El racismo en ‘Esta herida llena de peces’

Para la escritora Velia Vidal estamos ante una narradora que se asume tan superior al contexto, tan superior a ese otro racializado, exótico y precario, que se toma la licencia de intervenir y modificar sus rituales ancestrales, o se siente con el derecho de decirle a los otros qué hacer

por

Velia Vidal Romero


13.08.2021

Escritora. Promotora de lectura. Certificada en estudios afrolatinoamericanos. Directora de la Corporación Motete.

El libro Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar Masso, publicado recientemente por la editorial Tránsito en España y posteriormente por Angosta Editores en Colombia, es una interesante historia en la que una mujer viaja con su hijo adoptivo por el río Atrato, al encuentro con la madre biológica del niño, quien ha pedido verlo después de varios años de abandonarlo en casa de la mujer.

Es la ópera prima de una autora que demuestra una gran sensibilidad poética y una enorme capacidad de construir imágenes poderosas con su narración. Pero nos encontramos al mismo tiempo —quizá por desconocimiento e inexperiencia, y seguramente sin una intención dañina—, con un libro que ejemplifica reiteradamente cómo se materializa en los textos literarios el racismo sistémico, en distintas formas como el colorismo, la exotización, la precarización o la estereotipación.

Esto nos abre la posibilidad de conversar públicamente sobre dos preguntas frecuentemente evadidas y aplazadas: ¿cómo se narra a un otro racializado, victimizado y excluido? ¿Cómo se narra un territorio desconocido e invisibilizado? Y si atendemos al planteamiento de la autora en entrevista con El Colombiano, que “la necesidad principal que hay frente al territorio es visibilización y estar allí”, ¿cómo darle visibilidad?

El libro plantea un código realista que permite localizar claramente la historia en el departamento del Chocó, y además, nos remite a un hecho real identificable por muchos en Colombia: la masacre de Bojayá de 2002. Con esta localización y el planteamiento realista, es comprensible que la mayoría de personajes que aparecen en la novela sean afros e indígenas. Estamos hablando de un departamento y unas poblaciones sometidos históricamente al racismo estructural, lo que nos permite agregar la pregunta sobre la responsabilidad política de la literatura.

Decidí escribir este artículo, a pesar del riesgo de terminar siendo catalogada yo como racista por atreverme a señalar este problema en nuestra literatura, porque siento que es parte de mi responsabilidad como gestora cultural, promotora de lectura y escritora afro, que nació y trabaja desde y para el Chocó con un foco en el reconocimiento y la inclusión. Confío en que los lectores, incluyendo a la autora y sus editores, tengan la apertura suficiente para comprender los argumentos que aquí presento y reconozcan ciertas formas de racismo que a simple vista pueden pasar desapercibidas. Me alientan también quienes hicieron lo mismo en el pasado. Voces como las de Toni Morrison o Chinua Achebe señalaron públicamente el racismo en importantes obras literarias, a pesar del riesgo de ser cuestionados o invalidados. Sus análisis me permitieron a mí ver con claridad lo que ocurre en Esta herida llena de peces.

El lenguaje de la alteridad

La novela inicia en Quibdó, con descripciones que nos trasladan a la atmósfera de la capital chocoana. Toda la historia se desarrolla en un viaje desde esta ciudad hasta Bojayá, mencionando con sus nombres reales, además de Quibdó, a poblaciones como Beté (Medio Atrato), Vigía del Fuerte, Tagachí, y Bellavista, que es la cabecera municipal de Bojayá.

La narradora es la protagonista, la madre del niño, una mujer que llegó al Chocó siendo niña y se quedó a vivir aquí. Realizó sus estudios de primaria y bachillerato en Bojayá y Quibdó, y no pudo ingresar a la universidad por haberse convertido en madre adoptiva. Desde la sinopsis se le describe como una mujer blanca con un hijo negro, remitiendo desde el principio a lo que sucederá a lo largo del libro: la definición de las personas a través del color. El recurso del color no se limita solo a las imágenes de las personas, sino que se usa lo negro como categoría para definir elementos del paisaje o de la cultura. Veamos:

Página 12. (…) la conductora, una mujer negra como el cacao, se mueve bajo un vestido verde con bordados indígenas – sueños, apariciones, alguna predicción- y sandalias, sandalias tres puntadas.

