De su propia medicina

Fentanilo, benzodiacepina y otros opiáceos son el infierno de algunos médicos que han caído en su adicción. Es una forma de sobrellevar largas jornadas de trabajo. Una vía de escape a la presión. Un secreto a voces que todos conocen y nadie se atreve a mencionar.

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Juan Camilo Vargas

23.02.2017

Ya era el momento de iniciar la cirugía y el anestesiólogo se estaba tardando más de lo previsto. Los médicos de la sala de operaciones cruzaban miradas de complicidad. El paciente, recostado en la camilla, con la palidez que produce observar el frío y agudo filo del instrumental quirúrgico, apenas controlaba su respiración. Ese sujeto sí que iba a necesitar anestesia.

Los murmullos de enfermeras e instrumentadores invadían el impecable cuarto de operaciones. No podían esperar más al anestesiólogo. La cirugía debía ser cancelada. Cuando el cirujano tomó la decisión y empezó a quitarse los guantes, la puerta de ventanas redondas se abrió de par en par. El anestesiólogo había llegado con prisa, pero en calma. Cuenta una de las instrumentadoras que su gesto no era el de siempre. Traía una sonrisa tonta, fingida, los labios resecos. Se veía un poco pálido y sus ojos estaban adormilados.

Bien podría ser cansancio, exceso de trabajo o estrés, pero los médicos reconocen los síntomas con facilidad. En aquella sala de cirugía todos, menos el inquieto paciente, miraban con recelo al anestesiólogo que traía un halo de culpabilidad en los ojos.

Nadie puede acusarlo de nada. Las jerarquías médicas, más que un cúmulo de estudios, son un asunto de honor.

Cuando a uno le tocan turnos de 36 horas seguidas el rendimiento no es el mismo, obviamente. —Dijo un estudiante de medicina que pidió no revelar datos sobre su identidad o de la universidad donde está por terminar su carrera. —El estrés es insoportable. En ese caso ¿por qué no? Media ampolleta y te relajas.

Su historia coincide con la de muchos otros estudiantes y profesionales de las ciencias de la salud. Por diversas razones, ellos recurren al consumo de sustancias, que según la legislación colombiana, son exclusivas para el uso quirúrgico.

¿Usted lo ha hecho?

–No, no. Yo no. Pero conozco casos de gente que sí, eso lo hacen bastante

Si lo que dice el estudiante es cierto, si “eso lo hacen bastante”, ¿cómo es que el fenómeno pasa desapercibido?

–Lo que pasa es que si el anestesiólogo te dice que necesita dos ampolletas de

cualquier medicamento, tú se las tienes que dar. Si él decide usar una y media, tú no le

vas a pedir que te devuelva media ampolleta, solo pones en el inventario que se usaron

dos y punto.

La instrumentadora quirúrgica que cuenta esta situación no sólo ha tenido que pasar por alto que algunos médicos se queden con residuos quirúrgicos; también ha operado mano a mano con ellos, pero asegura que su profesionalismo no necesariamente está relacionado con su ética.

–Cuando el doctor llegó tenía los ojos perdidos y traía una sonrisita tonta. Sus labios estaban resecos, con esos residuos blancos de saliva en las comisuras.

–¿Estaba drogado?

–No sé, uno no puede asumir esas cosas… pero yo creo que sí.

–¿Y así iba a operar?

–Pues sí. De todas formas, no sería la primera vez. Los fines de semana, ellos casi siempre lo hacen así. Es que inyectarse anestésicos es como tomar unos coctelitos y

relajarse, pero sin guayabo y con efecto inmediato.

–¿Y por qué no poner la queja?

Pues él es el que sabe cómo hace su trabajo, yo lo respeto por como trabaja, no por lo que decida meterle a su cuerpo.

–¿Qué drogas consume antes de operar?

No sé, tal vez fentanilo o ketamina…

Fentanilo, benzodiacepina, ketamina y algunos opiáceos y opioides están entre los anestésicos quirúrgicos que los médicos eligen. La principal función de estos medicamentos es relajar el sistema nervioso. Inducen un estado en que la saturación generada por estímulos externos pasa a un segundo plano. Esto permite dos tipos de reacción: la primera, que el cuerpo pase por alto reflejos físicos al dolor. La segunda, que la relajación producida permita enfocar los pensamientos en una actividad específica.

 

"Los profesionales especializados en anestesiología son los principales consumidores de sustancias quirúrgicas que alteran el sistema nervioso central"

 

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La cercanía entre medicinas y profesionales de la salud es incuestionable en razón de su constante uso para el tratamiento de enfermedades y procedimientos quirúrgicos. Tal proximidad se ha asumido siempre como una relación entre un trabajador y su instrumento de trabajo, o por lo menos así se venía tratando el tema bajo los principios de la medicina moderna. Se puede asegurar, incluso, que hasta nuestros días los cuestionamientos frente al uso de estas sustancias por parte de médicos resultaba ser un fenómeno escasamente tratado. Tal vez por eso, en este tiempo, ha venido cobrando fuerza la normalización de su consumo. La evidencia es la generación de artículos investigativos que alcanzan a insinuar el tema de la adicción en profesionales de estas ramas del conocimiento.

