Albalucía Ángel, una escritora silenciada

Es una de las escritoras protagonistas del Boom Latinoamericano y autora de varias joyas de nuestra literatura. Esta es la historia de otra escritora que fue silenciada por Colombia y por un universo editorial entronizado por hombres.

María Alejandra Pinzón Mendoza

Estudiante de la maestría en periodismo, CEPER, Universidad de los Andes.

18.07.2020

Una noche en Barcelona a finales de los años 70, Albalucía Ángel se encuentra con Carlos Fuentes. “Yo estaba viviendo siempre donde el Gabo, que me acogía con Meche, su hermosísima esposa. Y Carlos Fuentes me dijo: ‘Albalú, llévame en tu Pierrot’”. El Pierrot de Albalucía era un cochecito Mini Morris amarillo, que llamaba mucho la atención, sobre todo por el nombre.

“Y me fui con Carlos al garaje, y nunca arrancó Pierrot. La batería caput. Entonces me dijo Carlos, ‘bueno, vamos a coger un taxi que estos chavos están por allá’, continúa. Los chavos a los que Fuentes se refería eran los escritores Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, entre otros. 

Albalucía y Carlos Fuentes no tomaron el taxi y caminaron hasta el puerto hablando sobre sus vidas. Albalucía era conocida por aquellos escritores por cantar con su guitarra, pero pocos reconocían que era una narradora con un futuro promisorio.

Fuentes no dejó de hacerle preguntas a Albalucía durante esa caminata eterna y terminó enterándose de que aquella mujer con la que compartía esa noche era una de las más grandes promesas de la escritura latinoamericana.

“Fui muy amiga de Carlos, era un ser con un corazón grande y, sobre todo, me miraba como esa niñita que canta, pero algo más como que le estaba tintineando: ‘Y cuéntame, Albalú, qué haces y cómo’. Y entonces decía: ‘Carlos, cojamos un taxi, esto está larguísimo. Vamos a llegar tarde’.  ‘No, no, pero ándale, cuéntame’”, le respondía él. 

Terminaron llegando al restaurante a las tres de la mañana.

“Carlos llegó con los ojos cuadrados, más o menos, y le dijo al grupo: ‘¿ustedes sabían que Albalú es escritora?’”. García Márquez sólo atinó a responder “¡ay! Se perdieron las gambas al ajillo. Ya no hay”.

“Para mí fue una respuesta muy cabal”, dice Albalucía. “Ya se habían acabado las gambas y nos habíamos quedado sin la buena cena”.

Esta falta de reconocimiento de sus colegas de las letras en Latinoamérica se extendió a todo un universo editorial. Partiendo de su condición femenina y de las verdades históricas que cantaba su novela, Albalucía Ángel fue marginada de las grandes editoriales que, en cambio, año tras año reimprimían incesantemente las novelas de esos escritores bien entronizados de las naciones latinoamericanas. Pero no las de ella.

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Rodeada de montañas, como una pájara libre, vive Albalucía. Desde su balcón se ven amaneceres y constelaciones. Después de 55 años fuera de Colombia, ha retornado a su país: al país desangrado que narró en Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón.

Albalucía cree que el tiempo es cíclico y que gira en espiral. Su novela es la prueba viva de que los poetas son profetas. “No hemos salido de un ciclo de violencia de hace casi setenta años”, declara.

 “Lo que pasó con la obra de Albalucía es realmente un feminicidio”, sentencia Alejandra Jaramillo, escritora bogotana y profesora de la Universidad Nacional de Colombia.

Alejandra estudió literatura en la Universidad de los Andes, donde la profesora Paulina de San Ginés le mostró a ella, y a otros estudiantes de literatura, las novelas de Albalucía a comienzos de los años noventa.

“¿Cómo es posible que una cultura no entienda lo importante que es esto?”, fue la pregunta que motivó a Alejandra a hacer su tesis de pregrado sobre la obra de Albalucía.

