Navarro Wolff no tiene impresora

Los días del M-19, la constitución del 91 y las campañas presidenciales quedaron atrás para Navarro Wolf. Desde su casa nos contó de los años del tropel, el atentado que casi lo mata y de cómo gasta hoy sus días.

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Juan Serrano

27.06.2012

La vida de Antonio Navarro Wolff no ha sido siempre tan tranquila como luce esta mañana. El retrato de Carlos Pizarro en la sala de su apartamento me recuerda que este señor que tengo en frente se alzó en armas contra el Estado colombiano y terminó enterrando a sus amigos. Su voz dañada, la pierna perdida, son el registro imborrable y el precio que tuvo que pagar por aquellos tiempos del tropel –como se refiere a la época de militancia en el M-19-. Las remembranzas de la cárcel, de la selva, de la granada que estalló a diez centímetros de su pierna izquierda, y que yo estoy por escuchar; dan cuenta de un hombre que –como él mismo lo ha dicho- “la sacó barata” de la guerra: está vivo contra todo pronóstico.

Haber dejado las armas en el 90 no condujo a Navarro ni al reposo ni a la quietud. Vendría la política y su tempestad. La copresidencia de la Asamblea Nacional Constituyente, tres campañas presidenciales y acalorados debates en el Congreso lo llevaron a ser la figura más representativa de la izquierda nacional por varios años. Sus credenciales lo envuelven hoy a sus 63 años en cierta aureola de vieja gloria de la política: alguien cuyo rostro está en el imaginario nacional aunque no cope semana tras semana las primeras planas de los diarios.

Teniendo su pasado por contraste, Navarro aprecia las mañanas apacibles como ésta en que ha aceptado recibirme. Y aunque aún no cuelga definitivamente los guayos de la función pública, desde que renunció a la Secretaría de Gobierno de Bogotá hace ya casi tres meses aduciendo razones personales, es posible encontrárselo en la calle en su papel de ciudadano cualquiera: comprando carne en el supermercado, subiendo a Monserrate en busca de algo de ejercicio; o lejos de la tarima, camuflado entre la gente, con pinta dominguera, en alguna marcha de indignación ciudadana. “Estoy disfrutando de los placeres de la vida simple”, dice.

-¿Cómo es eso? – pregunto.

-Sí, chévere ir a un banco a pagar los servicios públicos y conversar con los que están en la fila. Hacer las cosas de todos los días. Por ejemplo, yo aquí tengo un portátil pero no tengo impresora, entonces salgo a la esquina donde hay un negocio y puedo imprimir.

– ¿Es verdad que a veces monta en Transmilenio?

-Sí, a hacer vueltas, a ir a reuniones. Sin avisar mucho para que los escoltas me dejen.

-¿Y cómo hace con las montoneras?

– En general voy en las horas valle – dice con un asomo de risa.

En eso se le van por estos días las horas. También atiende invitaciones a almorzar que le hacen algunos amigos y amigas. Y sobre todo, en esa vida pretendidamente simple, en estas horas valle que sus ahorros le han permitido, comparte momentos con Gabriel y Alejandro, sus dos hijos adolescentes. Su renuncia al cargo distrital se debió en parte a eso: a un deseo de recuperar el tiempo que la política le ha arrebatado a su familia. Estuvo viviendo 5 años en Pasto alejado de sus hijos, viéndolos muy poco mientras ellos estudiaban y crecían en Bogotá y él, en la lejanía, gobernaba el departamento de Nariño. Ahora vive con ellos de lunes a viernes. “Este es un apartamento alquilado”, me dice desde la sala de uno ubicado en un barrio de clase media alta bogotana. “Lo alquilé para estar cerca de ellos. Tiene la facilidad de que se pueden ir a pie entre las dos casas”. Entre semana, busca aprovechar al máximo las horas que pasa con ellos. Siempre ha sido madrugador y por estos días, a las 5:30 de la mañana, ya los está despachando hacia el colegio. Para la primera semana de junio –fecha de nuestro encuentro-, Navarro ha reanudado sus actividades laborales haciendo una serie de consultorías: “de todas maneras tengo que tener ingresos y los ingresos se consiguen trabajando”, dice. Las tardes, sin embargo, las sigue reservando para su rol de padre. Cocina para sus hijos. También, recoge a uno de una fiesta a medianoche, y desempolva sus conocimientos en ingeniería para estudiar Química con el otro con miras al examen del día siguiente. Por estas semanas en que Alejandro y Gabriel están terminando el año escolar, Navarro está en el papel del papá que busca que sus hijos de 13 y 15 años, se dediquen más al estudio y menos al chat y los juegos de computador. “Estamos reconstruyendo las relaciones familiares”, confiesa. Como a esos hombres que el destino pone a prueba para que no cometan el mismo error una segunda vez, Antonio Navarro busca compartir con sus hijos adolescentes lo que no pudo con Camilo, el hijo de su primer matrimonio, por estar de camuflado en los montes de Colombia. En otro momento de nuestra conversación, hablando del poder de las redes sociales en los tiempos que corren, me dirá con un dejo de orgullo y alegría, que Gabriel consiguió hace poco su primera novia y que la conoció en un modelo de la ONU, pero que realmente se “empató” con ella a través de Facebook.

