Saciedad semántica

A pesar de la situación, de la camiseta de tiritas y del olor metálico de la reja en sus dedos, de las candongas que se enredaban en sus extensiones falsas y del rumor de las luces de neón detrás de ella, lo único de lo que se quejaba era de sus zapatos.

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No es Normal

04.03.2019

Por: Lucía Guerrero

Con los brazos cruzados por del frío, ella daba pasitos, arrastrando los pies. Paraba a ratos, colgaba los brazos por fuera de la reja a la entrada de la casa, y golpeaba suavemente el tacón de sus zapatos para ajustárselos. A pesar de la situación, de la camiseta de tiritas y del olor metálico de la reja en sus dedos, de las candongas que se enredaban en sus extensiones falsas y del rumor de las luces de neón detrás de ella, lo único de lo que se quejaba era de sus zapatos.

Cuando por fin un carro paró y bajó la ventana para llamarla, pudo caminar por fin como lo había ensayado incómodamente en su dormitorio, atentamente coordinando la punta con el talón, cuidando que el desgaste extraño de la suela no la hiciera caer.

El olor del carro le molestaba: la frescura del arbolito era en realidad un olor de encierro, exacerbado por las ventanas herméticas y la halitosis del conductor. Se recostó en el asiento con la cabeza hacia arriba buscando aire. Estiró las piernas y cruzó los tobillos punteando los pies para que no se le enterrara la cintica en el talón. Nunca había estado en un carro así, al menos no bajo estas condiciones.

Pero sus zapatos sí. Pasaron por otros pies, por otras calles, por otros oficios y oficinas.

***

Estuvieron, hace mucho, en una vitrina de vidrio junto a un par de carteles llenos de
números y marcas registradas, cuando un domingo, una mujer y su madre caminaban lentamente por los pasillos de un centro comercial y se detuvieron frente a la tienda.

–Sigan, bienvenidas.

Una sonrisa acompañaba el gesto de invitación de la vendedora. Parecía estar sonrojada a causa de un exceso de maquillaje, pero las manchas de sudor en su camiseta de poliéster delataban el calor del local.

–Gracias—dijeron la mujer y su madre en coro. Pasaron derecho a los estantes, ignorando la oferta de ayuda de la sudorosa empleada.

Solo luego de examinar con precisión científica la comodidad y altura de los zapatos expuestos a su alrededor, la convocaron de nuevo. Dieron la talla y el número de modelo y, mientras la muchacha desaparecía en la bodega, discutieron la diferencia entre esos y los otros zapatos que habían visto. Echaron ojeadas discretas a sus respectivos relojes de pulso. Se hacía tarde, y las claraboyas del centro comercial hacían difícil determinar la hora.

La señorita volvió, y con una disculpa fue por los zapatos que estaban en la vitrina; eran los últimos de ese estilo que quedaban. La madre hizo un gesto definitivo cuando su hija se terminó de ajustar la correa.

–¡Distinguidísimos! Se te ven súper bien. Son alticos, pero ¿son cómodos? Y esta marca dura muchísimo, tiene una vida útil de yo-no-sé-cuántos siglos. Ya, esos fueron los tuyos.

–¿Los empaco?

–Sí, si es tan amable. Ma, ¿me acompañas a la papelería por unos recibos de caja y unas cositas para los niños?

Los zapatos fueron envueltos en papel, luego puestos en una bolsa un poco más grande de lo necesario para la compra.

–Gracias por su compra, que tenga una buena tarde.

Ella llegó a su casa a meterle pelotitas arrugadas de periódico mojado con alcohol en uno de los zapatos. Hizo una nota a sí misma de conseguir una horma, aun si no fuera a comprar zapatos pronto. Era algo que se necesitaba en cualquier casa, especialmente en esta, ya que era difícil encontrar zapatos para alguien cuyo pie derecho era más ancho que el izquierdo. Eso nunca lo consideraban en las fábricas de zapatos.

Estrenó sus zapatos en una entrevista de trabajo. Quizá se engañaba a sí misma cuando pensaba que se sentía bien con sus tacones nuevos; no dejó de ponérselos. Sí, alcanzaban a esconder el balanceo que la discrepancia de longitud de miembros obligaba a cada paso, pero cada centímetro aumentado por el tacón y a la plataforma era compensado por su joroba. Era como si se resistiera a tener una presencia física. Si llegaba a una intersección sin semáforo, se arreglaba su abrigo o buscaba algún objeto imaginario en su cartera hasta que la llegada de otro transeúnte justificara que los carros pararan. Cruzaba las calles trotando y con cabeza gacha.

El sitio era lejos. Sus medias veladas se le enterraban en carne bajo una camisa de botones. Resistía la tentación de acomodárselas en público, dejando que el elástico pellizcara y le oprimiera la cintura, pero la sensación hacía que sus pasos fueran cortos y descoordinados. Con o sin zapatos ahormados, la mujer era torpe. En todo el trayecto, dejó caer el enorme talego que contenía su hoja de vida más de tres veces.

Hablaba de la misma manera que caminaba, pero el señor de la entrevista no se dio cuenta porque hablaba en monosílabas, y cuando no lo hacía fingía una risita desafinada para despistarlo. Debajo de la mesa, intentaba aflojar la cintica de un zapato con el tacón del otro.

Al poco tiempo le avisaron que le habían dado el trabajo. Menos mal tenía zapatos decentes que salían con el uniforme. No podía ir a la calle como una loca

De ahí en adelante, los zapatos azules dejaron de resistirse a sus pies. Dejaron de corregir su postura, si es que alguna vez lo hicieron. Cedían cuando el tobillo se desviaba, tenían encontrones incómodos con pies ajenos en cada muchedumbre muda que tenía que cruzar para
llegar al trabajo.

–Buenas—le decía el portero del edificio a la entrada.
–Buenos días— repetía ella.

¿Eran realmente buenos los días? Para los zapatos solo eran días en los que terminaban en un armario con una montaña de calzado desparejo. La mujer se quitaba la ropa y el maquillaje, se convertía en madre; se soltaba el pelo, se convertía en esposa. Se levantaba y el día de nuevo la jorobaba.

Pasaron los años. Maduró un poco y se jorobó un poco más. Cambió a los pervertidos del transporte público por la comodidad de silletería usada, pero sus zapatos seguían quedándole.

Eventualmente, los regaló. Pasaron a otras manos. O a otros pies. Pero la verdad es que le hubieran quedado toda la vida.

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