“Todos en el país nos acostumbramos a hacer periodismo chuzados”, María Jimena Duzán

Ha entrevistado a las Farc, a los paramilitares, al M-19, a las víctimas, al ejército y a los políticos. María Jimena Duzán ha registrado el estridente devenir de Colombia.

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Laura Vita

18.03.2016

María Jimena Duzán  ha vivido en carne propia el conflicto que durante décadas ha contado en sus historias. Se inició en El Espectador, el diario que sería durante muchos años su hogar, a los 16 años. Ahí, Duzán tuvo la tarea de cubrir al narcotráfico en los años en el que los capos de los carteles parecían tener agarrado al país por el cuello y en el que las bombas reventaban todos los días. Una de esas bombas fue la que destruyó el edificio de El Espectador, en 1989, y de la que Duzán logró salvarse. Hemos conocido el conflicto interno colombiano de las últimas décadas a través de sus reportajes y entrevistas, con todos los actores legales e ilegales que han protagonizado los episodios más álgidos del país. En 1990, Duzán se convirtió en víctima del conflicto que cubría hace tantos años. Ese año, en el municipio de Cimitarra, Santander, un grupo de paramilitares masacraron a un equipo de periodistas que trabajaban en un documental para la BBC. Una de esos periodistas era Silvia Duzán, hermana de María Jimena.  En el 2010, casi 20 años después, Duzán decidió encarar asesinato de su hermana y escribir el libro Mi viaje al infierno, hoy reeditado por la editorial Aguilar.

María Jimena Duzán ha sido testigo privilegiado del país que somos hoy. En sus reportajes, sus columnas y sus entrevistas ha quedado un registro indeleble de todas las formas de guerra y violencia que hemos vivido en el Colombia.

 

"En el ELN hay gente joven muy buena, que uno quisiera ver aportando en la política tradicional, porque son mucho mejores que Roy Barreras"

 

Una de sus primeras entrevistas fue con la guerrilla del M-19 cuando usted era muy joven, ¿por qué decide ir? ¿Quién busca a quién?

Ellos me buscaron a mí. Yo me imagino que porque era una periodista joven y fácilmente manipulable, y eso es perfecto para ese tipo de entrevistas. Como no había comisionado de paz en ese momento, uno no tenía cómo decirle al Estado que iba a entrevistar a la guerrilla, y el que iba a entrevistarlos se volvía automáticamente guerrillero. Ahí se planteó la tesis de que lo mejor que podíamos hacer era decir que me secuestraron, y así se hizo con el consentimiento de Guillermo Cano, que montó todo.

A finales de los años setenta ganaderos, terratenientes y narcotraficantes se unieron para crear el MAS (Muerte a secuestradores), grupo reconocido como la primera organización paramilitar a gran escala, que buscaba contrarrestar armadamente las acciones de las guerrillas.  El MAS torturó, asesinó y creó una ola de terror por el tipo de acciones que realizaban en contra de miembros de las guerrillas y supuestos colaboradores, entre los que se encontraban juristas, sindicalistas y periodistas. A Duzán también la acusaron de auxiliar al M-19 .

Y cuando vuelve de entrevistar al M-19 en su campamento le toca la bomba del MAS…

Yo iba supuestamente a entrevistar a ‘El Flaco’ Jaime Batemán Cayón [comandante y uno de los fundadores del M-19] y me quedé un mes y medio, por la guerra. Eso fue en la miércoles, me demoré seis días en llegar al campamento, y cuando llegué me dijeron: “el problema es que no sabemos cuándo sacarla. No es seguro. Tiene que quedarse aquí hasta nueva orden”. Pero al regresar, el presidente Turbay quería que yo fuera a contarle todo lo que vi a los generales del ejército. En ese momento eso era sinónimo de terror, en esa época torturaban en las caballerizas. Yo conté todo lo que vi y cuando llegué a mi casa: ¡BUM! Estalló la bomba que me puso el MAS.

Fue a entrevistar a Batemán, ¿por qué nunca fue donde Pablo Escobar, a pesar de que él lo pidió?

Porque las veces que me lo pidió me mandó dos emisarios diciendo que querían llevarme donde estaba Pablo Escobar, porque querían que yo escribiera un reportaje o una entrevista donde Pablo Escobar dijera que Guillermo Cano no había sido asesinado por él. No me interesaba ir bajo esa condición. No me cabe la menor duda de que Pablo Escobar sí ordenó la muerte de Guillermo Cano y nadie tiene duda de que lo que pasa es que la justicia nunca ha podido investigar.

