‘Desarmar los estereotipos de género es que haya más hombres cuidando’

Conversamos con Valeria Esquivel, especialista en políticas de empleo y género de la OIT, sobre la importancia de las mujeres no sólo en el mercado laboral, sino también en los trabajos del cuidado.  

Estefanía Avella Bermúdez

02.05.2019

El 43 % de las mujeres en América Latina y el Caribe quieren poder hacer dos cosas al tiempo:  tener un trabajo remunerado y cuidar de su familia. El dato, lo revela la encuesta Hacia un futuro mejor para las mujeres en el trabajo: la opinión de las mujeres y de los hombres, realizada en 2018 por Gallup y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). De hecho, las mujeres de la región consideran que conciliar la vida laboral con la familiar es el mayor desafío que enfrentan.

Estos resultados, de acuerdo con el análisis realizado en la encuesta, “tienen importantes consecuencias para la política nacional”. Si no hay políticas que permitan conciliar las responsabilidades laborales con las familiares, la fuerza de trabajo femenina puede disminuir y a su vez aumentar los porcentajes de mujeres que sólo pueden trabajar tiempos parciales.

Conversamos con la argentina Valeria Esquivel, especialista en políticas de empleo y género de la OIT, sobre la importancia de las mujeres en el trabajo: no sólo en el mercado laboral, sino también en los trabajos del cuidado.  

¿Ha cambiado la manera en que se entiende el cuidado en América Latina?

Sí, claro. Tanto en  la academia como en los movimientos feministas hemos entendido que el cuidado no remunerado —que se hace en los hogares—  no es un asunto privado sino público. En particular, que el cuidado es trabajo, que genera valor y que por tanto incluye una dimensión económica.

Para la economía feminista esto es fundamental. Al trabajo de cuidados lo hacen mayoritariamente las mujeres, pero es invisible porque no se intercambia en el mercado  y, hasta hace poco, no formaba parte de las estadísticas económicas. Pero lo cierto es que ese cuidado que se hace en la esfera del hogar tiene múltiples impactos en lo público: es uno de los determinantes más importantes en los modos en los que las mujeres se integran al mercado de trabajo y es el que brinda bienestar a las familias y por tanto pone las sociedades en funcionamiento.

Lo que dijimos en el informe de la OIT sobre El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado es que esas políticas transformadoras son las que se enfocan en sostener el bienestar, la autonomía y los derechos tanto de quienes cuidan como de quienes requieren cuidados. Esta es una agenda que recoge la perspectiva de género y las demandas desde los movimientos de mujeres, pero que además recoge agendas en temas de salud y educación, y todo el trabajo de los movimientos de personas con discapacidad.   

Las mujeres tienen, en general, más conciencia de los costes que incurren por cuidar, y en el discurso social, el cuidado sigue apareciendo como un tema de mujeres. Sobre todo en América Latina.

¿Qué tanta conciencia cree que hay de estos planteamientos sobre el trabajo de cuidado en la población latinoamericana?

Las mujeres tienen, en general, más conciencia de los costes que incurren por cuidar, y en el discurso social, el cuidado  sigue apareciendo como un tema de mujeres. Sobre todo en América Latina. Sin embargo, en algunos sectores, las cosas van cambiando. La Encuesta de Uso del Tiempo de Colombia, por ejemplo, refleja que los varones en hogares en los que hay niños, niñas y adolescentes se están involucrando en los cuidados y en las compras y gestión del hogar  más que en tareas domésticas más tradicionales, como cocinar, limpiar o planchar la ropa,, aunque siempre en menor proporción y dedicándoles menos horas que las mujeres

Lo que está claro es que los temas de cuidado son abanderados por el movimiento de mujeres. Cuando el movimiento feminista avanza, como en el caso de Argentina, el tema del cuidado entra en la agenda porque es clave para mirar desde una perspectiva crítica el funcionamiento económico y las políticas públicas.

También es cierto que nuestra región es muy maternalista, y eso implica que las mujeres demanden que las ayuden a cuidar y no tanto que se redistribuya el trabajo del  cuidado y que el Estado participe. Esta postura se refuerza, sin embargo, con los incentivos que genera el mercado del trabajo.

¿Qué pasa con los incentivos del mercado?

Los incentivos en el mercado del trabajo hacen que un hombre pueda cobrar más que una mujer por una hora de trabajo. Si eso es así, resulta más eficiente que el varón salga a trabajar y la mujer sea la que cuide el hogar.

Creemos que la gente tiene que poder tener todas las opciones a disposición para decidir si sale al mercado de trabajo o se dedica al trabajo del cuidado, o combina ambas actividades.  Pero si los incentivos penalizan el trabajo remunerado de las mujeres y lo hacen más complicado, lo que ocurre es que las mujeres no llegan al mercado laboral. Si los incentivos se revierten, si las brechas de género en los ingresos y en los salarios se disminuyen, y si hay servicios de cuidado de calidad, pues va a ser más fácil redistribuir el trabajo del cuidado.

¿Cómo hay que entender el trabajo del cuidado no remunerado en relación con el remunerado?

Lo pienso en perspectiva histórica. Así como hay estereotipos de género que hacen que pensemos —y de hecho ocurre—  que las mujeres son las que cuidan, así también pensamos que debería ocurrir en las ocupaciones del cuidado del mercado laboral.

Las enfermeras, tradicionalmente, eran mujeres y los médicos hombres. Las trabajadoras domésticas, tradicionalmente, mujeres, las maestras de colegio, mujeres. Y lo seguimos viendo. Porque aunque estas ocupaciones se han profesionalizado, siguen siendo ocupadas por mujeres.

