Padre e hijo, dos visiones de la misma historia

Una familia recuerda los momentos de angustia que vivían en las tomas de la guerrilla a su pueblo natal. Más de 20 años después, desde la distancia y en medio del contexto del proceso del paz con las Farc, los Novoa esperan que haya paz y se cumpla la no repetición.

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Felipe Fajardo

15.03.2017

Jaime Antonio Novoa, nació en Somondoco, Boyacá. Sus padres llegaron a Gachalá, Cundinamarca hace más de 46 años. Allí creció y formó su propia familia, hoy trabaja como tallador de Esmeraldas en una oficina sobre la carrera séptima en el centro de Bogotá. El hijo de Antonio, Jaime Alejandro, creció en Gachalá, hoy es ingeniero civil de la Universidad Nacional. En el 2009, Alejandro llegó a Bogotá para iniciar sus estudios; un año después, Antonio y el resto de su familia se establecieron también en la capital. Ahora, padre e hijo hablan de su experiencia con la guerra y sobre la paz desde diferentes perspectivas.

 

Las tomas guerrilleras: vivencias en contraste

 

En la madrugada del 9 de mayo de 1994, la guerrilla se tomó Gachalá, atacaron la estación de policía y la casa de gobierno. ¿Cómo vivió esta situación?

 Alejandro: Estar en una situación así es muy fuerte, uno cree que no, pero estar en una toma es tenaz. La primera vez tenía tanto miedo que me oriné en los pantaloncillos… Sin embargo, de esa toma no es que recuerde muy bien, tenía si acaso tres años. Yo recuerdo es más sobre la toma de 1997.

Antonio: Esa vez entraron a las tres de la mañana. En realidad estaba programado para las 12 de la noche, sino que ese día había una serenata a las madres, porque ese fin de semana había celebración de madres… respetaron por lo menos eso. Cuando se acabó la serenata se entraron y empezaron a atacar… Alejandro, tenía tres años y el mayor, que es Jefferson, tenía cuatro. Ellos, obviamente, se asustaron. Yo me asomaba por la ventana y miraba. Miraba los guerrilleros que corrían para allá y para acá.

Pues sí, le da a uno miedo, pero no tanto porque no sabía que era una toma. Hubo un policía muerto y uno herido… un guerrillero que lo atacó por el lado mandó una granada y se desplomó una pared y le cayó encima a la gente. Quedó todo el mundo asustado, nervioso por la toma y desconcertado, desubicado digámoslo así porque imagínese, la casa municipal destruida. Ese era el centro de generación de empleo en ese momento en Gachalá.

¿Qué pasó en el pueblo después?

 Antonio: Al comienzo si hubo un bajonazo de ánimo mientras se arreglaron de nuevo las cosas. Luego todo transcurrió normal hasta 1995. Ya fue en el 1997 la segunda toma guerrillera. Creo que fue el 4 de agosto de 1997.

¿Qué ocurrió la segunda vez que la guerrilla se tomó el pueblo?

Alejandro: Recuerdo que estábamos en la casa que queda detrás de la nueva estación de policía, la que hicieron mucho después de la anterior toma guerrillera. Recuerdo que mi papá me despertó y empecé a escuchar disparos. Mi papá y mi mamá estaban gateando… nos hicieron meter debajo de las camas. Hacía mucho frío. Sentía frío y temblaba. Después empezaron a gritar con un megáfono por el pueblo para que todas las personas mayores de 18 años y menores de 60 años, salieran al parque municipal. Mis papás dijeron “nos toca salir”, porque aparte de todo, gritaban que si no salían, la guerrilla iba a entrar a las casas a hacer masacres.

 Antonio: Jefferson tenía siete años y Alejandro seis. Los chinitos apenas temblaban de miedo. Uno siempre dice que se caga de miedo, pero esta vez sí supe que es cagarse uno de miedo. Entonces listo, cuando salimos al parque pues fue un descanso para mí porque yo temblaba. Para mí fue un descanso porque todo paró. Paró todo en el sentido de que ya no tiraban bombas ni había plomo ni nada. Llevé a mis hijos a donde la abuela, donde mi mamá.

