Bojayá

Las cicatrices de la masacre que ocurrió hace 17 años en Bojayá volvieron a abrirse en el 2020, con el miedo y la incertidumbre de la comunidad.

Julián Arias

05.01.2020

A las seis de la mañana del 1 de mayo de 2002 se escucharon las primeras descargas. 

La casa de Mercedes Rentería, hecha de tablas y láminas de zinc y con un solar enmontado enfrente, estaba expuesta a los disparos. Desde el barrio Pueblo Nuevo, lugar donde se encontraba la casa, la guerrilla de las Farc lanzó el ataque contra los paramilitares agrupados en Bellavista ―un pueblo de 1.100 habitantes levantado al borde del río Atrato en el departamento del Chocó―. Detrás de las tablas se ocultaban Mercedes, su esposo Leyner Palacios y su hija de dos años. 

Aprovechando una pausa en el tiroteo, la familia salió hacia Bellavista buscando una casa de cemento donde resguardarse. Eran las dos y media de la tarde. En el camino, en el puente que unía a Pueblo Nuevo con el caserío, un par de paramilitares les impidieron el paso. 

—Somos población civil. ¿Podemos cruzar?—, les gritaron. 

Mercedes y su familia se internaron por calles empantanadas. El ruido de la metralla se escuchaba al otro lado. Por los umbrales de las puertas asomaban hombres, ancianos, mujeres, niños que corrían despavoridos. Pasaron por el puesto de salud, por la casa cural y por la iglesia. Mercedes se detuvo y observó que la gente se estaba refugiando en el templo; su esposo la tomó de la mano y le pidió que siguieran. Corrieron un par de calles más hasta que encontraron la casa de las Misioneras Agustinas, entraron y se acomodaron junto a un grupo de personas que también habían llegado hasta allí buscando una pared de cemento que los protegiera. Así pasaron el resto de la tarde.

A las nueve de la noche llegó el silencio. 

Esa noche no hubo una bala. 

A las ocho de la mañana del día siguiente, el dueño de una de las tiendas del pueblo llegó a la casa con una bolsa cargada de pan. Las hermanas hicieron aguapanela y repartieron el desayuno. Después de comer, una de las religiosas invitó a Leyner a dar una ronda por el caserío. Cuando regresaron, contaron que el día anterior los habitantes de Pueblo Nuevo habían abandonado el barrio y se habían refugiado en Bellavista. 

En la iglesia había unas quinientas personas. 

Ilson Rentería, el hermano de Mercedes, aprovechó la tregua de la mañana para acompañar a su hermana Claudia ―herida por una bala en uno de sus brazos― hasta la casa de las hermanas. Mercedes recibió a Claudia y le brindó los primeros auxilios. Ilson se devolvió a buscar a su mamá, pero en el camino se encontró con un grupo de paramilitares que le impidieron llegar hasta su casa; no tuvo más opción que refugiarse en la iglesia.

A las nueve de la mañana reinició el combate.

Pasadas las diez, Mercedes se estaba bañando con su hija cuando un estruendo en el pueblo sacudió la casa de las misioneras. Los vidrios de las ventanas se astillaron y cayeron al piso pedazos de teja. Los guerrilleros empezaron a lanzar cilindros bomba contra los paramilitares amontonados a un lado de la iglesia. Los paramilitares contestaron con ráfagas de fusil. Mercedes y su hija se escondieron debajo del mesón de la cocina. Desde ahí, escucharon los golpes contra la puerta de la casa y los gritos de los heridos suplicando que los dejaran entrar.

 ―Había muchos heridos con carnes en el cuerpo, muy feo eso. A nosotros nos tocó salir corriendo de donde las misioneras porque dijeron que uno de los objetivos era la casa de las hermanas. Entonces, nos metimos en otra casa. Allá alguien nos dijo, alguien que venía de la iglesia: “Ilson está como muerto”. Pero no nos confirmó. Salimos de esa casa y vimos mucha gente corriendo, herida, pidiendo auxilio.

Uno de los cilindros bomba que lanzó la guerrilla había caído dentro de la iglesia. 

Fue entonces cuando el país se enteró que en una orilla del Atrato había un pueblo llamado Bellavista ―cabecera municipal de Bojayá― y que ahí había ocurrido una masacre: una de las peores de la historia de Colombia.

79 personas resultaron muertas. Dos días más tarde, una misión humanitaria encabezada por varios sacerdotes de la diócesis de Quibdó conseguiría cruzar los retenes y controles de los grupos armados sobre el río Atrato para llegar hasta allí. Con ellos iban el periodista español Paco Gómez Nadal y el fotógrafo Jesús Abad Colorado. 

Fue entonces cuando el país se enteró que en una orilla del Atrato había un pueblo llamado Bellavista ―cabecera municipal de Bojayá― y que ahí había ocurrido una masacre: una de las peores de la historia de Colombia.

