Columnas

El pescador de académicos (en tiempos de posconflicto)

En la oficina, el académico corregía con mecánica parsimonia los mismos trabajos del curso masivo de siempre, cuando de la portería llamaron porque un hombre lo buscaba a la entrada de la universidad. Se lo pasaron al teléfono. “Maestro, mire, yo vengo de lejos, no soy de la capital, leí su entrevista en el periódico […]

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Lucas Ospina

10.09.2015

Escalitas 2

En la oficina, el académico corregía con mecánica parsimonia los mismos trabajos del curso masivo de siempre, cuando de la portería llamaron porque un hombre lo buscaba a la entrada de la universidad. Se lo pasaron al teléfono.

“Maestro, mire, yo vengo de lejos, no soy de la capital, leí su entrevista en el periódico sobre eso que van a abrir en la universidad para ser maestros de la paz, es muy interesante, único en Colombia, sus respuestas me hicieron pensar muchas cosas, su palabra es muy valiosa y le da luces a alguien como yo, que me vine a la capital con una hija enferma, la traje en bus para una consulta urgente con un especialista, ella está muy débil y la quiero mandar en avión, yo me devuelvo por carretera, tal vez usted que conoce el país sabe de dónde vengo”.

El hombre mencionó un lugar cercano a un centro vacacional costero y, a tono con su acento, el académico afirmó conocer el sitio.

“Cuando usted vaya por allá pregunta por mí y yo lo atiendo, será un gusto, sobre todo por su altura, alguien que tiene el valor para hacer cuestionamientos tan grandes, valientes, que le cabe el país en la cabeza, me da pena molestarlo, pasé por una agencia de viajes cercana, me dicen que me faltan solo $40.000 pesos para el pasaje de avión. Si los pago antes de que acabe el día, mi hija puede viajar mañana en la mañana cuando salga del hospital, y yo pensé, mientras lo leía en el periódico, que tal vez usted, un maestro de la paz, que sabe del posconflicto, me pueda ayudar, sobre todo por su ética y su trabajo en una universidad tan comprometida y que es la mejor del país”.

El académico miró su billetera, bajo a la portería, puso su carnet universitario sobre la talanquera de seguridad y cruzó la barrera de torniquetes que lo separaban del hombre. El tipo era flaco, de piel oscura, con ropa barata y holgada, nueva, tal vez comprada de afán o prestada para viajar de un clima a otro. La conversación telefónica se volvió a repetir. Le entregó el dinero. Se despidieron.

“Usted debería dedicarse a la política, yo votaría por usted”.

Requisa

El académico sonrió, vio al hombre irse mientras a su lado se iniciaba la requisa que se hace con exclusividad a las empleadas de la empresa subcontratada por la universidad para el aseo, un ritual diario, de despedida, con el que la institución de educación superior muestra su grado de confianza por estas personas. Más adelante vio cómo el hombre cruzó entre los perros embozalados de los celadores que cuidan la integridad de los celadores que cuidan a la comunidad académica. Al final, el hombre se perdió para siempre mientras esquivaba los burros metálicos y conos con que la institución de educación superior invade la vía pública para evitar la contingencia de que lo público ponga en riesgo la seguridad de la institución de educación superior. El académico dio la vuelta, puso de nuevo su carnet sobre la talanquera de seguridad y cruzó la barrera de torniquetes que lo protegen del afuera y cuidan el ethos universitario. El académico subió las pacíficas escalitas de la institución de educación superior hacia su oficina para terminar de corregir con juicio los trabajos y continuar construyendo la paz junto a muchos otros profesores.

Perro-+-Burro

Días después, en la noche, en el coctel de apertura del programa que abrían de maestría, mientras el académico saboreaba con unos colegas las hors d’oeuvre y el vino, y comentaba con mezcla de sorna y escepticismo el discurso mesurado del Presidente cuando vino a la universidad para el evento solemne de lanzamiento del programa académico, un profesor de Arte contó una anécdota idéntica a la suya. La historia solo variaba en que lo que el hombre había leído en el periódico era una entrevista al artista sobre su exposición en una galería de arte contemporáneo muy apreciada donde se mostraban fotos de formas sublimes de arquitectura y ruinas estilizadas en los barrios informales del país, y no le faltaban cuarenta mil sino cincuenta mil pesos para el tiquete de avión. El colega del académico finalizó su historia con una moraleja tan reconfortante como autosatisfecha: las ideas trascienden los ámbitos de la academia, del arte, y le llegan al hombre de la calle.

El académico calló sobre su experiencia con el hombre, no dijo cómo pasó de analista de la vida a analizado y recordó la dictadura de clase, los comités, las investigaciones, los libros publicados, los artículos en revistas indexadas, los productos reportados y las distinciones conseguidas: cosas que se dicen y se hacen y se publican por ahí porque eso es lo que hay que hacer (“publicar o perecer”). Y cuando al fin aparece una voz entre la multitud, un desinteresado lector que se acerca a las firmes talanqueras de la institución de educación superior, no es más que un pescador de académicos que ronda la pecera universitaria con la vanidad como anzuelo.

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