 Alejandro: Caminamos por toda la central del parque. En cada esquina había un guerrillero con un fusil y los tenían como apuntando a todos los que pasaran. Mi mamá saludó y había una guerrillera que nos saludó, estaba en la esquina de la casa de mi abuelita. Ahí dormimos, pero sentía mucho frío.

 Antonio: [Llegamos al parque y] entonces fue cuando ya empezamos a escuchar los comentarios de que fueron por allá y mataron a Emilio Bejarano, que mataron a Antonio Moreno y que “a su papá lo estuvieron buscando” me dijeron a mí.

"Los hostigamientos también los recuerdo, tenía como 11 años. Cada vez que pasaba un episodio de esos no dejaba de tener miedo y las piernas me temblaran."

¿Qué pasó cuando la guerrilla llegó a buscar a Don Moisés (el abuelo)?

 Alejandro: Empezaron a gritar fuera de la casa de mi abuelita a preguntar por mi abuelito: “Don Moisés Novoa: ¿dónde está?”. Mi abuelita nos abrazaba muy duro y ellos empezaban a decir: “Moisés Novoa salga o le estallamos su casa, le mandamos una granada”. Mi hermano empezó a llorar y yo también lloré.

 Antonio: Esa noche afortunadamente mi papá se quedó allá en la parte de Palomas [una vereda]. Nunca se le había ocurrido quedarse: esa noche se quedó.

 Alejandro: Mi abuelita tomó la determinación y les dijo: “Si quieren botar una granada, si quieren coger la casa a plomo, pueden hacerlo, pero ya les dije que yo no les voy a abrir y él no está”. En ese momento empezó a sonar como un avión, que era el avión fantasma. Comenzó la balacera y los que estaban en el parque corrieron para sus casas.

¿En qué momento se acabó la toma de la guerrilla? 

Antonio: Ya había amanecido. Venían refuerzos de Gachetá o del batallón de Úvala. Y ellos [los guerrilleros] también tenían que irse. Llegó un helicóptero con Ejército o Policía no sé, a la cancha de fútbol y los guerrilleros venían saliendo ya por ese lado. Sin embargo, le hicieron una ráfaga ahí al helicóptero y ese se elevó de nuevo y afortunadamente no los cogió ni nada.

¿Las Farc volvieron a amenazar el pueblo?

Antonio: Hubo dos tomas más y después los dos o tres hostigamientos que empezaron en los alrededores del pueblo. Empezaron a hostigar a la Policía y la Policía se puso pilas a no dejarlos entrar. Es el deber de ellos, de la Policía. Los hostigamientos fueron entre semana y yo viajaba los lunes para Bogotá y regresaba por ahí el jueves por la tarde o el viernes por la noche… entonces es lo que me cuenta mi esposa. Pero un hostigamiento de todas formas es delicado.

Alejandro: Los hostigamientos también los recuerdo, tenía como 11 años. Cada vez que pasaba un episodio de esos no dejaba de tener miedo y las piernas me temblaran. Igual uno como que no se movía, pensando que en cualquier momento se iba a asomar alguien por la ventana y lo iba a ver y le iba a disparar. A uno le pesaba muchísimo el cuerpo, muchísimo, muchísimo.

Antonio: A mí me tocó fue una reunión que hicieron ahí en Palomas. Había un retén y no dejaban salir a nadie. Hicieron una reunión sobre las elecciones para alcalde, y fue cuando un señor dijo: “es que tenemos un candidato que es ahí del campo”, y el comandante le dijo: “bueno, si es así sí, sino, no”. Se hicieron las elecciones y prácticamente así fue porque ellos dijeron.

 

El miedo a través de los recuerdos de un niño:

 

¿Cómo describiría el miedo que sintió en los momentos más fuertes?

Alejandro: Uno como niño está muy asustado, se le acelera el corazón. Empiezan a sonar bombas, cilindros, que botaban desde el aire y explotaban y cosas así en donde tú crees que en cualquier momento te va a explotar la casa o van a entrar a matarte. Es un miedo que hasta el momento no he vuelto a sentir. Cuando tenía 10 o 12 años, por ejemplo, corría el rumor de que la guerrilla estaba en la vereda tal. Eso no pasó una ni dos ni diez veces, sino que fueron unas 20 veces. Al final de cuentas no pasaba nada, pero realmente uno siempre tenía temor de que volviera a pasar.

