Capítulo 3: Amiga, ya llegué

En medio de un espacio público hostil, en Bogotá las mujeres crean estrategias para protegerse y no dejarse amedrentar. Cada mujer en la calle es un gesto de resistencia que construye un porvenir más seguro para todas. El tercer capítulo del especial “Calles peligrosas” está dedicado a ellas.

por

Lina Vargas Fonseca


10.07.2022

Ilustración: Nefazta
Ilustración "Amiga, ya llegué"

Si le converso, el taxista no me va a hacer daño. En el taxi voy hablando con una amiga por celular o a veces con un novio falso. Envío a mi madre la placa y ubicación en tiempo real del carro que pedí. En Transmilenio me ubico junto al conductor. Si un tipo se queda mirándome en el bus busco apoyo de una chica que esté cerca. Camino por la calle que tiene edificios con portería. Cuando cruzo una esquina me fijo en que no haya nada raro antes de seguir. Si hay algo raro planeo rutas de huida. Cada tanto cambio de andén. Si el semáforo de peatones está en rojo y la calle oscura espero al lado de otra mujer. Igual en un paradero. Acompaño a mi amiga al baño de un bar. En tramos de la ciclorruta sin iluminación tomo la vía de los carros.

Que Bogotá sea insegura, que haya violencias y que la circulación por el espacio público se restrinja, no quiere decir que las mujeres no salgan. Al contrario, como indica el texto Las mujeres y el transporte en Bogotá: las cuentas, elaborado por el centro de investigación Despacio y el World Resources Institute, muchas de las mujeres que se movilizan en Bogotá —en promedio cuatro millones al día— asumen tareas de cuidado y deben hacer varios viajes para llevar a sus hijxs al colegio, a lxs ancianxs al médico, para pagar facturas o para ir al mercado. A diferencia de la ruta de algunos hombres que van de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, las rutas de las mujeres son múltiples, cortas y en su mayoría a pie.

Hay que salir, entonces ellas crean estrategias y se blindan de manera individual y colectiva en una red invisible de protección que recorre la ciudad.

En abril de este año, las integrantes de la colectiva feminista Qlicagadas, fundada por estudiantes de la Universidad Javeriana, conocieron el caso difundido en medios de una chica de 17 años que tomó un taxi cerca de esa universidad rumbo a su casa en la localidad de Kennedy. La chica —que al comienzo del trayecto iba en compañía de su novio, aunque él bajó antes— fue encontrada horas después en Ciudad Bolívar, desorientada y con golpes en el cuerpo, al parecer propinados por el taxista. Medicina Legal dictaminó que fue víctima de abuso sexual. Tras la noticia, la colectiva Qlicagadas decidió hacer algo para contrarrestar las amenazas que las mujeres enfrentan al tomar cualquier transporte en Bogotá. Y abrieron un chat de WhatsApp al que llamaron “Para cuidarnos”.

“El chat nace de la inseguridad, pero también de la falta de protección porque muchas veces quienes nos cuidan representan un riesgo para nosotras: hablo de la fuerza pública” — Brenda Pérez

“Si el Estado no nos cuida, entre nosotras creamos canales para salvaguardar nuestras vidas”, dice Brenda Pérez, de la colectiva. “El chat nace de la inseguridad, pero también de la falta de protección porque muchas veces quienes nos cuidan representan un riesgo para nosotras: hablo de la fuerza pública”.

Lo que empezó como un chat ahora son cuatro, cada uno inaugurado después de que el anterior alcanzara su tope. Hoy, en total, hay 800 mujeres, la mayoría entre 18 y 28 años, en los cuatro grupos. Cada vez que utilizan un servicio de transporte ellas envían la ruta que siguen y cuando llegan avisan que están bien. Al entrar al chat, llenan un formulario con sus datos, recorridos frecuentes y números de contacto en caso de emergencia. Si ocurre —si, por ejemplo, el taxista activa los seguros de las puertas y se desvía del camino— quien va en el taxi puede enviar el código 25N —que alude al Día de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres— más sus iniciales para que las compañeras prendan alarmas. Hasta el momento, en el grupo que Brenda administra nadie ha usado el código, pero en otro de los grupos dos chicas no llegaron a su destino. En ambos casos sufrieron abuso sexual. “Se hizo el enrutamiento a las instituciones encargadas”, recuerda Brenda. “Lo que pudimos ofrecer fue direccionar a Medicina Legal”.

