El gerente más robado del mundo

Un robo, tan cinematográfico como absurdo, destruyó la vida de Marco Emilio Zabala. Él era el gerente del Banco de la República en Valledupar cuando en 1994 se robaron más de 24 mil millones de pesos, en el robo más grande en la historia de Colombia.

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Federico Sánchez Russinke

10.08.2015

“Hay un problema en el banco”. Esta fue la frase que le cambió la vida a Marco Emilio Zabala Jaimes, gerente de la sede del Banco de la República en Valledupar. El 17 de octubre de 1994, Marco estaba incapacitado en su casa por culpa de una otitis. Mientras esperaba que comenzara un concierto de Pavarotti por televisión, llegó Héctor Fabio Grajales, el subgerente, con una de las peores noticias que dice haber recibido hasta hoy: se acababan de robar 24.072 millones de pesos en billetes sin emitir de la bóveda principal.

Este es uno de los robos más grandes a un banco central en la historia, junto con el de Fortaleza Brasil en 2005 y el de Knightsbridge en Londres en 1987. Ese puente festivo se perdió tanto dinero que para el Banco de la República fue más fácil cambiar todos los billetes que recuperar lo robado. Semanas después del robo, los billetes aparecieron en distintas ciudades del país y se vendían en Cartagena, Barranquilla, Santa Marta y Bogotá, por un valor menor al de su denominación. Es decir, un billete de $10 mil pesos se podía comprar por $7 mil, uno de $5 mil por $4 mil y uno de $2 mil por mil pesos. Al ver que los billetes del robo aparecieron a lo largo y ancho del país, la junta del banco decidió retirar de circulación los robados y, en un tiempo record, puso a en la calle una nueva serie de billetes de $5 mil y $10 mil que sigue vigente hasta hoy.

La suma perdida fue tan grande que con ese dinero se podrían haber comprado 554 Mercedes-Benz C220, uno de los modelos más lujosos que había en el país y en el que se movilizaba el Gerente del Banco de la República en ese entonces. Ese día los ladrones no sólo se llevaron los billetes, también se llevaron la carrera, la libertad y hasta la pensión de Zabala.

Este hombre vivió la mayor parte de su vida en el barrio Muzú, un barrio obrero fundado por desplazados de ‘La Violencia’. Según su hermana Deyanira, ser el mayor de seis hermanos le inculcó desde siempre el valor de la responsabilidad. Fue el noveno gerente de esa sucursal. Era el responsable de la actividad monetaria en Valledupar y todo el departamento del Cesar. Tenía a cuestas una entidad que, además de representar la banca central, era el principal generador cultural en la ciudad. Siempre fue calificado como un hombre juicioso, responsable, culto y educado. Fue un alumno destacado en el colegio, comenzó a trabajar desde los 15 años, se graduó como contador de la Universidad Gran Colombia y entró a trabajar en el Banco de la República. Su buena gestión hizo que le fuera auspiciada una Maestría en Administración de Negocios en la Universidad de los Andes. Su carrera en el banco se vio interrumpida unos años cuando se fue a trabajar a la filial local de Mobil, una de las mayores petroleras del mundo, pero al poco tiempo le ofrecieron volver para trabajar en la sede de Barranquilla. Luego de un pequeño paso por Bogotá, fue nombrado como gerente de la sucursal del Cesar, en 1993.

Todo su trabajo se fue al traste cuando Miguel Urrutia, gerente general, lo despidió un día antes de tener un debate de control político en el Congreso de la República, donde aseguró que había destituido a los funcionarios responsables. “Ese robo acabó no sólo con la vida de él, sino también con la vida de la familia”, cuenta Deyanira. Y es que Marco no solo ha respondido por sus hijos, Juan Diego y Miguel Ángel, sino también por sus padres, Hernán y Cecilia. “Mi papá no sólo piensa en nosotros, el ayuda siempre a toda la familia”, asegura Miguel Ángel, el menor de los hermanos Zabala. Para sus allegados esto fue un atropello de la justicia, todos coinciden en que él jamás habría hecho algo así. “Es un hombre serio, responsable, que amaba ese banco. La única forma en que él nos levantaba la voz era si hablábamos mal del Banco de la República”, añade Deyanira. “Él sufrió mucho, porque todo se le fue cayendo a pedazos, primero le quitaron la oficina, luego el puesto y después le quitaron la libertad”, cuenta Dorly Sánchez, ex coordinadora cultural en Valledupar y amiga personal de Marco.

En busca del oro perdido

“Todo el edificio olía a quemado”, recuerda Marco. Él y el subgerente se encontraron con los agentes de policía en la entrada del banco, entraron al ascensor central y bajaron hacia el sótano. Al abrirse la puerta el olor a quemado era más fuerte, el agua con la que enfriaron los quemadores se colaba por la puerta. “Todo el sótano estaba inundado”, apunta. Ninguno daba crédito a lo que veía. La puerta de la bóveda estaba completamente intacta, no tenía un solo rasguño, los ladrones se metieron por una pequeña ventana de seguridad, que era usada por si alguien se quedaba encerrado dentro de la bóveda. En el piso se encontraron, según el diario El Tiempo en su edición del 19 de octubre de ese año, 23 botellas de oxígeno (17 de 60 libras y 6 de 40), una botella de acetileno, más de 35 metros de cable trifásico, dos compresores de aire, un extractor, un mazo, un par de guantes quirúrgicos, un barretón, destornilladores, pinzas, llaves de tubo, alicates y forros plásticos negros.