¿Usted alguna vez habló con alguien acerca del miedo que sentía?

Alejandro: No. Realmente todos sabíamos de la situación por la cual estábamos pasando, hasta mi mamá y mi papá, todos sabíamos, pero realmente nunca se tocó el tema. Cada uno superó el miedo y siguió adelante. Realmente las cosas se fueron apaciguando y uno fue madurando en ese sentido en que realmente entendía que existía el mal y existía la tranquilidad. Cada uno fue superándolo a su medida, a su tiempo… cada uno fue como asumiendo las cosas y tomando sus miedos y atacándolos como podía y poco a poco se fueron superando.

¿En algún momento sintió que su papá tuviera miedo?

Alejandro: No. Nunca lo demostró. Delante de mí nunca lo demostró. Él demostraba mucha seguridad, como mucho respaldo. Decía: “tranquilos no va a pasar nada, el problema no es con nosotros”.

 

El plebiscito y la paz: dos generaciones, confianza e indiferencia

 

¿Usted votó en el plebiscito?

Antonio: No.

Alejandro: No.

¿Por qué no votó y si hubiera votado, cuál hubiese sido su decisión?

Antonio: Yo hubiera votado por el sí, por la paz, porque de todas formas, hermano, no hay nada como vivir en paz… Por circunstancias ajenas a la voluntad de uno, pues no pude ir… Tengo que votar en Gachalá, y pues imagínese, para uno desplazarse hasta allá… no había plata. Uno a veces es ignorante en esas cosas. Piensa que de todas formas uno o dos votos… Yo digo que si las elecciones para el plebiscito hubieran sido elecciones como para cuando hacen una alcaldía, hubiera habido más votaciones y hubiera ganado el sí. Porque lo que pasa es que como no hay interés propio entonces no le interesa al pueblo ir a votar. 

Alejandro: Yo no voté porque me tocaba ir al pueblo; ir al pueblo representaba gastos económicos, más el viaje de aquí al pueblo que son como 6 horas. Mi padre alguna vez me preguntó: “mijo, si usted va a ir a votar por qué va votar: ¿por el sí o por el no?”.  Le dije: “me es indiferente”. A pesar de que uno vivió el temor, a veces es injusto con las personas que pueden llegar a vivir eso o con niños como uno porque simplemente si se acaba esto, los niños ya no van a sentir ese temor. Mi respuesta en esa época fue muy indiferente. Al final de cuentas le dije que sí, que yo votaría que sí. Que se firme la paz y ya; si votaba no y seguía el conflicto, realmente no me iba a afectar a mí. Si ganaba el sí pues ya todo se calma y tampoco me iba a afectar.

¿Cree que la paz, en Colombia, es posible?

Alejandro: La violencia siempre va a estar… La paz sí es posible, pero a muy largo plazo. Realmente falta mucha civilización, mucha concientización. La paz sí es posible, pero no en el 100 %. Siempre va a haber algo ahí. No creo en la paz del 100 %, aunque posiblemente me esté equivocando.

 Antonio: La paz en Colombia sí es posible y todo el mundo está esperando la paz, por ejemplo, ayer [5 de octubre], semejante multitud que salió. Salió el pueblo de todas las clases, estudiantes universitarios, gentes favorecidas, menos favorecidas, campesinos, indígenas, de toda clase social salieron el día de ayer, queriendo la paz para Colombia. Imaginemos, en este momento, lo mejor que le puede suceder a Colombia es una Colombia en paz. Y más adelante, pues si el Gobierno cumple y las FARC cumplen pues sería una paz absoluta; eso es lo que necesita el pueblo colombiano. Inclusive ahorita están en negociación con el ELN. Si se cumplen todos los puntos sobre la paz, sería estupendo.

 

*Esta entrevista se realizó en el marco de la clase Periodismo, guerra y paz de la Opción en Periodismo del Ceper.

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