Covid-19: Elogio a la apatía

En tiempos de pandemia y teletrabajo necesitamos ocupar la mente. Pero también precisamos del aburrimiento, de la tristeza y de la apatía para ayudar a entendernos lejos de la productividad y el rendimiento sonámbulos que perseguimos sin miramientos. Un análisis de un profesor experto en psicología.

Oskar Gutiérrez Garay

Psicólogo, magister en literatura y doctor en pensamiento complejo. Docente de psicología de las Universidades Andes, Nacional, Pedagógica Nacional y la Manuela Beltrán.

12.05.2020

La terapia psicológica se remonta a una técnica griega antigua: la socrática, que tiene tres elementos. El primero es la Aporía: la duda, la crisis, la confrontación primaria. El segundo es la Dialéctica: el debate alimentado de preguntas y respuestas que nos esfuerza al examen profundo del yo y de los significados del malestar. Y el tercero es el Mayéutico: el parto en el que emerge el nuevo conocimiento profundo del sujeto. Como todo parto, es doloroso pero gratificante: el producto renueva al sujeto y lo anima a pensarse y posiblemente a ser distinto. 

En estos momentos de contingencia, en los que cualquier cosa parecería un consuelo, urgimos de tips, de píldoras suaves y fáciles de digerir. La muestra de eso son las reflexiones que han circulado durante la pandemia que tienen que ver con un pensamiento positivo ciego y motivante que nos empuje a un estado de bienestar ilusorio y estático. Ese optimismo desbordado y malsano que ciertas personas quieren estimular con videos, recetas, juegos, actividades, sonrisas y buen ánimo.

Pero, como dice Stig Dagerman, nuestra necesidad de consuelo puede ser insaciable y el equilibrio un listón estrecho: “Lo que busco no es una excusa a mi vida sino todo lo contrario a una excusa: la reconciliación. Al fin me doy cuenta de que cualquier consuelo que no cuente con mi libertad es engañoso, al no ser más que la imagen reflejada de mi desespero”. 

El tratamiento y el cambio psicológico verdadero compelen un esfuerzo constante y disciplinado. No hay alivios significativos inmediatos.

La psicología libera porque reconcilia, pero esa libertad tiene un precio y está lejos de ser inmediata. Sea cual sea el acompañamiento, telefónico, presencial, por video, es importante que las personas sepan que no es algo que se logre de manera inmediata ni que debe estar enfocado únicamente en el lábil desespero. La atención en crisis que hacen muchos psicólogos necesita del proceso para consolidar cambios.

Para eso también necesitamos dosis de pensamiento negativo y crítico. La sonrisa mecánica y fácil no generará los cambios que como sociedad y como individuos urgimos. Antonio Gramsci afirma que el optimismo no es otra cosa que un modo de defender la propia pereza, las propias irresponsabilidades, e incluso, una forma de fatalismo y de mecanicismo. El entusiasmo no es más que exterior adoración de fetiches. 

Creo en el poder del pensamiento negativo y crítico para poder entender y transformar las dinámicas que ahora nos tienen como estamos. Este enclaustramiento obligatorio no debe ser el paréntesis entre una idea. Debe, en cambio, estimular en el sujeto un fuerte y duro proceso reflexivo que lo confronte y lo incomode más allá de esta pausa de la normalidad. 

Necesitamos ocupar la mente, es claro, pero también precisamos del aburrimiento, de la tristeza y de la apatía, porque ahí también pueden estar los elementos constitutivos de la crisis. La apatía nos puede ayudar a entendernos lejos de la productividad y el rendimiento sonámbulos que perseguimos sin miramientos. También nos puede ayudar a entendernos más cerca de la transformación incómoda y difícil que garantizará nuestra supervivencia como especie.