“La paz tenemos que apropiárnosla nosotros como sociedad y como comunidad”,  dice Jesús Alfonso Flórez, un antropólogo que también fue sacerdote en el Chocó justamente en aquellos años de la masacre. Conversamos en la sala de un hotel de Tadó. A tres cuadras corre el río San Juan y atrás el Mungarrá. Flórez hace un recuento de la larga experiencia que las comunidades del Pacífico tienen en la construcción de paz, iniciativas que han surgido desde los entornos locales y las mismas comunidades, la última de ellas es la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico, creada por mandato de las diferentes organizaciones étnicas de la región para investigar los daños que el conflicto armado causó a los territorios y sus comunidades. Uno de los propósitos de la Comisión será crear pactos locales de paz y convivencia que permitan, por fin, superar este ciclo perverso de violencia. “Hablamos de que la violencia hoy está recrudecida, tenemos que ayudar y contribuir a que se disminuya a través de la búsqueda de pactos en los territorios”, concluye Flórez, “no dependemos del Estado para lograr la paz sino de la fuerza de la sociedad”.

Mercedes, Leyner y la niña corrían de casa en casa intentando llegar hasta uno de los botes amarrados en la orilla del río Atrato, pero cada vez que asomaban la cabeza los levantaban a plomo. Aterrorizados, corrieron hacia la parte alta del pueblo, hasta el barrio Bella Luz, donde todo estaba más tranquilo. En Bella Luz, junto a un grupo de personas decidieron hacer banderas con trapos blancos, avanzar hasta el río y ocupar los botes a como diera lugar. 

Una procesión que agitaba pedazos de tela bajó por la loma buscando el Atrato. Las balas no dejaron de sonar. El sacerdote Antún Ramos había salido con los heridos de la iglesia gritando que eran población civil: “¡Exigimos respeto a la vida!”.

Cuando llegaron al río, Mercedes saltó a una de las canoas, apretó a su hija contra el pecho y bajó la cabeza. El olor a carne quemada se propagó en el ambiente. El retumbo de las bombas sacudía la barca. Mercedes levantó la mirada y vio a un hombre de pie en la parte delantera agitando un trapo blanco. Las balas seguían cayendo, pero el hombre no se sentaba; agitaba una y otra vez el trapo mientras la canoa se alejaba lentamente de la orilla. 

La corriente del Atrato se encargó de empujar la barca hasta Vigía del Fuerte. Antes de que la proa tocara la playa, la gente empezó a lanzarse al río; salían del agua y corrían por el arenero hacia el caserío buscando refugio. Mercedes se lanzó con su hija en los brazos, Leyner corrió detrás. Desde el lado de Bellavista seguían escuchándose los disparos, ahora lejanos. La familia siguió corriendo hasta encontrar una casa donde pudieron entrar: la huida había funcionado.

Minutos más tarde, resguardada en una casa, Mercedes empezó a escuchar el ruido de motores de avionetas que se acercaban. Ese ruido era la esperanza de que el Estado se hiciera presente. 

Entonces vio un grupo grande de personas que corrían por las calles y que agitaban las manos y que gritaban al cielo pidiendo ayuda: cuando las avionetas alcanzaron el pueblo, dejaron caer ráfagas de plomo contra el tumulto, contra las casas, contra todo lo que se moviera. 

―La gente estaba a la expectativa de que llegaran avionetas para sacar a los heridos para Medellín ―recuerda Mercedes―, entonces cuando la gente escuchaba que venían, salía a mirar y resulta que eran los paramilitares dando bala, y a la gente le tocaba salir otra vez corriendo a esconderse en las casas.

Los enfrentamientos se mantuvieron hasta el viernes 3 de mayo, cuando la guerrilla asumió el control de Bellavista.

Una semana más tarde, en una panga cargada de plátano, Mercedes, su esposo y su hija llegaron a Quibdó.

―Llegamos decididos a quedarnos porque qué más. Llegamos a un barrio que se llama El Obrero, donde la hermana de mi esposo. Yo pasé unos días muy difíciles; no comía, no dormía, no hablaba con nadie: me puse delgada, delgada. Si cerraba los ojos yo sentía como que me iban a coger, tuve muchas pesadillas, varios días con eso. Había psicólogos y nunca acepté una charla con ellos. 

Mercedes regresó a Bellavista en noviembre de 2002, siete meses después de la masacre a la que había sobrevivido. Al frente de su casa encontró el cráter que había dejado una pipeta; dentro, las paredes estaban perforadas y había pedazos de hierro incrustados en las tablas. 

―Cuando yo fui sentí mucho miedo. Retornamos para mirar si podíamos vivir. Había mucha soledad, el pueblo estaba muy triste, había muchas rutinas de la gente que se perdieron, sentía mucho miedo. Estuve dos meses y me devolví para Quibdó, no fui capaz de vivir allá.

A partir de la mesa de negociación en la Habana, las víctimas de Bojayá iniciaron un proceso de discusión con las Farc y con el gobierno en aras de generar unos procesos de reparación. El 6 de diciembre de 2015, en medio de los diálogos, una comisión guerrillera viajó hasta Bojayá para pedirle perdón a la comunidad por la masacre.