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Navarro es dueño de la cuenta en Twitter más autobiográfica de la política colombiana. Desde que dejó la Secretaría de Gobierno, el 30 de marzo pasado, le ha encontrado un gran gusto a interactuar a través de su cuenta de microblog con la que ya suma más de 20 mil seguidores. Comunica, discute, se entera de cosas, comparte música e información. “Es una adicción a la comunicación”, dice sobre esta red social. “Es la comunidad primitiva del siglo XXI”. Y explica su teoría de la siguiente manera:

“Una cosa muy antigua son las relaciones sociales de los seres humanos. Mire que en mis tiempos del tropel lo más fuerte que había era esa comunidad primitiva: un grupo que anda siempre junto 24 horas todos los días. Eso es muy fuerte. Ese es el espíritu de cuerpo que tiene el Ejército, la Policía. Y creo que Twitter es simplemente una forma actual de la comunidad primitiva. Los hashtags, por ejemplo, son eso: una pertenencia a un grupo. Al fin y al cabo tenemos tan sólo un barniz de civilización, pero si usted lo raspa, debajo hay un ser humano primitivo”.

Filosofía a un lado, lo que tiene de singular de la presencia de @navarrowolff en Twitter es que mientras la mayoría de políticos utilizan esta red como una oficina de prensa; Navarro parece estar ahí metido para comentar las ocurrencias diarias, la realidad nacional, la vida cotidiana. Sobre todo esto último: para trinar sobre su vida cotidiana sin aspavientos ni cálculos políticos. Comenta sobre fútbol: “¡Estoy bailando en una pata!”, escribe a propósito de alguna victoria de su Deportivo Pasto. Pide recomendaciones de libros que le den luces para tratar a los hijos adolescentes. Hace confesiones: “A mí en el matrimonio me ha ido regularsongo. Me he casado dos veces y divorciado ambas”. Habla de la salsa vieja que tanto le gusta, de alguna canción de los Beatles que le recuerda a alguna exnovia. Se burla de sí mismo: “Yo no tengo arreglo. Soy feo de nacimiento”, le contesta a una tuitera que le hace alguna recomendación sobre su foto de perfil. Es, en definitiva, un político tuitero poco convencional. Alguien que se la ha puesto fácil a los fisgones interesados en conocer a la persona que hay detrás del personaje público: el Antonio Navarro que sus amigos tratan. Se lo digo, le hablo de mi impresión sobre su faceta tuitera. “Somos gente común y corriente a la hora de la verdad”, contesta.

– Por Twitter se entera uno que Navarro Wolff hace paseos de olla, por ejemplo.

– ¡Claro! Aquí en Bogotá no se hace, pero en Cali cuando vivíamos con mi familia el paseo de olla era muy común. Y cada vez que se puede hacer es muy chévere.

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La vida de Navarro tiene un regusto a melomanía. La banda sonora de su niñez está llena de música clásica pues su madre era una gran admiradora de Beethoven. “Para ella lo máximo era la Quinta sinfonía”, dice. Su juventud, las primeras novias, están atravesadas por la salsa: “Crecí en Cali en la época en que la salsa empezó a meterse en la sociedad, porque antes era una música marginal, de cafés de mala muerte”. Los Beatles, en cambio, están ligados a la época universitaria: recuerda estar haciendo planchas de dibujo para sus clases de ingeniería mientras sonaban los acordes del cuarteto de Liverpool. En el tiempo en que estuvo en el monte, haciendo la guerra, lo acompañaron las canciones de los campesinos: “en el Caquetá no se oían sino corridos, rancheras y música del despecho”.

– ¿Qué escuchaba en la cárcel? – le pregunto.

