No más racismo con pueblos ancestrales

La consejera de Derechos Humanos de la ONIC contesta a las ofensas de funcionarios públicos del Gobierno en contra de pueblos indígenas y hace un llamado a la unión de movimientos sociales.

Aída Quilcué

Consejera de DDHH y Paz de la Organización Nacional Indígena del Cauca ONIC y exconsejera del Consejo Regional Indígena del Cauca CRIC

27.05.2020

Hace poco escuchaba decir de alguien que ojalá la pandemia matara primero a los negros [sic]. Fue un político en Argentina, y se refería a su necesidad de una “limpieza étnica”, en sus palabras. Pero esa actitud de odio, racismo e incluso de exterminio, no solo está en la mente de funcionarios públicos, como vimos hace una semana en una grabación que salió de unos funcionarios públicos y hemos visto siempre. También, está en la mente de aquellos del sector privado o capitalista que tienen su mayor interés sobre nuestros territorios.

Los insultos de funcionarios del Ministerio del Interior u otros sectores del Gobierno no son de ahora. Desde la conquista nos han tratado así a nosotros los indígenas. Hay que recordar que el exterminio no solo es físico, es también cultural –porque hubo a quienes no mataron, pero atentaron de otra forma en su contra–. Y esa exclusión, que puede ser de cualquier tipo, es una práctica milenaria e histórica que aún hoy se refleja. 

Uno podría decir que la actitud del país ha cambiado, pero sigue pasando en Colombia lo mismo que pasa en otros países de Latinoamérica: aún desconocen la presencia viva de los pueblos indígenas y la riqueza natural asociada a los derechos que hemos reivindicado. 

Muchos de esos derechos, cabe resaltar, son conquistas del movimiento indígena. Nadie nos los ha otorgado como un favor. Nos ha tocado luchar, marchar y hacer todo lo necesario para que hoy esos derechos se vean reflejados en la Constitución y en el marco jurídico internacional.

Estamos hablando, entonces, de un racismo histórico y estructural que, en otros términos, es el mal que cabalga al interior de Colombia. La tarea nuestra es seguir resistiendo, dignificando nuestra presencia y seguir haciéndonos respetar en el marco de la exigibilidad. 

En medio de estas ofensas no nos hemos dejado de hacer la pregunta de por qué tanto desplazamiento, tantas muertes. El Gobierno dice que atiende, pero en la práctica no se notan soluciones reales y contundentes. Esa violencia recae sobre todo, y sin duda, sobre nosotros como pueblos originarios, incluida la población afrodescendiente y toda la que históricamente ha sido golpeada en este país.

El actuar del Estado y de los Gobiernos colombianos ha sido violento y en una época, pese a la pandemia, sigue siendo así. No solamente la Fuerza Pública es agresiva con los indígenas, hemos visto también que abusa de su autoridad en contra de los más pobres. No importa para ellos maltratar una mujer, un anciano, una niña, un hombre con capacidades reducidas, porque están formados para eso. En Colombia no existe el protocolo y cumplimiento de los derechos humanos. Y más que nunca es urgente hablar de la presencia represiva del ESMAD, del Ejército y de la Policía en el campo colombiano. 

Queremos que el feminismo se reivindique desde las raíces y no desde un concepto occidental.

Hace poco, la Ministra del Interior, Alicia Arango, se refirió a los enfrentamientos en el Cauca y públicamente aseguró “no sabemos que estamos haciendo mal”. Pues lo que están haciendo mal es que la Fuerza Pública protege a un Gobierno que no brinda seguridad ni protección a su pueblo. Ese es el gran problema en Colombia y en toda Latinoamérica. No olvidemos el tratamiento de la movilización en Chile, en Ecuador y en tantas regiones de nuestro país. 

Entendemos que en este momento la ciudad no puede desplazarse al campo para apoyarnos y que quizá ahora mismo viven en una vulnerabilidad mayor a la nuestra. Por eso juntarnos, desde donde estamos, es un paso enorme. 

Pensarnos en colectivo

Nosotros, como pueblos indígenas, reconocemos en muchos movimientos modernos luchas reivindicativas que son necesarias, precisamente porque vemos que en en los tiempos de hoy es importante volver al origen. 

Movimientos como el feminista que nosotras reconocemos porque las mujeres indígenas siempre hemos fortalecido la organización y la participación, y casi nunca hemos estado lejos del concepto de lo colectivo. Ese colectivo es el que debemos tener en cuenta ahora, tanto como siempre se nos ha exigido, para que desde nuestras cosmovisiones el papel de lo femenino nos fortalezca. Pero que queremos que el feminismo se siga reivindicando desde las raíces, es decir, desde la tierra, y no desde un concepto occidentalizado que no nos identifica como mujeres. 

Los procesos para nosotros, además, siempre son integrales: nunca vemos por separado los niños, las niñas y los jóvenes. Los abuelos y las abuelas, por cierto, siempre han sido muy importantes por toda su sabiduría. Lo que queremos es que los conceptos no rompan el legado ancestral, sino que lo vuelvan más fuerte. 

Volver al origen es volver la tierra. Sabemos que muy pocos hoy no nos darán la razón sobre la importancia que tiene la tierra y la agricultura, una práctica que nosotros hemos desarrollados desde hace siglos. Son esos pocos los que no comprenden lo que está sucediendo, a quienes todavía solo les interesa el capital. 

Las crisis deben servir para ponernos en los zapatos de los más vulnerables.

La pandemia nos ha enseñado también que sí o sí nos tocó parar y reflexionar. Estos tiempos son una gran oportunidad para oxigenar la sociedad y sus distintas dinámicas.  Son tiempos para retornar al origen, para  buscar puntos de encuentro como son los derechos a la dignidad, a la vida, a la tierra y ratificar, sobre todo, el derecho a la dignidad, que es la que más nos han violentado. La forma como despojan nuestras tierras desde los tiempos de Simón Bolívar, por ejemplo, no tiene un tope de crueldad.

Por eso, nosotros decimos que si se va defender la propiedad privada, se debería al menos pensar en condiciones de protección para quienes deben cruzar de un lado a otro, para que no nos traten más como animales. O no, peor que a animales, porque estos nos demuestran que pueden convivir y se respetan entre sí. A nosotros ni eso. 

Estamos en un proceso de transformación y hay mucho que cambiar. Las crisis deben servir para ponernos en los zapatos de los más vulnerables y transformar desde ahí, como corresponde.

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