Página 20. Se queda mirando el río, café como ella, como la madera de la canoa, como el niño.

Página 108. Las cantaoras repiten los versos con una cadencia negra que se mete bajo la piel.

Página 120. caben niños de pie: indios, negros, blanquitos, zambos, mulatos y madres acurrucadas cuando toca esconderse para seguir vivos.

Página 182. Siento frío, la lluvia sobre mí, voces y gritos que vienen y van, lamentos negros olvidados desde siempre.

La narradora se nombra a sí misma como blanca, y adjudica a esta condición unos adjetivos aparentemente negativos o peyorativos, que en realidad no funcionan como tal, sino que simplemente remiten a estereotipos que refuerzan la alteridad del ser afro.

El colorismo, tal como lo afirma Morrison en El origen de los otros (2017), es un atajo narrativo utilizado con frecuencia, sobre todo si el protagonista de una ficción es blanco, para poner de manifiesto la naturaleza de un personaje aunque no se trate de un factor decisivo en la historia. También se usa como una herramienta fácil para establecer la diferencia con lo blanco, para crear un “otro” que a su vez reafirme las características propias.

En Esta herida llena de peces encontramos esa alteridad como una constante que va a presentar a la narradora, no solo como blanca, sino como una mujer prudente, esforzada, que intenta ser buena madre a pesar de sus inseguridades, generosa, servicial, y además con consciencia sobre la exclusión y el racismo, o al menos con preguntas al respecto. Reafirmar las características de este personaje es mucho más fácil si se representa al otro y su contexto natural como extraños. Personas de belleza salvaje (p. 28), tan extraños que rezan a los ríos (p.15), fascinantes (p. 160); un lugar exótico donde los niños no buscan figuras en las nubes, la única tierra donde el sol no se representa como un león (p. 97 ), “con una chola de pelo negro, collares ancestrales y tetas al aire, que carga un bebé desnudo” (p. 59), donde los ignorantes padres de los niños les ponen nombres que escucharon en algún vallenato (p.86)

La otra forma de darle luz a la narradora es precarizando o pauperizando lo que hay a su alrededor. Tal es el caso de otras dos mujeres importantes en el relato: Carmen Emilia, la compañera de viaje con quien la narradora se hace amiga después de un largo recorrido juntas, y Gina, la madre biológica del niño. Ambas contrastan con la protagonista.

Carmen Emilia queda retratada como una mujer ordinaria, brusca y chismosa, a la que incluso en algunas partes la narradora debe decirle cómo se hacen las cosas. En la página 84, “Carmen Emilia, que no se pierde la movida de un catre”, y en la página 120, “Carmen Emilia se invita sola”. Y evidentemente Carmen Emilia es definida por el color de su piel y cuenta con rasgos salvajes. 

Página 16. Las flores de su falda desteñida, la blusa blanca, a la que le quedan un par de lavadas, deja ver un brasier color crema, como mi piel. La señora también suda y es tan negra como mi hijo. Con los pechos que tiene alimentaría a una escuela entera.

Página 19. El niño se duerme y Carmen Emilia despierta. Abre la boca como una osa, estira las manos, se peina. Saca un banano de su bolso y me ofrece otro.

Página 28. Carmen Emilia me detona recuerdos que no creí tener tan claros. Me escucha atenta, desde sus ojos curiosos y surcados de arrugas leves para su edad; fue hermosa, lo es: una belleza contundente, marcada, nada sutil. Salvaje.

Página 103. Por primera vez, Carmen Emilia me acaricia la mejilla con el revés de su mano, que es todo menos suave.

Gina abandona a su hijo porque eso es normal en la región. Es tosca, habla mal, tiene una expresión displicente y además desconfía de la mujer blanca.

Página 21. (…) eres negro y yo blanca porque tienes dos mamás: una es la mujer negra que te llevó en su barriga nueve meses y te trajo al mundo. La otra soy yo, que te he cuidado todos los días desde que eras un bebé.

Página 162.(…) y los miro: su forma de querer es tosca.

Página 157. Es Gina: falda verde, delantal blanco, descalza con la misma cara redonda displicente de hace años.

