Contenido podrido: cómo las frutinovelas exponen el problema de la originalidad en la IA
Entre frutas antropomorfas y melodramas virales, las frutinovelas terminaron abriendo preguntas sobre propiedad intelectual, estilos visuales y contenido generado por IA.
“Tú eres manzana, yo soy manzana, entonces, ¿de dónde salió este bebé limón?”
La pregunta estalla en medio de una discusión matrimonial entre frutas con ojos gigantes, cuerpos imposibles y expresiones dignas de una telenovela en horario estelar. Segundos después vendrán los gritos, las acusaciones de infidelidad y la expulsión de la casa. Cambian las frutas, las tramas y las víctimas, pero la escena es la misma: un melodrama exprimido por algoritmos que aprendieron que no hay nada más adictivo que la traición.
En marzo de 2026, un canal de TikTok empezó a subir capítulos de poco más de un minuto parodiando al reality show estadounidense Love Island. La serie tomaba los dramas clásicos del reality show cambiando a los participantes: aquí, eran frutas antropomorfas con las proporciones absurdas que permite este tipo de animación.
Este nuevo género –conocido ya como ‘frutinovelas’– también incluye diálogos sensacionalistas, un estilo de animación basado en Pixar y tramas pasionales que retratan adulterio, ascenso social y violencia intrafamiliar.
En Colombia, un creador de contenido de IA dice que tomó esta tendencia directamente del mundo angloparlante y la volvió “suya”, modificando a los personajes, creando un universo narrativo y haciendo tramas más cercanas al público. Pero, ¿cómo reclamar autoría cuando el proceso artístico está mediado por tantas máquinas?
Para responder esta pregunta, tenemos que ver ¿cómo se construye una frutinovela?
AI Slop: un puré algorítmico
Hacer una frutinovela puede ser tan simple como escribir un prompt o tan complejo como supervisar cada etapa del proceso. Algunas aplicaciones pagas como Medeo o Korpi producen automáticamente narrativas, personajes, escenarios, voiceover y movimientos de cámara.
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Hay otras aplicaciones, gratuitas, que requieren de más intervención humana. Aquí se necesitan de 2-4 aplicaciones de IA diferentes, para hacer desde los guiones, pasando por la producción visual y la modelación 3D, hasta la animación misma. Y hay un último paso, que es tal vez el que más esfuerzo requiere: unir todas las escenas en una línea de tiempo.
Entonces, ¿ser creador de contenido con IA es simplemente dar instrucciones?
Melisa Machuret, artista y directora creativa especializada en IA, explica que las aplicaciones de IA producen contenido según la viralidad de la que se alimentan en internet. Los sistemas aprenden de millones de imágenes, diálogos y videos que ya existen, por lo que terminan reproduciendo patrones narrativos que históricamente han funcionado: el drama familiar, los triángulos amorosos, la humillación pública. A este contenido de bajo esfuerzo, los usuarios de internet le han llamado AI Slop (en español, contenido basura de IA).
El término AI Slop se usa para describir contenido de baja calidad, generado masivamente con inteligencia artificial y hecho únicamente para captar atención. Como una papilla sin valor nutritivo, son videos hechos para saturar la pantalla y mantener al público consumiendo, aunque el contenido sea repetitivo, vacío o desechable.
Las tendencias mutan con velocidad porque importa menos qué se consume y más cuánto tiempo logra retener la atención. Una semana son gatos llorando, la siguiente, esqueletos dando clase de historia y después, frutas envueltas en dramas matrimoniales.
Machuret explica que a la IA le queda muy difícil no reproducir sesgos, porque aprende de las narrativas clasistas, racistas y misóginas que circulan en internet. Entonces, cuando en cada parte del proceso se utiliza IA, tanto el guion, los personajes y la trama quedan plagados de estos sesgos, por más que no sea intencional por parte del creador.