El 30 de abril de 1984, en el norte de Bogotá, fue asesinado el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla. Menos de una semana después, el expresidente Alfonso López Michelsen sotuvo una reunión con Pablo Escobar y Jorge Luis Ochoa —cabecillas del cartel de Medellín en ese momento y acusados de asesinar a Lara Bonilla— en el Hotel Marriot de Ciudad de Panamá. López y otros miembros del Gobierno en esa época aseguran que la reunión fue consensuada por el Presidente Belisario Betancour. Con esa reunión los narcotraficantes querían llegar a un acuerdo con el Estado, entregando sus rutas, flotas aéreas, laboratorios y dineros del narcotráfico a cambio de no ser extraditados (de no tener una extradición retroactiva, o sea que solo pudieran ser extraditados si llegaran a traficar después del acuerdo). Sin embargo, el acuerdo redactado a partir de esa reunión se filtró en el periódico El Tiempo y armó un escándalo nacional.

Juan Manuel Santos en ese momento era el subdirector de El Tiempo, medio que publicó la información y generó la declaración de Betancour quien dijo que no tenía conocimiento de esas conversaciones, lo cual termina por dañar el posible acuerdo que se negociaba. ¿Cuál es el valor periodístico de haber publicado eso?

Yo creo que Juan Manuel Santos se debe arrepentir de eso, siempre se lo he querido preguntar. Esa vez, si se hubiera negociado con ellos, habría sido distinto todo, en ese momento todavía no habían matado gente. Yo creo que fue un error, porque por una chiva se cayó la única posibilidad de evitar esa guerra que se nos vino.

Portada de El Espectador, 18 de diciembre de 1986. En primera página el asesinato de su director Guillermo Cano Isaza. Foto: Cerosetenta.

El 17 de diciembre de 1986, el actual director del periódico El Espectador fue asesinado por sicarios del narcotráfico relacionados con el cartel de Medellín. Al otro día, y como un acto de luto y protesta, más del 90% de los medios colombianos estuvieron en silencio o con páginas en blanco. ¿Qué impacto tuvo la jornada de silencio de los medios después del asesinato de Cano Isaza? ¿Qué tan difícil fue coordinar eso?

Eso fue como un producto del momento. Tuvo que ver con la reacción profunda de indefensión y vulnerabilidad que produjo el asesinato de Guillermo. Provocó una cosa muy inusual en el periodismo que es el colegaje entre los medios, que siempre pelean. Fue automático. En la jornada nos sentamos en el periódico pensando qué hacer con todas las investigaciones que teníamos, y fue Enrique Santos el que me dijo “¿por qué no las publicamos todos?”. Entonces las reuniones se hacían en mi casa, el grupo se llamó “Kremlin”, y era muy chévere, porque éramos Mauricio Gómez, Andrés Pastrana, Enrique Santos Calderón, Mauricio Vargas —de la Revista Semana— y yo. Cuadrábamos todos, de manera mancomunada, qué investigación íbamos a sacar y cómo la íbamos a sacar. Duramos seis meses, me parecía una experiencia increíble y creo que no se ha vuelto a reproducir en la historia colombiana. Lo que es interesante es que, por primera vez, el periodismo se sintió tocado y reaccionó de buena manera, de una manera valiente. Yo nunca me esperé que los demás hicieran eso, además porque El Espectador siempre había peleado sus luchas solo. Me impactó. Creo que tenía que ver también con esa relación que había entre los Santos y los Cano, entre una concepción de periodismo que eran las casas tradicionales de periodismo que hoy en día ya han pasado. Si eso pasara hoy, no habría ninguna posibilidad de que se diera una reacción así.

¿Por qué se terminó ese experimento?

Yo creo que tenía que terminarse, era solo una cosa en transición. Era una cosa para decirle a la gente que nos quería acallar que no lo iban a poder hacer, que si mataban a uno nos iban a tener que matar a todos. Entonces teníamos que reaccionar y poner eso de presente, pero eso no podía durar más de seis meses. El experimento duró lo que tenía que durar la reacción para que esa gente entendiera que no podían enfrentar de esa manera a un país, porque el país iba a reaccionar como de hecho lo hizo.

