“Los festivales de música son ‘ciudades temporales’ donde se pueden ensayar formas distintas de hacer las cosas”: A Greener Future

Una entrevista sobre cómo se mide la sostenibilidad en los festivales de música y por qué la selección del transporte para ir al evento y la comida que consumimos pesan más de lo que creemos.

por

Isaac Vargas


20.03.2026

La sostenibilidad de un festival de música suele aparecer en el imaginario social a través de vasos retornables, puntos de reciclaje o publicidad en pantallas. Pero cuando se complejiza la mirada, el impacto ambiental de un evento masivo lo vemos en otra parte: cómo llega el público, qué se come, cuánta energía se usa, cómo se transportan los artistas y su equipo.

Para entender esa foto completa, desde 070 hablamos con el equipo de A Greener Future (AGF), una organización que desde 2007 trabaja en sostenibilidad para festivales y eventos en vivo.

Hablamos de cómo se mide realmente la sostenibilidad de un festival de música, qué pesa más en su impacto ambiental, qué lugar ocupan variables como el agua, la energía o los residuos, y qué tan confiables son hoy las compensaciones con bonos de carbono. 

Acá la entrevista para 070:

Desde que A Greener Future empezó a trabajar en sostenibilidad para festivales, ¿cuáles han sido las áreas clave de impacto ambiental en las que más se han concentrado y cómo han cambiado las prácticas del sector en estos años?

AGF nació para concienciar sobre la sostenibilidad en y a través del circuito de festivales. Desde entonces, las principales áreas de impacto en las que nos hemos concentrado son energía, transporte, alimentación, residuos, agua y materiales.

Muchas prácticas que antes parecían excepcionales hoy son bastante comunes: el uso de baterías y energía de red en espectáculos al aire libre, el aumento de opciones de comida de origen vegetal, los vehículos eléctricos o el análisis más cuidadoso de los materiales para reducir residuos.

Pero también persisten dinámicas muy intensivas en carbono: producciones y giras que requieren carga aérea, jets privados y formatos de residencia que obligan a cientos de miles de personas a volar internacionalmente.

Si hubiera que explicarle al público qué debería mirar para saber si un festival es sostenible, ¿qué elementos pondrían en la mesa?

El transporte suele ser el factor más importante. La forma en que la gente viaja hacia y desde el evento puede representar la mayor parte de las emisiones, así que es clave mirar si el festival promueve el transporte público, ofrece alternativas a los vuelos o reduce la dependencia del carro.

La alimentación es otro gran frente. Los festivales que priorizan opciones de origen vegetal pueden reducir de forma importante su impacto ambiental, porque lo que se come incide directamente en emisiones, uso del suelo y presión sobre recursos.

Luego está la gestión de residuos. Altas tasas de reciclaje o compostaje, reducción de objetos de un solo uso y sistemas reutilizables —como los vasos— suelen ser buenos indicadores de qué tan bien está organizado un evento.

La energía también es clave. La diferencia entre usar electricidad renovable, infraestructura eficiente o depender de generadores diésel puede ser enorme.

La razón por la que estas áreas importan tanto es que combinan dos cosas: el tamaño del impacto y el nivel de control. Algunas, como el transporte, dependen en parte del comportamiento del público. Otras, como la comida o los sistemas de residuos, están mucho más directamente en manos de los organizadores.

Entre transporte, energía, residuos, emisiones, alimentos, saneamiento y agua, ¿qué pesa más en la huella ambiental total de un festival?

“Veo los festivales de música como una oportunidad para hablar sobre el cambio climático de una manera más creativa”: Mohsen Gul

En el marco del EcoForo 2025 el especialista en finanzas climáticas: Mohsen Gul, explica cómo los festivales de música pueden convertirse en espacios reales de sostenibilidad y acción frente al cambio climático. Desde su trabajo con el British Council Colombia y el Ministerio de las Culturas, propone ver estos eventos como microciudades donde la cultura, la economía y el ambiente se encuentran.

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El desplazamiento del público y la alimentación son los dos factores de mayor peso cuando se analiza el impacto ambiental de un festival desde una perspectiva de carbono, que sigue siendo la forma más habitual de comparar impactos entre distintas áreas.

Nuestros datos sugieren que el transporte del público puede representar entre el 35 % y el 94 % de la huella de carbono total de un festival.

La alimentación es otra palanca enorme, y además está completamente en manos de los organizadores: las emisiones pueden reducirse más de un 90 % apostando por una oferta completamente de origen vegetal. Eso puede hacerse hoy mismo en cualquier festival, sin necesidad de esperar a que la infraestructura nacional o las políticas públicas se pongan al día. Ya se ha demostrado en espectáculos, y ejemplos como el de Forest Green Rovers FC muestran que incluso un club de fútbol puede lograrlo.

Otras áreas —como energía, residuos, agua y saneamiento— suelen representar una proporción menor en términos de carbono. Pero eso no quiere decir que sean menos importantes. El agua, por ejemplo, puede tener emisiones relativamente bajas, pero sigue siendo un recurso crítico, y su impacto depende mucho de la disponibilidad local, la infraestructura y la presión sobre los ecosistemas.

¿Cómo evalúan ustedes el consumo de recursos y el impacto ambiental de un festival?

Recopilamos datos medidos en las principales áreas en las que los festivales interactúan con el ambiente y los cruzamos con una evaluación de cómo esos recursos están siendo gestionados.