Página 173. Gina reza: “Gracias, señor, por dejarme ver a mi pelaíto, porque di con una mujer buena, aunque blanca (…).

El lugar de la mirada

Ante una apuesta realista, no se espera que la autora cree unas condiciones que no existen en la región del Atrato, ni que elija personajes políticamente correctos, aunque su narradora lo es. Todos sabemos que hay pobreza en el Chocó, viviendas precarias, ausencia de servicios básicos, que no hay una gran infraestructura. Sabemos que, al mismo tiempo, hay viviendas que no son precarias, algunas son incluso muy lujosas, que hay una gran belleza en el paisaje, que la mayoría de las personas se visten adecuadamente, las mujeres se peinan, y que muchas son tiernas.

Donde se pone la mirada es una elección, especialmente para narrar un territorio que carga con tantos estigmas.  Por ejemplo, Eduardo Cote Lamus, en su Diario del Alto San Juan y del Atrato, señaló las problemáticas de esta región sin recurrir a precarizar a las personas o los lugares, y sin dejar de destacar la belleza.  Pilar Quintana no es condescendiente al describir la realidad precaria y hostil del Pacífico de La perra. Al presentar una protagonista simplemente humana, que actúa según las condiciones de su contexto y su historia de vida, por encima de su condición de mujer negra, permite que cualquier lector se sienta identificado, eliminando así las diferencias insalvables que menciona Morrison. El fin del Océano Pacífico, de Tomás González, es una radiografía bastante fiel de Bahía Solano, sus flagelos y su belleza. El cuidadoso manejo del lugar de enunciación de Ignacio, el protagonista, permite un equilibrio en su mirada, que no pierde la curiosidad del visitante pero no cae en la exotización.

Las mismas manos toscas que lavan las manitas del niño pueden ser unas manos tiernas, a pesar de haber sido engrosadas por el oficio de la minería. Podría también describirse con fidelidad cada lugar, alejándose de los calificativos, y dejar que sea el lector quien decida si hay o no belleza en cada espacio.

Además de pauperizar a las dos mujeres mencionadas, la narradora describe en condiciones precarias a otros personajes, y algunos lugares o costumbres.

Páginas 15 – 16. Los pies de la conductora: dos troncos hinchados, con cicatrices de picaduras de mosquito y uñas naranja que se aferran a sus sandalias tres puntadas (…) La mujerona revisa los motores, la densidad de las nubes y los bolsillos de su delantal donde, seguramente guarda plata y comida.

Página 108.(la seño Paciencia) Tiene mal aliento, cejas despeinadas y aros gigantes que cuelgan de sus orejas.

Página 135. Pasa un señor con una carreta de plátanos, tres viejitas despeinadas, un muchacho en bicicleta.

Página 145. Despeinada y en sandalias tres puntadas, se paraba en media calle a gritar.

Página 71. (…)  y por eso nos toca dormir metidos en toldillos como aves de corral. (…) La plaza de mercado, junto al río Atrato: una casona vieja llena de señoras, hierbas y plátanos. Comida de todos los colores. El olor hace que me quede en la entrada. Apuesto a que todo el pescado que de la subienda lo guardan aquí, huele horrible.

No deja de llamar la atención que una narradora que prácticamente es chocoana mire con tal extrañeza un sitio que debería serle familiar, personas con quienes ha convivido siempre. Percibo un esfuerzo en retratar una cultura y una región completas, cayendo en todos los riesgos posibles: recurrir a artificios para incluir lo que se cree representativo de dicha cultura o región, o llegar con facilidad a los estereotipos. Encontramos, por ejemplo, que se describen en varios apartes ecosistemas de manglar y mangles a lo largo del río Atrato.

Página 42.(…) los manglares se enredarían en la ropa y nos arañarían las mejillas.

Página 137. Los recuerdos que le cuento a Carmen Emilia se enredan en los mangles, flores y frutos que no se ven ni se pueden comer.

Cuando se localiza una acción en un cronotopo o espacio temporal literario determinado, los códigos realistas deben corresponder a dicho lugar. No existen manglares en el Atrato, al menos no entre Quibdó y Bojayá, que es el espacio definido de la novela. No es posible entonces que las mujeres preparen pianguas sacadas del manglar, como se refiere en la historia.