Algunos años después, estudiando una maestría en Nueva Orleans en el 97, Alejandra recibió una llamada de su profesora Paulina, en la que le avisaba que Albalucía estaba en Estados Unidos y le recomendaba que la buscara.

Alejandra cumplió el sueño de conocer a su escritora favorita: organizó un evento sobre personajes latinoamericanos con sus compañeros de maestría y Albalucía llegó hasta Nueva Orleans.

Es una mujer sin ataduras. Ha sido homenajeada por universidades europeas como una de las escritoras protagonistas del Boom Latinoamericano aunque en su propio país poco se le conoce.

Después de veintidós años de amistad, a Albalucía y a Alejandra las une la misma lucha: la de resistir siendo escritoras libres. Escuchar a Albalucía hablando de Alejandra y a Alejandra hablando de Albalucía es presenciar una hermandad que les ha permitido a ellas, y a otras escritoras más, salir a flote por la generosidad de género.

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Albalucía Ángel nació en Pereira en 1939. Es una mujer sin ataduras e inquieta. Ha sido homenajeada por universidades europeas y estadounidenses como una de las escritoras protagonistas del Boom Latinoamericano aunque en su propio país poco se le conoce.

Fue ganadora del premio literario Vivencias de Cali, por su novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón de 1975, además, publicada por Colcultura en un tiraje de cien mil ejemplares agotados, según ella.

“El libro circuló muy bien, esa colección se vendía en todo el país. Los periódicos les hacían aviso gratis”, recuerda Juan Gustavo Cobo Borda, escritor contemporáneo de Albalucía, quien dirigía el programa de televisión Páginas de Colcultura y la revista Gaceta.

Una vez agotadas las ediciones de Colcultura, Albalucía se quedó esperando nuevas propuestas editoriales para que Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón fuera difundida en Colombia de nuevo.

Sin recibir ofertas oportunas ni justas, Albalucía partió hacia Europa, donde algunos años después, le informaron que en Colombia circulaban dos ediciones de su novela que no habían sido autorizadas por ella: una edición de Plaza y Janés, y una edición de Oveja Negra. El contrato con Plaza y Janés se rompió, y la edición de Oveja Negra simplemente apareció sin mediaciones con ella.

Hasta 2015, cuarenta años después de su primera publicación autorizada, la novela fue reeditada de nuevo por Ediciones B del grupo Random House.

La historia de Albalucía Ángel es la de una escritora libre, la de una mujer que fue silenciada por decir la verdad en un país de oídos sordos:

“Por qué tenemos que andar tan jodidos en este pinche mundo… El estudiante, por ejemplo, con la cabeza rota y no sé cuántos exámenes suspendidos porque van a cerrar la universidad y esta mañana me contó que habían agarrado otro montón, y que las cosas se están poniendo muy peludas. Si esto lo que se está volviendo es un tembladeral: a ver de qué nos agarramos”

Fragmento de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón

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Siendo consciente de la dificultad de escribir obras literarias siendo mujer, Albalucía decidió darles voz a todas las personas en su novela. Por eso, en Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, no hay un solo narrador ni una voz única: la narración es una cita que se dan voces diversas, voces de personas muy distintas entre sí de la sociedad colombiana.

“Aquí hay que incluir a todas las voces, porque si yo me pongo de narradora en primera persona, no voy a ser capaz”, dice Albalucía.

“Y me pregunto: ¿y si Camilo resucita…? Lo vuelven a tostar… claro que sí. ¡Pero ya el pueblo está despierto! ¡YA EL PUEBLO ESTÁ DESPIERTO! Camilo Torres fue la piedra de toque. Porque él tampoco era ya un hombre, era un pueblo, como lo fue Gaitán”

Voz de personaje de la novela que es un estudiante víctima de la violencia

La novela aborda tres momentos históricos específicos de la historia de Colombia: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, la matanza de los estudiantes de la Universidad Nacional en 1954 y el asesinato de Camilo Torres en 1966.

