Palabras en el rincón

Grafitis en Bogotá: ¿barbarie, arte o política?

Odio visceral hacia la UP, farándula de Justin Bieber, joven grafitero muerto por la Policía, las paredes llenas de rayones… y las autoridades sin saber qué hacer. ¿Dónde está la línea que separa el grafiti como arte, como política y como suciedad?

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Omar Rincón

16.05.2016

Escritura de lo prohibido

El grafiti es un modo de comunicación que usa a la ciudad como escenario y a través del cual el ciudadano ejerce su libertad de expresión al denunciar públicamente pero de manera anónima. Sin embargo, al usar la ciudad como pantalla de expresión, los grafiteros suelen ser acusados de vándalos que dañan la piel y la estética urbanas, y por eso no les caen bien a los poderes y a los que dicen tener buen gusto.

Al grafiti le ha ido muy bien entre la opinión académica y artística porque se considera un modo de comunicación único que se atreve a ir contra el monopolio mediático de la experiencia. Armando Silva, quien más ha pensado el grafiti en Colombia, afirma que este es un proceso comunicativo que atiende primordialmente a la experiencia urbana, a la confrontación del poder y a la divulgación de lo prohibido.

Silva concluye que “el grafiti corresponde a una escritura de lo prohibido”, que casi siempre “acompaña a lo político” pero que últimamente perdió su condición de “denuncia”. Por eso Silva identifica tres movimientos en el grafiti del siglo XXI: “el ‘arte urbano’, donde impera lo estético; el ‘arte público’ que es político pero no ideológico (como sí lo era en los años ochenta); y el ‘post grafiti’, que tiene más que ver con la estilística internacional, y que ya no cumple las reglas de espontaneidad ni de marginalidad, sino que son unas figuras inspiradas en la escritura cirílica griega, y que “se repiten en las paredes de todas partes, pero sin mayores novedades”. Por eso puede decirse que el grafiti es un fenómeno mundial que unos asumen como arte, otros como escena política y muchos como suciedad.

Justamente por el grafiti están pasando las escenas claves para comprender a la Bogotá actual: allí aparece el autoritarismo de las derechas (súbditos del odio de Uribe), lo jurásico de las izquierdas (obedientes de la arrogancia de Petro), la “farandulización” de la sociedad (imágenes de la cultura pop como marca país), la juventud expresiva y rebelde pero sin política (rabia social sin mensaje) y la guerra entre las autoridades y sus ciudadanos desobedientes (ejercicio concertado de la rebeldía de calle).

 

"Como la derecha mata hasta en lo simbólico, eso fue lo que hicieron con el mural de la UP"

 

Bogotá-grafiti en cinco escenas

1. La intolerancia. Bogotá ‘neo-nazi’ aparece, mancha un mural de la UP y grita: “¡fascismo totalitario ya! Fuera UP, fuera FARC, Colombia libre” (o sea, Uribe al poder). Este mural estaba localizado en la calle 26 y contaba una historia en tres partes: una dedicada a la memoria de las victimas de la UP; otra referida a la violencia que azota al país; y una tercera que llama la atención sobre el desplazamiento forzado en Colombia.

Como la derecha mata hasta en lo simbólico, eso fue lo que hicieron con el mural de la UP. No les bastó con matarlos a todos, ahora también quieren desaparecer sus memorias, sus estéticas, su visibilidad y sus luchas.

Este hecho es lamentable porque manifiesta a un país real: ese donde la diferencia de criterios y de modelos de sociedad deben ser eliminados no por la política o por el argumento sino por la violencia. Al bullying del senador Uribe ahora se agrega el matoneo de calle. Intolerancia al 100 por ciento, y bullying político al 1000 por ciento.

2. Justin Bieber pintó un muro de la calle 26 custodiado por la Policía, y el entonces secretario de Gobierno, Guillermo Jaramillo, calificó de ofensivos los hechos y afirmó que “es grave que lo haya acompañado la Policía para darse el gusto ilegal de pintar un grafiti… Es inaudito que un artista como este se burle de Bogotá y de Colombia. (Nos) hubiera pedido permiso a nosotros y hubiéramos buscado el sitio adecuado para que  pudiera hacerlo sin tener que violentar la ley como lo hizo”.

Los grafiteros bogotanos se sintieron indignados de que este “gomelo” viniera a horadar sus espacios de práctica expresiva, y borraron cualquier vestigio de este fenómeno del pop. Este acto también demuestra intolerancia al 100 por ciento. La indignación del secretario y de los grafiteros demuestra que solo sabemos reaccionar a la venganza, destruyendo.

La farandulización de la vida social es tan intensa que tener a Bieber en un muro hubiese sido tan cool como toda la campaña de “la respuesta es…Colombia”. O como todo el dinero que se gasta Colombia para que la farándula del mundo piense bien de este país tan preocupado por quedar bien, no por hacer las cosas bien.

