Cartas para las Farc

Colombianos que le escriben cartas a los ex combatientes de las Farc. Ex combatientes de las Farc que le responden a los colombianos. Mensajeros que las llevan de unos a otros y se las leen en voz alta. De eso se trata el proyecto ‘Una carta por la paz’. Está vez, desde una de las zonas veredales en Icononzo, Tolima.

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Mariana Sanz de Santamaría

18.05.2017

Cuando le preguntamos a una campesina si esa era la vía para llegar a donde los guerrilleros, soltó una carcajada. “Sí, sí. Poráhi’ van bien”. Hace ocho años, incluso dos, de saber que había presencia de las FARC cerca, habríamos estado yendo en sentido contrario y en pánico. Es extraño ir a buscarlos. Unos kilómetros antes de llegar a Melgar, por una carretera en subida, se llega a Incononzo, municipio del Tolima. Pasando el pueblo se coge una vía larga y destapada. Después de infinitas curvas y de preguntar a más de un oriundo de la zona, vemos una pancarta: “Zona Veredal Transitoria de Normalización Antonio Nariño: territorio de paz”. Acá hay concentrados alrededor de 300 guerrilleros de las FARC, vigilados por un mecanismo tripartito de monitoreo entre la Fuerza Pública, la ONU y las mismas FARC para el proceso de la dejación de armas. Una vez esto pase, la figura jurídica de estas zonas se evapora. El plazo, 180 días, quedó pactado en el Acuerdo de Paz. Pero la realidad no es tanto así, ni la infraestructura ni la dotación de las ZVT estaban listas como se había pactado. Pretender desmontarlas para mayo de este año sería dejar unas construcciones a medias y 6,000 guerrilleros a la deriva.

Nos paran dos militares en una intersección. Su uniforme es distinto al de siempre, de colores claros, de desierto. Nos piden la cédula, nombre completo y de qué organización o fundación somos. Por la ventana les pregunto: “¿ustedes por qué tienen ese uniforme?”. Uno sonríe y me dice: “este es el especializado para quienes tenemos esta misión en las Zonas Veredales”. Es que hace un año su único trabajo era combatirlos, no cuidarlos como ahora.

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Traemos un paquete de cartas escritas por colombianos de todo el mundo dirigidas a un ex combatiente. Es la segunda tanda de Una Carta para la Paz, proyecto que empezó el semestre pasado ante la desolación que generó la derrota del Sí en el plebiscito del 2 de octubre. Vamos Juana Oberleander, una de las  cabezas detrás del proyecto; Laura, que trabaja con ella; Ivo, corresponsal de una emisora de radio alemana; Mateo, mi amigo fotógrafo, y yo. En total, fueron casi 500 cartas. Muchas resultaron descontextualizadas y un reflejo exacto de la distancia entre las realidades de los 6,000 guerrilleros y el resto de los colombianos, sobre todo de la población urbana. La mayoría traía mensajes de reconciliación, de perdón, de bienvenida y de esperanza. Estas fueron respondidas por más de 100 guerrilleros que, respetuosamente, aclaraban que ellos nunca han dejado de vivir o de ser colombianos. ¿Porqué les estaban dando la bienvenida?  Y que no se arrepienten, que lo ha que han hecho ha sido para el bien de todos, que están orgullosos de su lucha. ¿Qué les perdonan, entonces? Esto, claro, tomó por sorpresa a los autores de las primeras cartas que, como muchos, tenían un imaginario de guerrilleros arrepentidos y sumisos.

Después de una larga trocha vemos un grupo de estudiantes, cargados con carpas y equipaje, que baja de una loma, como quien sale de un campo de verano. Hemos llegado. Parqueamos y arrancamos a caminar. Vemos como el viento agita una bandera roja entre las casetas de madera y varias carpas que dicen: La paz no es, y nunca será, equivalente a sumisión.

En una primera plataforma de madera, bajo un carpa de plástico y zinc, hay carteles en los que se lee: Estrategias, Temas Centrales del Movimiento Político, Propuestas. Una bandera grande blanca: Me comprometo a…., con manos estampadas de colores debajo y en el piso unas petacas de cervezas vacías. Aparece un hombre alto, con facciones definidas, pelo corto y nariz puntiaguda. “¡Ay, por fin!”, nos saluda efusivo, “¿por qué no habían vuelto? Nos tenían abandonados”. Nos abraza y nos señala el camino al comedor. Aguapanela o tinto. “Siéntense”. Adentro ya hay varios. Me siento al lado de una mujer con el pelo pintado de rojo. Se llama Lucero.

