Aljure, Cabrera y el cine colombiano después de 10 años

Conversé para la revista Diners con los directores Sergio Cabrera y Felipe Aljure sobre cine colombiano. Hablaron de películas hechas para festivales y de la valentía de no hacer comedias fáciles.

por

Alejandro Gómez Dugand

Estudió literatura en la Universidad de los Andes, donde también terminó una Maestría en Periodismo. Ha sido editor de la Revista Cerosetenta desde su fundación en el 2011 hasta el 2015, cuando la empezó a dirigir. Sus textos han aparecido en la Revista Arcadia, Revista SoHo, Bacanika, Revista Diners, El Espectador, Humbolt Magazine, vive.in y Cerosetenta entre otros. En 2020, recibió junto con el equipo editorial de 070, el Reconocimiento Clemente Manuel Zabala de la Fundación Gabo, con el que se reconoce a editores colombianos.


16.03.2015

Los límites de caracteres siempre dejan cosas por fuera. Para la última edición de la Revista Diners (lea el texto completo haciendo clic acá) tuve la oportunidad de sentarme a hablar durante varias horas con Sergio Cabrera y Felipe Aljure, dos de los nombres más importantes del cine colombiano, sobre sus dos nuevas películas y su ausencia de más de diez años. Esta fue una de las preguntas que no pude incluir en el texto final.

¿Cómo vieron el cine colombiano en estos 10 años de ausencia? Hubo de todo: películas muy comerciales pero también aparecieron muchas películas más independientes.

SC: Yo me siento muy contento del progreso que ha tenido el cine colombiano. Dentro de la ecología del cine es sano que existan todas las películas, desde la más comercial hasta la más experimental. Hasta el porno. Esas son formas de representación muy importantes. Me congratulo mucho de que los autores colombianos, a sabiendas de que la gente prefiere las comedias fáciles, y que esas son las que dan dinero, insisten en hacer lo que les duele, porque son gente sensible en un país que tiene muchos problemas. Esos problemas hay que reflejarlos en donde sea: en sus conversaciones, en sus cartas, en libros, en pintura. Los que hacen cine no pueden eludir esa influencia. Me parecería muy sospechoso que el cine colombiano esté lleno de comedias, de la señora que viene del campo y se casa con el patrón. Puede que eso tenga mucho éxito, pero me parece muy bonito que el cine colombiano explore y se meta en temas difíciles. Estoy seguro de que, aunque en este momento no tenga un gran público, llegará un momento en el que la gente lo comience a apreciar más. El público se educa y también uno como director va aprendiendo de sus errores. Pero es normal que un país como Colombia tenga también sus altibajos. Ningún país hace solo cine bueno. El cine viene revuelto.

FA: Pulpa y hueso…

SC: (Risas) El cine malo es el abono del bueno. En todo caso me parecería peor que estuviéramos maquilando películas de Hollywood, que eso es lo más seguro y lo más rentable. Yo tengo esa idea de que hay como una corrupción creativa. Hay gente que está tratando de envenenar a los autores para que en vez de reflexionar sobre la realidad hagan películas de éxito. Ahora lo que cuenta es el éxito. Casi que se puede medir el éxito de una película dependiendo de la cantidad de crispetas que venda. Es como una contradicción. Hubo una época en la que había películas para divertirse pero que el resto eran películas serias. Pero me gusta que el cine colombiano sea valiente. Que nos aguantemos las deudas y los embargos que nos deja hacer cine.

FA: Hay mucho por celebrar. Hay una posibilidad de canalizar un talento que había estado enmudecido por mordazas financieras y por mordazas tecnológicas. Creo que han convergido muy exitosamente unas tecnologías de muy bajo costo que han educado audiovisualmente a la gente, que le han permitido expresarse y coinciden con leyes que han posibilitado un fortalecimiento institucional importante y la llegada de unas finanzas y unos recursos importantes para los cineastas jóvenes. De ahí que tengamos 63 películas pendientes de estrenar en el año que viene. ¡Eso no pasaba nunca! Cuando creamos la Dirección de Cinematografía, hacer dos películas y media en promedio anual era lo mandado. Hoy estamos hablando de 63. Probablemente se pueda leer como un exceso, como una de las variables que ha bajado la asistencia a salas de cine, pero también hay que decir que hay muchas películas que están concretando la paradoja de la culturación y de la colonización cultural. Estuvimos 100 años quejándonos de la mordaza financiera, de la mordaza tecnológica, de ser condenados a consumir cine foráneo con otras miradas audiovisuales y de la realidad, y peleamos por tener una Ley de Cine, y un marco institucional donde hacer cine fuera posible. Y de alguna manera estamos en un momento en que algunas de nuestras películas se están filmando para complacer a los festivales y para salir y preguntarle a los festivales de esos países de los que nos hemos quejado, si nos quedó buena o mala la película. Ese es un extremo malo de esa proliferación. Pero perfectamente aceptable y normal y que la dinámica enorme del cine colombiano está en capacidad de absorber. Y los creadores talentosísimos y que han caído algunos en eso. Pues aprenderán y entenderán que es muy importante dialogar con los festivales pero que también es muy importante dialogar con el público. Y del otro lado hay películas que se plantean solo como proyectos comerciales, que es el otro extremo, y que cinematográficamente no tienen matices. Pero creo que en la mitad de eso hay un montón de talento nuevo, que está floreciendo, y que gracias a la Ley del Cine se han librado de las mordazas de antes. Pero es como cuando a a los niños a los 15 años les salen barros, y hay que echarles cremitas, y acompañarlos a las fiestas y hay que ayudarles a crecer. Estamos en un momento en el que podemos decir, creo yo que con algun nivel de certeza, que el cine colombiano pasó de ser un bebé y que es un adolescente robusto y sano que todavía tiene mucho por aprender y que tiene que ajustarse. Que tiene que corregir cosas. Pero hay mucho que celebrar, muy poco por lo cual preocuparse, y mucho por aprender.

SC: Es que, como dice el poeta peruano Cesar Vallejo, hay que confiar en la escalera y no en el peldaño.

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Alejandro Gómez Dugand

Estudió literatura en la Universidad de los Andes, donde también terminó una Maestría en Periodismo. Ha sido editor de la Revista Cerosetenta desde su fundación en el 2011 hasta el 2015, cuando la empezó a dirigir. Sus textos han aparecido en la Revista Arcadia, Revista SoHo, Bacanika, Revista Diners, El Espectador, Humbolt Magazine, vive.in y Cerosetenta entre otros. En 2020, recibió junto con el equipo editorial de 070, el Reconocimiento Clemente Manuel Zabala de la Fundación Gabo, con el que se reconoce a editores colombianos.


BIO

Alejandro Gómez Dugand

Estudió literatura en la Universidad de los Andes, donde también terminó una Maestría en Periodismo. Ha sido editor de la Revista Cerosetenta desde su fundación en el 2011 hasta el 2015, cuando la empezó a dirigir. Sus textos han aparecido en la Revista Arcadia, Revista SoHo, Bacanika, Revista Diners, El Espectador, Humbolt Magazine, vive.in y Cerosetenta entre otros. En 2020, recibió junto con el equipo editorial de 070, el Reconocimiento Clemente Manuel Zabala de la Fundación Gabo, con el que se reconoce a editores colombianos.


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