The Boys, un espejo incómodo de la política contemporánea
Una mirada a The Boys, la serie de antihéroes, corporaciones corruptas y líderes mesiánicos que nos muestra cómo la oscuridad del mundo ha alcanzado, incluso, a la sátira más atrevida.
por
Álvaro Serje
crítico de cine y TV
12.05.2026
Portada: Isabella Londoño
The Boys parte de una premisa sencilla pero poderosa: ¿Cómo sería un universo donde los superhéroes, inspirados en figuras como Batman, Aquaman o Superman, resultaran ser, en realidad, los malos de la historia?
Esta adaptación del cómic homónimo de Garth Ennis, escrita y dirigida para televisión por Eric Kripke, conocido por ser el creador de Supernatural, ocurre en un mundo donde los héroes más queridos son empleados de Vought, una siniestra megacorporación que fabrica su imagen pública mientras manipula crisis, administra el miedo y convierte la seguridad en negocio. Amparados bajo el logo corporativo, los supes, como se les llama en la serie, cometen todo tipo de atrocidades con la certeza de que el sistema, los medios aliados y los políticos de turno limpiarán su imagen para mantenerlos en la cúspide como productos que el público consume sin cuestionar y obedece sin dudar.
Del otro lado están The Boys, un grupo de ex agentes de la CIA, con un compás moral tan dudoso como el de los corruptos superhéroes, pero con la convicción de que el público debe saber la verdad y que esta élite superpoderosa debe caer. Sin embargo, lo que empezó como una burla al mundo de Marvel y DC, se volvió un espejo macabro de nuestro presente y una mirada descarnada a la realidad política. La última temporada de la serie, que se emite actualmente en Prime, parece incluso, anticipar los mensajes de la máquina de propaganda trumpista. De hecho, en 2019, cuando se estrenó, el diario The Economist la definió como “una serie de superhéroes para la era de Trump”. Para este medio, la serie revitalizaba el género de los superhéroes dándole una mirada descarnada a temas como “el poder arbitrario, la corrupción y la manipulación mediática”, todo muy “al estilo de la era Trump”, agrega. Un triste recordatorio de que vivimos en una época donde la ficción y la realidad se mezclan en el escenario de la política y el poder. Un mundo dónde los políticos se han vuelto caricaturas de sí mismos y el debate público está limitado a ejercicios de marketing, “hot takes” diseñados para viralizarse y coreografías de tik tok. Ese es el clima social en el que se mueve The Boys y que ha sabido retratar sin piedad.
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En el centro del conflicto están Butcher y Homelander. Butcher, líder de The Boys, interpretado por Karl Urban, un hombre violento e impredecible, consumido por la rabia, dispuesto a cruzar cualquier límite si eso implica derribar a los supes. Homelander, por su parte, encarnado por Antony Starr, es el equivalente oscuro de Superman. Rubio, siempre sonriente, carismático, que usa la bandera de Estados Unidos como capa y símbolo de su lucha por el “american way of life”. Pero bajo esa estética, que encarna una fantasía patriótica, se esconde un tipo inestable, cruel y peligrosamente narcisista, básicamente un sociópata desalmado con superpoderes.
Precisamente, una de las fortalezas de la serie son sus personajes y la ambigüedad que los rodea, lo que los hace particularmente complejos para una serie que también juega con lo grotesco y caricaturesco. The Boys funciona porque, más allá de su comentario político, está bien escrita y actuada. Starr convierte a Homelander en una presencia tan carismática como perturbadora. Urban dota a Butcher de una mezcla de ironía y dolor que lo salva del cliché. Jack Quaid y Erin Moriarty, como Hughie y Starlight, ofrecen el punto de entrada emocional para el espectador, una suerte de conciencia para los demás personajes que, aunque inician su recorrido como víctimas ingenuas, terminan contaminados por el mismo sistema que quiere destruir.
La serie apuesta por un tono hiperviolento y provocador, muchas veces apoyado en el shock y situaciones deliberadamente incómodas. Ese impulso puede jugarle en contra, sobre todo cuando la exageración se vuelve sólo golpe de efecto y busca más escandalizar que narrar. Además, la violencia extrema, el gore y, por momentos, la hipersexualización de algunas situaciones (todas heredadas del cómic original), la han convertido en una serie que simplemente no es para todos los estómagos. Sin embargo, el exceso de sangre y tripas es, a su manera, también un comentario sobre los medios y la política, ya que evidencia hasta qué punto hemos naturalizado lo violento como entretenimiento y la brutalidad como espectáculo. Sin embargo, incluso en medio del exceso y la caricatura, The Boys se destaca por construir personajes moralmente fracturados, traumados y con matices complejos que se alejan de las figuras tradicionales del héroe y el villano. Ese equilibrio entre espectáculo brutal y densidad emocional es lo que le permite trascender la parodia y convertirse en una sátira incómodamente cercana a nuestra realidad.
Homelander: El hombre blanco rabioso
Uno de los grandes atractivos de la serie es la figura de Homelander, que con el paso de las temporadas, deja de ser simplemente un supervillano para convertirse en una terrible y dolorosa crítica de la política norteamericana contemporánea: un líder con poder casi absoluto, poca preparación, sin límites morales claros y con una necesidad patológica de aprobación. En la temporada final esa dimensión política es llevada al extremo, pues Homelander apela más que nunca al resentimiento, a la idea de una grandeza perdida, a una comunidad herida que necesita un redentor. Un discurso en el que él mismo empieza a verse como una figura religiosa, casi mesiánica.