“¡Mataron a Uriel…!, gritaba como loco un estudiante mientras que se quitaba la corbata y la empapaba en la sangre del compañero muerto, y poco a poco se fueron acercando los otros, mudos del estupor, sin poder creer lo que veían sus ojos, empapando a su vez corbatas y pañuelos con la sangre de Uriel y presenció cómo luego las izaban a manera de banderas, cubrían los despojos con el pabellón tricolor y muchos de ellos sin poder contenerse se echaban a llorar, a gritos, como niños. ¡Justicia! ¡justicia! Comenzaron a una sola voz cuando vieron entrar el camión con oficiales del ejército, mientras la policía contemplaba a distancia con fusiles en guardia, las manos al gatillo, los cuerpos inquietos por la tensión nerviosa y la mirada fría, indiferente”.

Narración de uno de los personajes de la novela que es testigo de los eventos de 1954

“Es una novela que estuvo mal leída muchos años, pero luego llegó otra generación y la pudo leer porque habían leído mucho más”, explica Albalucía.

Algunos factores que influyeron en que la novela fuera mal leída tienen que ver con que a Albalucía se le tildaba de ser “loca” o de ser una mujer “desparpajada” por ser revolucionaria en una tradición de hombres y de muy pocas mujeres. También influyó que Albalucía escribió en un registro experimental, al estilo de Virginia Woolf, que muy poco se había practicado en Colombia y con el que poco estaban familiarizados los lectores.

La contundencia en el rechazo a la violencia y la experimentación con una nueva forma de contar, pionera en el país, hicieron de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón una novela refrescante en el panorama literario del siglo XX. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años para que esta novela fuera acogida en Colombia.

“Cada vez esos textos le hablan más a la gente joven, yo lo vi por años”, dice Alejandra Jaramillo, quien ha dado a conocer a Albalucía en su labor docente en la Universidad Nacional de Colombia.

“Son treinta años de gente que ha puesto a Albalucía a ser leída”, dice Alejandra, quien menciona a profesores de otras universidades que también han movido la ficha para que Albalucía sea reconocida por sus connacionales a través de la academia.

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Para hablar de Colombia, siendo mujer en la década de los años setenta, Albalucía tuvo que vivir como extranjera en países de Europa y Asia, así como en Estados Unidos.

Su vida como escritora se resume en la pregunta que se hace Charly García en su canción Plateado sobre plateado, compuesta al final de la dictadura de Videla en Argentina en 1983: “¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?”.

Albalucía vivió en muchas ciudades de Europa. Entre ellas, en Barcelona, donde se hospedó esporádicamente en una pequeña habitación en el apartamento del Nobel de literatura colombiano.

Gracias a su cercanía al escritor de Cien años de soledad, Albalucía compartió con personalidades como Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. Para aquellos titanes de las letras latinoamericanas, y principalmente para García Márquez, Albalucía nunca fue más que una jovencita agradable que cantaba rancheras y boleros.

“Donde García Márquez, toda su gente, todo el pelotón de batalla grande que eran los latinoamericanos excelsos: y nadie sabía que yo era escritora”, enfatiza Albalucía.

“Lo que sí sé es que ya tenía dos novelas escritas, entonces yo ya sabía para dónde iba. Con Dos veces Alicia era un juego (su segunda novela). La primera novela (Los girasoles en invierno) es una cosa muy elemental, como biográfica. Pero la tercera (Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón) sí sabía yo que me la jugaba a muerte”, comenta Albalucía.

Y así fue. Su novela fue una apuesta a muerte.

“Lo lógico hubiera sido que una novela, como la de Albalucía, estuviera al lado de García Márquez, o de otros escritores de ese momento”, explica Alejandra Jaramillo.

La estrategia de Albalucía fue denunciar la repetición sistemática de la censura y de la violencia en Colombia como formas de perpetuar el poder, lo que ya era una postura bastante osada. Pero, a todo lo anterior, se sumaba su naturaleza: que fuera una mujer quien lo dijera.

