En el pozo sin fondo: la escalofriante Centroamérica de Óscar Martínez

Todo el que quiera entender la historia de la violencia reciente en Centroamérica debe leer a Martínez. Cofundador de El Faro, este salvadoreño relata en sus crónicas la crisis que el narcotráfico, las bandas criminales y la corrupción han dejado en su región.

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Hernán D. Caro

13.05.2016

En uno de los reportajes de su nuevo libro Una historia de violencia: vida y muerte en Centroamérica (hasta ahora publicado solo en inglés: A History of Violence: Living and Dying in Central America, Verso, 2016), el reportero salvadoreño Óscar Martínez cuenta sobre un pozo en un pequeño municipio de El Salvador. “En el municipio de Turín, en el occidente de El Salvador, luego de una calle de tierra, luego de unas vías de tren, luego de una casita de bahareque, luego de un maizal, hay un pozo, y adentro de ese pozo hay cadáveres… quizá diez, quizá doce, quizá hasta veinte”. Así lo confirmó un antiguo asesino, exmiembro de la Mara Salvatrucha, la pandilla más brutal de Centroamérica. Fue la pandilla quien lanzó los cadáveres al pozo. Martínez relata sobre el intento de un investigador forense de sacar los cadáveres del pozo y así lograr condenar a algunos pandilleros. Tras veintiocho meses, el funcionario, completamente frustrado, se tiene que dar por vencido: ningún órgano del gobierno se sintió responsable de poner a disposición del investigador la maquinaria necesaria para las excavaciones. Este pozo, escribe Martínez, representa a todo el El Salvador: “Mientras más se escarba, peor se pone la cosa. Mientras más se espera para solucionar los problemas, estos se vuelven más engorrosos.”

Otro reportaje examina la matanza de todo el cuerpo de policía de un pueblo en Guatemala a manos del ejército privado de un importante capo de la zona. Según una de las hipótesis acerca de la masacre, el jefe de policía había arrestado, algunos días antes del hecho, al hijo del influyente mafioso por “manejar de forma inapropiada”. Esto provocó la ira del capo, quien “decidió incendiar el mundo por el agravio contra su hijo”. Mas se supo que la historia era inventada. Sin embargo, escribe Martínez, “la mentira decía mucho de este país centroamericano.”

Hace más de veinte años finalizaron las guerras civiles del El Salvador y Guatemala. Entre los años sesenta y noventa del siglo pasado, estas guerras le costaron la vida a más de 300.000 personas y produjeron más de un millón de desplazados y refugiados. Hoy, territorios considerables de estos países, así como del vecino Honduras, han caído de nuevo en el caos; varias ciudades centroamericanas se cuentan entre las más mortales del mundo. Las figuras claves de las antiguas guerras civiles fueron las guerrillas izquierdistas, así como las dictaduras militares y los escuadrones de la muerte financiados y apoyados logísticamente por el gobierno de los Estados Unidos. Los actores principales del desastre actual son gobiernos elegidos democráticamente, que a causa de la corrupción, la incompetencia o el temor frente a enemigos cada vez más fuerte son incapaces de defender el estado de derecho; carteles mafiosos omnipotentes, los cuales aprovechan la ubicación estratégica de Centroamérica para convertir a Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala en las rutas más importantes del tráfico internacional de cocaína; pandillas sanguinarias –formadas por mercenarios y desplazados de las antiguas guerras, que no tienen ya nada más que perder –, y que le ofrecen a adolescentes pobres la única forma de pertenencia que van a conocer alguna vez; y el pueblo miserable, que intenta sobrevivir en medio de las balas. Ese es el mundo desde el cual reporta Óscar Martínez; un mundo que no es muy distinto del que muchos latinoamericanos conocen bien.

Una historia de violencia reúne reportajes que Martínez ha publicado en los últimos años en elfaro.net, probablemente el primer periódico digital de Latinoamérica, y sin duda uno que destaca en todo el continente por su valentía, calidad e independencia. A partir de los textos reunidos en el libro (un par de los cuales aparecieron además en la selección colectiva de textos de elfaro.netCrónicas negras desde una región que no cuenta, Aguilar, 2013) surge una imagen muy clara del cataclismo político, social y moral centroamericano (el cual, ciertamente, es comparable a otros casos como el colombiano y el mexicano, en los que se mezcla la desvergüenza y la torpeza política, la descomposición social y el rol ominoso del narcotráfico y las consecuencias venenosas de la llamada “Guerra contra las drogas”). En uno de los reportajes, por ejemplo, Óscar Martínez cuenta sobre la persecución por parte de la policía de ciertos narcotraficantes que se han establecido en una reserva forestal en el norte de Guatemala. Martínez se infiltra en la peligrosa región, habla con los policías encargados de los desalojos y los arrestos, así como con un activista desilusionado que intenta ayudar a la población indígena local. Y Martínez conoce también a Venustiano, uno de los supuestos narcotraficantes. Sobre su visita al lugar de vivienda de Venustiano, leemos: “El predio es del tamaño de media cancha de fútbol, y acoge siete champas desperdigadas, todas de plástico, cartón y palos. En medio del predio hay un charco grisáceo y espeso, con restos de comida. Huele a animal muerto. En una de las champas se cocina el almuerzo sobre un enorme comal. Sobre el comal, el almuerzo: tortillas y más tortillas. Todas las personas se reúnen alrededor de Venustiano. Están sucias. Los niños, raquíticos y panzones. No dicen nada porque muy pocos pueden hablar castellano. Me ven y esperan.