En una escena de la última temporada, por ejemplo, Homelander tiene una visión en la que cree que se le revela un rol divino y que su destino es ser venerado por millones. La escena incomoda, no sólo porque habla de esa peligrosa combinación entre religión, fanatismo y política que conocemos muy bien, sino porque su iconografía y estilo son bastante similar a una imagen creada con IA que Donald Trump había posteado unos días antes en sus redes, en el que ataviado con una túnica, parece descender del cielo en medio de un haz de luz para sanar a un hombre enfermo que yace en una cama.
Al final, resulta inevitable no pensar en Donald Trump al ver a Homelander, ataviado con la bandera y dispuesto a “hacer lo que haya que hacer” para defender, al menos en el discurso, los valores supremos de la democracia, la libertad y, por supuesto, el capitalismo. Pero la fuerza del personaje no radica solo en representar al líder elegido, sino en retratar la sociedad que lo eligió. Homelander es el retrato del hombre blanco rabioso que se siente desplazado, perdido, que añora un pasado mítico y que encuentra en figuras autoritarias la promesa de restauración. Representa a esa comunidad que convierte el resentimiento en identidad y la frustración en programa político, la misma que ha elegido a Trump, Bolsonaro, Milei y tantos otros. En ese sentido, The Boys no solo satiriza a un líder específico, sino que nos habla del clima cultural, la complicidad mediática y los poderes económicos en la sombra que hacen posible este fenómeno. Homelander no es únicamente el tirano en el poder, es el síntoma de un sistema que ha subvertido la democracia para ponerlo allí.
Trump TV
The Boys no se convierte en este espejo del poder de manera gratuita, es el resultado de un largo proceso en el que la ficción televisiva no sólo ha reflejado el universo político, sino que parece haberlo moldeado y estructurado. El caso de Donald Trump es paradigmático. No llegó a la política desde los escenarios tradicionales del poder, sino desde el set de televisión. Antes de ser presidente, ya era un personaje de la cultura pop que había pasado exitosamente del mundo empresarial al espectáculo. En The Apprentice, reality que protagonizó por más de una década, perfeccionó su personaje, mostrándose como el empresario implacable que decide destinos y que demostraba fuerza y decisión con su recordado “¡You’re fired!”. Años después, cuando dio el salto a la política, Trump ya tenía un terreno ganado, simplemente necesitó pasar su performance de los pasillos de Hollywood a los de Washington.
El crítico Omar Rincón lo resume con precisión al señalar que Trump comprendió el reality como “la revancha de los excluidos del poder”, un formato donde no ganan los de siempre sino quienes saben encarnar un al mejor personaje, el que pueda contar la mejor historia, emocionar al público y enganchar la mayor audiencia. Lo peor es que el modelo se ha vuelto replicable y parece ser ya una manera de “hacer política”. La fórmula es simple: la viralidad precede al programa de gobierno y el show antecede a la ideología.
Además, esa transformación de la política se nutrió de la ficción televisiva que, durante años, ha desplazado al héroe clásico para instalar al antihéroe como figura dominante. A comienzos de los 2000, series como The Sopranos, The Shield, 24, Breaking Bad, o en el caso colombiano, El patrón del mal, El cartel de los sapos, El capo, nos entrenaron para acompañar a personajes moralmente ambiguos, violentos, contradictorios. La premisa del “hay que hacer lo que hay que hacer” se consolidó como mantra cultural, de la mano de un capitalismo salvaje que premia el éxito a cualquier costo. No solo entendíamos al personaje oscuro, aprendimos a defenderlo, a celebrarlo e, incluso, convertirlo en ícono pop. Y no hay nada de malo en esas narrativas per se, de hecho esos personajes nos han dado algunos de los mejores momentos y relatos en la historia de la TV, el problema es que no supimos distinguir cuándo ese antihéroe de la ficción empezó a filtrarse en la arena política. Tal vez porque seguíamos viendo todo en la misma pantalla, tal vez porque parecía más atractivo frente a la distante y, a veces aburrida, política “tradicional” o simplemente porque no nos importó.
Poco a poco, se fue consolidando un ecosistema donde la frontera entre ficción y realidad comenzó a erosionarse. Si todo circula en la misma pantalla: la serie, el noticiero, el discurso viral, el meme, a veces todo termina pareciendo lo mismo. Nos acostumbramos al conflicto permanente, a la figura del líder que rompe reglas porque el guión lo exige. Homelander, Butcher, Trump, Bolsonaro, Milei, Jack Bauer, Walter White, son todos el mismo hombre blanco rabioso que “hace lo que haya que hacer”. Un arquetipo que dejó de ser un recurso narrativo ficcional para instalarse en nuestra realidad y hacerse tristemente familiar. The Boys captura esa ruptura con crudeza y habla de esa grieta en el centro del poder, donde la política dejó de ser un espacio de ideas y propuestas para convertirse en “contenido”. Es el retrato de un mundo dónde ya no podemos distinguir entre el meme y la realidad. Un mundo dónde al igual que en la serie, los villanos no se esconden, por el contrario, dan ruedas de prensa rodeados de banderas y escudos, reciben premios y medallas, actúan a plena luz y muestran su odio en horario estelar. Y nosotros, lejos de apartar la mirada, nos sentamos a esperar el siguiente episodio.