Página 74. La seño Neida y la conductora nos reciben con sancocho de piangua, ostras que recogen las mujeres en los manglares, y arroz amarillo.

Chirimía, alabaos, jaibanás, brujas, azoteas, racismo, trenzas, minería, conflicto armado, incendios, muerte materna, ausencia de servicios públicos, todo queda incluido en un viaje que evidentemente debe ser alargado, alterando también el espacio temporal en un aparente interés por retratar una región completa. Es imposible negar que la mayoría de estas cosas son ciertas, que existen en el Chocó y en el Pacífico, pero no deja de ser curioso que todo se junte en un único viaje, a fuerza de poner a los personajes en situaciones absurdas. Por ejemplo, para traer al relato a los jaibanás, sabedores y médicos embera y a sus secretos, la protagonista salta una y otra vez dentro del bote para llamar la atención de la “conductora”, hasta que se tuerce el tobillo y requiere atención médica. Para hablar de las trenzas propias de las mujeres afro y lo que representan, aparece la “conductora” del bote trenzando a Carmen Emilia mientras maneja, algo que no podría hacer ni el más experimentado lanchero.

Al respecto, en una entrevista del 10 de abril con el periódico El Colombiano, Lorena Salazar Masso expresó: “si bien en la novela hay muchos detalles, es ficción y hay muchas cosas que están deformadas o no están completas. No se trataba de un calco ni una etnografía. Es una invitación o un abrebocas a la cultura afro del Chocó colombiano”. Como lo anota la autora, se trata de una novela, y ella puede tomarse este tipo de licencias, pasando de ser algo estrictamente estético a convertirse en un asunto ideológico. Esta implicación no puede pasarse por alto cuando se narra a un otro racializado.

En esta misma línea de visibilizar las prácticas culturales desde una mirada exótica y excluida, no puedo dejar de mencionar que estamos ante una narradora que se asume tan superior al contexto, tan superior a ese otro racializado, exótico y precario, que se toma la licencia de intervenir y modificar sus rituales ancestrales, o se siente con el derecho de decirle a los otros qué hacer. En la página 107, ante el pedido de cantarle un chigualo a un bebé que está en el vientre de la madre muerta, leemos lo siguiente:

– No podemos cantarle, el bebé no nació–dice una matrona.

Me acerco y les cuento que sé una canción, los versos de alguna madre trabajadora que no recuerdo cuándo aprendí, pero se los cantaba al niño en las noches. Propongo reemplazar el chigualo, con permiso y ayuda de las matronas. Me dicen que sí, entonces canto:

Duerme, duerme, negrito,

tu mama está en el campo

negrito…

En la página 115, sigue la misma línea:

– El muerto al hoyo y el vivo al baile—dice Carmen Emilia desde la cama de al lado.

– Es muy pronto para andar bailando, acabamos de velar a una muchacha—le digo.

– Así es aquí – responde parándose de la cama.

Esta mirada quizá sería comprensible si se tratara de una mujer europea que hace setenta o cien años visita por primera vez al Chocó. Pero estamos hablando del año 2002, cuando Quibdó era una ciudad de cien mil habitantes que contaba con una red de servicios bancarios, telefonía celular, no masiva pero sí disponible, un aeropuerto con frecuencias diarias de vuelos a Medellín o Bogotá, y hablamos de una narradora que, como ya lo decía, pertenece a la región. En la página 17, por ejemplo,las personas que tampoco están bajo techo, abren sus paraguas negros, rojos, morados. Paraguas grandes, de pueblo.” En la página 30, apareceel pelo grueso y apretado, la narradora dice: “me arrugaré en un par de años, pero ellas no, son más fuertes que las frutas, no le temen al tiempo. Envidio la forma como atraviesan la tela, la dominan y conceden misticismo a los boleros de faldas y vestidos, a los accesorios de la cabeza, al color amarillo, que a nadie más le va. En cambio, mis telas cuelgan como plumas mojadas, intentan disimular lo que me tocó ser”. Algo similar ocurre en las frases siguientes:

Página 115. La requinta llama y el bombo responde, el niño se mueve poseído por el ritmo, se revuelca en la cama, resbala entre las sábanas, cae firme y abre la puerta por donde se cuela como una lombriz. Desaparece. Aparece. Me hace señas para que lo acompañe y no puedo negarme, me arrastro hasta la puerta como la Llorona. El niño baila y se sacude, parece que lleva un tambor por dentro. Va atravesando el corredor, mientras los pasajeros de la canoa y los habitantes de la casa se paran a la entrada de sus cuartos, lo acompañan con las palmas, le gritan que qué sabor, le hacen coro. Las cincuentonas salen de la cocina con el cucharón en la mano, meneando las caderas. El niño levanta las manos pidiendo más, no sé cuándo aprendió a bailar así.

