Las señoritas hacen ciencia

Ana Aldana es bióloga. Se enamoró del bosque desde muy pequeña y desde entonces no ha querido salir de allí. Las señoritas hacen ciencia.

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Efraín Rincón

08.03.2017

Huele a tierra, a tierra huele; los rayos del sol rompen el dosel de los árboles y un polvillo se suspende en los destellos. Cuando llueve duro, gotas gordas revientan en la hojarasca. Ya no hay mosquitos. Los árboles, que de lejos no se ven, son escandalosos cuando se tienen “ahí no más”. Están marcados con una placa de metal con tres dígitos, que les pusieron hace varios años. Ana Aldana, bióloga, regresó seis años después para ver qué tanto habían crecido. “¡Ay!, este no está. Mierda”. “Jueputa, el 245 no aparece. Mentiras, no. Sí está”. Hay que volver a marcar los que faltan. Sólo se oyen el martilleo de las placas y las voces. Es una de las parcelas de San Martín, en el Meta, de las primeras que Ana montó para un camino que, hasta ese entonces, estaba comenzando. Allí estuve con Ana y otros biólogos tomando datos para saber si ese parche de bosque, rodeado por un mar de llano y pasto de engorde, estaba absorbiendo el carbono de la atmósfera.

***

Es marzo y faltan pocos días para que Ana reciba su título de Doctorado en Ciencias Biológicas de la Universidad de los Andes.

Su camino en la investigación, en la biología y en la botánica comenzó hace 15 años. Ana define a su papá, agrónomo y profesor universitario de la Universidad de los Llanos, como un investigador empírico. “No tiene formación de investigador, pero hace investigación a su manera”, dice. Quizás ella también lo lleva en la sangre. Desde siempre le gustó el bosque y pasaba horas escuchando las asesorías de tesis que su papá hacía con sus alumnos. Quería estudiar literatura o biología. Ganó la segunda.

Desde que entré a estudiar Biología, en los Andes, siempre me dijeron: “esta carrera es para hacer investigación, esta carrera es para hacer un doctorado después, esta carrera es no sé qué más cosas…”. Había un tema de repetición constante que hacía que uno quisiera ir siempre por el mismo camino.

En el 2006, publicaron su tesis de pregrado. Fue su primer artículo y también fueron las primeras dos parcelas de su vida, en San Martín, Meta. En las ciencias biológicas, publicar un artículo, por lo general, no se logra hasta estar lleno de títulos y reconocimientos.

Ana, ¿cómo fue eso? ¿Qué sentiste?

De mi tesis salió un artículo muy bonito que nos publicaron en IJP. Fue una vaina que hasta entonces yo no había soñado. ¡Publicar un artículo científico! Eso era como: “¡Guau, mi primer artículo!”. Un gran logro sobre todo cuando uno está tan chiquito.

La cautivaron las plantas y terminó estudiándolas. “Porque siempre están ahí”, como le dijo un profesor. Porque “su diversidad es abrumadora” como dice Ana. “Porque las hay de todas las formas y de especies, porque sus colores y olores resultan fascinantes”. Además, a Ana le gustaron por su capacidad de resiliencia: cuando un árbol se cae o lo cortan, algo vuelve a nacer por ahí cerca.

Un par de años después, en el 2008, Ana y su esposo se fueron a conocer el Pacífico Colombiano y les tocó ser dos de las 40.000 víctimas de secuestro que, según el Centro de Memoria Histórica, tiene el país. Fue estar en la selva otra vez, pero viviendo un cuento distinto. Allá, hasta los guerrilleros se sorprendieron de que ella estuviera acostumbrada caminar con botas pantaneras, a comer lo que tocara o a vivir con la ropa mojada.

A los pocos días uno conoce a esa gente. La mayoría son campesinos, con historias de vida difíciles. Uno se da cuenta que no tenían opción de nada más, casi que está justificada su decisión de estar en la guerrilla.

Haber estado dos meses privada de su libertad y que a su esposo lo hayan retenido por cuatro más, no fue fácil. Le significó dejar pasar la oportunidad de irse a hacer una maestría fuera del país. Perdió el cupo en las universidades que la habían aceptado por no responder a tiempo. En el secuestro no hay Wifi. Se obligó a ser fuerte y a perdonar. A ser resiliente, como las “matas”. Ya vendrían nuevas oportunidades.

Su abuela decía que “no hay mal que por bien no venga”. Esa frase se convirtió en su filosofía.

Es mi refrán en la vida. Todo lo malo siempre trae algo bueno. Un aprendizaje. Eso es algo que uno descubre luego, no en el momento.

