La localidad del Tío Jack

Hace 50 años John F. Kennedy visitó Colombia y dejó detrás la localidad más poblada del país. Allí los negocios —y los vecinos— se llaman John F., Fitzgerald, Jacqueline y Kennedy.

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María Camila Pérez

20.03.2014

Kennedy queda allí donde las direcciones son al revés. No hay carrera 9ª o calle 78, aquí es al contrario. La alcaldía queda en la carrera 78 k con calle 9ª sur. Solo cuando mi cerebro logra entender que allí las carreras no son paralelas sino perpendiculares a los cerros, me doy cuenta de lo enorme que es Bogotá y de lo poco que la conozco. Y es que para mí, Kennedy queda tan lejos como su historia. Durante la década de los sesenta, Estados Unidos implementó un programa de apoyo económico para países latinoamericanos llamado Alianza para el progreso. El objetivo era incrementar el desarrollo y el bienestar en dichos países, como parte de la cruzada anticomunista. La lógica era la siguiente: si las condiciones sociales satisfacían las necesidades de las personas la “enfermedad roja” no triunfaría. Como parte del programa, John Fitzgerald Kennedy —presidente de Estados Unidos del momento— decidió hacer una enorme urbanización de interés social. Para evitar cualquier parecido con el comunismo las casas fueron construidas por los propios beneficiarios y finalmente, en 1961, con la presencia de John F. Kennedy, su esposa Jacqueline Kennedy y el presidente de Colombia Alberto Lleras Camargo, se inauguró la que hoy es la localidad más grande de Bogotá. Al principio, la urbanización se iba a llamar “Ciudad Techo”, pero tras el asesinato del presidente en 1963, los mismos habitantes decidieron nombrarla “Kennedy”.

*

En la escarapela del joven que me atiende en la alcaldía de la localidad leo “F. Rafael”. Tiene 20 años y trabaja en la institución hace un año. Es una especie de “todero administrativo”; se encarga de archivar, hacer mandados y escribir notas de prensa. “Bueno, ¿tú te llamas Fernando Rafael?” le pregunto, mientras esperamos por la encargada de prensa. “No, tengo otro nombre, pero es muy boleta”, responde riéndose con cara de vergüenza. Me emociono, siento que él es ese último pedazo de historia local que se rehúsa a ser borrado por los nuevos tiempos. “Te prometo que no le cuento a nadie”, le aseguro. “Bueno, es Fidgeral Rafael”, me contesta con las mejillas rojas, “se escribe así como suena”. Intento escribir el nombre en mi agenda, para entender cómo es eso de escribirlo “como suena”, pero no me sale y él se ríe, tratando de callarme para que “no lo boletée”. Me cuenta que le pusieron así porque su abuela es la “admiradora número uno de Kennedy”. Rafael hace parte de las muchas personas que le deben su nombre a “Jack” —como le decían al difunto presidente— o a Jacqueline. Según las Páginas Blancas, la mayoría de personas en Bogotá que tienen el nombre Kennedy o Jacqueline viven en esta localidad.

Después de obtener los datos del primer beneficiado de la urbanización, veo en la entrada de la alcaldía un cartel informativo acerca del famoso proyecto de “Vivienda Gratuita” del Gobierno. Me pregunto si alguien le va a poner a su hijo “Vargas Lleras” o “Germán” en honor al ministro. ¿Será igual de sofisticado a Fitzgerald o Jacqueline?

*

 

Don Francisco Tamayo López, el primer beneficiado de la Urbanización Ciudad de Kennedy, es un hombre de primeras veces. Su casa fue la primera en ser adjudicada y la primera en tener agua. Él fue el primer presidente de la primera Junta de Acción Comunal que tuvo la ciudad. Y su hija, Maria del Pilar Tamayo, fue la primera persona nacida en el nuevo barrio, el primero de agosto de 1962. Hoy es el único sobreviviente de los primeros habitantes de Kennedy.

“Esa misma noche se robaron tres ladrillos de esta pared. Vea, esta misma”, me cuenta Don Francisco golpeando con su enorme mano el muro amarillo del estudio en el que trabaja. Tiene 81 años, lentes fondo de botella con marco negro, cabello plateado, manos de gigante y un enérgico acento paisa que revela su origen. “El anuncio salió por El Tiempo, decía: ‘en Techo se construirá la urbanización más grande de Sur América’. Yo salí beneficiado, seleccionado con otras 27 familias que fuimos las primeras en ser adjudicadas. Teníamos que construir las casas nosotros mismos, pero la mayoría no sabíamos hacer nada. Mi primer cargo fue el de aguatero. Yo estaba contento, dije ‘no, eso debe ser fácil’, pero era pa´cargar agua, traerla de por ahí unas ocho cuadras, un balde en cada mano. Tenía las manos llenas de ampollas” relata orgulloso, mientras roza la palma de su mano con dedos llenos de lunares. Se necesitaron 90 días para construir las casas de la manzana piloto, cada una tenía un costo de 11,163.63 pesos de la época.

La inauguración fue el 17 de diciembre de 1962, asistieron el presidente Alberto Lleras Camargo, su esposa, el Presidente John F. Kennedy y su esposa Jacqueline. “Tocó traer los guardaespaldas de Kennedy, y eran tantos, que vinieron en cuatro aviones, ¡Cuatro! Ese día ocupaban por ahí unos cuarenta metros, treinta metros alrededor de los presidentes. Y nosotros por allá lejos” me cuenta al mirar una foto de periódico que tiene de aquel día. “Don Francisco, dígame algo con toda honestidad, ¿Jacqueline le parecía guapa?”, y ahí se puso rojo, “¡No! ¡Jacqueline era una belleza! Una vez en una entrevista dije que le había alcanzado a mirar la cola, pero era de broma, ¡ya quisiera!”, dice con risa pícara.

El día que murió Kennedy, Don Francisco y sus vecinos salieron al frente de su casa y pusieron velas en su honor. Rezaron el rosario y los “Mil Jesuses”. Es una tradición que se ha conservado pues cada año le hacen una conmemoración especial. En el 2013 se cumplieron los cincuenta años del asesinato del presidente estadounidense. En Kennedy, justo al frente de la casa de Don Francisco, se celebró una misa y se puso una nueva placa con una frase del alcalde local: “Hace 50 años murió un hombre, en su nombre se fundó un pueblo”.

“Jack” permaneció en Colombia unas ocho horas. Cincuenta años después, las huellas de su visita siguen siendo visibles. Personas que tienen su nombre, negocios que tienen su nombre, una localidad que tiene su nombre, personas que tienen su foto en la pared de sus casas. Para muchos él hace parte de su identidad, de su historia. No sé si el ex ministro Vargas Lleras llegue a tener el mismo impacto en las nuevas generaciones con su programa de vivienda. Quizás seguimos creyendo que es más sensato honrar a un extranjero que a coterráneos en quienes es cada vez más difícil creer. Kennedy no es la localidad del “Tío Sam”, no es una articulación más del “Imperio”, pero seguro es la localidad del “Tío Jack”, de su bella esposa y de su recuerdo.

* María Camila Pérez es estudiante de Ciencia Política y de la opción en periodismo del CEPER. Esta crónica se realizó en el marco de la edición GÜELCOM de la clase Laboratorio de Medios.

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