-Allá en La Picota tenían unos parlantes grandísimos y había un Dj al que le decían ‘Pateloro’, un preso, que le gustaba Daniel Santos, Alci Acosta y Julio Jaramillo. Entonces allá oíamos obligatoriamente eso porque lo ponían de 7 de la mañana a 5 de la tarde.

-¿Qué tal se la lleva con el tango?

-Había una muchacha de servicio en mi casa que era hincha furibunda de Gardel y lo oía todo el día. Ahí se le va pegando a uno. Los clásicos del tango me parecen buenísimos. Y los boleros- dice-. En mis tiempos se usaba llevar serenatas, ya no, ¿no?

-Todavía – contesto sin convicción.

-Pero no son tan frecuentes – me corrige-. En cambio ese era el pan nuestro de cada día.

-¿Usted llevó muchas?

-¡Claro! Buenas, malas. Alguna vez llevamos una papayera y recuerdo que una señora salió y nos echó un baldado de agua porque le estábamos llevando serenata a la hija con una papayera que estaba más borracha. Los músicos ya no podían de la pea.

-¿Cómo le va con el reggaetón?

-Tiene su gusto también.

-¿Lo baila?

-No, no he aprendido a bailarlo, creo que ya no estoy pa’l perreo como le dicen, pero la música me encanta. Me encanta bailar.

Navarro, contrario a lo que pudiera pensar cualquier incauto por faltarle una pierna, se jacta de ser buen bailarín. Disfruta de ese placer. Salsómano como es, se deja ver algunas noches en lugares como El Goce Pagano o Café Libro para bailar alguna salsa vieja en buena compañía. Aprendió en Cali, de joven, cuando tenía dos piernas “y ya aprendido”, dice, “con una basta”.

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“Esa granada me hizo leña”, recuerda Navarro sin victimismo ni rabia, incluso con una serenidad parecida al buen humor. En la mañana del 23 de mayo de 1985, una granada estalló a diez centímetros de su pie izquierdo en una cafetería en Cali. Como consecuencia de ello, le amputaron la pierna izquierda debajo de la rodilla y una esquirla seccionó el nervio hipogloso y quedó hablando a media lengua de por vida. De las 156 esquirlas que entraron en su cuerpo aún tiene metidas alrededor de 20. Aunque sea una historia muchas veces contada la del atentado que casi le cuesta la vida, el tema parece inevitable en una entrevista que pretenda indagar sobre su vida con cierto grado de detalle.

-¿Cuánto lleva con esa prótesis? – le pregunto señalando su pierna izquierda.

-Llevo 22 años, desde el 90. Me la hicieron en Miami. Primero tuve una que me hicieron en La Habana pero se rajó, estaba hecha de fibra de vidrio. Esta es de poliuretano y le habré hecho unos 100 arreglos, pero eso es como los zapatos viejos: súper cómoda. Ponerse una nueva aprieta y me ha dado como pereza.

-Pero hace poco le leí en una entrevista con María Isabel Rueda que estaba mirando una prótesis alemana – le recuerdo.

-Sí. Me he probado lo que sería una nueva, pero aprieta. Claro, uno se adapta a todo. Probablemente lo haga para poder volver a trotar.

Navarro trotaba de joven. Entre finales de los 60 y principios de los 70 fue atleta competitivo en la Universidad del Valle y alcanzó a estar en la preselección del departamento. “En esa época nadie trotaba en la calle”, recuerda. “Yo salía a trotar de 5 a 6 de la mañana, y desde los buses me gritaban: ¡Vago, buscá oficio!”. Hoy en día sube ocasionalmente a Monserrate, ha subido hasta el volcán Galeras y como escribió alguna vez en la revista Soho: cada vez que puede ir a un páramo, allá se encarama. También hace natación: “Hacía mucho más antes”, dice, “pero la explosión me rompió el tímpano izquierdo y tengo un hueco, entonces cada vez que entra una gota de agua duele como si a uno le metieran un punzón”.

-¿Y para nadar se quita la prótesis? – pregunto bordeando la ingenuidad.

-¡Claro! – contesta con una sonrisa ante la torpeza de mi pregunta-. Si no me ahogo, o se me ahoga la prótesis. Pero nado bien. A mis hijos en 50 metros todavía les gano.

Tener una sola pierna tiene sus ventajas, según él. “Cuando usted se acuesta una pierna le incomoda siempre, no sabe qué hacer con ella. Yo la pongo al lado y listo. Uno se acostumbra de modo tremendo a la prótesis”. Escucho con atención sus palabras. No hay asomo de lamento, no hay nostalgia. La pérdida de su pierna izquierda es una cicatriz que está hace años cerrada. “Yo ya no me acuerdo cómo es tener dos piernas”, confiesa.