Volviendo a 1984, en ese mismo año la guerrilla de las Farc comenzó diálogos con el gobierno de Betancour y en el municipio de La Uribe, departamento del Meta, estableciron la sede de las conversaciones. Allá fue usted a entrevistarlos, ¿cómo es vivir con las Farc un mes?

Yo siempre he tratado de conocer la guerrilla en procesos de paz, precisamente para evitar lo que me pasó con el M-19, porque esa vez casi me matan y aprendí que al perro no lo capan dos veces. Siempre me había parecido una guerrilla totalmente astronauta. No la entendía. Y para mí fue un gran descubrimiento porque me di cuenta de que era una especie de poder que había sobrevivido en esa Colombia abandonada, un poder feudal que se había convertido en una razón social. En las zonas que controlaban uno se volvía guerrillero o se volvía guerrillero, no había de otra. Conocí ahí a los discípulos de Jacobo [Arenas] y conocí cómo funcionaba esa guerrilla. Pero aprendí a conocerlas y me parecía que era importante para los periodistas entender cómo era esa guerrilla; no tengo la menor duda de que querían desmovilizarse. En esa ocasión fue el Estado el que lo impidió. O ni siquiera el Estado, sino las fuerzas oscuras. Nos costó 15 años más otra experiencia, en El Caguán, que fue todo lo contrario, donde las Farc no querían y le mamaron gallo al gobierno. Yo nunca le creí a las Farc en El Caguán.

¿Qué tipo de relación entabla uno después de vivir un mes y medio con las Farc? ¿Desarrolló algún tipo de simpatía?

Es difícil, porque ellos lo consideran a uno un representante de la burguesía internacional, de los medios que manipulan la realidad y era difícil romper esos paradigmas. La creación de una confianza no se hace muy de frente, no es fácil porque ellos siempre tienen esa prevención con uno. Pero cuando uno está tanto tiempo empieza a traspasar cosas, historias. Entendí por qué había gente que a los 17 años había cogido sus chiros para irse a la lucha armada y me sirvió mucho porque hay que entender —sin compartir— y eso es lo más claro que uno tiene que poner cuando está discutiendo con ellos para poder informar bien. Eso es fundamental a través de sus historias personales.

Cuando los periodistas empiezan a darse cuenta del nivel de compenetración que había entre la fuerza pública y los paramilitares, ustedes estaban protegidos por la fuerza pública. ¿Cómo era esa relación?

Era chistoso porque en esa época el DAS [Departamento Administrativo de Seguridad] no tenía ni carros blindados. Andábamos en unos carros destartalados, nos seguían unos tipos con unas metralletas horribles, pero igual mataban a todo el mundo porque los infiltrados eran la gente del DAS. Fue medio absurdo porque fue el DAS el que manejó toda la información, la investigación contra todos nosotros, pero no pensábamos en eso. Yo siempre pensé que Miguel Maza Márquez [exgeneral de la Polícia Naconal y director del DAS entre 1985 y 1991] era un tipo que no estaba pagado por el narcotráfico, pero apareció después que sí.

Cuando el periodista Hernando Corral entrevista telefónicamente al narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha, afirma que sabe que está chuzado y le va a entregar al Gobierno la grabación. ¿Era normal trabajar chuzado por el Gobierno?

Sí, todos en el país nos acostumbramos a hacer periodismo chuzados. Es más, el ejército tenía la tradición de poner un periodista ‘tira’ —infiltrado del ejército— en las redacciones y todo el mundo sabía quién era.

Portada de El Espectador, 3 de septiembre de 1989. En primera página la fotografía de cómo quedó la redacción tras la explosión de una bomba. Foto: Cerosetenta.
Interna de El Espectador, 3 de septiembre de 1989. Foto: Cerosetenta.

El 2 de septiembre de 1989 un carrobomba con 135 kilogramos de dinamita destruyó parte de las instalaciones del periódico El Espectador en Bogotá. ¿Por qué el Estado nunca paró bolas a las peticiones de seguridad del diario?

Porque yo creo que los servicios de seguridad estaban totalmente aliados con el narcotráfico. El Espectador se había convertido en un blanco, especialmente del Cartel de Medellín, de Escobar y Rodríguez Gacha. Es Rodríguez Gacha el que pone la bomba en el periódico, obviamente impulsado por Escobar. Era tenaz, yo creo que era casi peor que Pablo Escobar porque era conservador.

¿Cómo es hacer una noticia cuando uno es la noticia?