"Es importante que entiendan que no tienen que escoger entre la vida profesional y la vida personal"

En el 2009, cuando todo regresó a la normalidad, Ana tuvo su primera hija: Sara. Con ella y Alf viajaron a Reading, Inglaterra. Por fin iba a hacer una maestría. Se graduó como Maestra en Botánica y conoció a su director de tesis, el profesor Frank Bisby. “Una eminencia en leguminosas”. Su trabajo final fue sobre el manejo de áreas protegidas en la Orinoquía y su protección legal. A Bisby le gustaba lo que ella hacía. La admiraba.

Él era delegado del Reino Unido para todas las convenciones de biodiversidad, para la Biological Convention Diversity. Un día me dijo, antes de que yo me devolviera a Colombia, “espero encontrármela en la próxima COP -Conferencia de las Partes de Biodiversidad- representado a Colombia”. ¡Lo más divino del mundo! Me pareció lo más motivante que alguien, alguna vez, me haya dicho en la vida.

Así es Ana, esos pequeños detalles son los que le alegran la vida. Ya en Colombia: un año después de terminar su maestría en el 2010, Ana decidió lanzarse a hacer un doctorado. Su director fue Pablo Stevenson, un ecólogo tropical, que también había dirigido su tesis de pregrado y su trabajo con las parcelas en los llanos y en el Magdalena Medio. Durante el doctorado llegaron más publicaciones y reconocimientos por su labor como investigadora. En el 2015, recibió el premio L’Oréal por su trabajo y 10.000 dólares para que continuara con su investigación en el país.

Hubo bastante gente que, a manera de sarcasmo o de chiste, triavializó este premio. Es una beca para mujeres y la da L’Oréal, ¿sabes?, es como: “ahhh, fácil”. Y pues, realmente, sí. Se presentaron sólo 50 propuestas ese año, pero también fueron 50 propuestas contra las que competí.

En realidad, Ana prefiere otro tipo de reconocimientos, que para ella son más simples. Más humanos.

El año pasado, en diciembre, me invitaron al grado de los chicos bachilleres de mi colegio de Villavicencio. Querían que yo les diera un discurso y eso, por ejemplo, me pareció muy bonito.

Y, ¿sobre qué les hablaste?

Les dije que que tuvieran sus prioridades claras. La familia y la vida personal son más importantes que el desempeño académico. Y ser profesional no es la única medida de éxito en la vida. También, me tomé un ratico del discurso para decirles, sobre todo a las chicas, que es importante que entiendan que no tienen que escoger entre la vida profesional y la vida personal.

En su trabajo no han faltado momentos difíciles, aquellos en que ha querido “mandar todo a la mierda”, dice Ana. Muchos de ellos porque encontrar financiación para sus proyectos es complicado.

Envié varias propuestas, convocatorias y todas salían negativas. Fue un desgaste horroroso y llegué a pensar que tal vez no valía la pena. Al final estaba abrumada con la cantidad de trabajo que tenía que hacer, la cantidad de artículos, la cantidad de análisis, la cantidad de datos, y no sentía que fuera fácil.

Cuando el problema no era plata, era el tiempo o sus inoportunas crisis existenciales. El año 2015 tuvo sus altos y bajos, pero el momento más difícil llegó en diciembre.

Pasó el tiempo, pasó el tiempo y no había hecho nada. A veces había más trabajo, pero no estaba segura de que todo fuera a cambiar y tal vez me dedicara a otra cosa. Entonces, Alf me dijo: “ya empezaste, ya estas a un pelo de terminar, realmente no te falta nada. Organízate”.

Su meta para el 2016 fue sacar la tesis, sí o sí.

¿Eso fue el deseo de una uva?

Una, no. Las doce uvas (risas). Ese fue mi único propósito del 2016, no hice más.

Para Ana, la ciencia es un proceso colaborativo, no cree que se pueda hacer sola y, por eso, siempre ha estado rodeada de gente. En su búsqueda de referentes a seguir, ha encontrado varios: su papá, Bisby, Stevenson. Pero una ha sido la más importante para ella, Silvia Restrepo, vicerrectora de investigaciones de la Universidad de los Andes, por ser una bióloga que se ha destacado, no sólo por sus contribuciones en la agricultura del país, sino también por su vida profesional y personal.

Desde que yo empecé el doctorado, mi referente siempre ha sido Silvia. Hace investigación, hace docencia, hace gestión, es mamá, tiene un esposo. Para mí ella ha sido ese modelo a seguir, esa inspiración. Me ha apoyado un montón y eso también ha sido muy bonito, que la persona que tu más admiras, cuando terminas tu doctorado, te llame “una de mis científicas favoritas”. Yo creo que, sin esos referentes, de verdad no se puede, porque no es fácil saber para dónde seguir y qué sentido tiene todo.

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