–¿Ustedes son los narcotraficantes de Centro Uno?

–Nosotros somos –me contesta Venustiano, el líder de los moribundos–, ¿qué le parece?

–No sé qué decirle, Venustiano.”

Comprendemos que estos “narcotraficantes” no son más que campesinos miserables a quienes el gobierno expulsó de sus tierras, a fin de vender éstas a empresas productoras de aceite de palma africana. Los campesinos se arrinconaron a causa de su necesidad en el parque nacional e intentan ahora afrontar el hambre. “Narcotraficantes” los llama la policía a fin de justificar los desalojos frente a los medios. Como escribe Martínez, recordando las palabras del asesinado monseñor Óscar Arnulfo Romero, aquí las leyes “son como las serpientes”: “sólo muerden a los que caminan descalzos”. Los verdaderos narcotraficantes –los multimillonarios, aquellos que transportan 90 % de la cocaína que llega a los Estados Unidos, los que dictan las reglas en este lugar, pues controlan a la mitad de todos los políticos y policías– se encuentran, claro está, en otro lugar.

 

"'Una historia de violencia' de Óscar Martínez es un libro importante. Quien quiera entender –o seguir entendiendo, de forma aún más gráfica y contundente– la lógica de poder, muerte y destrucción que la “Guerra contra las drogas” del gobierno estadounidense ha engendrado en diferentes partes del mundo, debería leer este libro"

 

Óscar Martínez (San Salvador, 1983) pertenece a la joven generación de escritores latinoamericanos, llamados en algunas ocasiones “Nuevos cronistas de Indias”, que desde hace algunos años renuevan la literatura del continente a través de trabajos periodísticos cuidadosamente investigados y escritos con maestría. La historia de ‘El Niño’, por ejemplo –de un sicario drogadicto y antiguo pandillero, contada por Martínez en uno de los reportajes de Una historia de violencia, y que es presentado al lector como miembro de un programa de protección a testigos– es ciertamente la crónica de una muerte anunciada. Gracias a la información que ‘El Niño’ proporciona se descubren fosas comunes y se logra condenar a un asesino. Que ‘El Niño’ va a ser asesinado en algún momento –el destino de casi todos los testigos, según Martínez–, lo sospecha el lector ya al inicio del libro. Sobre el sangriento final de esa historia nos enteramos, sin embargo, solamente en el último capítulo.

Pero Martínez también es un osado reportero de guerra. Su último libro, el admirable y aterrador The Beast: Riding the Rails and Dodging Narcos on the Migrant Trail (Verso, 2013), aparecido originalmente en castellano en una pequeña editorial bajo el nombre de Los migrantes que no importan (Icaria, 2010), cuenta sobre los miles de hombres, mujeres y niños provenientes de países centroamericanos, que cada año se van a los Estados Unidos en búsqueda de un futuro incierto. Durante sus investigaciones, Martínez viajó varias veces en los techos de ‘la Bestia’. Así se conoce a los trenes de carga que cruzan México a toda velocidad y que los migrantes usan como transporte ilegal, y en cuyos techos cientos de personas mueren, son mutiladas o violadas. Para Una historia de violencia, Martínez viajó a regiones en las que ni siquiera el ejército se atreve a sentar pie y mantuvo conversaciones que le podrían costar la vida. Según Reporteros Sin Fronteras, en los últimos años han sido asesinados al menos 65 periodistas únicamente en México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Así, la frase truculenta de Ed Vulliamy, periodista del diario británico The Guardian –“El mundo sobre el cual Martínez reporta es tan violento, degenerado e infernal que uno apenas puede creer que ha sobrevivido para contar la historia”– no es una exageración.

Una historia de violencia de Óscar Martínez es un libro importante. Quien quiera entender –o seguir entendiendo, de forma aún más gráfica y contundente– la lógica de poder, muerte y destrucción que la “Guerra contra las drogas” del gobierno estadounidense ha engendrado en diferentes partes del mundo, debería leer este libro. Y, a un nivel más global, cuando Martínez cuenta sobre la forma en que las pandillas dan sentido a innumerables jóvenes en regiones marcadas por la corrupción, la violencia y la completa falta de perspectivas y esperanza, y cuando informa sobre las necesidades de millones de personas que deciden abandonar su tierra para irse al “norte”; entonces uno debe pensar necesariamente en la catástrofe política y humanitaria que tiene lugar actualmente en un lugar muy distinto, en Medio Oriente, y que los países europeos han bautizado “crisis de refugiados”.

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La historia de la violencia en Centroamérica es larga y no sólo depende de la “Guerra contra las drogas”. Las guerras civiles que llevaron a la devastación social y el surgimiento de culturas de la violencia en la región en el siglo pasado fueron animadas por los Estados Unidos en nombre del triunfo contra el comunismo y con la promesa de construir sociedades justas y democráticas. Pero como bien ha dicho el escritor estadounidense Francisco Goldman en su introducción al libro The Beast de Martínez: “Tras el final de las guerras no hubo reconstrucción ni paz. Los Estados Unidos le dieron a Centroamérica la espalda, y hoy pisotean a los descendientes de lo que ellos mismos produjeron en la región”. No hay duda de que dependerá principalmente de los países de Centroamérica salir del pozo profundo en que han caído. Pero no podemos olvidar que la responsabilidad por esa caída no es solo suya.

[N. del E: Este texto fue publicado originalmente en alemán en la edición dominical del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung, el 24 de abril de 2016].

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