Suele suceder que la situación no sea tan “grave” —al menos no en términos de lo normalizado en un sistema patriarcal—, pero sí que una pasajera sienta una incomodidad: que el conductor la mira por el espejo retrovisor, que le habla con voz extraña. En esas ocasiones, puede llamar a una de las administradoras del chat y hablar durante el trayecto. “No sé cómo explicarlo, pero tú te sientes más segura cuando vas con alguien al teléfono que te pregunta ¿dónde estás? ¿Vienes cerca? Eso genera tranquilidad y me atrevería a decir que ayuda a prevenir potenciales acosos y abusos”, dice Brenda.

Otra estrategia de protección es la emprendida por la Red Nacional de Mujeres con la aplicación móvil ELLAS. Laura Guerrera trabaja en el equipo de comunicaciones de la Red y cuenta que la aplicación surgió en 2016 en respuesta a una de las grandes barreras que afrontan las víctimas de violencia de género: no saber qué hacer ni a dónde acudir. “Hay una desinformación gigante frente a las rutas y entidades encargadas, a las tareas y derechos que deben cumplir y a los papeles que se necesitan para denunciar”, señala Guerrera. ELLAS ofrece información: un directorio de rutas, la ubicación vía GPS de la autoridad competente y ejemplos de las violencias a las que una mujer puede ser sometida. Además, tiene botones de pánico y rastreo que envían un mensaje para recibir ayuda inmediata. Para 2021, más de 21.000 mujeres la habían descargado.

Existen también iniciativas institucionales. La Secretaría Distrital de la Mujer trabaja con un protocolo de atención, sanción y prevención de las violencias en el espacio y transporte públicos. Alexandra Quintero dirige la dependencia de Eliminación de Violencias contra las Mujeres y Acceso a la Justicia y menciona las duplas conformadas por abogadas, psicólogas y trabajadoras sociales que en dos años, desde que fue creado el protocolo, han brindado 234 atenciones.

En el área de sanción a las violencias, la Secretaría hace parte del programa de ONU Mujeres “Ciudades Seguras y Espacios Públicos Seguros”, con el que busca crear una herramienta normativa que permita elementos de sanción más eficaces. Quintero explica, por ejemplo, que el delito de acoso sexual no funciona porque en la práctica se tipifica como injuria por vía de hecho y de esa manera la carga sexual se anula. Que la tipificación no funcione quiere decir que la impunidad está casi asegurada para los agresores.  

En prevención —quizás el componente más importante del protocolo y el más escurridizo— la Secretaría ha realizado programas y talleres de sensibilización sobre violencia de género para taxistas, trabajadores de Transmilenio y funcionarios. Además, junto a la Secretaría de Hábitat, la entidad tiene un proyecto de caminatas exploratorias con ciudadanas de distintas localidades para identificar lugares inseguros y luego reapropiarlos. Esa reapropiación —pintar murales, limpiar la basura, armar un jardín— es crucial para que las mujeres circulen por el espacio público sin sentirse amenazadas y para que tal vez se acabe el miedo. 

Natalia

Patino hace veinte años. Practico varias modalidades, dos o tres en la calle. Tenemos un grupo de chicas que se llama Starwheels y patino con ellas en Toberín, Tercer Milenio, Fontanar, aunque a veces voy sola. Ahora que está lloviendo en la tarde voy en la mañana y cuando solo me queda tiempo en la noche, voy en la noche. ¿Qué pasa? Uno hace amigos en los skateparks, entonces en esos lugares siempre hay gente que monta tabla, bicicleta, patines y entre todos nos conocemos. El 80 % de la población que monta en los skateparks son chicos. Antes la que montaba patines era la chica rara, la gente te miraba, era un deporte de hombres, extremo. Había discusiones con los chicos porque no nos daban espacio por ser mujeres, pero nosotras nos apropiamos del espacio público. Ahora hay un montón de chicas patinando y la verdad a mí nunca se me ha pasado por la cabeza que nos hagan algo. Hay chicas que entran al grupo con miedo —me voy a caer, nos van a robar— y otras que se quedan patinando y hacen sus cosas tranquilas. Las que permanecen son las que no tienen ese miedo, porque ese miedo también lo genera uno. Lo que sí es molesto es cuando personas que no patinan ocupan lugares para patinar. Hace poco cogieron a una banda de microtráfico en el Movistar Arena y era una mamera porque uno estaba patinando y se pasaban, empujaban. El otro día estaba patinando ahí en el Movistar y casi le pego a un chico. Le dije: ‘Oye, córrete’ y me respondió: ‘No sea sapa’. Le dije: ‘Respete’ y empezamos un conflicto. Aunque han surgido más skateparks, son sitios muy llenos y pueden llegar a formarse peleas como la que tuve. Pero yo no me siento vulnerada: uno va a lo que va.

