Como una pluma en el aire: recuerdos de un desplazamiento forzado

Aunque Colombia es uno de los países con más leyes y normas en materia de desplazamiento forzado, Pedro Carrasco lleva 11 años sin recibir la ayuda a la que tiene derecho.

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Alejandro Celis

18.10.2011

Pedro Carrasco no habría lavado toda la ropa de un solo envión si hubiera sabido que la guerrilla iba a venir a sacarlo de su casa. Lo último que recuerda de Chiscas, en el departamento de Boyacá, es haber visto unos pantalones escurriendo agua en el tendedero, y entre la certeza de saber que la ropa se le iba a podrir si la empacaba y los empujones de su sobrino que le rogaba que se fueran de una vez, salió de su casa con lo que tenía puesto antes de que aclarara el día.

Aunque no hubo disparos, la guerrilla sí le dejó claro, a las patadas, que lo dejaba ir porque no valía la pena gastar una bala en un viejo como él. Lo único que alcanzó a sacar fue el sancocho de cinco gallinas que se quedaron preparando con su sobrino esa noche para velar el sueño; como ninguno podía dormir con el susto encima, y como no sabían para donde iban, ni cuando volverían a comer, se levantaron a media noche y despertaron a las gallinas para  echarlas a la olla. Lo otro, los marranos, caballos y las vacas, se les quedó entre el afán y el cansancio de buscar quien les diera algo para poder salir de la vereda y pagar los primeros gastos.

Parece que fue el 7 de agosto de 1999.  Don Pedro dice que parece porque reconoce las trampas que sus 82 años le ponen a la memoria. Tiene que cerrar los ojos para tratar de acordarse de las banderas de Colombia meciéndose con el viento, esas que vio desde la flota, en los primeros días de agosto, pero que ya no recuerda con precisión. “Esa no es una fecha que uno quiera visitar con el pensamiento”. Cree recordar que su sobrino le dijo que era la fiesta de la independencia, por eso las banderas en todas partes.

Caminaron hacia el pueblo sin decir nada, con la cabeza cruzada al mismo tiempo de rezos y maldiciones. Don Pedro lamentó haberle regalado a unos soldados del batallón contra guerrilla, la semana anterior, una caja de fósforos y un balde con agua, porque como dice él, uno debe hacerse matar por algo grande, pero nunca por una pendejada. Cargando la olla del sancocho todavía tibia, y suplicando no cruzarse con nadie, se encontraron de frente con doña Concia Rodríguez, que iba cubierta por una mezcla de barro y mierda, con la garganta rota de llorar a tres generaciones de muertos, todas suyas y todas al mismo tiempo. Ni su esposo, ni sus hijos, ni sus nietos pudieron, como ella, escaparse de la guerrilla por un desagüe. Concia pasó gritando, desorbitada, su desgracia; no se dio cuenta que dejó a don Pedro y a su sobrino clavados en la orilla de la carretera, sintiendo otra vez en la nuca los fusiles del día anterior. Se subieron al primer bus que pasó, y sólo después de dos horas de ver por la ventana veredas y vacas, se enteraron de que ese bus iba rumbo a Bogotá.

Las uñas del tigre

Jhovana Rojas no conocía la historia de don Pedro. Desde que empezó a trabajar con desplazados, hace dos años, prefiere meter la cabeza entre leyes y documentos porque un día descubrió que, atorado en la mitad del pecho, tiene el corazón de papel: “Lo que pasa es que me da muy duro; si conociera las historias que hay detrás no podría ni levantarme”. Al Ministerio del interior llegó en septiembre del año pasado, y a través del grupo de coordinación territorial ha ido fijando en la tierra, a golpe de estaca, la legislación que se quedó firmada entre los archivos del gobierno.

Olvidar una conversación con Jhovana es imposible por una razón: es una mujer contundente, con una memoria bíblica. Habla de la ley 387 de 1997 como si la estuviera leyendo en el aire, y con virtud de trapecista se mueve entre organigramas y estructuras estatales, para tratar de explicar la lógica que está por detrás de la legislación. Al final, de lo que se trata es de reconocer oficialmente la condición de Desplazamiento y de  restituirle los derechos fundamentales a los Desplazados; el derecho a la vida, salud, educación, alimentación, una vivienda digna, y el derecho al trabajo. Fue entre las contorsiones que debía hacer el Estado para canalizar y entregar los recursos, que se crearon nuevos decretos y nuevas instituciones. “Siempre es bueno hablar con Ángela Bohórquez, ella si que ha estado cerca de todo eso”, dice Jhovana.

Ángela Bohórquez tiene en los ojos la cordialidad de saber decir que no sin ofender a nadie.  “lo vine a aprender hasta ahora, trabajando con los desplazados”, dice. Y es que muchas veces tuvo que decirles que no había recursos, o alimentación, o techo. Ángela, que cuando no está trabajando en su oficina del Ministerio del interior, se galopa el país sobre el lomo de leyes y decretos, ha ido comprobando, con disciplina de hormiga, que una cosa es el papel y otra la carne del problema. Es la misma mujer que le lidió la fiebre al fenómeno del desplazamiento, desde la dirección de una Unidad de Atención y Orientación a la población desplazada (UAO), cuando en el 2002 casi revienta los termómetros a la temperatura insoportable de 412,553 desplazados.