El origen de esas ocupaciones era una supuesta inclinación “natural” de las mujeres a proveer cuidados. Como si proveer cuidados en la esfera privada hiciera que las mujeres tuvieran que ofrecer cuidados en la esfera pública. Además, las condiciones laborales en estos sectores del trabajo del cuidado remunerado, está asociada al hecho de que en los hogares ese trabajo se brinda de manera gratuita. Si una trabajadora doméstica hace lo mismo que hacen las mujeres en los hogares de manera gratuita, pues se piensa que su remuneración debe ser baja. Esta es una de las razones por las que es  tan difícil tener remuneraciones decentes y buenas condiciones laborales en el servicio doméstico, y que justifican políticas específicas para alcanzarlas.

Mirar el trabajo de cuidado en su conjunto es entender la relación entre el trabajo de cuidados no remunerado y las condiciones de trabajos de cuidados remunerados.

¿Eso implica ponerlos al mismo nivel?

No sé si al mismo nivel, pero sí entender que ambos son trabajos y que el hecho de que sean mayoritariamente las mujeres quienes prestan los trabajos de cuidados no remunerados, de manera gratuita, impacta en las condiciones en las que se prestan los trabajos de cuidado remunerado. Esto es así cuanto más parecidos sean, por eso la mención anterior a las trabajadoras domésticas.  Que ambos sean trabajos no quiere decir que ambos sean empleos. Los empleos del cuidado son remunerados: son las enfermeras y enfermeros, médicos y médicas, maestras y maestros de educación preescolar, por ejemplo. Al trabajo del cuidado no remunerado lo entendemos como trabajo, que genera valor, pero no decimos que es un empleo. No estamos buscando remunerarlo, ni considerar a quienes cuidan como ocupadas, sino reconocerlo, no darlo por sentado, ni asumir  que las mujeres estarán infinitamente dispuestas a proveerlo. Y, en lo posible, disminuir los costos de su provisión.

 

Volviendo a las políticas de cuidado, ¿qué país de la región es un ejemplo en sus políticas de cuidado?

Lo que hace Uruguay con su  ley del Sistema Nacional de Cuidados es entender como sujeto de derecho tanto a las personas que requieren cuidados, como a las personas cuidadoras que ejercen trabajo remunerado y no remunerado. Es una formulación legal muy potente.

Hay países como Chile o Costa Rica que han puesto el énfasis en hacer ejercicos de coordinación entre instituciones para proveer servicios de cuidado, pero sólo para ciertas poblaciones. La Red de cuido en Costa Rica, por ejemplo, tiene esta idea de sistema pero aplicada sólo a los niños y niñas en primera infancia. La diferencia con lo que tiene Uruguay es que la misma institucionalidad abarca a personas de distintas poblaciones y diversas edades que son dependientes o que tienen necesidades de cuidado.

Creo que desarmar los estereotipos de género es dejar de naturalizar lo que no es natural, que el cuidado sea sólo cosa de mujeres. El cuidado es cosa de seres humanos: todos y todas los necesitamos

¿Cuál es el riesgo de dirigir las políticas de cuidado sólo hacia ciertas poblaciones?

El foco en niños y niñas en edad preescolar y en adultos mayores, por ejemplo,  asume que la escolaridad está cubierta y que el sistema de salud funciona. Pero cuando hay déficits del servicio público de cuidado en salud y educación o éste no funciona, las personas no están siendo atendidas, o son las mujeres las que están atendiendo esas necesidades en los hogares.

Una perspectiva amplia permite también mirar lo que sucede con las y los trabajadores del cuidado de diversos sectores. Por ejemplo, saber cuál es la situación laboral de las enfermeras en un hospital, de las maestras en una escuela y de las trabajadoras domésticas en los hogares. Una perspectiva amplia permite, además, pensar en el trabajo decente, porque si hay calidad en el empleo de cuidado, hay calidad del cuidado. La calidad de la ocupación en los sectores de cuidado es el indicador inmediato de la calidad del cuidado.

Y en todo esto, ¿qué rol están jugando los hombres?

Creo que todos y todas cambiamos y que a ellos el feminismo los interpela. Ya no estamos en principios del siglo XX donde el Pater Familia se desentendía de todo lo que tuviera que ver con la gestión del hogar. Que los dos progenitores, o las dos mamás o los dos papás estén en el mercado de trabajo implica que las responsabilidades del cuidado sean compartidas.

Pero más allá de la voluntad y las ganas de los varones de cuidar, el tema es, de nuevo, los incentivos en el mercado de trabajo: si es razonable para ellos estar en el mercado del trabajo y para ellas estar en la casa, entonces será más difícil para los varones involucrarse en el cuidado. Por eso las licencias por paternidad son importantes. Porque a cuidar se aprende cuidando: es una relación interpersonal que se desarrolla cuando cuidas. El niño o niña establece relaciones con quien tiene más cerca y no con quien tenga el título de padre o madre. Al contrario, cuanto más te involucras, más eres consciente de la vulnerabilidad, de la dependencia de esa persona que necesita cuidados y de sus necesidades, y mejor puedes responder a ellas.

Creo que los roles de género van cambiando en respuesta a los cambios en las familias, en los incentivos en el mercado del trabajo,  y en los servicios de cuidado que provee el Estado. Creo que desarmar los estereotipos de género es dejar de naturalizar lo que no es natural, que el cuidado sea sólo cosa de mujeres. El cuidado es cosa de seres humanos: todos y todas los necesitamos, todos y todas podemos proveerlos en mayor o menor medida. Y  que haya más varones cuidando, tanto en los hogares como en las ocupaciones del cuidado.

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