La escena de Messi estrechando la mano de Trump reavivó una pregunta incómoda que el fútbol arrastra desde hace décadas: ¿puede ser realmente apolítico? Las comparaciones con Maradona y las reflexiones sobre el papel de la FIFA vuelven a poner esa discusión sobre la mesa.
por
Juan Pablo Méndez Restrepo
16.03.2026
Portada: Juliana Terán
Lionel Andrés Messi, el astro del fútbol mundial, se encontró el pasado jueves 6 de marzo con Donald Trump en la Casa Blanca, en una visita protocolaria del Inter de Miami, actual campeón de la MLS, de la mano del dueño del club, Jorge Mas. Desde ese mismo día el debate escaló en Argentina y el mundo: pocos meses después del secuestro de Nicolás Maduro en Caracas, a solo unos pocos días del asesinato del ayatolá Alí Jamenei en Irán a manos del ejército estadounidense, y en medio de la persecución implacable contra latinoamericanos en Estados Unidos por cuenta del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), en muchos sectores cayó muy mal la fotografía de un Messi sonriente dándose la mano con Trump. Entonces, como nunca antes desde su muerte en noviembre de 2020, la ausencia de Diego Armando Maradona se hizo sentir con fuerza.
Más que inevitable, la comparación fue obligatoria. Los dos más grandes jugadores del fútbol argentino representan ideas opuestas: la maradoniana, encarnada por el héroe venido de abajo que no traicionó sus orígenes y se jugó la vida por sus convicciones políticas; frente a la de Messi, mucho más afín a los designios del nuevo milenio, que se autodefine apolítica y parece atrincherada en la timidez de un síndrome de Asperger que —en teoría— lo haría pensar únicamente en la pelota y no tomar partido por nada de lo que suceda fuera de la cancha.
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No es difícil explicar por qué no hay nada más político —ni más peligroso— que la postura apolítica. Si en la orilla maradoniana había una apuesta por los revolucionarios de este lado del mundo y una posición valiente contra los abusos de la FIFA y la prostitución del fútbol, la tibia postura de Messi se vuelve aún más problemática cuando aparece caminando detrás del presidente norteamericano, justamente porque al ser un héroe autodefinido apolítico minimiza y termina por validar la ideología encarnada por Trump: imperialista, racista, colonialista y profundamente retrógrada. A Maradona lo conocíamos: podían gustarnos o no sus posturas, pero eran públicas y declaradas. En el caso de Messi, en cambio, son veladas y peligrosas, bien sea por omisión, falta de carácter, Asperger o convicción.
Y es que es en la idea de lo apolítico —o de la desideologización de los debates— donde más cómodo se siente el fascismo, que suele presentar la ideología como patrimonio exclusivo de la izquierda, como si la derecha o el neoliberalismo estuvieran vaciados de ideas. En ese mar de aparente banalidad es donde mejor bucea la mafia de la FIFA. Cuando Gianni Infantino sucedió a Joseph Blatter en la dirección del fútbol mundial prometió sanear de corrupción a esa entidad sin ánimo de lucro cuyo patrimonio podría ascender a los 13 billones de dólares. Bajo la bandera de lo apolítico y la transparencia, Infantino sancionó a Rusia y la expulsó de toda competencia internacional apenas una semana después de iniciado el conflicto con Ucrania; mientras tanto, Israel sigue participando en todas las competiciones futbolísticas más de dos años después del inicio de la defensa de su territorio el 7 de octubre de 2023. Una defensa que derivó en genocidio.
Esa FIFA, que tiene como máximo héroe a Messi, es la misma que con seguridad Maradona estaría encarando y llamando al orden, como lo hizo con la de Havelange cuando fue jugador activo y con la de Blatter en los años dos mil. Es también la FIFA que inventó un Premio de la Paz y se lo otorgó a Donald Trump por “sus esfuerzos de unir a los pueblos”, mientras su policía migratoria persigue y asesina personas —migrantes o no— en Estados Unidos. La misma que avala la proliferación de casas de apuestas como patrocinadoras del fútbol, al punto de que ligas enteras, como la colombiana, directamente llevan sus nombres y dependen de ellas en un mundo donde la juventud padece cada vez más la epidemia de la ludopatía. De hecho, la verdadera razón para ampliar el mundial a 48 equipos es simple: a mayor cantidad de partidos, más dinero para las casas de apuestas.
En fin: es la misma FIFA que compra el silencio de sus héroes, en una época en que los futbolistas son, como dijo Marcelo Bielsa, millonarios prematuros: jóvenes que ganan cifras astronómicas y encajan a la perfección en el discurso de la meritocracia, según el cual todo lo lograron gracias a su esfuerzo individual. En tierras del mérito no hay colectivismo posible ni orígenes para recordar, y cualquier atisbo de pensamiento crítico es castigado. Así ocurrió hace unas semanas cuando, en una conferencia de prensa de la selección de Estados Unidos, el jugador Tim Weah criticó el alto precio de las entradas para los partidos del mundial, que alejaría a los sectores más humildes de los estadios. Su entrenador, el argentino y confeso libertario Mauricio Pochettino, lo desautorizó de inmediato: “los jugadores deben hablar en la cancha (…) no somos políticos”.
Por eso nos hace tanta falta hoy Diego Armando Maradona. En el mundial de 2014 quien escribe esta columna hizo un seguimiento documental del astro argentino cuando conducía el programa De Zurda, producido por Telesur. En una entrevista para un medio internacional le propusieron jugar el clásico ping-pong de preguntas rápidas respondidas con una sola palabra. Cuando le preguntaron “¿Maradona?”, Diego respondió, sin pensarlo ni un instante: “mi papá” refiriéndose al otro Maradona, su padre, a quien siempre honró como artífice del éxito de su carrera.
Chi ama non dimentica (quien ama nunca olvida), dicen en Nápoles cuando hablan de Maradona. Y no lo olvidamos porque él no nos olvidó: ni a nosotros ni a su propio origen; no se traicionó a sí mismo, ni traicionó a la pelota. Lionel Andrés Messi podría haberse negado a visitar a Donald Trump; tiene el poder para hacerlo. Pero quizá al rosarino no se le pueda pedir tanto. Casi la totalidad de los futbolistas contemporáneos son como él: no hay disidencia posible. En la ruleta de esa gigantesca casa de apuestas que hoy en día es el fútbol están todos presos, girando a la deriva de su dinero.
Habría que ser muy grande, muy consecuente, muy valiente para renunciar al circo.