“Lo complicado es saber que ya perdimos a una generación de desplazados”, y lo dice pensando en todos los que ya venían corriendo con la tula al hombro, cuando en 1985 la televisión recibía los fogonazos del Palacio de Justicia, o quedaba salpicada con el lodo de Armero. “Cada vez que hay cambio de gobierno, volvemos a quedar en ceros. En el pensamiento político, no hay continuidad que garantice el éxito”. Para Ángela, aunque Colombia es uno de los países con mayor desarrollo legislativo en materia de Desplazamiento, la dificultad está en trasladar las leyes al territorio nacional, en conseguir los recursos, en hacerlos llegar a cada uno de los Desplazados; habría que descentralizar verdaderamente el poder, reestructurar la manera en la que se  realizan los presupuestos y se otorgan los recursos, opina ella. Habla de Europa, de la segunda guerra mundial, de Alemania destruida por las bombas. “¿Por qué ellos si pudieron levantarse, y nosotros en 12 años parece que casi no hemos avanzado nada?”. Ángela suelta la pregunta porque le rasguña la garganta, porque en los años que lleva trabajando con los Desplazados, no ha logrado limarle las uñas al tigre.

“Por eso es bonita la tierra, no se la pueden llevar”

Desde que se montó, don Pedro no ha dicho nada. Cerró la puerta del carro y se quedó mirando por la ventana todavía con el sombrero blanco puesto. Es domingo y viene de misa. La carretera destapada va subiendo la montaña entre el olor de los árboles y de la hierva removida. “Son pinos ingleses”,  dice de pronto don Pedro, que tiene las manos cruzadas sobre las piernas. En la silla de atrás va el mercado de veinte mil pesos que le acaba de hacer un amigo: panela, una libra de espagueti, media libra de arroz y media de fríjoles entre otras cosas. “Hay tres clases de pinos. El inglés, el criollo y el ciprés. Estos de acá son cipreses. Allá en mi casa hay de los tres, ahorita va a ver la diferencia”

En la casa de don Pedro, el agua de panela se toma con el sabor oxidado de la canal que, con un chorro grueso, va guardando el agua lluvia en una caneca. Aunque la casa ha cambiado desde que se la arrancaron al monte, cuando llueve le siguen bajando por las paredes, el agua de siempre. Como piensa en voz alta, lo que más le molesta a don Pedro son las detonaciones del granizo en el techo de Zinc, que no lo dejan ni escuchar sus propios reclamos; en el piso de tierra, ha ido tallando unos canales para evacuar el agua, y así ir formando islas en las que hay que pararse a esperar que deje de llover. Once años de estar esperando le han enseñado a don Pedro que en Gachancipá no hay sol que dure todo el día, por eso ha ido cogiendo el hábito de tapar, todas las mañanas, su cama con un plástico.  Al frente hay tres pinos que le abren paso a una loma que nuca se ha dejado cultivar; el costal que guarda para él en la cocina está lleno con la cosecha del huerto de atrás, que se ha negado a dar otra cosa más que mazorcas.

Hoy don Pedro vino a misa de doce envuelto entre su ruana blanca y con el sombrero clarito. Escampando el sol en una tienda, dice que lo justo en un día como este es levantarse tarde, a las seis de la mañana, y lavarse la cara como los gatos. Lo que más le gusta de venir al pueblo en Gachancipá es encontrarse con los amigos y hablar sobre cualquier cosa. Sobre Gonzalo Rivera, por ejemplo, que le tiene las tierras de Chiscas en arriendo. No hay un contrato escrito, sólo la palabra empeñada y la confianza de recibir, cuando más los necesite, quinientos mil pesos por año. El mismo Gonzalo Rivera le contó a don Pedro cómo fue que la guerrilla le tumbó la casa para que no volviera. Ese día, por primera vez, se le ocurrió pensar que él era un desplazado, que le iba a hacer caso a sus amigos, que era mejor no volver nunca más a Chiscas. “Por eso es bonita la tierra, no se la pueden llevar”, dice don Pedro. Cuando le cuento que existen organizaciones de apoyo para los desplazados, lanza una mirada que parece revolverle por dentro, en un segundo, los últimos diez años. “No, no sabía”, responde. Al fondo suenan las campanas que llaman a misa.

En la vida yo siempre he estado así

Don pedro ha ido siguiendo toda la misa desde los labios, tarareando las oraciones con el párroco y apretando fuerte los ojos cuando se dedica a reflexionar. Se pone el sombrero, busca entre los bolsillos del pantalón y suelta unas monedas en el tarro de las limosnas. La misa se acaba,  atraviesa el umbral del pórtico y sale al bochorno vertical del medio día.

La muerte de Carmen Olaya, hace dos años, puso a temblar a don Pedro. Y es que la nueva generación de los Olaya está mandando zarpazos para ver quién se queda con la tierra donde vive. El lío ya pasó por la estación de policía, por el ICBF y por la Personería de Gachancipá, y aunque el personero falló a favor de don Pedro, él no deja de acordarse de la vez que la Corporación Autónoma Regional (CAR) también vino, hace 8 años, a sacarlo de ahí, porque es una zona de patrimonio forestal. Esa vez le tomaron la declaración y don Pedro firmó, con una equis, la historia que no se ha cansado de contar. Desde su casa mira la carretera, aguanta un poco el aire y dice: “nada de esto va a pasar a mal, porque en la vida yo siempre he estado así, como una pluma, flotando en el aire por la gracia de Dios.”

 

Nota: Una versión de esta crónica fue publicada en Lasillavacia.com

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