscan sueños: ¿qué soñé? ¿qué soñaste? Un tablero onírico de la pandemia…

Varios

06.05.2020

Se buscan sueños:

¿qué soñé?

¿qué soñaste?

Un tablero onírico de la pandemia

“Toda nuestra historia es únicamente la de los hombres despiertos; nadie hasta ahora ha pensado en una historia de los hombres que duermen.” Esta frase de G. C. Lichtenberg le sirve a Jacobo Siruela para preguntarse en su libro “El mundo bajo los párpados” sobre qué pasaría si contáramos la historia desde la perspectiva de la humanidad que duerme. En estos días de cuarentena ha sido notorio el reporte de sueños. La privación sensorial generada por el confinamiento, la ansiedad que genera lo incierto, las altas dosis de virtualidad o el deseo de otro mundo posible parecen surtir un efecto: la humanidad despierta de la pandemia ahora recuerda más lo que sueña, es más porosa a lo onírico. Este tablero busca ser un archivo de sueños, ¿qué soñó usted anoche? ¿qué soñó alguien conocido? Se propone que, por unos días, a partir de hoy, usted sea en algo más consciente de los sueños. Este tablero es para que los escriba. Las preguntas ¿qué soñé? ¿qué soñaste? serán por estos días parte de nuestro cordial saludo, recordar y escribir lo que soñamos nos permitirá escribir una historia de la humanidad que duerme.

Recuerde, compile y deje sus sueños en este tablero > https://padlet.com/diariodelanodelvirus/humanidaqueduerme

43A.

El mundo bajos los párpados, Jacobo Siruela

Dos fragmentos del libro:

1.

“podría pensarse que las hue­llas de la historicidad onírica sólo se imprimen en las gran­des narraciones colectivas: guerras, convulsiones políticas cualquier tipo de crisis social que produzca estados de histeria. No es así. La historia del onirismo también se es­cribe con letra pequeña; en la cálida intimidad de los cuar­tos cerrados, donde el ser humano calienta con su propio fuego interior sus largos y difíciles procesos creativos.

Éste es el caso de un joven poeta inglés que, tras haber bata­llado toda una tarde con un ensayo de crítica literaria, se sentía en ese insidioso punto muerto en el que todo lo es­crito parece artificial y deplorable. Esa noche se fue a dor­mir con el ánimo muy bajo: soñó que estaba en su cuarto de trabajo y se le aparecía un gran zorro con aspecto de lobo. Sus ojos lo miraban fijamente; el leve temblor de su hocico, un poco abierto y jadeante, dejaba asomar la punta de la lengua e indicaba cierta ansiedad. El zorro levantó su pata derecha. No era la garra de un animal, era una mano humana abierta con la palma y los dedos empapados de sangre. El zorro le habló: «Deja lo que haces, nos estás destruyendo». Y posó su mano sobre el papel que había en su escritorio, dejando una húmeda huella de sangre que
quedó impresa sobre la hoja en blanco, parecida a un em­blema mágico de épocas remotas. El joven se despertó trastornado por las imágenes del sueño, que no se le borraban de la cabeza, y se puso a cavilar en su lecho revuelto sobre el significado que podía tener el que el zorro fuera una especie de amigo o aliado en su mundo onírico. Venía, sin duda, desde la zona oscura a comunicarle algo importante de sí mismo que se negaba a ver y que se le estaba mostrando con toda crudeza. Y al fin lo entendió: el dolor del zorro significaba su propio dolor, todo el sufrimiento inútil al que debía poner término. Ya no tenía que seguir obligándose a actuar en contra de su naturaleza. El zorro representaba su verdadera naturaleza, aquélla que vivía en su interior y estaba violentando. La que acabaría por destruir si continuaba actuando de aquel modo. Así pues, este joven abandonó sus estudios académicos para dedi­carse íntegramente a la literatura; y la mano ensangrentada fue la señal que le indicó el camino que debía seguir su vida, y llegó a ser un gran poeta, el poeta Ted Hughes.

