Un nombramiento impresentable

Parece que el Presidente estuviera contando los días para ser expresidente sin haber llegado nunca a entender cómo poner el poder de la presidencia al servicio del país, sino, acaso, al servicio de sus allegados.

por

Luis Carlos Reyes

@luiscrh

Director del Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana, profesor y doctor en economía


04.09.2021

Es impresentable que Iván Duque haya nombrado a Alberto Carrasquilla como codirector del Banco de la República, así sea cierto que nombrar a Carrasquilla no necesariamente implique un riesgo económico a corto plazo. 

La Junta Directiva del Banco de la República tiene siete miembros que, de manera unánime, toman decisiones que afectan los bolsillos de todos los colombianos por dos vías. Por un lado, regula la inflación. Muchos aún recordamos cómo, hasta finales de los 90, la inflación redefinía drásticamente durante el transcurso del año el poder adquisitivo de los salarios. Es gracias a las políticas responsables del Banco que ahora en Colombia tenemos niveles de inflación comparables a los de los países del primer mundo. 

Por otro lado, el Banco también utiliza la política monetaria para suavizar los ciclos económicos, para que las subidas –en épocas de vacas gordas– no sean tan drásticas y las bajadas –en recesiones económicas como la que estamos viviendo– tampoco lo sean. La política monetaria bien empleada puede fomentar el empleo en épocas en las cuales el desempleo es alto, si bien su uso es delicado ya que hay que tener en cuenta los riesgos inflacionarios que esta puede implicar. El trabajo del Banco es, precisamente, lograr este delicado balance. 

Algunos podrían pensar que Carrasquilla, catalogado por algunos economistas como ‘ortodoxo’, podría llegar a la Junta del Banco para privilegiar el control de la inflación sobre políticas que fomenten el empleo. Otros podrían pensar que dado que, con Carrasquilla, el Gobierno suma seis de los siete puestos en la junta directiva afines a él, el Presidente podría ‘aprovechar’ para presionar para imprimir más billetes para gastar más dinero (que es lo que en la práctica se hace cuando el Gobierno emite bonos de deuda y el Banco de la República imprime los billetes para comprar esos bonos). 

"Casi todas las normas se pueden cumplir con tecnicismos aunque en realidad se esté pasando por alto su espíritu"

Imprimir billetes para financiar el gasto público no parece ser el objetivo de este Gobierno. El riesgo del nombramiento en la junta de tantas personas sumamente afines al Gobierno es otro: el deterioro en el compromiso institucional del país con la independencia del Banco de la República. 

Es cierto que este nombramiento no viola ninguna norma. Duque tuvo la oportunidad de nombrar más codirectores del Banco que otros presidentes porque algunos renunciaron y a otros se les acabó su periodo. Pero también es cierto que casi todas las normas se pueden cumplir con tecnicismos aunque en realidad se esté pasando por alto su espíritu. 

El Presidente pudo haber buscado a una persona sobre la que hubiera más consenso, que fuera menos afín a él y a su Gobierno que Carrasquilla, el arquitecto de las políticas económicas (fallidas en su mayoría) de Iván Duque. 

Pudo, por ejemplo, haber buscado a una persona más coherente. Tal y como lo recordó en una reciente columna Leopoldo Fergusson, Carrasquilla recomendó que los Gobiernos no pudieran nombrar en ese cargo a funcionarios o a personas vinculadas al él en los dos años previos, pero pese a su propia recomendación no le vio problema a aceptar el cargo. 

Pudo hacerlo, y sin embargo, no se aguantó las ganas de nombrar a Carrasquilla, tan claramente relacionado con él y con su gobierno. Y eso sienta un precedente peligroso para que otros presidentes puedan hacer lo mismo. 

Es difícil entender la decisión del Presidente. Nombrar al ex ministro que diseñó e impulsó la reforma tributaria que desató un estallido social no tiene sentido político ni económico. Lamentablemente, parece que el Presidente estuviera contando los días para ser expresidente sin haber llegado nunca a entender cómo poner el poder de la presidencia al servicio del país, sino, acaso, al servicio de sus allegados.

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