Horrible. Nosotros fuimos los primeros en llegar y vimos todo destruido. No creo que hubiera visto antes tanto periodismo internacional acá, porque era the war on drugs. De un momento a otro nos vimos entrevistados y no sabíamos qué hacer, teníamos que trabajar pero no sabíamos cómo lo íbamos a hacer en ese hueco. Fue tenaz porque ya no podíamos escribir, nos tocaba andar peor de protegidos. Lo peor que me pasó es que me tuve que ir después de la bomba porque a los de la unidad investigativa nos tenían muy pisteados. Entonces yo ese día veo a mi hermana, me saludo con ella, me voy a Nueva York. Y la matan.

¿Cómo fue tener otra periodista en la familia?

Es complicado porque a Silvia siempre le daba mamera ser la hermana de María Jimena. Pero en el fondo cada una fue cogiendo como su estilo, entonces no hubo tal problema. Éramos dos periodistas distintas, ella se metió en su cosa de estudiar tribus urbanas y gente rara que había producido la violencia en los barrios hacinados. Yo tenía otro tema, el periodismo como control de los funcionarios públicos. Pensaba yo en esa época —ahora no— que uno tenía que ser el ojo escrutador de los grandes poderes políticos. Pero la experiencia me ha demostrado que también había actores por fuera del Estado más poderosos que el propio poder. Terminamos haciendo periodismos distintos y aprendí mucho de ella.

Después de que matan a Silvia, ¿nunca pensó en cambiar de oficio?

Nunca, porque mi mamá nos había educado así. Mi papá era el periodista y por eso crecimos en ese ambiente, pero quien nos educó fue mi mamá. Ella nunca nos dijo que no fuéramos a algún lado y tampoco se arrepiente. Yo podría ser así con mis hijas, que espero nunca sean periodistas.

Después de haber entrevistado paramilitares, a las Farc, al M-19, ¿cuál fue la entrevista más difícil?

La de ‘El Alemán’ [Freddy Rendón Herrera exjefe paramilitar del bloque Elmer Cárdenas]. Me costó muchísimo porque además en televisión tienes que aparecer bien y eso era difícil. Me costó más trabajo del que pensé. En general todas las entrevistas con gente que vive por fuera de la ley son muy difíciles. A mí me gusta tocar la parte humana aunque sea un monstruo y me ha costado trabajo pero creo que es la parte más interesante. Y es un ejercicio interesante para uno como víctima. Por eso ya casi no entrevisto políticos, no me interesan.

¿Cómo ha sido la evolución de los hoy negociadores de las Farc en el proceso de paz que se desarrolla en La Habana?

Es curioso, porque cuando fui la primera vez Marulanda tenía 60 años y hoy son ellos los que tienen 60. Han evolucionado en la peor forma, no los veo arrepentidos pero sí transformados porque, como ellos dicen, “la guerra cambia a todo el mundo”. Lo que me impacta es que con la edad se dan cuenta de que no van a ser capaces de lograr su sueño revolucionario y que es necesario retomar el camino de la política y abandonar las armas para conseguir el sueño de llegar al poder. Yo creo que ellos están decididos porque les mataron a Alfonso Cano, el jefe, y decidieron seguir. Creo que tienen un raciocinio político que los ha llevado a ese gesto. Eso es lo que salva el proceso: la decisión está tomada y ojalá el gobierno entienda, porque esto es como La Uribe hace 30 años. Lo curioso es que son los mismos negociadores.

¿Cree que se firme el acuerdo el 23 de marzo de 2016 como lo anunció el Gobierno de Santos?

No creo. No hay posibilidad de que esa fecha se cumpla, pero sí creo que se va a firmar más tarde.

¿Cómo ve un eventual posconflicto?

Todavía no sabemos cómo va a ser porque hay que esperar que se acabe el conflicto y ver qué pasa con el ELN. Nadie entendería que todo esto se haga y que quede una guerrilla en pie; si el ELN no entra no va a haber posconflicto. Creo que sí va a haber un fin del conflicto con las Farc y va a ser un salto cualitativo impresionante. Uno esperaría que se colinche el ELN, que es un partido armado. En el ELN hay gente joven muy buena, que uno quisiera ver aportando en la política tradicional, porque son mejores que Roy Barreras.

 

*Laura Vita es estudiante de literatura. Esta entrevista se realizó en el marco de la clase Periodismo, guerra y paz de la Opción en periodismo del Ceper.

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