COVID-19 I La ética del testigo

Cuando ya nadie se puede auto inmunizar como testigo, hay una oportunidad urgente, visceral, de experimentar, repensar y preguntarnos qué significa lo común.

Juan Ricardo Aparicio

Profesor del Departamento de Lenguas y Cultura de la Universidad de los Andes.

15.03.2020

La pandemia del COVID-19 propone varias perspectivas de reflexión pero, la que particularmente me interesa, tiene que ver con la postura ética del testigo entendido en su inminente relacionalidad con un extraño que sufre y que ahora me atraviesa, me permea y me vuelve poroso. Ese testigo somos nosotros, quienes desde los privilegios hemos observado de manera lejana y desde una posición que se piensa como segura y que puede autoinmunizarse.

Hoy, sin embargo, estamos siendo interpelados por una radical vulnerabilidad, aquella que la modernidad ha intentado superar con prevenciones, con los avances de la medicina, el manejo del riesgo o el despliegue de una biopolítica.

Históricamente, el testigo –neutral o con una posición–, puede alejarse de ese extraño que sufre, ser censurado, autocensurarse o pronunciarse frente a un hecho. El pensador italiano Primo Levi, testigo de los campos de exterminio nazi, así como Giorgio Agamben, quien avanzó en lo teorizado por Levi, propone además la idea de la traición del testimonio, de la traición en el mismo intento de traducir o de darle sentido a una experiencia del dolor.  Pero hoy, en medio y atravesados por la pandemia del COVID-19, tanto la posición de la distancia como de la misma traición del testimonio, justamente están problematizando lo que nos separa porque aquello que aqueja a un “otro” ya no está lejos de nosotros: nos atraviesa. Pero también, por confirmar la imposibilidad de otorgarle un sentido o una narrativa coherente a esta trastocamiento sublime que necesariamente reconfigura y cuestiona tanto la noción del testigo como el de una modernización que avanza sobre sus certezas, su control y su asepsia.

Pensamos se había superado por las economías cognitivas, creativas o naranjas: por la misma presencia del cuerpo dentro del capitalismo contemporáneo, como por este taller oculto de la producción, pensando en Marx, que se sostiene y se reproduce en cuerpos mojados, fatigados, vulnerables y precarizados.

Lo que apenas empieza a ser claro es que no hay un orden, no hay una estructura, una intencionalidad o una voluntad que le otorgue sentido a esta aleatoridad.  Hay un artículo de Santiago Alba Rico muy ilustrativo que nos enfatiza tanto en nuestra inmensa y antigua vulnerabilidad, pero también, de nuestra tendencia a buscar un culpable, sobre todo cuando no tenemos claridad de quién es “el enemigo”, cuando no tiene un rostro o una lógica en su actuar. Es ahí mismo, nos recuerda Alba, cuando acudimos a las famosas teorías de complot de una guerra biológica o de una intencionalidad coherente. Pero frente a la contingencia, estas mismas teoría se desdibujan por una amenaza que no selecciona a unas personas sobre otras. 

Lo que plantea el artículo es interesante, porque parece que el testigo ya no puede quedarse quieto ni cómodo en sus posiciones y relaciones. Está arrojado a esta contingencia y no puede escaparse ni encontrarle sentido. Nos toca vivir con la pandemia, con esa contingencia, y quizás, es una valiosa oportunidad para repensarnos. Es entonces, ahí mismo, cuando surgen valiosos interrogantes que interpelan y reconfiguran la misma cotidianidad tanto del testigo como de la comunidad. Y por comunidad, pienso en humanos y no humanos, en bacterias, microbios, en relaciones, flujos y afectos que nos recuerdan tanto de nuestra inminente relacionalidad como también nuestra irresponsable presencia en el mundo que algunos han denominado con el concepto el antropoceno o incluso, con el capitaloceno. Varias preguntas lo acechan: ¿Qué dice todo esto de la forma en que estamos viviendo? ¿Qué dice de nuestros sistemas, de nuestros modos de producción y distribución, de nuestros modos de ser en el mundo junto con otros? ¿De nuestras proyecciones a futuro, de nuestros manejos del riesgo?