Página 39. (…) el ritmo de las negras Atrateñas al bailar y arreglar el pescado. Con ese ritmo arrancan las hojas de sauco, tejen sombreros, exprimen limones. Enseñan a los hijos a escribir. Bailando se limpian las lágrimas y rezan los domingos

En la página 93, un embera a quien la narradora llama “cholo” aparece quitándose un collar de lágrimas para ponérselo a Rossy, quien está muriendo:“sé que está perdiendo color, aunque su piel no se ponga pálida”.En contraste, la protagonista sí se sonroja, y no de cualquier manera, se sonroja con el color de las exóticas tierras de África, como se anota en la página 85. Algunos de estos estereotipos han sido cuestionados en múltiples espacios y desde hace al menos dos siglos, por lo que es particularmente curioso que la narradora recurra a ellos.

Página 105. Vinieron por la muerta, el trago y la comida; vestidos de domingo, con trenzas apretadas, dientes blancos, pecados inconfesables y ganas de bailar.

Página 149. No como muchacho de ciudad, sino como de pueblo con río.

La naturaleza de los estereotipos es reducir, limitar, definir a las personas de cierto grupo de una única forma. Aunque aparentemente remitan a ideas positivas, no existen estereotipos positivos. Existen tantas formas de ser negro como personas negras hay, no es posible hablar, ni siquiera, de una única cultura afro del Chocó. No hay una personalidad de muchachos de pueblo con río, no todas las personas afro gustan de bailar, ni tienen un tambor por dentro, las personas afro también palidecen, y no podría establecerse la diferencia entre un paraguas de ciudad y uno de pueblo.

Sobre el racismo

Podríamos decir que hay una conciencia antirracista y social expresada a lo largo del libro a través de sus comentarios. En la página 71 leemos:“no entiendo por qué, si hay tanta agua en el Atrato, a veces no tenemos con qué bañarnos. ¿No pueden conectar el río a las casas? Los adultos no saben nada.” En la página 109, sobre el popular comercial del blanqueador, dice: “No entiendo por qué siempre sale ella hablando de limpiar y por qué la ponen blanquita si debe tener un nombre más bonito como Rosaura, Nidia o Estela. Los adultos no saben nada. Pero seguro Blanquita sí sabe cantar alabaos.”

Página 25. Digo que me gustaría ser otra india o esclava, que me puedo pintar, que tengo un montón de collares de colores, pero no paran de reírse. Odio mi piel de lagartija, de hoja de cuaderno, por eso me toca el papel más aburrido y solitario. Ni siquiera sé cómo es un español. (…) Las esclavas se ponen faldas, se hacen trenzas y bailan como mariposas por todo el salón. Las indias, ya vestidas, se pintan figuras en la cara y se inventan palabras como wakiuj, miaje, jijibú. Mi vestuario es un desastre: la ropa del español me queda grande, en el pantalón caben dos niñas y la camisa, para un gigante. Una de las esclavas me presta una tela de colores que uso como correa. Doy pena.

Página 28.(dice Carmen Emilia) pero que la historia pesa y el blanco es blanco, hasta los nacidos en este país llegan aquí a tomar lo que no es suyo. A construir casas, montar negocios para que el negro les trabaje. Ellos que sí pudieron estudiar porque vienen de afuera. Dice que lo peor, después de todo lo que cuentan los libros de historia, es que a esta tierra no llegue agua potable, ni educación.

