La vena política de Claudia López

Detrás de Claudia López, la exsenadora más votada por su partido en las elecciones pasadas —tercera en el escalafón histórico— y candidata a la vicepresidencia junto a Sergio Fajardo, está su madre María del Carmen Hernández. Profesora de colegios públicos, sindicalista, el alma de su hogar.

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Andrés Pérez Hernández

01.03.2018

María del Carmen Hernández está seria. Su ceño está fruncido. Aunque responde, atenta y cordialmente a mis preguntas, sé que está incómoda. No le gusta andar en una camioneta blindada. Es la madre de una de las personas más amenazadas de Colombia. Claudia López, quién en los años 2000, hizo un mapa que confirmaba las sospechas del entonces representante a la cámara Gustavo Petro. Los paramilitares habían financiado candidatos al Congreso, teniendo un tercio en sus manos. En 2013, 60 excongresistas fueron condenados. Por eso, a Claudia López le temen. Además, a muchos no le gusta su homosexualidad, su voz fuerte —a veces gritos. Y sin embargo logró uno de los 26 —de 102— escaños pues arrasó con más de 80.000 votos. 81.045 electores la pusieron por encima de personajes como Antonio Navarro o Roy Barreras, quienes han sido más de dos veces congresistas. La niña que aprendía con la enciclopedia Mis primeros conocimientos ahora es politóloga y candidata a doctora en ciencia política de la Universidad de Northwestern, cerca a Chicago. Participó de la Séptima papeleta, que impulsó la Constituyente de 1991. “Vivimos con el ‘padre nuestro’ en la boca”, dicen sus padres mientras hablan de su hija mayor. Ahora, ¿qué llevó a Claudia a ser “la mujer con más pantalones” del congreso?

“La vena política salió de la mamá”, afirma el padre de Claudia. Aunque él y Carmen ya no son pareja, nunca terminaron su relación de familia. “Siempre fui clara. El papá de Claudia estaría siempre presente en su educación”. Y así fue. Entonces, la política viene de Carmen, quien nació en Bogotá a finales de los años 40. Ella viene de una familia liberal con miembros en las Juntas de Acción Comunales. Es sobrina de un concejal bogotano y fue la primera en ser profesional entre sus cinco hermanos. Pasó de visitar la finca en Vianí, Cundinamarca, en sus vacaciones, a ser profesora de miles de niños bogotanos. Aún recuerda el momento en que otro maestro la cuestionó por el currículo que estaba presentando para el año que seguía. Ella explicaba las competencias que los alumnos adquirirían y él le preguntaba “¿y qué más?”. Desorientada explicaba hasta que él le soltó una frase que la encaminó el resto de la vida. “¿Cuál es la incidencia política?”. Nacía una vena social que ella pasaría a su hija con los años. “El maestro debe estar formado en lo pedagógico, porque esa es su base. En lo político, porque cualquier decisión que se tome en la vida es política. La política no es de partido, es hablar de decisiones. Y está incompleto el maestro que no hace sindicalismo”, dice sonriente. Bajo ese lema vivió los 40 años que dedicó a la educación colombiana desde las aulas y los sindicatos. Por ejemplo, luchó por la creación del Estatuto de profesionalización docente, que formalizó la profesión de los maestros en Colombia durante el siglo XX.

"Sobre las mujeres y la política ha habido avances, pero porque la mujer ha entendido su papel como el alma. Un hogar sin mujer es como un sancocho sin plátano: está incompleto"

La camioneta de hoy es consecuencia de las amenazas que ha recibido su hija, pero no es la primera vez que es amenazada. La vocación sindical llevó a que María del Carmen conociera la sensación de tener a la muerte acechándola desde que era directora en un colegio de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá. Tuvo que solicitar un traslado después de aguantar casi un año de amenazas. “Me venció el miedo. Sentí que había cumplido mi labor ahí y que mis hijos me necesitaban”.

Sin importar cuánto amara el sindicalismo, nunca dejó de educar a sus hijos. Por ejemplo, no teme afirmar que la hoy exsenadora y candidata vicepresidencial “nació montada en una bicicleta”. Todos son buenos para las actividades físicas. Incluso, uno de sus hijos es deportista profesional. Eso forma parte de la idea que su madre tenía de educación. “Un deporte —además de natación— y defensa personal. Los cuatro aprendieron eso. Además, los tres menores también aprendieron a tocar algún instrumento musical de niños”, dice. Sin embargo, en el caso de Claudia hubo más que una educación cuasi-ateniense. “Uno entraba a la casa y veía el periódico extendido, pero no alcanzaba a ver quién lo leía”. Claudia tenía nueve años. “Mi segundo esposo le dejaba tareas, como que leyera los ‘monitos’ y luego se los contara. Al poco tiempo ella empezó a pedirle mejores retos, como que le dejara noticias en lugar de caricaturas”. Después, cuando ya tenía 10, se interesó en la lectura de su madre. Ella estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina, del escritor Uruguayo Eduardo Galeano. Le dijo a su hija que esos temas no eran para alguien de su edad. “Mami, entonces cuéntamelo tú”, le respondió Claudia. Con el tiempo, empezó a contarle de sus lecturas. Recuerda también que, al poco tiempo Claudia le dijo: “Y tú diciéndome que estas historias no son para mí…”. A partir de entonces, empezó a leer por su cuenta.