Así, este testigo interpelado por estas preguntas es aquel que debe interrogarse por  su noción de estar con otros, por el cuidado colectivo, por la importancia de lo público en épocas donde asistimos a su desmantelamiento, entre otras preguntas urgentes. Desde ese punto de vista, su postura ética es también la de participar en la formulación de diseños críticos de nuestras mismas sociedades que partan de la base que de que nadie está inmune, de una forma de relacionarse con los demás partiendo de la base de que el virus no selecciona. E irónicamente, no selecciona justamente por lo que pensamos se había superado por las economías cognitivas, creativas o naranjas: por la misma presencia del cuerpo dentro del capitalismo contemporáneo, como también lo recordaba Alba Rico.  Tanto por este taller oculto de la producción, pensando en Marx, que se sostiene y se reproduce en cuerpos mojados, fatigados, vulnerables y precarizados, que no vemos o sólo vislumbramos cuando nos refugiamos en nuestra ciudad de los muros para traernos alimentos, pedidos o domicilios. Pero también, y no olvidar, pues este es uno de los datos reveladores de esta contingencia, por el cuerpo del ejecutivo, del businessman, del backpacker, del gomelo, del académico transnacional, del CEO. Y es justamente la presencia de esa corporalidad la que nos obliga a pensar en la necropolítica en Colombia, en la repartición de los cuerpos y en las mismas condiciones de existencia que hacen que a pesar de la subliminalidad y aleatoridad del virus, habrá cuerpos que se salvarán y cuerpos se sacrificaran. De qué cuerpos pueden refugiarse, aislarse y quiénes tienen que seguir discurriendo por las calles abandonados a su propia suerte y riesgo.

En esta repartición, el cuerpo del migrante ilegal en las ciudades europeas, pero también el cuerpo del que vive de la calle y en la calle en nuestras ciudades latinoamericanas, el cuerpo de los desempleados, el de los adultos mayores que no alcanzan a pensionarse y tienen que volver a la calle por sus sustento, el cuerpo del joven precarizado, nos enfrentan a preguntas sobre el estado actual de nuestros sistemas de protección social ¿Qué ocurriría o qué está ocurriendo en caso de una emergencia? ¿Qué hacemos con los cuerpos que van a seguir siendo identificados como unos cuerpos en “el lugar equivocado”? 

Es una oportunidad urgente, visceral, de experimentar, repensar y preguntarnos qué significa lo común cuando ya no hay nadie que se pueda auto inmunizar ni en referentes identitarios, nacionalistas o inclusive económicos.

De hecho, los medios, que son los testigos por excelencia, tienen que denunciar la peligrosidad con la que se está respondiendo a la crisis y esas formas tienen que ver con clásica creación de enemigos o chivos expiatorios que se esconden detrás de la idea de “La enfermedad de los Chinos”, o que algo hicieron y por eso se lo merecen. Un sesgo que este país bien conoce y que vemos una y otra vez en las narrativas que los medios tienen sobre el éxodo venezolano. Aquí lo que es claro es que ni siquiera la inmunización de las políticas identitarias de derecha crean fortalezas son suficientes. El virus no respeta esas fronteras.

La ética se hace urgente también para los medios ante la velocidad de respuestas que apuntan a cuerpos en particular, además bajo parámetros de raza o clase, cuando justamente deberían estar diciendo que esta es una pandemia que nos afecta a todos. La pregunta es cómo vivir en común y qué tipo de cuidado frente al otro vamos a precisar. Estamos pues llamados a pensar otras formas de entender lo comunitario así como preguntarnos por nuestros sistemas de protección social.

Es una oportunidad urgente, visceral, de experimentar, repensar y preguntarnos qué significa lo común cuando ya no hay nadie que se pueda auto inmunizar ni en referentes identitarios, nacionalistas o inclusive económicos. ¿Qué tipo de comunidad es la que vamos a construir mediante y a través de esta pandemia? Esperemos que sea una donde no haya vida sacrificables o externalidades que han caracterizado y siguen caracterizando nuestra contemporaneidad. 

Pues de esa contemporaneidad, si que hemos sido sido testigos.

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