(…) Nunca alcanzaremos a pagar lo que ha sufrido el pueblo negro. Su hostilidad, el miedo, el desprecio tiene una causa profunda, añeja. Consecuencia. Cuando era pequeña las niñas hacían chistes acerca de mi cuerpo, pero nunca fue un rechazo, todo lo contrario: me untaron de ellas, me enseñaron a bailar con sus faldas, intentaron meter ritmo en mi piel. Mientras una niña me movía la cintura, otra hacía una trenza con mi pelo, para que se me quitara lo simple, eso decían.

El discurso se torna contradictorio. A lo largo del libro se evidencia la naturalización de las prácticas racistas en la cotidianidad: marcar una alteridad a partir del color, definir lo afro mediante estereotipos, mostrar lo blanco como superior en contraste con un afro o un indígena salvaje, ignorante y precario, acciones que remiten, como diría Morrison, ni más ni menos que a la esclavitud.

En la entrevista con El Colombiano la autora expresa: “hay un abandono total por parte del estado colombiano, de muchas instituciones y de los medios, que hace que se vaya quedando a la sombra un territorio inmensamente rico, no solamente lleno de paisajes y riqueza, sino de personas, de talento y otros factores que han sido descuidados.”

En la publicación de Efeminista del 10 de abril, Lorena Salazar Masso dice: “(la violencia) Es parte casi del día a día, tanto que en cierta forma te acostumbras a que ya está allí. Te acostumbras a vivir con el miedo. Yo no quería que estuviese de forma literal en el libro porque de eso ya hay otros muchos relatos. Además, para contar la violencia directamente están los telediarios y los libros de historia. Pero inevitablemente se va colando y se va metiendo en la historia de forma sutil. Y creo que al final esa forma sutil me daba más miedo. Es muy triste precisamente porque la situación y la posición del Estado contra la situación es la misma que hace unos años. Siempre ha sido la misma frente al territorio del Chocó. El territorito donde han habitado los negros en el Pacífico ha sido olvidado. Hay un abandono total por parte del Estado, cero importancia por parte del Gobierno central a este territorio. Las miradas solamente se dirigen allí para extraer y para sacar beneficio propio, pero no para ver en qué condiciones están las personas que viven allí. Es un tema super amplio, super complejo pero que era inevitable que no estuviese presente y que sigue pasando.”

A la pregunta ¿de qué manera influye el racismo en este abandono estatal? La autora responde: “Es un racismo estructural completamente descarado. Es terrible. Si la situación es igual hace tantos años que ahora, no hay excusa. Es un racismo directo y es muy triste porque todo el país es testigo y no hacen nada. Un solo territorio no puede hacer frente al abandono de todo un país. Es muy difícil luchar así.”

Angosta editores, por su parte, presenta el libro de la siguiente manera: “En Quibdó, una joven madre blanca se embarca en una canoa con su niño negro de cinco años. Empiezan un largo viaje hacia el norte por el Atrato. Las preguntas de los demás viajeros – y el viaje interior de la madre- nos revelan un dato desgarrador: la mujer que ha criado al niño casi desde su nacimiento, debe ahora entregárselo a su madre biológica, que vive en un pueblo lejano, río abajo. Este viaje por el corazón del Chocó, y por esa herida llena de peces, es un viaje en el que los protagonistas se dirigen al encuentro con su destino, y al encuentro con la historia más compleja y profunda del país donde vivimos”. Y la editorial Tránsito presenta el libro con la siguiente sinopsis: “Una madre y su niño viajan en canoa por el caudaloso río Atrato. La madre es blanca, el niño es negro. Entre manglares, frutas y trenzas, la narradora le va contando a la pasajera de al lado su infancia, sus recuerdos y cómo el pequeño llegó a su vida una mañana calurosa. La lancha avanza, la inquietud se acrecienta. La mujer preferiría no llegar o dar la vuelta.” Esta editorial menciona las etiquetas, como palabras clave, “Cuestiones raciales”, “Raza”, “Pacífico colombiano” y “Selva colombiana”.

Es claro que la autora tiene conciencia sobre las problemáticas sociales del Chocó y esto se hace evidente en el libro. En cuanto a lo que Angosta anuncia, se nota el interés por hacer un viaje al interior del Chocó, que al final no logra reflejar asertivamente la historia compleja y profunda del país donde vivimos. En cuanto al racismo, sólo se encuentra la mención de la autora de la expresión “racismo estructural” asociado al abandono estatal y las etiquetas usadas por Tránsito. Ni en el lanzamiento del libro en Colombia ni en otras entrevistas consultadas se aborda este tema para explicar cómo se configura el racismo estructural, ni las manifestaciones cotidianas del mismo, que son justamente las que observamos a lo largo del libro.