Una mujer que se hizo un nombre con su propia escritura, sin ser hija o esposa de poderosos.

“A mí me importa un rábano si fui mujer, si fui hombre, porque desde que nací, en mi pueblo, me descalificaron. Yo he sido una mujer descalificada de nacimiento, entonces, ¿qué me va a importar?”, dice Albalucía.

“Las máscaras de gases y aquel humero que se te entraba a los ojos haciéndote llorar y vomitar hasta las tripa: qué me dices. Cómo que si escarmiento, majadera. Yo vi a un muchacho con la nariz partida del bolillazo que le dieron, a más de cinco con la cabeza abierta, otros rengueando, asfixiados del golpe de la culata. Una muchacha con un ojo aporreado, echando sangre. Yo me metí dentro de un carro que no sé por qué milagro alguien había dejado con una puerta abierta y me quedé allí, temblorosa, y vi a los policías perseguir estudiantes con el bolillo en una mano y el revólver en otra, y entonces sí entendí por qué las llaman heroínas a las que dan el pecho, como la Policarpa”

Denuncia de otro personaje de la novela enfrentado a la violencia de la fuerza pública en 1954

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Detrás de la escritura de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, hay un largo trabajo periodístico.

Aunque son pocas las personas que la reconocen hoy en Colombia, sigue cargando con los rótulos de “loca” o de “díscola” por haber sido una mujer libre en una época en la que muy pocas lo eran.

Uno de los propósitos de Albalucía es que la literatura esté muy cercana a la realidad. Por esta razón, no solo en esta novela se involucró con herramientas como recortes de prensa: en su libro de cuentos Oh gloria inmarcesible, también, hay un extenso collage de titulares que reafirman el carácter insólito de la realidad colombiana.

“Lo más terrible era que no se podía leer la prensa. Nos prohibían. Pasaba lo que está pasando ahora. Mostraban unas fotos espantosas. Era una prensa extraordinariamente amarillista. No se veían ni se oían sino muertes”, dice Albalucía.

“Dos días después de muerto Fabio fue el asalto de los pájaros en la región de Venadillo. Los periódicos comentaban que hasta los animales los habían matado y había fotografías de cuerpos de mujeres y de niños con el estómago rajado: todos nadando en charcos de sangre inmensos”

Fragmento de la novela

En Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, Albalucía incluye un recorte de prensa que fue portada del periódico El Tiempo en 1954. En el titular, una voz oficial del Gobierno declara que ni El Tiempo ni ningún otro periódico podrán hablar del asesinato de los estudiantes de la Universidad Nacional entre el 8 y el 9 de junio de ese año.

“Esa página dice lo más claro: la prensa estaba amordazada. Estamos hablando de la época de Rojas Pinilla, <prohibido decir>”, explica Albalucía.

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Dicho en sus propias palabras, Albalucía Ángel ha sido etiquetada como una “pereirana desvirolada”.

Aún todavía, aunque son pocas las personas que la reconocen hoy en Colombia, sigue cargando con los rótulos de “loca” o de “díscola” por haber sido una mujer libre en una época en la que muy pocas lo eran.

Las mujeres de su novela también son fuertes y decididas.

“Me acuerdo que Valeria se le enfrentó a un chulavo, y le gritó: ¡dispare! ¡qué es lo que está esperando, langaruto de mierda! y el chulavo bajó la bayoneta, lo juro. Retrocedió dos filas y se perdió por en medio de ese fusilerío: qué le iba a disparar a una mocosa de menos de dieciocho. La gente no aguantó. Bajaron a las plazas y se lanzaron contra el chorro a presión de las mangueras de bomberos, de los fusiles y los gases, contra la sangre fría del que más tarde explicó al pueblo que era sólo un borracho el que puso pereque cuando la plaza de toros. Como si aquellos muertos; la sangre que quedó empegotada en cada burladero y en las contrabarreras; no estuvieran ahí. Vigilando la historia de Colombia”.