“Para usted, Carmen, ¿qué es el amor?”, le pregunto mientras recorremos Bogotá en la camioneta. “El amor es el sentimiento más noble, es casi el motor de la vida”, me responde con una sonrisa. “¿Y la felicidad?”, le pregunto de vuelta. “Es un camino, no precisamente rodeado de flores, que podemos recorrer para alcanzar nuestras metas”, me contesta al tiempo que nos detenemos. Nuestra conversación se rompe por un momento. Hemos llegado a la cooperativa de maestros de Cundinamarca. Aquí Carmen me dicta una cátedra corta, pero sustanciosa, sobra el sindicalismo en la educación bogotana. Arranca explicándome cómo funcionan las cooperativas. “Nos han permitido crecer a través de agruparnos. Además, ofrecen préstamos que usamos para tres cosas: educación, vivienda y turismo”. Ahí hace una pausa. “Hasta que nos pensionamos es que nos cambia la vida. En ese momento algunos maestros —los que pertenecemos al régimen anterior— podíamos trabajar un tiempo después de recibir la pensión y eso se convertía en un extra. Por eso nos cambia la vida”, me dice mientras pienso en los sueldos de los más de 30.000 maestros del distrito que en promedio están en $1.575.000 mensuales.

"Ella ha hecho más cosas que mi hermana, y además es más terca"

Aunque llevamos más de un mes de entrevistas, hay una frase que me ronda la cabeza. “Sobre las mujeres y la política ha habido avances, pero porque la mujer ha entendido su papel como el alma. Un hogar sin mujer es como un sancocho sin plátano: está incompleto”. ¿A qué se refería con el alma? Ella en efecto es el centro de su hogar, pero no por las labores “clásicas” de las amas de casa. Por ejemplo, sus alumnos pueden temblar si se les pregunta por la exigencia de la profe. Recuerda cómo en uno de sus cumpleaños un par de alumnos fueron a pasar un rato celebrando a su maestra. Llevaban a sus hijos, que encantados repetían “ojalá doña Carmen fuera nuestra profesora”. Sin embargo, la sonrisa rutilante de los niños disminuyó cuando sus padres dijeron con cariño “es que no la han visto brava”. De hecho, sus hijos concuerdan al decir que a ella “cuando está brava hay que amarrarla por detrás”. Tuve la fortuna de no toparme con su genio “templado” —como ella lo define—. Incluso, cuentan que en algunas ocasiones pasa de ser la educadora, que esgrime la razón y los argumentos como su arma fundamental, a convertirse en una madre tradicional, cuya mayor razón para proceder es un rotundo “porque yo soy su mamá”. Una faceta “Señor Hyde” de esta “doctora Jekyll”.

También hay reparos sobre sus habilidades de la cocina. “Claudia todo el tiempo la molesta”, dice su tercer hijo, Eduardo. “Digamos que no es muy habida a la cocina… Su comida no es horrible, pero no es la mejor”. No me sorprende. ¿A qué hora cocinaría esta madre entre sus años de aula y sus años como rectora, directora y funcionaria de educación pública? Sin miedo a regaño, su hijo la define como adicta al trabajo. “El día que esa mujer deje de trabajar, seguro empieza a decaer”. Luego añade que “ella ha hecho más cosas que mi hermana, y además es más terca”.

Después de varios encuentros, nos despedimos. Consiento la cabeza del gato que se acuesta en el sofá de su sala —que también es el garaje—. Tanto a ella como a Claudia les gusta “la vida de barrio”. “Mis hijos y mi esposo también aman este lugar”. Su sala está adornada con cuadros especiales. Detrás de los marcos resalta la pared verde. “El color y el partido de Claudia son coincidencia. Es que ese es mi color favorito, por encima del rojo de Santa Fe”. Le digo adiós a sus escoltas. Se refieren a ella como una persona “demasiado dadivosa”, haciendo referencia a los regalos que les da en navidad y otras fechas especiales. Dicen que la ven como una maestra. Me alejo mientras la veo hacerse pequeña en la puerta blanca de su casa. A su lado están su hijo, su nieta y la camioneta. Una postal muy acertada sobre el estilo de vida de esta maestra que encuentra en todo momento una excusa para no dejar de ejercer su vida, su profesión.

 

*Andrés Pérez Hernández es músico con énfasis en producción y estudiante de la maestría en periodismo del Ceper. Esta nota fue realizada en la clase ‘Perfil’ de la misma maestría y cuenta con Alejandra de Vengoechea como editora invitada.

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