13 preguntas para entender la llegada de las tropas gringas a Colombia

Hablamos con Adam Isacson, experto en estrategias militares y de seguridad de Estados Unidos en el exterior  para entender el impacto de las tropas gringas en Colombia y por qué su llegada parece haber causado tanto revuelo a pesar del constante historial de presencia militar gringa en Colombia.

Tania Tapia Jáuregui

09.06.2020

El 1 de junio cerca de 50 militares estadounidenses aterrizaron en Colombia. El país estaba advertido: la Embajada de Estados Unidos en Colombia informó con un comunicado de prensa que militares de la Brigada de Asistencia a Fuerzas de Seguridad del Comando Sur llegarían al país. Un día después, cuando ya el tema era tendencia en redes sociales, el Ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, aseguró que las tropas solo tendrían el objetivo de asesorar a las Fuerzas Armadas colombianas y no participarían en operaciones militares en el país. 

La polémica se armó entre quienes pedían que el Senado autorizara su llegada y quienes veían su presencia como un golpe a la implementación de los Acuerdos de Paz con las Farc. El temor se fundó en que la Embajada de Estados Unidos anunció que las tropas gringas priorizarían las Zonas Futuro, un plan de intervención del gobierno de Iván Duque en territorios afectados por el narcotráfico, que recuerda el Plan Colombia de finales de los noventa. Eso, más el refuerzo de estrategias de erradicación forzosa y fumigación con glifosato, podría echar por la borda los planes de sustitución de cultivos y estar retrocediendo en la implementación de los acuerdos.

Cerosetenta habló con Adam Isacson, Director de Veeduría de Defensa de WOLA (Washington Office on Latin America), una organización de derechos humanos estadounidense, y experto en estrategias militares y de seguridad de Estados Unidos en el exterior  y en particular con Colombia, para entender cuál puede ser el impacto de las tropas gringas en el país y por qué su llegada parece haber causado tanto revuelo a pesar del historial constante de presencia militar gringa en Colombia.

 

Cerosetenta: La llegada de las tropas estadounidense se da en medio de una coyuntura agitada: el escándalo de las chuzadas del Ejército Nacional a periodistas, la tensión en Venezuela y el retorno de Estados Unidos al discurso de mano dura contra las drogas. En su opinión, ¿qué están ganando los dos gobiernos con esta movida?

Adam Isacson: Las ganancias para Colombia y para los militares colombianos son el prestigio que viene al relacionarse con militares estadounidenses, tener el sello de aprobación de Washington. En medio de la crisis institucional de las fuerzas armadas colombianas, Estados Unidos está enviando un mensaje de aprobación que fortalece a los militares políticamente. Eso, si uno supone que en el cuarto año del desprestigiado gobierno de Donald Trump aún hay algo de prestigio en asociarse con Estados Unidos. 

Además para el gobierno de Duque, que está tratando de sacar adelante las Zonas Futuro, también es una victoria política interna porque de ese plan no se escucha mucho. No se sabe exactamente cómo van las Zonas Futuro y esto les da un impulso.

Y la ganancia para Estados Unidos es, por una parte, seguir priorizando la fortaleza que tiene en la relación militar con Colombia por encima de su relación diplomática y económica. Y por otro lado está la ganancia de tener otro canal a través del cual pueden hacer cierta presión psicológica sobre el régimen en Venezuela.

Hay ganancias pero no sé si son más grandes que las pérdidas.

 

¿Cuáles son las pérdidas?

Para Colombia, esto es una distracción de los necesarios esfuerzos de reforma que se estaban empezando a dar en las Fuerzas Armadas. También es la ratificación de una estrategia que ya sabemos que no funciona: abordar por vía militar temas complicados de gobernabilidad territorial y narcotráfico. La intervención que plantea el Estado en los territorios de las Zonas Futuro sigue siendo punitiva, agresiva y armada. Ese tipo de intervención a largo plazo fracasa o deja a los territorios en la misma situación en la que los encontró. Eso será una pérdida para Colombia. 

Y esta asociación con Estados Unidos está pasando en un momento en que el gobierno de Donald Trump está atacando a su propia gente en las calles, ahí hay otra pérdida de prestigio para ambos países.

 

¿Por qué la llegada de estas tropas estadounidenses a Colombia ha despertado tanta polémica? ¿Es nuevo este tipo de cooperación militar entre los dos países?

Como decimos en Estados Unidos, ese tren ya salió del terminal hace rato. Desde el inicio del Plan Colombia en el año 2000 siempre ha habido militares estadounidenses. En un día típico hay más de 100 soldados gringos en territorio colombiano. Son pocos los días en que pueda haber menos de 100. Muchas veces hay más de 200 o 300. Muchos de ellos adjuntos a la Embajada, pero también muchos circulando entre bases militares, haciendo asesoría, entrenamiento, compartiendo inteligencia. Siempre ha sido así. Entonces llegar con 54 más no es algo novedoso. Realmente ni siquiera es muy estremecedor.