–Hay un tiempo –dice- en que se siente la pierna, se siente el muñón, se sienten los dedos y le dan a uno ganas de separarlos, porque los terminales nerviosos están ahí y quedan con la memoria. Eso se llama miembro fantasma, pero eso desparece por ahí a los tres meses.

Ahora –me dice, poniendo el énfasis en otra parte-, dejar las muletas y la silla de ruedas y caminar otra vez con prótesis es una maravilla.

Fue en Cuba. Había sido amputado en el Hospital Mocel de Ciudad de México pero al cabo de unas semanas se fue para La Habana, donde le hicieron su primera prótesis. “De los días más felices de mi vida”, recuerda, “el día en que pude volver a caminar usando esa prótesis. Caminé como 40 cuadras alrededor del Hotel Riviera. Claro, me raspé porque la piel no estaba acostumbrada, pero fue una maravilla”.

Alguna vez estuvo en Nicaragua visitando soldados que habían caído en campos minados en la época de la guerra entre sandinistas y la contra. Aquella vez les dijo: “no se preocupen muchachos que sin pierna también se puede conseguir novia”. A su vez, cuando estuvo en la gobernación de Nariño, iba con frecuencia a visitar soldados amputados. “Siempre les digo a todos: hombre, vuelvan a caminar, usen prótesis, hagan el esfuerzo de usarla. Aprieta al principio, talla, molesta, pero es que volver a caminar no tiene comparación”.

–¿Le molestan los chistes que hace sobre usted Daniel Samper Ospina?

–No, no me molesta, ni tampoco la imitación de La Luciérnaga. Eso está bien. Además lo hacen bastante bien. En el caso de La Luciérnaga hay ratos que lo hacen mejor que yo.

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Hay gente que nunca le va a perdonar a Antonio Navarro su pasado guerrillero. Para algunos, él seguirá siendo el comandante de la guerrilla que se tomó el Palacio de Justicia, se robó más de 5 mil armas del Cantón Norte, asesinó al líder sindical José Raquel Mercado y secuestró a Álvaro Gómez Hurtado. Y aunque él no hubiera estado involucrado en ninguna de esas acciones, cargará por siempre ante las víctimas con esa responsabilidad política al ser el único miembro vivo de la Comandancia del M-19. Él lo sabe, y lo ha asumido. “Hay que pedir perdón a la gente que fue afectada por el conflicto porque yo fui parte de ese conflicto”, dice.

En los foros de internet, en las redes sociales, enfrenta permanentes insultos y descalificaciones. Paradójicamente, me dice, ha sido más fácil reconciliarse con los militares que con muchos civiles que nunca han tocado un arma en su vida ni se han metido en el barro. “En mis tiempos de universitario”, recuerda, “había un montón de revolucionarios de cafetería que iban a hacer la revolución pero hablando paja. Lo mismo son los que están por la guerra pero desde sus casas, opinando por internet. A ellos les digo: métanse al campo, cojan un fusil por ahí un añito y después hablamos, y verán que es mucho mejor la paz”.

–¿Con quién tiene buenas relaciones en el Ejército? – le pregunto.

–Le pongo el ejemplo. Había un oficial que cuando yo fui Alcalde de Pasto él era el Comandante del Batallón Boyacá, y un día me invitó al casino de oficiales. Después del segundo trago me dice: ¿Bueno, usted se acuerda de Lomagorda en el Cauca? Yo le dije: sí, claro. Me dijo: ¿Y se acuerda de lo que pasó más o menos en tal año? Y yo: sí, claro, allá hubo un tiroteo con el ejército todo el día. Me dijo que él había estado allá. Yo había estado al otro lado. Después nos hicimos muy buenos amigos porque estábamos en una situación de paz, pero ambos habíamos vivido las dificultades de la guerra”.

“Yo estoy convencido”, vuelve y dice, “que quienes están haciendo la guerra son los que más aprecian las posibilidades de una paz, al contrario de unas medias verdades que hay por ahí”.

****

Navarro, además del atentado, fue torturado en las caballerizas del Cantón Norte en 1980, después de haber sido capturado en Girardot. En una entrevista con Juan Carlos Iragorri, en el libro Mi guerra es la paz, narró esos 18 ó 19 días: lo golpearon en los riñones, le daban con una tabla en los testículos, lo metían en una pileta casi hasta ahogarlo, y le pasaban una soga por medio de los brazos y lo levantaban del suelo; le daban somníferos. Todo en busca de que contara algo.