En bases de datos académicas se pueden encontrar algunos estudios que tratan el consumo por parte de profesionales de la salud, lo cual no significa que se indague a profundidad por causas, estrategias de utilización, mecanismos de sustracción de medicamentos o tratamientos para ayudar a médicos adictos. Las investigaciones apuntan más bien a enunciar la existencia de un problema. Los motivos se quedan tan cortos que caben en dos grandes categorías, que a la larga resultan siendo una oda a la ambigüedad. La primera es “factores psicosociales” y agrupa las motivaciones relacionadas con el entorno del médico consumidor, sus vivencias, el espacio laboral, la predisposición social y la simple tentación. La segunda es “razones personales” y no hay mucho que decir al respecto, sólo que es decisión de cada quién.

Entre los estudios realizados para comprender esta problemática se destaca el de la Revista de la Sociedad Americana de Médicos (JAMA – Journal of the American Medical Association), que logra clarificar un poco el panorama en tanto establece una serie de generalidades que permiten orientar la información al respecto. De este informe surgen tres datos clave para comenzar a identificar las particularidades del asunto:

1. Los profesionales especializados en anestesiología son los principales consumidores de sustancias quirúrgicas que alteran el sistema nervioso central.

2.  El 33.7% de los anestesiólogos que consumen este tipo de drogas son residentes -empiezan a hacer su práctica de especialidad-.

3. Al momento de hacer uso de drogas quirúrgicas, el fentanilo es utilizado el 78 % de las ocasiones.

Este último dato resulta relevante porque permite dilucidar dos aspectos referentes al consumo: que el fentanilo, al ser uno de los anestésicos más potentes y tener un efecto 100 veces mayoral de la morfina, da cuenta de la intensidad en el consumo que se lleva a cabo. Y que los médicos tienen acceso  a este tipo de sustancias pues justamente el fentanilo es un anestésico de uso común.

 

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Instituciones como la Superintendencia Nacional de Salud, la Procuraduría General de La Nación y el Tribunal Nacional de Ética Médica están encargadas de vigilar el cumplimiento de las funciones de estos profesionales, focalizando su atención en el servicio médico, el cumplimiento de las funciones de promoción y responsabilidad de la salud nacional, y el ejercicio médico bajo los principios éticos y organizativos preestablecidos, respectivamente.

Estos organismos deben, además, ejercer un control interno a cada institución médica en el territorio nacional. Dicho control va desde la realización de inventarios, hasta una serie de evaluaciones psicológicas al personal médico para confirmar su estado emocional. Tales controles deberían, al menos en la teoría, localizar indicios de adicciones en los profesionales. Sin embargo, existen varios problemas que impiden la realización de un trabajo eficiente por parte de las entidades mencionadas.

Las dificultades para el correcto ejercicio de veeduría empiezan por la cantidad y el tamaño de las instituciones. Para el 2011, sólo en la capital del país había más de 194 clínicas privadas registradas y vale la pena tener en cuenta que no habían sido contados los hospitales con más de 50 trabajadores ni centros de salud públicos. En cuestión de números, las cifras juegan en contra de la vigilancia, por lo que los controles programados no cumplen con un calendario cíclico ni se llevan a cabo con la profundidad requerida. De ahí que el fenómeno del consumo al interior de los centros de salud sea un secreto a gritos entre profesionales médicos.

Según algunos estudios académicos, principalmente de la Universidad Complutense de Madrid, es responsabilidad de instituciones enfocarse en la salud del médico, más que en las condiciones en que se esté prestando su servicio profesional. Se asume que un profesional puede ofrecer un servicio óptimo si tiene un modo de vida saludable. De ahí que las instituciones veedoras deben enfocarse en la localización de problemas en su personal y no en el servicio que estos ofrezcan.

En la Universidad Complutense aseguran que existen fases diagnósticas para el personal médico, las cuales evalúan el comportamiento y, según determinados lineamientos, puede identificarse a un profesional que consuma sustancias quirúrgicas. Las características que delatan a quienes hacen uso de anestésicos, opiáceos y opioides para consumo personal están ligadas a los cambios de comportamiento, humor, alimentación y autoexclusión, siendo este último aspecto uno de los más reveladores.

Una vez se localiza a un consumidor médico, según los principios de funcionamiento del Tribunal Nacional de Ética Médica, se deben llevar a cabo sesiones de intervención terapéutica enfocadas en la reinserción laboral. Estas deben ser gestionadas por el centro médico en donde trabaje el profesional y la asociación médica a la cual pertenezca según su especialidad.

El tratamiento debe ser llevado a cabo por un equipo multidisciplinario que incluya psiquiatras, asistentes sociales, nutricionistas, neurólogos y la familia del consumidor. Para poder llevar a cabo las tres fases de superación del impase. La primera de ellas es la desintoxicación, después hay una etapa de educación y por último, una etapa progresiva de modificación del comportamiento. Para poder llevar a cabo las tres fases de superación del impase, desintoxicación educación y modificación progresiva del comportamiento, el médico adicto debe someterse a un tratamiento orientado por un equipo multidisciplinario -psiquiatras, asistentes sociales, nutricionistas, neurólogos- y por la familia del consumidor.

 El mayor problema para analizar este consumo es el desconocimiento que se genera sobre el mismo, pues en los contextos médicos impera el silencio, en los círculos institucionales predomina la privacidad y en los escenarios gremiales domina el recelo. Romper ese silencio puede ser el punto de partida para controlar el consumo de sustancias quirúrgicas e iniciar procesos de desintoxicación. Es un problema como tantos otros y , después de todo, como dice el dicho, “los médicos también se enferman”. Y se drogan.

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