Para Adriana Arboleda, abogada, defensora de derechos humanos y asesora de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico, “de ese proceso han salido cosas muy interesantes porque se generó una dinámica que es muy asertiva. La reparación debe ser un proceso y un diálogo en el que las comunidades que han sido victimizadas puedan identificar claramente cuáles son los daños causados y puedan exigirle a los perpetradores una reparación a partir de sus necesidades y sus intereses”. 

El gobierno, en cambio, nunca ha pedido perdón por los hechos de Bojayá, a pesar de que la ONU calificó la masacre como un “crimen de guerra” cuya responsabilidad recae no sólo en la guerrilla, sino también en los paramilitares y el Estado colombiano. Entre el 11 y el 18 de noviembre de este año por fin la Fiscalía y Medicina Legal hicieron entrega oficial de los restos de las víctimas a sus familiares: el lunes 18 de noviembre los bojayaseños entonaban alabaos mientras cargaban 98 cofres de madera hasta un mausoleo construido a la entrada del pueblo. Diecisiete años después de la masacre, este fue el primer paso para que el Estado colombiano asuma su responsabilidad en la masacre de Bojayá.

Lo de Bojayá mostró que cuando se abren procesos de diálogos en los que las víctimas son las protagonistas y la palabra la tienen ellas, funciona.

“El proceso es muy interesante porque ha demostrado que la reparación puede ser integral, que la reparación es un proceso y que sí puede haber una dinámica de diálogo, de consulta y de concertación con las víctimas que han sufrido las modalidades de agresión”, Añade Adriana Arboleda. “Lo de Bojayá mostró que cuando se abren procesos de diálogos en los que las víctimas son las protagonistas y la palabra la tienen ellas, funciona. Es clave que la Comisión de la Verdad lo lea, porque esos actos de reconocimiento deben avanzar para que los perpetradores vayan, reconozcan y que eso realmente tenga impacto, y no que sean actos insulsos donde llegan a abrazarse porque eso no genera ningún proceso”.

Diecisiete años después de la masacre, Ana Mercedes Rentería es la secretaria de la Corporación Pacipaz ―alianza entre organizaciones de derechos humanos del Pacífico que le apuestan a la construcción de paz―. Ahora está sentada en un escritorio enfrente de un computador. Durante tres días estará participando de los Diálogos Territoriales para Promover Pactos de Convivencia Pacífica que se realizan en Tadó, Chocó. Tiene puesta una camisa blanca, un pañuelo apretado en el cuello, el pelo trenzado tirado hacia atrás.

― ¿Qué pasó con su hermano?

―A mi hermano fue uno de los que lo consiguieron enterito porque a él las esquirlas le cayeron fue en la cabeza, yo creo que murió de una vez. Mi papá fue y lo sacó; lo enterró en Pogue, un pueblito ahí en Bojayá. Ahora con el tema de las exhumaciones lo sacaron, pero ya no había mucha cosa.

―¿Qué sintió cuando supo que su hermano había muerto?

―En muchos momentos sentí mucha rabia, yo no hablaba del tema, a raíz de la universidad me ayudó mucho. Alguna vez nos tocó escribir una historia que nos hubiera marcado, yo escogí lo de Bojayá; entonces me puse a escribir, escriba y escriba. Llegué a un punto donde la chica nos dice: “Ilson está allá como muerto”, y nosotras confiadas de que él estaba en su casa. Ahí me puse a llorar, un llanto que no podía contener. Mis hijos me decían, ‘Mamá, ¿qué le pasa?’. Lloré y lloré. Ahora me siento bastante tranquila.

―¿Qué piensa de la paz?

―La paz es un tema bastante complejo, porque yo digo la paz se construye desde uno personalmente. En el caso de Bojayá, la gente dice, Bojayá perdonó las Farc por todo el acto que se dio. Yo digo: eso no fue ningún tema de decir que perdonó, fue un tema de reconocimiento, las Farc reconocieron lo que hicieron en Bojayá. 

― ¿Usted perdonó a las Farc?

―De mi parte personal, Mercedes, están ya perdonados. En varias ocasiones, en reuniones he estado con los grandes jefes que fueron los que hicieron el daño allá, los miro, a veces me sonrío y digo: gracias, Dios, porque siento una paz dentro de mí, no siento ningún rencor, a pesar de que se me murió un hermano en todo ese conflicto, son seres humanos y como seres humanos tenemos el privilegio de dar otra oportunidad y que la gente se reivindique. 

―Mercedes se levanta de la silla y se acerca hasta uno de los equipos participantes del taller.

―Aunque nosotros le apostamos a la paz la situación en Bojayá no ha cambiado mucho ―dice―, antes había unos grupos armados, ahora hay otros.

― ¿Y el gobierno?

― El gobierno siempre ha estado… Y nunca ha estado.

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