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Entró a la guerrilla cuando tenía trece años. “Pero no por conciencia, después sí, pero a esa edad yo sólo quería uniforme”. Tiene 27 años, es fuerte. Mujer. Le pregunto si aún sigue con la organización que tenían en la selva. “Vea, todo igual. Acá mantenemos la misma disciplina, pero se ha flexibilizado, ¡Uh! Mucho. Antes tomar trago era una falta”. Le digo que voy a anotar lo que me cuenta para que no se me olvide. “Ah, listo, póngame cuidado”. Y me explica: las FARC se divide en la guerrillerada, que está compuesta por escuadras de doce personas que incluyen al comandante y al reemplazante. Arriba de eso está la guerrilla, después la Columna, el Frente y el Bloque cuando son más de 5 Frentes, si son menos, es un Comando Conjunto. Lo importante es que la escuadra nunca desaparece. “Todos los días, en la reunión de equipo se hacen críticas”, me explica, “haga de cuenta que Anacleta está siendo muy grosera y así”. Si las críticas o incumplimientos al reglamento son recurrentes o graves pueden llegar al Concejo de Guerra, donde hay un acusador, un defensor, un comité jurado, testigos y “los que deciden si a uno lo fusilan o no”, dice ella. “Como un juez en la sociedad civil”, digo yo. “Nooo, no, es que los jueces son corruptos”.

Nos interrumpen. Ya es hora de reorganizar el comedor para sentarnos en una mesa redonda y, con Juana y el resto, compartir las cartas. “Leeremos algunas de las cartas nuevas que traemos y quisiera que discutiéramos qué sienten ustedes con lo que les escriben”, les dice Juana. Ordenados, se sientan uno al lado del otro, frente a nosotros. Ellos allá, nosotros acá.

Uno de ellos se levanta: “Bienvenidos todas y todos, es un placer tenerlos aquí. Nosotros nos vamos a presentar uno por uno, los camaradas. Yo soy Faber Sánchez, del comité logístico. La tarea es multiplicar el mensaje, intercambiar las ideas y aprovechar el momento del país”. Se sienta y se para otro. “Adriano Jaramillo, yo coordino la organización del Tolima, Cundinamarca y Bogotá, para Colombia entera. Bienvenidos”. Se sienta y se para el siguiente. “Yo soy Rubiel Castro, bueno tenerlos acá porque ahí se van dando cuenta que tenemos mucha ansiedad por la paz”. El que sigue: “Buenas tardes, soy Arley Morales  de la comisión de organización. Respondemos hasta nuestras capacidades, ¿sí? No tenemos alto nivel académico pero entendemos. Es muy placentero tenerlos, nosotros no ponemos ninguna barrera para que entren y se enteren de la realidad. Eso es muy motivante. Acá ha venido mucha gente. Gente del Centro Democrático, también de la Fuerza Pública.”

"Le pregunto a Arley si hay bebés y dónde están. Claro, aquí tenemos varios bebés. Puros, puritos farianos, responde"

Vuelve a pararse Faber Sánchez y mira a su derecha donde está sentado un grupo un poco más joven y despreocupado. “Camaradas de recepción también se presentan”, les dice. Se para una de ellas: “Danis Aguilera, hago parte de la comisión recepcionista, para ustedes”, se sienta. Se para otra. “Mi nombre es Amarfi Guerrero, acá trabajamos con amor para todos, y eso que nos miran como bichos raros. ¿Sí? Trabajamos para atenderles con lo que tenemos”. La siguiente. “Yo soy Elvira, de aquí de recepción, gracias”, se sienta. “Yo soy Luismer Peña, gracias, a nosotros nos corresponde atenderlos”, se sienta. “Hola yo soy Luis Rojas”. Interrumpe Sánchez, “hable más alto camarada”. Luis continúa: “Yo vengo de la cárcel, volviéndome a incorporar con los compañeros. Estoy leyendo y madrugo a estudiar. Fueron cuatro años. Sí, es difícil. Acá estamos”, se sienta. Habla otro: “Bienvenidos todas y todos, soy Jan Carlos Rodríguez, esto hace ocho años era imposible, acá para que se den cuenta de las mentiras de los medios sobre nosotros”. Se para Faber otra vez, mira a Sandro, que no había hablado y está distraído a su derecha. “Camarada Sandro preséntese”. Sandro salta y dice: “Soy Sandro, yo acá estoy para atenderlos con esta labor para que ustedes puedan darse de cuenta de nosotros”, se sienta. Queda uno. “Llego tarde, discúlpenme. Me presento: soy Tito Cortés, no el cantante pero sí el artista de la revolución. Qué bueno es tenerlos acá otra vez. Casi que no”. Nos mira sonriendo. Todos hablan en primera persona, pero en plural. Son cuatro mujeres en la mesa de trece recepcionistas.