Poco más de 22 horas antes de que Marco se enterara del robo, una docena de personas entraron en un viejo camión Dodge 300 de color rojo, que se apagó a la entrada del sótano. El conductor recibió la ayuda de varios transeúntes que, en un acto de buena ciudadanía, empujaron el carro para que prendiera y pudiera terminar su recorrido, mientras tanto, el grupo de delincuentes esperaba en la parte de atrás del carro en completo silencio, nadie los podía oír.

"El celador cómplice del robo no salió, se hizo amarrar, con unos palos de escoba recubiertos con plastilina simulando que era dinamita"

Una vez el carro estuvo adentro, dieron con la bóveda sin mayores dificultades gracias a un celador cómplice. Era domingo en la mañana y el edificio estaba vacío. El celador, apagó el moderno sistema de seguridad con el que contaba la sucursal para que no hubiera registro alguno. Luego de varias horas luchando contra el metal reforzado, este cedió y pudieron abrir la bóveda. Nunca tocaron la puerta principal, todo se hizo por aquella pequeña ventana. Empezaron a cargar el camión con los paquetes de billetes y lo llenaron al tope, tanto que casi no puede salir del sótano. Cuando Marco entró, además del desorden de herramientas que había en el piso, encontró billetes tirados por todas partes y al asomarse por la pequeña ventana de seguridad, vio como habían dejado un rastro con ellos. “No se lo llevaron todo porque no les cabía, ellos no sabían cuanto había en la bóveda”, recuerda. El celador cómplice del robo no salió, se hizo amarrar, con unos palos de escoba recubiertos con plastilina simulando que era dinamita, a una escalera dentro de la sala de control del sistema de seguridad, que curiosamente había recibido mantenimiento quince días antes al robo. Frente al banco se encontraba el desaparecido Teatro Royal y, en esa tarde de domingo, se proyectaba la película protagonizada por Billy Crystal y Daniel Stern, ‘En busca del oro perdido’.

Al día siguiente llegó el gerente general del banco, Miguel Urrutia, y según Marco, no le dirigió la palabra durante toda su estadía en Valledupar. “Cuando él llegó me apartó, me quitó la oficina, me tocó darle hasta el carro”, dice. En ese momento, Marco era el principal afectado, era el responsable de la plata, del banco y de todo. Los medios de la época recuerdan como él y las directivas guardaban completo hermetismo, no decían mayor cosa ni respondían al teléfono. Pero Marco recuerda que no lo dejaban hablar con nadie, lo tenían vigilado y era principal sospechoso.

El único sacrificado

Desde que entró a trabajar al banco él siempre soñó con dirigir una sucursal. Una de ese órgano nacional que tiene la responsabilidad de cuidar el dinero del país y de regular el hay en la calle. Él quería ser parte importante del banco de bancos. Pero ese sueño lo llevó a pasar diez meses en la cárcel Modelo y otros 23 en su casa. “Todo fue responsabilidad de algunos que necesitaban un chivo expiatorio”, asegura. Inicialmente la Fiscalía lo acusó de ser cómplice, pero casi tres años después se corroboró su inocencia. El Juzgado Cuarto Penal de Bogotá lo absolvió el 10 de junio de 1998. Elkin Susa, uno de los que fraguó el plan para robar el dinero de la bóveda, aseguró, en el programa Los Informantes de Caracol Televisión, que Marcó no tuvo nada que ver. “Ese señor es totalmente inocente”, señaló. Irónicamente, durante su paso por la cárcel, Marco se encontraba en el mismo pasillo de Claudio Villarraga, otro cómplice de este caso. Hoy en día él adelanta un proceso legal con el que pretende recuperar parte de los daños morales y personales que le dejó el paso por la Modelo.

Una fuente cercana al banco, y al caso, asegura que Marco sólo tiene intereses económicos detrás de todo esto. “El señor Zabala sólo busca sacarle plata al banco, porque él ya tuvo la indemnización y quiere más”. Para Marco esta afirmación es una total ‘desfachatez’. “Yo sólo busco ser recompensado por todo lo que perdí, como mi buen nombre y eso no se recupera. Yo pasé por la cárcel de manera injusta y mi familia quedó afectada. Todos perdimos en este caso”. Afirma que en los cuatro grandes robos que ha sufrido el Banco de la República, él ha sido el único gerente sacrificado. En 1973 se robaron 41 millones en Cartagena; en 1977, 82 millones en Pasto; 3 mil millones en Bogotá en 1991, y los 24.072 millones del robo de Valledupar.

Si bien el Banco tuvo que cambiar los billetes porque rastrearlos era casi imposible, no perdió dinero y las aseguradoras respondieron por cada peso. La tarea fue difícil, pero no tanto como para Marco, que nunca pudo conseguir otro empleo, le tocó rebuscarse como contador y con la ayuda de algunos amigos salió adelante. Toda esa vida de logros que había conseguido con años de estudio y trabajo desapareció ese puente festivo. Hoy disfruta de media pensión, vive sólo y recuerda con cierta tranquilidad ese pasado oscuro. Pagó por un robo que no cometió.

 

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