Lo distinto esta vez es que normalmente esos despliegues se han dado en medio de mucho secreto y con muy bajo perfil. Esta vez están anunciándolo en la página web de la Embajada y en Twitter. Eso tal vez tiene que ver con el deseo de enviar un mensaje a Venezuela.

 

¿Sirve la presencia de estos militares para influir sobre Venezuela?

Hay que recordar que las presiones que hasta ahora se han dado de esta manera al gobierno venezolano solo han logrado unificar al régimen de Nicolás Maduro y a sus militares que se sienten sitiados y se abrazan más cuando se sienten bajo sitio. También es una presión que divide a la oposición venezolana entre quienes quieren buscar una solución política y quienes creen que no es necesario hacer una negociación política porque ya vienen las gringos para invadir. Es muy contraproducente.

Entonces no, no están logrando lo que pretenden. Creo que los de la línea del gobierno de Trump creen que una campaña de presión constante y en aumento, sin llegar nunca al nivel de una invasión o de una agresión militar, va a quebrar la voluntad del régimen y le va a dar a la oposición la energía o el impulso que necesita. Pero lo que hemos visto siempre ha sido lo opuesto.

 

¿Estados Unidos ha usado esa estrategia de presión en otros países? ¿Ha funcionado?

Tal vez en Nicaragua trataron de hacer un cambio de régimen sin intervención militar. Allí sí se logró después de muchos años una elección libre, pero fue gracias a la intervención diplomática de otros países centroamericanos. En Irán han estado tratando de hacer algo así desde hace décadas sin que las presiones realmente calen. En Irak trataron pero finalmente recurrieron a una invasión. El gran ejemplo es Cuba, donde no ha funcionado en 60 años. No veo muchos ejemplos de lograr cambiar un régimen a través de presión constante.

La razón es que desde Estados Unidos están obsesionados con una sola cifra: el número de hectáreas sembradas de coca en Colombia.

Y volviendo a Colombia, ¿para qué han servido todos los años de presencia militar estadounidense en el país?

Pues gran parte de esos esfuerzos, desde el inicio del Plan Colombia, no sirvieron para nada. Todo lo que llegó para apoyar la erradicación de la coca, o más bien las estadísticas de la coca, no han funcionado. Todo lo que han hecho para tratar de limitar la oferta de cocaína tampoco. Tampoco todos los esfuerzos para debilitar el crimen organizado. 

Para lo que sí ha servido, claro, es para darle superioridad a las fuerzas colombianas y para matar a los líderes de las Farc con bombardeos. Y eso probablemente tuvo un gran impacto en alentar a las Farc a negociar. También ha servido para implementar programas de reforma militar y de cambios de doctrina, para hacer que las ramas de las fuerzas armadas trabajen más conjuntamente y para llevar a cabo entrenamientos en derechos humanos. El impacto innegable ha sido la profesionalización de las Fuerzas Armadas en Colombia.

 

¿Entonces la llegada de estas tropas es insistir en estrategias de guerra contra las drogas que no han funcionado?

Sí, se está intensificando la estrategia del Plan Colombia. De hecho los entrenadores que vienen, según Holmes Trujillo, van a trabajar con cuatro unidades militares, una de ellas es la Brigada Antinarcóticos del Ejército que fue creada con fondos del Plan Colombia en el 2000. Entonces sí, hay mucha continuidad con eso.

 

¿Es también querer insistir en reemplazar la ausencia estatal en regiones del país con militarización?

Eso es lo que ha pasado en el pasado y es lo que sabían los encargados de programas como el Plan Nacional de Consolidación Territorial de hace 10 años. Gente como Sergio Jaramillo sabían perfectamente que el objetivo no era solamente meter militares. Cuando ellos hacen esos planes hablan de varias fases y en la última fase por fin llegan los civiles.

Pero en la realidad los civiles nunca llegan y el resultado siempre es que uno tiene soldados de 20 años tratando de manejar reuniones comunitarias de planeación, de interactuar con juntas de acción comunal y hacer planes de desarrollo que nunca realmente se hacen. Esa es la tragedia de siempre, y la culpa no es de los militares, es de los ministerios civiles y de los que ponen los fondos que no quieren o no pueden salir de las grandes ciudades.

 

El Gobierno ha dicho que las tropas vienen a apoyar en Nariño, Norte de Santander y Meta. Llama la atención que en comparación Meta tiene muy pocas hectáreas de coca (alrededor de 2 mil frente a las 40 mil y 30 mil en los otros dos departamentos). Pero Meta es uno de los epicentros de las disidencias de las Farc lideradas por Gentil Duarte. ¿La asesoría entonces podría estar orientada al combate?