–También usted ha tenido que perdonar muchas cosas – le digo.

–Eso es lo primero que hay hacer. Obviamente yo sé quiénes fueron los que me lanzaron la granada y los que me maltrataron en la Escuela de Caballería.

Al de la granada, por ejemplo, una vez se lo encontró en un acto político en Yumbo, Valle. Lo vio sentado y lo reconoció. Cogió el micrófono y dijo: “aquí está sentado el que me tiró la granada, pero como la paz es un asunto de verdadera reconciliación le digo que lo perdoné”.

–Leí en la entrevista con Juan Carlos Iragorri que usted dijo en ese acto público que ojalá él “vote por nosotros”.

-Sí – dice mientras suelta una risa-. El tipo salió corriendo apenas se levantó el acto, pero no tenía razón. Si se me hubiera acercado y me hubiera dicho: “hombre, lo siento mucho”, yo le hubiera aceptado perfectamente eso. Porque al fin y al cabo la única manera de seguir adelante es perdonando.

–En esa misma entrevista usted decía que asume la tortura que sufrió como gajes del oficio de haber sido guerrillero.

–Sí, no es que la justifique porque eso sicológicamente es muy duro pues uno está muy solo y en una situación de incertidumbre brutal. Pero sí es un costo, nadie almuerza gratis. A mí al fin eso es lo que me ha servido para afrontar las cosas con mayor tranquilidad…

-¿Qué cosa?

–Yo tomé la decisión de hacer la lucha armada –dice, subiendo el tono de la voz para marcar contundencia-. Y todo eso tiene costos. Injustos, excesivos a veces, sí, pero son costos de las decisiones que uno toma. Nadie almuerza gratis –repite. Y ya, dice, pidiéndome que dejemos el tema ahí: –no le demos vueltas a eso–.

Yo, terco, insisto: ¿le produce alguna sensación pasar por el Cantón Norte?

-No, nada. Nunca.

–¿Pensó en demandar al Estado por la tortura o por el atentado?

–¡Nunca pensé en demandar al Estado por nada! – dice subiendo nuevamente el volumen de su voz.

–A propósito: ¿qué opina de los exsecuestrados que demandan al Estado?

–Cada uno tiene sus derechos y su manera de ver las cosas. Lo que pasa es que hay una diferencia entre una persona a la cual el conflicto le cae encima, y alguien que tomó la decisión de entrar en ese conflicto. Yo estoy es pagando los costos. Repito, pueden ser exagerados pero esos son, qué vamos a hacer.

****

“Conocí la cárcel, que es otro mundo”, me dice, como intentando encontrarle algo positivo a esos dos años en La Picota, una época que define como “muy dinámica pero a la vez muy pérdida”. Sin embargo, después de haber estado casi 20 días sometido a tortura por parte de los militares, no se olvida de la alegría que sintió al llegar a la cárcel. Le pareció hermosa. Alguna vez dijo que si le pidieran definir la felicidad, él diría: “Mi paso de las caballerizas del Cantón Norte a La Picota”. Al fin y al cabo, había dado a parar en el lugar en el que estaban varios de sus amigos del M-19. Lo sacaron de las caballerías en un furgón a eso de la 5:30 de la mañana y cuando lo bajaron, estaba en La Picota. “No me puedo olvidar”, dice, “sentado en un ladrillo como dos horas esperando a que llegaran los del Consejo de Guerra porque me tenían que tomar una declaración antes de meterme a los pabellones”. Había estado casi sin comer todos esos días y mientras aguardaba por los del Consejo, un ladrón de ganado que él había conocido como jefe guerrillero en el Cauca lo reconoció y le mandó dos desayunos.

La cárcel, según él, es el lugar con más armas blancas per capita en el mundo: “Eso es un antro. Y no tanto físico, que también lo era, sino por los que la habitan. Muchas veces usted coge a alguien y lo mete preso y lo que hace es volverlo más malo. Eso es una escuela del delito, lo que hay en la cárcel es la hez de la sociedad. Yo vi matar unas 50 ó 60 personas el tiempo que estuve allá”.

–¿Alguna vez tuvo una pelea?

–No, yo no. Nosotros éramos una tropa grande, entonces no se metían con nosotros. Pero alguna vez apoyé a un preso prestándole un cuchillo porque lo iban a matar desarmado. Los que lo iban a matar después me la estaban cobrando.