A pesar de yacer sepultadas bajo un desdeñoso manto de olvido, todas estas oportunas y sutiles irrupciones del onirismo han dejado una huella secreta y sustancial en el rumbo de la historia humana. Si bien es verdad que para tener una idea más amplia y clara del alcance de su inci­dencia histórica, necesitaríamos clasificar una ingente suma de documentos dispares, reunir un sólido y contras­tado corpus que no sólo iluminase la fenomenología del sueño en su infinidad de variantes, sino que fuera también capaz de medir la influencia que ha ejercido la historia nocturna en las sociedades humanas. Sabemos que esto nunca se hará, y que sólo nos queda el parco e irrisorio co­bijo de imaginar lo que habría pasado si hubiésemos hecho acopio de todo ese extraordinario material de la intimidad humana. ¿Qué habríamos descubierto si se hubiesen con­trastado y analizado convenientemente una considerable cantidad de datos histórico-oníricos de la misma forma que se han clasificado y estudiado de modo sistemático las distintas materias de las especialidades académicas? Nunca lo sabremos. Pero, al menos, hemos tomado conciencia, aunque de forma fugaz y perecedera, de que a la historia de los hombres despiertos le falta, como clamaba Lichten­berg, una historia de los hombres que duermen.

2.

“Como Gurdjieff, su maestro, o Ma­dame Blavatsky en el XIX, Pyotr Ouspenski se convirtió en una de las figuras más carismáticas del esoterismo del siglo xx, tan interesado como ellos en adaptar algunas antiguas prácticas asiáticas al lenguaje y la cultura de su tiempo. En A New Model of the Universe (escrito en 1914) encontra­mos una descripción muy ilustrativa de cual era el carác­ter de sus experimentos oníricos. En este libro -bastante leído, por cierto, durante los años treinta y cuarenta del si­glo pasado- refiere cómo logró despertar por primera vez mientras dormía. Se encontraba en el interior de una gran habitación vacía. Un gatito negro maullaba a unos cuantos metros de sus pies. Todo era tan real que se dijo: «Estoy soñando. ¿ Pero cómo puedo saber si realmente estoy dor­mido o no?». Y pensó: «Vamos a intentarlo de esta manera; convirtamos este gatito negro en un gran perro blanco; en estado de vigilia, una cosa así sería imposible de creer, mas si ahora funciona quiere decir que estoy verdaderamente dormido, y estoy soñando. Súbitamente, el gatito negro se transformó en un enorme perro blanco. Al mismo tiempo, la pared que tenía enfrente comenzó a desvanecerse lenta­mente, mientras iba transparentándose una gran montaña rocosa con un río caudaloso que se perdía en la distancia. ¡Qué curioso! -pensé. No he ordenado la aparición de este paisaje. ¿De dónde habrá salido? Yun recuerdo medio des­vaído comenzó a removerse en mi interior, el recuerdo de haber visto ya ese paisaje en otra parte, y la sensación de la existencia de una íntima conexión entre el paisaje y el perro blanco. Pero, de pronto, entendí con toda claridad que si me dejaba llevar por ese vago recuerdo me olvida­ría de lo más importante que debía recordar: ¡que estoy durmiendo y soy consciente de mí mismo!».

Pyotr Ouspenski

Estas experiencias demostraron a Ouspenski que los sueños son tan delicados que «no soportan la observación». La observación los transforma. Al comparar sus visiones noc­turnas y analizarlas, comprobó que los sueños sufrían sutiles mutaciones siguiendo los dic­tados de la voluntad. En este sentido, es interesante observar cómo tan sólo dos décadas más tarde, las investigaciones de la física cuántica hallarían en las partículas microscópi­cas la misma ley, esta vez aplicada a la realidad subatómica, al descubrir que el observador transforma lo observado; o dicho de otro modo: que no se puede observar ningún fe­nómeno subatómico sin alterarlo.”

Lea las primeras páginas del libro aquí > https://archive.org/details/el-mundo-bajo-l-os-parpados/mode/2up

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