Nada es normal, y desde esa añoranza enfermiza de normalidad, las empresas terminan por arruinar la poca salud mental de sus empleados. Es importante que las organizaciones se entiendan más allá de sus propios intereses

Eso, sin embargo, es algo que en la crisis parecen no entender ciertas empresas e instituciones que han hecho de cuenta que todo se puede hacer normalmente con el teletrabajo. Cumplir horarios, hacer reuniones (una especie de presencialidad desde la virtualidad) está en contra de los retos que esta contingencia nos reclama. Nada es normal, y desde esa añoranza enfermiza de normalidad, las empresas terminan por arruinar la poca salud mental de sus empleados. Es importante que las organizaciones se entiendan más allá de sus propios intereses y que entiendan que un trabajador en casa debe cumplir con tareas domésticas básicas. 

En mi caso, por ejemplo, soy psicólogo, profesor en varias universidades y padre de mellizos de 16 meses. En la cuarentena, mi esposa y yo debemos hacernos cargo de nuestros hijos, también hacer las labores del hogar. A eso hay que sumar las actividades propias del trabajo que parecen aferrarse aún a esas tareas urgentes e innecesarias que proporcionan ilusión de control y mando. Llenar planillas semanales, ver tutoriales, videos y llenar encuestas para hacer las clases virtuales y mejorar la pedagogía. 

Ya estoy comenzando a sentir los rigores físicos de hacer de todo. Por eso he dejado de llenar planillas, de ver tutoriales. La prioridad ahora es el cuidado de mis hijos y conservar la salud mental. 

En tiempos de jefes autoritarios y estúpidos, de egoísmo y falta de responsabilidad, siento con más fuerza el llamado y la necesidad de la psicología como disciplina de la salud, como la defensa del humanismo y como postura política para hacerle frente a ese miedo obtuso que domina nuestras decisiones y nos restringe al cambio. Si hay una peste, es esa.

Si las empresas no entienden eso, todo este proyecto social que nos mantiene en casa para salvar la humanidad solo será la extensión del egoísmo propio del neoliberalismo. Si esto que estamos viviendo no genera un cambio de pensamiento radical sobre lo sustantivo de la humanidad misma, volveremos con contundencia a la misma monotonía, a la productividad pastosa saturada de urgencias y esfuerzos individuales. El “otro” quedará muerto y solo seguirá siendo la añoranza inalcanzable de románticos y oprimidos.

Esta crisis no solo necesita de reflexiones sobre nuestros trabajos, también necesita de reflexiones sobre nuestra educación. En ese aspecto, el debate no debería centrarse en el mecanismo: si es por Zoom, Teams, Blackboard o Google meet, sino preguntas básicas cuya respuesta no es fácil. ¿Confundimos educación con entretenimiento? ¿Somos capaces, profesores y estudiantes, de generar procesos autónomos y disciplinados o estamos a la espera, como el méndigo con el brazo estirado, de lo que el otro debe y tiene que dar? ¿Mi posición como estudiante es la de un cliente que pagó por un servicio? ¿Cómo profesor mi tarea es embutir tareas para que los estudiantes hagan porque hacer es aprender?

Theodore Adorno considera que quien quiere educar para la democracia debe dejar claras sus debilidades. Nuestra educación es y debería ser un proceso dialéctico, frágil, orgánico. Psicología y pedagogía se tocan en este punto. ¿Nuestra educación se ha olvidado de la parte democrática por limitarse netamente a lodisciplinar? ¿Dialogamos o solo hacemos? ¿Es la apatía y el aburrimiento del estudiantado resultado del hartazgo de profesores que atosigan con tareas porque la tarea parecería más importante que la reflexión del bienestar? 

Un encuentro virtual no es necesariamente un diálogo, a veces son individualidades en pantalla, ejercicios unidimensionales del yo con el vacío.

Y en el fondo de todas esas reflexiones está lo esencial: la vida en riesgo y la pulsión de la muerte.

En este punto, la muerte parece distante. Solo es un anuncio por televisión o un mensaje en redes: cientos mueren al día, pero desde el balcón de mi apartamento tomándome una cerveza y fumando un cigarrito cubano parezco inmune a ella. Nada más lejos de la verdad. La muerte late, es el rumor de la tormenta. 