No me parece indispensable que todo lo que se escribe sobre el Chocó o el Pacífico colombiano deba contener una denuncia, o referirse a cierto tipo de problemáticas ni carecer de aspectos negativos. Ya es en sí mismo un hecho importante e incluyente que esta región sea narrada por autores nacidos acá o en otros lugares, pero ese mismo hecho queda empañado cuando la narración es racista, cuando se evidencia un desconocimiento profundo de la región y su gente, a pesar del manifiesto interés en visibilizarla, o cuando simplemente es usada como parte de una apuesta comercial.

Narrar heridas abiertas

La masacre de Bojayá es una herida abierta, no solo para las víctimas directas sino para el Chocó y para Colombia. La antigua iglesia, el Cristo mutilado, el telón con los nombres de las víctimas, entre otras cosas, se fueron convirtiendo en sagradas porque son símbolos del dolor que causa esa herida. Las víctimas de Bojayá y de toda Colombia no tienen la posibilidad de publicar libros con su versión de los hechos. Y sobre los libros que se publican, de ficción o no ficción, en los que se cuentan o se citan los hechos victimizantes, poco pueden decir porque difícilmente tienen acceso a ellos, o bien porque son territorios sin las herramientas ni la infraestructura para acceder y mucho menos para opinar.

¿Qué diría una víctima de Bojayá ante estas descripciones? ¿Qué sentiría?

Página 150. Me levanto y le pregunto al niño de qué color la ve. Sin dudar dice: color “barriga de perro callejero”.

Página 177. Piel negra entre madera, piel negra sangrando, piel negra muerta en el suelo de la iglesia de Bellavista. La iglesia color barriga de perro.

En esta cita de la página 177 la narradora acaba de darse cuenta que sobrevivió al estallido de un cilindro bomba en la iglesia de Bellavista, cabecera municipal de Bojayá, Chocó, observa a su alrededor, apenas intentando comprender lo que ha ocurrido mientras se refugiaban, desde hacía unos minutos, en aquel templo, y describe lo que ve. Y resulta que ella no ve a las madres, las abuelas, los padres o los niños y niñas que entraron a esa iglesia, no ve muertos, no ve víctimas. Ella solo ve pieles negras. Se toma una masacre real, en la que además no hubo blancos, de la que apenas en 2019, y después de 17 años, fueron devueltos los restos identificados de los muertos, y se reduce a sus víctimas a pieles negras tiradas en una iglesia color barriga de perro, y no de cualquier perro, se trata de un perro callejero. ¿Era necesario que la protagonista reconocida como blanca sobreviviera a una masacre real en la que solo hubo víctimas afro? ¿Era necesario reducir a las personas a pieles? Sobre este asunto no puedo dejar más que estas preguntas.

Si bien la literatura no tiene la responsabilidad de arreglar el mundo, tampoco debería seguir reproduciendo el racismo en sus distintas formas, ni seguir estigmatizando y narrando una región con una única versión.

Este libro tan reciente, respaldado por dos importantes editoriales en España y Colombia y que ha logrado rápidamente un eco internacional, presenta una oportunidad para abrir esta conversación que no se trata únicamente de Lorena Salazar Masso. Una novela, de hecho, es un producto en el que intervienen muchas manos. Editores, críticos, lectores, promotores de lectura, libreros, profesores, periodistas, medios de comunicación y, especialmente, las editoriales: todos debemos aprender a identificar y cuestionar el racismo en las narraciones, sea propuesto de forma consciente o inconsciente.

Necesitamos una literatura tan diversa como nuestro país, en la que todos y todas seamos narrados desde la misma diversidad de voces que nos conforman. Me preguntan con frecuencia qué hacer entonces. Pienso en que quizás haga falta que se escriba y se edite, como dice Morrison, suspendiendo la creencia de una “diferencia insalvable entre seres humanos.”

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Velia Vidal Romero


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