Los festivales reportan datos de actividad en áreas clave como:

  • Energía, medida en kWh de electricidad y litros de combustible, incluyendo la proporción de fuentes renovables.
  • Transporte, medido en kilómetros recorridos y en distribución por modos de transporte, tomando el tramo más largo del viaje del público, artistas y equipo técnico.
  • Residuos, medidos en toneladas y desglosados por tipo de residuo y tratamiento.
  • Agua, medida en metros cúbicos (m³), incluyendo aguas residuales cuando aplica.

A partir de eso miramos tres cosas: el uso total de recursos y el impacto global, el impacto por visitante y por día, y la evolución del desempeño a lo largo del tiempo. Eso permite entender tanto la escala del problema como la eficacia con la que el festival lo está gestionando.

¿Qué ejemplos recientes les parecen especialmente relevantes?

Uno de los casos más sólidos en los que hemos trabajado de cerca es Massive Attack, desde el espectáculo UN Climate Action Accelerator en Bristol hasta UN Accelerator City en Liverpool. Cuando el artista principal, el patrocinador, el promotor y todo el equipo se toman en serio el clima, la justicia y el medio ambiente, los resultados pueden ser muy potentes.

En Bristol, una empresa puso trenes adicionales en circulación junto con una flota de autobuses eléctricos. En Liverpool, se lanzaron los billetes TAG (Train and Gig), que combinaban transporte público con entrada al evento.

También hay festivales como Shambala, Boomtown y LIDO que están poniendo a prueba iniciativas muy distintas, desde escenarios alimentados por baterías o hidrógeno hasta estrategias ecológicas menos convencionales.

Cada año evaluamos y certificamos festivales, recintos y eventos en distintos países. Entre las organizaciones certificadas en 2025 con la categoría Outstanding estuvieron Boom Festival (Portugal), DGTL (Países Bajos), Øyafestivalen(Noruega), Paradise City (Bélgica) y Forest Green Rovers – The New Lawn (Reino Unido). En esa lista también aparece el festival colombiano Cordillera.

¿Qué tan común es que los festivales midan bien su impacto ambiental?

Todavía no es la norma, pero va en aumento. Cada vez más, medir e informar sostenibilidad es una exigencia en licitaciones, acuerdos de uso del suelo, permisos y, sobre todo, por presión del público y de los artistas. Para los festivales pioneros, ya forma parte de la operación habitual.

Muchos festivales hablan de compensar sus emisiones con bonos de carbono o proyectos REDD+. ¿Cómo funciona eso en la práctica?

Lo habitual es que un festival calcule su huella de carbono y luego compre créditos de carbono de proyectos que dicen reducir o eliminar emisiones en otro lugar.

En principio, esto se puede medir: cada crédito equivale normalmente a una tonelada de CO₂e, y tanto las emisiones del festival como los créditos adquiridos pueden cuantificarse y reportarse.

El problema es que la calidad y el impacto real de esos proyectos puede variar mucho. Algunos se basan en la evitación de emisiones, como los esquemas de protección forestal REDD+; otros buscan eliminar carbono de la atmósfera. El nivel de verificación, permanencia y adicionalidad no siempre es igual.

Por eso la compensación debe tratarse con cautela. No reduce las emisiones en origen y no debería sustituir la acción directa. 

¿Qué recomiendan ustedes entonces?

Primero, evitar y reducir emisiones. Después, si todavía hay emisiones que no pueden eliminarse, considerar financiación de carbono o compensaciones.

Cuando se recurre a compensación, recomendamos proyectos de eliminación de carbono de alta calidad, no solo proyectos basados en evitación. También creemos que los festivales deberían invertir más en mejoras dentro de su propia operación —equipos, sistemas energéticos, infraestructura—, porque eso genera reducciones reales a largo plazo.

Y si van a usar compensaciones, tienen que ser transparentes: decir qué tipo de proyecto apoyan y mostrar evidencia clara de cuánto carbono se ha compensado o eliminado.

¿Qué diferencias ven entre Europa y América Latina en sostenibilidad, pedagogía y participación del público?

No hay dos eventos iguales, ni siquiera dentro del mismo país. Pero sí hemos visto en América Latina iniciativas muy interesantes, impulsadas por una red fuerte de profesionales comprometidos con hacer del sector de eventos algo más sostenible.

Nos interesa mucho seguir ampliando nuestras colaboraciones en la región y aprender de los distintos enfoques que están surgiendo. Por eso estamos poniendo especial atención en fortalecer AGF en español, como una vía para conectar, apoyar y amplificar mejor esos esfuerzos.

¿Qué información todavía no tenemos y sería clave para entender mejor el costo ambiental real de un festival?

El cambio climático ya está afectando directamente a la industria de los eventos a través de condiciones meteorológicas más extremas e impredecibles. Eso compromete la seguridad del público, altera el transporte, presiona las cadenas de suministro, sube los seguros e incluso puede llevar a cancelaciones.

Por eso, más que seguir reaccionando, el sector necesita integrar sostenibilidad, gestión de riesgos y planes de contingencia robustos si quiere seguir siendo viable a largo plazo.Y hay otra cosa importante: los festivales tienen una capacidad única para influir. Pueden inspirar, generar conciencia y mover comportamientos. En muchos sentidos, pueden entenderse como ciudades temporales: espacios donde se reflejan las fortalezas y carencias de nuestra sociedad, pero también donde se pueden ensayar formas distintas de hacer las

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