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Nos toca el turno, parece. Juana toma la palabra.  Les propone que leamos algunas cartas y conversaremos, sin protocolos ni discursos, que contemos qué sentimos. Cuenta que ha hecho lo mismo en Bogotá en otros espacios con las cartas que ellos habían respondido. En efecto, les dice, nos hemos dado cuenta que hay cosas en las que no estamos de acuerdo, y eso está bien, pero las cosas que compartimos son más poderosas. La interrumpe Sánchez: “discúlpeme, ¿podrían ustedes presentarse uno por uno también? Así es que funciona la dinámica acá”. Ok. Entonces nos presentamos. Mateo, que está acabando ciencia política, les dice: “Después de leer y estudiar tanto de su historia, tenerlos frente me pone los pelos de punta”. “¿Del susto?”, pregunta Sánchez. Nos reímos todos. No. Pero sí.

Empezamos leyendo la carta de la hija de una militar. Por culpa del conflicto su padre estuvo ausente la mayoría de su vida. Vio muertos flotar por ríos. Conocía a las FARC como el enemigo y acompañó a su padre a dejar mensajes de desmovilización a guerrilleros durante un diciembre. Pero, escribe, los perdona y cree en el proceso. Les da la bienvenida y la oportunidad de reincorporarse. Silencio. Tito habla, dice que él entiende que ella sea víctima, pero que no es culpa de ellos y que esos muertos que ella vio no son necesariamente suyos. Que el Estado y los paramilitares también mataron. Y mucho más. Que es que los medios y el discurso del enemigo, perdón, de los militares, sólo han difundido mentiras. Que no es verdad, dice.

Leemos otra. Es interrumpida varias veces por el iPhone 7 de Rubiel. A ninguno le falta un Smartphone. Continuamos. Es la primera carta que llegó. Fue escrita el 3 de octubre justo después de haber ganado el No. Habla un estudiante que trabajó “dejando todo en la cancha” por el Sí del plebiscito. Un estudiante que no está de acuerdo con la ideología de las Farc pero sí con que tengan participación política. Un estudiante hijo de padres conservadores que no estuvieron tan de acuerdo con su activismo y a los que pide paciencia y fe en el proceso. Es una carta con un mensaje reconciliador y esperanzado. “Uh, ese es un típico conservador”, dice Adriano, “pues vea: es un acomodado que probablemente no sabe las realidades del país. La desigualdad, la corrupción. Y pues también engañado por los medios desde la ciudad”, dice Faber. Lucero,  quién acaba de llegar a la mesa pide la palabra. “Es que nosotros tenemos muchos argumentos de que llegamos a la guerra porque nos tocó, no porque quisimos. Es que somos nosotros, los guerrilleros, los que más estamos mamados de la guerra y ya no queremos más. No teníamos otra opción. Ahora sí estamos dándole pa’ alante a la paz”.

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Tomo la palabra y digo que conozco el que escribió esta carta. “Es de Medellín, es becado y ha trabajado muchísimo en temas sociales con la comunidad, con personas vulnerables y de muy escasos recursos. Defiende a capa y espada el proceso y su derecho a la reinserción. Estoy segura que es muy consciente de la realidad de la mayoría de los colombianos”. Se quedan callados. “Bueno, muéstreme otra vez la carta”, dice Adriano. “Es que a veces pueda que no interpretemos bien algunas cosas, nos disculpa porque no tenemos mucha educación”, dice Faber. Leemos otras cuatro cartas con la misma dinámica. Son cartas que lejos de ser acusadoras, están llenas de cariño, pero a las que todos reaccionan inevitablemente, a la defensiva. “Bueno pero fíjense que son, en su mayoría, bonitas cartas. ¿No? Tenemos que seguir y decir quiénes somos. Contar que no somos esas mentiras de los medios y convencer de que otra Colombia es posible”, dice Fabio.

De la cocina, le hablan a Sánchez. “Disculpen, pero tenemos que pausar la actividad porque es hora de la cena”. Son las 5:00 p.m. Nos sirven un plato hondo de arroz y pasta con una taza de maicena caliente. No iba yo ni en un tercio del plato cuando ellos ya habían terminado.