Sobre el esfuerzo que realmente implica ser un creador con IA, las opiniones están divididas. Para algunos, basta con escribir una instrucción y dejar que la máquina haga el resto. Para otros, el proceso todavía requiere una construcción narrativa con guion, dirección visual y montaje. Pero para ambos casos quedan preguntas de fondo, ¿qué tanto importa el mensaje que circula detrás de estas historias frente a la capacidad de llamar la atención? ¿Hasta qué punto es posible domesticar estos modelos para que dejen de producir contenido cargado de estereotipos sin sacrificar aquello que los hace virales?
Contenido ultra dopamínico
“Haciendo un capítulo me podía demorar como nueve horas”.
El que habla es Wiliam Rico, creador del canal de frutinovelas @frutystory. Rico es estudiante de diseño industrial. Lleva experimentando con aplicaciones de IA desde hace meses, en principio, solo para sus amigos y compañeros universitarios.
Dice que se inspiró directamente en Fruit Love Island, el canal donde originaron las frutinovelas y decidió adaptar este concepto en habla hispana. Para él, las frutinovelas en inglés tenían elementos que no resonaban con un público latino.
El primer video de @frutystory lo hizo el 13 de marzo de 2026 y fueron sus amigas las que lo motivaron a publicarlo en redes. Rico creó cuentas de Instagram, Facebook y Tiktok desde cero. “Subo el primer capítulo y me voy a dormir, a la mañana siguiente el video ya tiene diez millones de visualizaciones y la cuenta que tenía cero seguidores en Instagram ya tiene diez mil”.
Cuando se fijó en los comentarios de ese primer video, vio que los más repetidos eran “mi novela favorita” o “mi novela de las ocho” y optó por diseñar su canal para satisfacer a sus consumidores: series que seguían una misma trama, donde a lo largo de varios capítulos los televidentes deban esperar al estreno del siguiente episodio.
“Yo creaba el plano a plano, hacía una línea de tiempo y todo el storyboard. Eran de 200 a 300 imágenes por un capítulo de dos minutos” dice. Él mismo escribe los guiones, construye los storyboards, hace la bocetación de personajes en Blender y afirma que la IA entra únicamente para animar.
@frutystory es lo que Machuret describiría como “un caso de estudio” para los creadores de contenido: el algoritmo de redes sociales beneficia a los videos que generen más conversación. Rico fue ágil en interactuar con sus seguidores y determinar qué querían: “Comencé a estudiar el género de telenovela, y dije bueno, voy a hacer un contenido ultra dopamínico”. Los referentes de Rico eran videos de YouTube Kids, donde “cada plano no dura más de 1.5 segundos y están generando estímulo tras estímulo”, dice.
Pastiche y reproducción: ¿qué tan protegidos pueden estar los productos hechos con IA?
Rico afirma ser el primero en marcar la tendencia para el público latino con sus frutinovelas. Recibió con cariño las primeras muestras de atención, hasta que fue víctima de lo que él declara como plagio.
“Yo siempre entraba al hashtag a ver todo lo que comentaban las personas de los capítulos y empiezo a ver capítulos que tienen más visualizaciones que mi cuenta y digo ‘espérate’. Cuando entro, era un capítulo mío desde otra cuenta de Instagram que tenía más seguidores que yo”. Su trabajo había sido exprimido por manos ajenas.
Rico tomó una medida común entre creadores: poner marcas de agua en sus videos. No obstante, la industria de los creadores de IA y las redes sociales no comen de propiedad intelectual. Sello de calidad o no, el acto de subir videos ajenos es poco monitoreado y rara vez castigado por Meta o TikTok. La gente no solo empezaba a apropiarse de sus videos, sino que los personajes que él creó, como Banana Negra, empezaron a ser protagonistas de otras historias en perfiles masivos.
El caso de Rico suscita preguntas sobre el lugar de la autoría en la IA: ¿Dónde empieza la propiedad intelectual cuando se usan estas herramientas? ¿En el guion, el diseño de personajes o simplemente en saber qué pedirle a la máquina?
Rico decidió registrar su contenido bajo la Dirección Nacional de Derechos de Autor (DNDA). El creador argumenta que su contenido tiene la suficiente intervención humana para ser protegido.