Fragmento de la novela

Escritores contemporáneos de Albalucía, como Cobo Borda, reconocen esta actitud notablemente contracultural. “Ella tenía eso, como de creerse de una nueva generación, como de romper tabúes. No la intimidaba que vinieran los reporteros sosos de los periódicos de Cali a hacerle preguntas pendejas. Ella les salía adelante”, destaca Cobo.

De esta voluntad determinada de Albalucía hay muchas historias. En cierta ocasión, Salvador Dalí fue a un restaurante en Cadaqués para escucharla cantar.

“Al final de los años 70, cuando estaba escribiendo en España mi novela Misiá Señora y cantando al mismo tiempo con mi guitarra por las noches, Dalí me había invitado una vez a su casa, cuando fue Enrique Grau y otra gentecita que insistieron a ver a Dalí y yo no quise”, recuerda Albalucía.

El dueño del restaurante que había contratado a Albalucía le advirtió: “Mira, va a venir Dalí hoy y te va a dar toda la plata que quieras porque está con muchos deseos de oírte cantar”. “Yo llegué al restaurante, me quedé en la puerta, me senté ahí en una piedrita con mi guitarra. Entró Dalí con Gala. Me miraron, pues yo era la de la guitarra, y nunca entré al restaurante”, relata Albalucía.

“Más de una hora después, sale Dalí, me vuelve a mirar y se va con su Gala. Sale el dueño del restaurante, casi me come, me echó, me dijo ‘estúpida’. Algo así, una palabra peor en francés. ‘Te dije que venía Dalí, que te quería oír, todo estaba preparado, no entraste’. Y le dije: ‘Por eso, porque venía Dalí”, concluye Albalucía con vehemencia.

***

De otra parte, profundamente conectada con sus creencias, sería un error desvincular la obra de Albalucía Ángel de su espiritualidad y de su consciencia. Para algunas personas inexpertas, las creencias de Albalucía han sido una oportunidad para criticar su cordura.

“Yo creo que eso hace parte de lo que ella es. Hay algo siempre donde uno siente que está resonando otra forma de entender el espíritu y que hay algo de ella ahí siempre”, comenta Alejandra Jaramillo. 

Aunque resultaría desacertado establecer vasos comunicantes de forma directa entre obra y espiritualidad, es claro que toda obra literaria es expresión de una manera singular de ver el mundo.

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón es la manifestación particular e irrepetible de un ser humano único, de una mujer llamada Albalucía Ángel.

“No es perfección: es impecabilidad. Dejar que todo suceda y estar consciente de que cada segundo que estás, estás consciente de lo que está pasando en ti y afuera. Esa es mi filosofía. Eso lo aprendí en ochenta años que tengo. Eso es la vida de la desvirolada, de Pereira”, concluye Albalucía, quien ha viajado por el mundo no sólo huyendo de un país que la ha silenciado, sino que también lo ha hecho buscando reconectarse con su espiritualidad, esa espiritualidad de ser colombianos que danza entre la creencia y el miedo:

“En realidad no sé en qué creo. Cómo quieres que lo sepa con tanto enredo. Si yo pudiera decir creo en Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tierra, con la misma inocencia con que lo decía a los ocho años, a lo mejor estaría salvado. Pero si hoy me están diciendo que la Alianza para el progreso es la única manera de salvar estos países que están de mierda hasta la coronilla, y yo empiezo a hacer números como cualquiera que sepa sumar y dividir y me doy cuenta de que no, que eso es sólo una trampa para ratones subdesarrollados, entonces tú dirás. La gente ya no sabe por dónde va la tabla”.

Fragmento de la novela

 

 * Esta historia fue producida en la clase de Géneros periodísticos con Alberto Salcedo Ramos de la Maestría en Periodismo del CEPER. 

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