***

Como muchas mujeres, Natalia Prieto creció escuchando: “Cuidado se raspa”, “Se va a caer”, “No salga”, “Estese quieta”. Por eso, cuando grande, se sorprendió de saber que era una buena ciclista, que podía despinchar sola, que en su bicicleta hacía frente a una carretera, pero sobre todo a la ciudad. Natalia es fundadora de Paradas en los pedales, un grupo que promueve el uso de la bicicleta y la movilidad sostenible con enfoque de género. Ellas, a su vez, integran SÚBAse a la Bici, una organización con sede en Suba, la localidad más poblada de Bogotá y una que suele ocupar los puestos más altos en las mediciones de inseguridad. Paradas en los pedales nació luego de que, durante los ciclopaseos de SÚBAse a la Bici, Natalia y su pareja se preguntaran: ¿por qué no vienen más mujeres? 

“La respuesta fue el acoso”, recuerda Natalia. “Ellas me decían: ‘Nos parece muy chévere ir a los eventos, pero los hombres se comportan como chulos’. Eso se replica en toda la ciudad donde una mujer está expuesta a que le digan lo que quieran, la toquen, la manoseen y lastimosamente hasta la violen”.

Como esa vez en la que Natalia iba pedaleando por la carretera, saliendo de Bogotá, y dos hombres en un carro la persiguieron muy despacio, arrinconándola cada vez más, y no se fueron cuando ella les hizo señas para que pasaran. Tampoco cuando redujo la velocidad ni cuando empezó a manotear. Seguían ahí, atrás, como una sombra maligna, hasta que, ya pegados a ella, abrieron la ventana y le dijeron que estaba “rica”, que querían “cogerla” y tanto más. Natalia perdió el control de la bicicleta, pero no se cayó. Entonces los hombres se rieron y arrancaron. 

“La bicicleta nos permite vivir y disfrutar la ciudad. Llegar a donde queramos sin que nadie nos diga nada, sin que dependamos de otra persona para poder estar” — Natalia Prieto

A pesar de los peligros latentes, Paradas en los pedales anima a las mujeres a salir en bicicleta. Ellas toman talleres, aprenden mecánica y normas de comportamiento vial, organizan salidas urbanas y en carretera, y jornadas de reapropiación de espacios considerados inseguros como el de la ciclorruta que bordea el humedal Juan Amarillo en Suba. Aunque en la calle no cesen los pitazos, ni los carros que las cierran, ni el tipo que las insulta, ni el que les coge el culo, ni el que se esconde detrás de un matorral, ocurre eso que Natalia llama “la magia de la bici”: una insólita sensación de libertad, la certeza de que el espacio público es también de ellas. “Me puedo poner una falda y cruzo tan rápido que así me digan algo no me siento vulnerada. La bicicleta nos permite vivir y disfrutar la ciudad. Llegar a donde queramos sin que nadie nos diga nada, sin que dependamos de otra persona para poder estar”.

Para las mujeres, el espacio público de Bogotá es un lugar de riesgo, de violencias, de miedo y de aleccionamiento. Pero también, como dice la psicóloga Juliana Machado, es el lugar de la lucha feminista. Muchas de las mujeres entrevistadas para este especial han sentido esa transformación: Natalia cuando patina, Ángela cuando anda en bicicleta, Tatiana cuando ve a las ciclistas atravesar el barrio a la madrugada, María Paula cuando dirige un círculo de apoyo, Iris cuando encuentra a una vecina con la que pasar la avenida oscura, Brenda cuando recibe el mensaje de una chica que llegó bien, Natalia cuando el 8M sale a marchar acompañada por miles y se siente, por fin, segura. 

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