Así se le fueron el 80 y el 82. Dejó de fumar, se leyó como diez biografías de Bolívar y todo lo que pudo del boom latinoamericano. “Libro que me llevaban, libro que leía”, dice. También aprendió, repujando cuero, la importancia del trabajo manual en condiciones de encierro.

****

Son las 10:30 de la mañana y las respuestas, después de hora y cuarto de entrevista, son cada vez más cortas. Mira el Blackberry en su mano izquierda con insistencia. Entiendo el mensaje, me doy cuenta que mi tiempo se está acabando. Como decía él en Twitter hace poco: “El desempleo también tiene su agenda”.

****

A lo largo de esta conversación Navarro se ha mostrado dispuesto a responder todas mis preguntas. En honor a la verdad, no se requiere de gran pericia ni ser un encanto de entrevistador para sacarle algún detalle sobre su vida, alguna confesión. Navarro no es el tipo de entrevistado que intimide, ni frente al cual quien hace las preguntas tenga que morder cada palabra antes de que salga de su boca. Las indagaciones sobre su vida y su pasado las resuelve con una facilidad que no es común en las personas públicas. Es, para decirlo de alguna manera, como si su coraza estuviera siempre abierta, siempre rota. Como si supiera de antemano lo que se pretende con estas entrevistas intimistas y entrara en el juego sin mayor resistencia. Sin embargo, a la hora de entrevistarlo ha habido para los más fisgones un tema vedado a través de los años, impenetrable: Cuba. Por la inmensa gratitud que Navarro le guarda a la isla de los Castro, porque –según él- lo recibieron cuando no tenía para dónde ir, siente una inhabilidad personal para pronunciarse de fondo sobre su situación política. “¿Cree usted que Fidel Castro es un dictador?”, le preguntó Juan Carlos Iragorri a Navarro en el 2004. Falló aquella vez, no recibió respuesta. 8 años después quiero intentarlo de nuevo.

–¿Conoció a Fidel?- le pregunto.

–Sí, un par de veces lo vi y hablé con él.

-¿Cómo recuerda esos encuentros?

-Un hombre capaz de hablar por horas y horas y horas, un gran comunicador, un gran conversador, y un líder indiscutible en Cuba pese a todo y al paso de los años.

¿Todavía mantiene su posición de no referirse a temas…?

Sí- me interrumpe, sabe para dónde voy-. No hablo de Cuba. No tengo sino agradecimiento con ellos.

–¿Ha leído el blog de Yoani Sánchez?

–Lo he visto mencionar pero no lo he leído.

Ante mi derrota, le hago la recomendación del blog de la filóloga cubana. Pude haber escogido mejor mis palabras pero tal vez la respuesta habría sido la misma. Cuba sigue siendo con Navarro el tema imposible, uno de esos casos en que el hombre antepone el cariño y la gratitud personal a la coherencia política, y entonces prefiere el silencio. “Y fíjese usted”, agrega, “que me casé con una mujer que vivió en Cuba y que sí tiene opiniones bastante fuertes sobre lo que sucede allí, pero como le digo, no hablo de eso”. Navarro se refiere, sin decírmelo, a su exesposa Marcela Bustamente. La conoció en Cuba, y coincidencialmente, al igual que Yoani Sánchez, también estudió filología allí.

–Usted tiene fama de coqueto.

–No ya no, ya estoy retirado.

–Pero el otro día le leí en Twitter que todavía tiene “pólvora dentro de los calzoncillos”.

Navarro suelta una risa. A lo largo de nuestra conversación ha habido varios momentos en que ha dejado ver su buen humor, pero esta ha sido la primera carcajada que he logrado arrancarle esta mañana.

–Bueno sí, ahí está– dice todavía jovial– pero ya estoy como retirado de esas cosas, estoy tranquilo. Sin embargo, mantengo relaciones con mujeres, por supuesto.

–¿Cree que en su caso le ha ayudado la parla?

–Al corazón de las mujeres se entra por el oído –me dice, como quien tiene bien aprendido un aforismo que le haga frente a la fealdad-.

–¿Piensa volver a la política?

–Uno no se puede salir del todo, lo que pasa es que no quiero volver a ser candidato a nada. A hacer política, sí, pero sin ser candidato.

*Juan Sebastián Serrano es estudiante de Derecho e hizo la Opción en Periodismo en la Universidad de los Andes.

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