Le hago señas a Lucero para que continuemos con nuestra conversación, me sonríe y me señala unas sillas aparte de la mesa. Nos sentamos. “Póngame cuidado, es que yo me salvé dos veces del Consejo de Guerra, sólo cuatro dijeron que me fusilaran”. Sus fallas fueron no haberse bañado a las 12 de la noche, como había indicado su comandante y no haber llegado al sitio a la hora que habían acordado. “Pero es que eso era muy lejos, no se podía llegar”. Dos incumplimientos graves y terminó en el Consejo de Guerra con riesgo de ser fusilada. “Ahí se dieron cuenta que mi comandante se había equivocado, que no eran faltas graves”. Le pregunto si ella cree que incumplir una norma vale una vida. Me mira un rato en silencio y me dice: “Pues sí, por eso es que hemos tenido la disciplina que nos trajo hasta acá.” No sé bien qué significa “acá”, ni quise ahondar en ello. Le pregunto si tiene pareja. Sonríe de lado y pierde la mirada. “Hace ocho días”. Baja sus ojos, se toca la barriga. “Ahora sí quiero un hijo”. Le pregunto si desde siempre había querido. “Antes para qué, ¿para regalarlo? ¿Para que lo explotara una bomba o algo? Ahora sí quiero. Pero sólo uno”. Sigue acariciándose la barriga. Le pregunto si quisiera que su hijo fuera militante de las Farc. Me corrige, las Farc ya no existe, sólo el partido. “Claro, que siga la ideología que su mamá lleva 12 años defendiendo. Pero si no lo es, igual lo amaría”.

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Anochece Mateo y yo le pedimos a Arley que nos acompañara a conocer el campamento de más arriba antes de irnos. Caminamos un tramo empinado, una gran bandera de Colombia con el logo de las Farc, blanco y no negro, rodea varios cambuches y carpas. En un “aula” grande, a la que se asoman desde afuera los que no caben, sintonizan la telenovela Tu Voz Estéreo después de una clase. No supimos de qué era, pero salieron de ella con un libro titulado Acuerdo Final. Nos miran, los miramos. Algunos se acercan y nos dan la mano. Le pregunto a Arley si hay bebés y dónde están. “Claro, aquí tenemos varios bebés. Puros, puritos farianos”, responde.

Está oscuro, es un terreno irregular. Nos rodean. La mayoría son hombres. Aun con botas, mitad de camuflado, mitad de civil. Sin fusil, pero es fácil imaginárnoslo. Son casetas con plásticos y algunas en madera. Nos acercamos a una y se asoman dos cunas color pastel que contrastan con la hostilidad de su entorno. Unas mediecitas, dos calzoncitos y un gorrito cuelgan del techo. Sale una mamá con un bebé en brazos. El papá detrás. Arley nos presenta. “Gracias por compartir el peso de esta paz con nosotros, porque está muy pesada”, dice el papá. “Cuando perdimos, cogimos a mi hijo, que tenía quince diítas y arrancamos a escondernos. Pensamos que nos iban a matar. Menos mal no fue así”. Mateo y yo le sonreímos. Nos despedimos y volvemos al primer campamento guiados por la luz de linternas. “Acá tenemos varios ya de la nueva generación de paz. ¿Sí ve?”, nos dice orgulloso Arley.

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Empezamos a despedirnos. Les pregunto a Tito y Rubiel por sus armas. “Aún tenemos 948 caletas de armamento”, dice Rubiel. “¿Si ve?, estábamos lejos de ser vencidos”, nos dice Tito orgulloso. “¿Y cuándo las van a entregar?”, les pregunto. “Ugh… ¿para que nos acribillen como a la UP? Ellos no nos han cumplido. Es que nosotros le arrebatamos la bandera de la paz al Gobierno”. Lo miro. “¿Arrebataron? ¿Dudas de la voluntad de paz del  Gobierno?”, pregunto. “Ese es el caballito de Troya. Quieren que lo entreguemos todo, pero es que la paz es de nosotros”, responde. “¿Crees que el gobierno, que ha dado esta pela con el 51% de la población, con la favorabilidad por el piso por dialogar y sacar adelante este proceso, no tiene voluntad de paz?”, insisto. Se ríe. “Igual que ustedes, la sociedad tiene miedo y necesita también confiar. Tienen que verlo. Es para ellos, no para el Gobierno”, explico. Se ríe. El resto se acerca y nos alineamos para una foto.

Gracias, nos dicen una y otra vez, que volvamos pronto, que ellos van a hacer la tarea de responder las cartas, que traigamos más, que vengan los que las escribieron y que venga más gente, que son todos bienvenidos. Algunos me piden el número “para que milite con nosotros”, bromean. Creo.

Nos abrazamos.

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