Seguro. Las Zonas Futuro parecen algo lindo en el Power Point porque incluyen mucho lenguaje sobre gobernabilidad territorial, servicios básicos, carreteras, titulación de tierras, cosas así. Pero su primera fase es crear un perímetro de seguridad en esos territorios, lo que quiere decir semanas o meses de operaciones ofensivas. Entonces sí, van a estar asesorando operaciones militares ofensivas en esas zonas. Hay que ver si las tropas también llegarían para apoyar lo que viene después: la llegada del Estado a zonas históricamente abandonadas, lo que sería distinto a lo que se hizo en el Plan Colombia y lo que se ha hecho hasta ahora. Pero no veo una garantía de que ese despliegue tenga esos objetivos.

 

Los militares estadounidenses, más la intención del Gobierno por volver a la erradicación forzada y a la fumigación con glifosato, ¿estarían sepultando el Acuerdo de Paz? ¿Qué va a pasar con la estrategia de sustitución de cultivos?

Mi temor es que una vez que establezcan esos perímetros de seguridad se va a incentivar la erradicación forzosa sin coordinación ni ningún apoyo en seguridad alimentaria a las familias campesinas afectadas. Eso sería una estupidez enorme porque todo el mundo sabe que esas zonas están abandonadas y si el Estado quiere llegar va a tener que llegar ofreciendo servicios y ganándose el apoyo de la población. 

Si tienen el mismo trato que han tenido con las poblaciones donde ahora mismo están erradicando agresivamente, dejándolas sin nada que comer en medio de la pandemia, pues el Estado va a salir más débil y más odiado en esas zonas.

 

¿Por qué entonces insisten en seguirlo haciendo así?

Creo que gran parte del Gobierno y de las Fuerzas Militares de Colombia saben todo eso, pero están bajo mucha presión del gobierno de Donald Trump que no lo sabe o que no le importa y que por eso va a seguir presionando a que se haga erradicación sin dios ni ley, sin importar otros aspectos de la estabilidad territorial. Y la razón es que desde Estados Unidos están obsesionados con una sola cifra: el número de hectáreas sembradas de coca en Colombia.

¿Qué se necesitaría para que Colombia pudiera dejar de estar sujeta a esa presión y pudiera entender su política de drogas de forma distinta?

Creo que hay mucha frustración por seguir la misma estrategia agresiva y militar en los 50 años de guerra antidrogas que ha vivido Colombia, incluso entre algunos sectores de la derecha. Si Colombia tuviera la libertad de escoger otra vía y tuviera los recursos y la voluntad de hacerlo, probablemente harían algo parecido a lo previsto en los Acuerdos de Paz, una combinación del primer y cuarto capítulo [tierras y drogas]. Algo que buscaba, sin presiones a corto plazo, establecer una presencia estatal en las zonas abandonadas donde se siembra la coca. 

Pero Colombia no tiene ese lujo ahora mismo porque en la Casa Blanca el gobierno de Trump regaña al presidente Duque y le dice que tiene que fumigar, que tiene que recortar las hectáreas a la mitad en los próximos tres años. Entonces si Colombia no tiene esa libertad, aunque sabe que va a perder vidas y va a gastar recursos para algo que no va a tener impacto de largo plazo, tiene que seguirlo haciendo.

Y por supuesto no quiero excusar todo, entre el uribismo hay muchos que solo quieren darle garrote a los campesinos que siembran coca.

Hay que ver si las tropas también llegarían para apoyar lo que viene después: la llegada del Estado a zonas históricamente abandonadas

Frente a todo esto, ¿hay algo que se pueda hacer desde el último eslabón de la cadena, el consumidor? ¿Hay algún papel que tengan los consumidores en esta política de drogas? ¿O sigue siendo un tema de gobiernos que se escapa de lo individual?

Yo soy pesimista en eso. Creo que, claro, hacer mensajes sobre responsabilidad individual y educar sobre los peligros de usar sustancias es siempre necesario. Por una parte están los consumidores fuertemente adictos: en Estados Unidos, por ejemplo, el 80 % de la demanda viene del 20 % de los usuarios de cocaína. Con ellos no se puede hablar de cambios culturales, lo que hay que hacer es política pública con recursos para que puedan acceder a programas de tratamiento. 

Para quienes consumen de forma recreativa la educación siempre hace mucho. Solamente con largas campañas de educación sobre los impactos a la salud se ha bajado increíblemente el número de personas que fuman tabaco en Estados Unidos. En el caso de la cocaína sería tal vez una educación sobre los impactos de apoyar a grupos criminales peligrosos. 

El problema es que esas campañas de educación apenas se dan y cuando sí se hacen son con un discurso anclado en los años 80 con mensajes horribles.

Sin embargo, aunque la oferta de cocaína colombiana se ha más que duplicado en el mundo desde 2013, en Estados Unidos se ha incrementado en un 30 % más o menos y muchas veces mezclada con opioides. Acá no hay un boom de la cocaína, más bien se está hablando de otras drogas, de las sintéticas. Ese probablemente será el tema de la política antidrogas en los años que vienen.

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