También en el fondo están las otras ausencias: la pobreza, el hambre. Es muy difícil hacer psicología y educar cuando no hay comida en el plato o duermen cinco en una habitación. Las denuncias por violencia de género y todo tipo de agresiones han aumentado en los últimos días. Espero que esta coyuntura ayude a que se valore mucho más el trabajo de los profesionales de la salud como predice el sociólogo Alain Touraine, y ojalá no solo los que están combatiendo el Coronavirus, también aquellos que podrían ayudar a salvar a las personas de los efectos mentales y sociales del aislamiento y de la incertidumbre. 

Aún nos resuenan a los psicólogos las palabras de la vicepresidenta meses antes. Ella reculó y nos llamaron a filas, pero la psicología parece luchar en las trincheras y los callejones de las ciudades mientras en el frente, sin el equipamiento suficiente, los médicos, enfermeras, terapistas respiratorios, bacteriólogos, virólogos y epidemiólogos combaten contra lo que no tiene forma. 

Los virus, como todo lo demás en la naturaleza, no tiene interés alguno por los seres humanos, ni positivo ni negativo. Son instrucciones que dicen “cópiame y disemíname por doquier”. Eso es todo”.

Esto no es una guerra en sí, es el hombre luchando contra su ego y la amenaza de su extinción por algo a lo cual no le importamos y solo se replica y se esparce. Pensar que el Coronavirus es una especie de castigo divino por nuestras acciones u omisiones con el planeta en una lectura antropocéntrica. La lógica de la pandemia es otra. Richard Dawkins afirma en su libro Escalando el monte improbable que “los virus, como todo lo demás en la naturaleza, no tiene interés alguno por los seres humanos, ni positivo ni negativo. Los virus son instrucciones de programa codificadas en el lenguaje del DNA y están aquí para el bien de las propias instrucciones. Las instrucciones dicen “cópiame y disemíname por doquier”, y las que son obedecidas son las que encontramos. Eso es todo”.

Frente a esa lógica del virus que se nos escapa, ¿cómo saber hacia dónde vamos? ¿Cómo saber si esto tendrá un final y cuándo será?

Stephen Hawking escribe que hay al menos tres flechas del tiempo diferentes. La primera es la flecha del tiempo termodinámica: la dirección del tiempo en la que aumenta el desorden o la entropía. La segunda es la flecha del tiempo psicológica: la dirección en la que sentimos que el tiempo pasa, por eso recordamos el pasado y no el futuro. La tercera es la del tiempo cosmológico: el universo que se expande. Todas se dirigen en la misma dirección: distinguimos pasado de futuro, sabemos qué pasó, pero no podemos recordar lo que pasará. Vamos sin pausa hacia el tiempo donde se incrementa el desorden y el universo se expande.

Volver al estado estacionario, al pasado ordenado, es físicamente imposible. No vamos a volver a como estábamos antes de la pandemia, las leyes de la física lo impiden. Para contrarrestar esa sensación negativa buscamos la seguridad estática y así sentir que vamos hacia la incertidumbre y el desorden. Buscamos la quietud no solo para contener la pandemia, también para sentir seguridad: estaban bien las cosas como las veníamos haciendo y hay que seguir haciéndolas así.

Pero nuestras vidas, como todo lo demás en el universo, a pesar de parecer estáticas siguen en movimiento, uno lento e imperceptible. Los que quieren seguir haciendo para mantener la ilusión de normalidad están equivocados. El cambio y la crisis hieren a esa sensación. La flecha psicológica va para un lado, pero hay una fuerza emocional que quiere por momentos revertir su dirección hacia el lado opuesto. Nuestro espíritu como humanidad es fuerte, pero no creo que tanto como para ir en contra de la termodinámica básica.  

¿Volveremos a estar como antes? Definitivamente no. Marian Heitger, un pedagogo alemán, afirma que la prueba definitiva de que cualquier educación es digna esencialmente es que siempre debe poder fracasar, de no poderlo hacer perderá su carácter pedagógico y humano. Creo que lo mismo aplica para todas las otras dimensiones de nuestras vidas: tal vez las cosas buenas son las que deben poder fracasar, más en época de cuarentena donde parecería que por fin estamos mirando el corazón de la incertidumbre. 

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