“El criterio es que si la obra es creada por inteligencia artificial, carece del componente humano, entonces no se puede proteger. Y si la obra es creada con inteligencia artificial, debe tener un aporte originalidad que venga de un ser humano” dice Diego Guzmán, abogado especialista en derechos de autor en el arte.
Guzmán explica que esta diferencia no termina de estar unificada en las oficinas de derechos de autor alrededor del mundo. En Estados Unidos, ya se han revocado registros de obras hechas con IA y que la protección depende de si las intervenciones son más creativas o técnicas.
¿Qué significa esta diferencia entre lo original y lo técnico? ¿Es posible co-crear con IA para después reclamar el resultado como propio?
Rico defiende que la construcción de sus personajes va más allá de pedirle algo genérico a una aplicación. Por eso insiste en documentar bocetos, archivos y fechas de creación. “Los personajes están construidos bajo estereotipos, pero también sobre arquetipos de conducta” explica.
Pero incluso allí aparece otra pregunta: ¿qué tan original puede ser un personaje diseñado dentro de una tendencia global que ya comparte códigos visuales y narrativos?
Según Guzmán, la DNDA ha sostenido que en Colombia los personajes no pueden protegerse de manera independiente, sino únicamente como parte de la obra audiovisual en la que aparecen.
Pero la madeja se enreda más. La instrucción “pixar-like” aparece constantemente en los prompts como una referencia estética. El término se usa para pedirle a la IA animaciones que reproduzcan el estilo visual asociado a Pixar sin mencionar directamente a la compañía. Así, incluso cuando Rico boceta a sus personajes y dirige cómo deben aparecer en escena, sigue trabajando dentro de una referencia visual ampliamente reconocible y replicada por otros creadores alrededor del mundo. ¿Qué tan original es su obra entonces cuando los personajes que le solicita a la IA vienen con la instrucción de parecerse al famoso estudio de Disney?
“Mi posición como académico es que el pastiche (la imitación del estilo) está prohibido en Colombia” dice Guzmán, el abogado especialista en derechos de autor.
Algunos creadores de frutinovelas estarían en desacuerdo. William Arango, creador colombiano de contenido con IA, asegura que en su caso hace versiones “barranquilleras” de estas historias. El creador sudafricano Bahle Chonco me plantea algo similar: “uno conecta con situaciones familiares, emocionales, cosas que pasan en la vida real. Yo tomo esas situaciones y las exagero, las hago graciosas usando personajes como frutas”. Tanto Arango, como Chonco, como Rico y varios otros creadores de frutinovelas hablan de identidad y conexión emocional con la audiencia.
Pero esa sensación de pertenencia también revela una contradicción: todos creen estar haciendo algo propio a partir de estructuras que ya existían antes. Las tramas melodramáticas vienen de las telenovelas, la estética de estudios de animación reconocibles y los formatos de narración rápida de plataformas como TikTok o YouTube Kids. Lo que cambia no es necesariamente la historia, sino el contexto cultural en el que sirve.
Entonces, ¿dónde empieza realmente la autoría? Y, si miles de personas pueden producir historias similares usando las mismas herramientas, ¿qué significa hoy crear algo “propio”? Toda obra tiene referencias, y tal vez, estas narrativas no sean una ruptura total con el arte, sino un transgénico cultural: mutaciones que son mezcladas, aceleradas y redistribuidas por algoritmos. Después de todo, las telenovelas ya reciclaban arquetipos, los estudios de animación ya trabajaban sobre estilos reconocibles y el internet siempre ha vivido de copiar, transformar y exagerar. La diferencia es que ahora las herramientas pueden hacerlo más rápido, más barato y con menos barreras técnicas. Entonces, ¿la IA está destruyendo la creatividad o simplemente democratizando –y saturando– la producción artística?
“La originalidad no existe en la IA” dice Machuret. Aunque cada adaptación se sienta propia, y refleje un contexto, un humor o problemas distintos, basta con navegar unos minutos por internet para encontrar el mismo puré servido a otro público, con otros personajes y otro idioma, pero siguiendo exactamente la misma receta.