3. Diego Felipe Becerra, el grafitero asesinado y convertido en ladrón. En su caso, se demuestra cómo la Policía construyó un extenso y cínico falso positivo aprovechando que el grafitero puede ser asociado con el marginal por atreverse a comunicar de otra manera; es más, se le llama vándalo y hasta terrorista. Este caso es tan increíble que acabó por involucrar hasta generales: una demostración más de que en la Policía no se puede confiar porque el ciudadano siempre lleva las de perder.

4. La suciedad: Bogotá está llena de rayones y manchas que marcan frentes de casas y negocios, señales de tránsito, bases de puentes, pavimentos, ciclorrutas y mobiliario urbano. Y más que las imágenes que son soportables, abundan las frases incoherentes y los tags. Y aunque se afirme que el tag es una firma que se convierte en un arte mediante el cual el autor se expresa al romper con el “buenondismo” social, la verdad es que han convertido a la ciudad en un basurero simbólico sin ton ni son.

Lo peor es que las fachadas que dañan son las de los negocios y vecindarios de los pobres o  los clase media. Entonces su rebeldía de atacar a la estética burguesa se queda en un arbitrario signo de incompetencia crítica y de incontinencia del yo. Otra guerra más entre pobres.

5. Las autoridades. El alcalde (e) Rafael Pardo mandó a la Policía a borrar varios dibujos hechos por grafiteros en lugares no autorizados, pero dijo que respetaría aquellos grafitis que sean hechos de modo artístico y responsable. En el mismo sentido, la ministra de Cultura ha advertido que esos grafitis no son ni arte ni cultura, sino que “maltratan espantosamente la fachada de la catedral” y a las obras de arte.

Para organizar este despelote apareció el “decreto Petro”, el 075 de febrero de 2013, que señala como espacios prohibidos para los grafitis a las señales de tránsito y ciclorrutas, la infraestructura de TransMilenio, andenes, pavimentos y puentes peatonales.

Igualmente, se vienen realizando mesas de trabajo con colectivos artísticos para establecer lugares concertados donde ejercer el grafiti. Otra vez lo mismo de siempre: los culpables son los jóvenes, ellos son los bárbaros, a ellos hay que controlar con la buena moral. Tal vez no hay que concertarlos, porque hacer grafitis es siempre estar en otra parte de la legalidad y la autoridad.

Tres reflexiones

La ciudad de Bogotá es un caos de movilidad, su estética de ciudad ladrillo ya no aguanta más y sus muros, puertas y edificios ahora están tomados por manchas, rayones, tags y demás signos que dicen dar cuenta del street-art o de una juventud que tiene bronca y quiere ganar visibilidad pública para su rabia con aerosoles. En este sentido, en un análisis rápido, se pueden decir tres cosas:

1.      La ciudad está muy fea. Miles de edificios abandonados, el espacio público inhabitado, muros y puertas llenas de tags, frases sin sentido y dibujos de exhibición estética. Señores “taggeros”: no ensucien más con su grito visual, intervengan los edificios y zonas donde viven los ricos, que allí es donde tiene sentido.

2.      La ciudad no tiene política sobre el tema. Lo grave del grafiti es que huye de los asuntos de la polis. La calle 26 es tal vez el escenario más significativo de la debacle bogotana: ella es el signo de la corrupción y de las malas decisiones políticas. En ella está la universidad más pública de Colombia (la Nacional) y ella es la vía que conecta al turista con la realidad. Sin embargo, en esa calle no hay grafiti político, sino que abunda la frase de marcha y mucho dibujo estetizante.

3.      Los muros expresan las violencias que nos habitan.  Mancha sobre mancha, dibujo sobre dibujo, rayón sobre rayón, yo sobre colectivo: cero tolerancia, mucha radicalidad y poca convivencia. Mirarnos en los muros de la ciudad es imposible: allí no hay espejo, hay presentaciones violentas de yoes.

Bogotá-grafiti: ahí estamos pintados

Y a pesar de todo, los muros de Bogotá expresan muy bien a esta sociedad: una donde la derecha y la izquierda no quieren dialogar, ni concertar, ni convivir: quieren imponer a las que sea y como sea (y para eso tenemos a Uribe y Petro, dos por encima de la democracia: donde uno ve terroristas, el otro ve mafiosos).

Una ciudad que prefiere estar farandulizada a pensarse como espacio expresivo; una donde la Policía no está para ayudarnos sino para hacernos la vida imposible; una donde a cada problema se le crea una ley antes que una solución. Una ciudad donde cada bogotano se siente con el derecho de imponer su santísima voluntad a los demás ciudadanos: y todo porque sí.

Creo que está mal que se haya vandalizado el mural de la UP, pero este acto de barbarie política nos recuerda que vivimos en un país donde convivir pensando distinto es imposible. Y por eso el problema son los políticos del odio que tenemos. Este hecho de barbarie contra la UP demuestra que Uribe y el procurador van ganando con su política de eliminación del otro. Gana la política como producción del miedo con base en el odio. Mal, muy mal. Así no se puede.

 

*Esta nota fue publicada previamente en Razón Pública.

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