Las mujeres cantadoras de alabaos en Bojayá han hecho del canto a los muertos un hilo que narra la historia de la guerra y la paz en su territorio. Estas mujeres negras acompañan los tránsitos entre la vida y la muerte, hacen del duelo un trabajo comunitario e hilan con sus cantos la memoria de las luchas por la paz de su pueblo y todo un país.
por
Natalia Quiceno Toro y Alicia Reyes Londoño
Natalia Quiceno Toro – Universidad de Antioquia; Alicia Reyes Londoño – Universidad Federal de Bahía
26.05.2026
Comunidad de Pogue. 2019. Fotografía Alicia Reyes
Muchas de las cantadoras han aprendido a cantar desde pequeñas, mucho antes de comprender del todo lo que significaban esos cantos: en los velorios, en la insistencia por acompañar a sus mayoras, en los consejos de madres y tías y también, como ellas mismas cuentan, en los sueños. En ese mundo interno, el canto no se enseña como una técnica formal, sino como una experiencia que se encarna. Muchas recuerdan ese momento inicial en el que dudaron antes de cantar por primera vez, hasta que alguien —una madre, una abuela, una tía— las empujó con una frase que se repite como una consigna: “¡cante, mija, cante duro!”. Así se sostiene una tradición que no depende solo de la memoria, sino de una red de mujeres que cuidan, corrigen y alientan.
Río Bojayá arriba en la región del Medio Atrato, encontramos la comunidad de Pogue, una comunidad rural que vio nacer a Rosario, Oneida, Cira, Floriana, Rosmira, Eugenia, Luz Marina, Ereiza, Máxima, Linda, Salvadora, Idali, Emilia, Clemencia y muchas otras que han hecho de sus voces fuerza colectiva. El alabao es un canto propio de los rituales mortuorios de las comunidades negras en la región del pacifico colombiano. Son cantos que datan del siglo XVII y conjugan en sus tonadas y versos una larga historia de encuentros culturales. Los alabaos fueron incluidos en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la nación en el año 2014. Son historia y patrimonio, pero, sobre todo, una poética que le da forma al duelo en los pueblos negros.
Cantadoras Comunidad de Pogue.2014. Fotografía Natalia QuicenoSemillero de Alabados Pogue. 2019. Fotografía Natalia Quiceno
La masacre de Bojayá dejó, hasta ahora identificados, 102 víctimas mortales, fue uno de los más cruentos crímenes cometidos en medio de la guerra en Colombia el 2 de mayo del 2002. Un crimen que, como suelen recordar los pobladores de la región, fue responsabilidad de la ex guerrilla de las FARC-EP, los paramilitares y el Estado colombiano, todos actores implicados en los enfrentamientos que tuvieron lugar ese día a orillas del río Atrato y desembocó en los acontecimientos que ya han sido documentados por procesos de memoria desde las comunidades con instituciones como el Centro de Memoria Histórica, La Comisión de la Verdad, entre otras.
Desde el primer año de la conmemoración los cantos pusieron tonada y palabra a lo que el pueblo bojayaseño estaba viviendo, a la historia que un acontecimiento atroz develaba, pero también a las memorias y geografías que ocultaba. Con el tiempo, estos cantos comenzaron a moverse, a salir del río, a recorrer otros territorios.
Un recorrido en las voces que narran más de 20 años de historia
Aquí queremos invitarles a un viaje sonoro a partir de tres cantos que hablan de las diversas temporalidades y demandas que han tenido las luchas por la paz en la voz de estas mujeres: el canto que conmemora los 10 años de la masacre de Bojayá el 2 de mayo de 2012 cuando aún no se había instalado oficialmente la mesa de diálogos de paz con la guerrilla de las FARC, el canto de la firma del Acuerdo de Paz en la ciudad de Cartagena el 26 de septiembre de 2016, y uno de los cantos que acompañó los rituales mortuorios de la entrega digna y el entierro final el 18 de noviembre de 2019, 17 años después de ocurrida la masacre.
La víspera de la conmemoración se comenzó a sentir de manera más intensa una semana antes cuando empezaron a llegar delegaciones de diversos lugares del país. Las primeras en llegar fueron las profes de teatro quienes iniciaron un trabajo intensivo con jóvenes del pueblo para montar una obra alusiva a los 10 años de la masacre. Simultáneamente, mientras unos comenzaban a llegar, algunos representantes locales, comenzaban a salir para el foro que se llevaría a cabo en la capital, entre ellos otro músico importante, Domingo Chalá Valencia quien con sus composiciones mostró al país las duras condiciones en las que se encontraban los muertos caídos en la masacre.
Días seguidos se veían aterrizar más avionetas de lo acostumbrado, los hombres uniformados se multiplicaban y periodistas de todos los medios llegaban cargados de aparatos y tecnología para grabar, iluminar, transmitir en vivo y hasta montar sus propias versiones de los acontecimientos. La conmemoración de los 10 años de la masacre, se pensó como un evento que debía combinar de manera adecuada las cuestiones políticas y religiosas. En ese agite político, ante un público concurrido y diverso estaban las cantadoras para poner su canto, el alabao esa expresión que conjugaba la fuerza de esos dos mundos que debían equilibrarse, las demandas ante un estado indiferente aún frente a muchos llamados por justicia y reparación, así como la labor del cuidado de los muertos como cada año de conmemoración.
Hoy se cumplen los diez años
y a Dios le pido Perdón
Por la memoria de los muertos,
que nos dé su bendición
Respetado presidente,
le vamos a pedir el favor
Que hable usted con los armados,
no queremos más dolor
Nosotros los campesinos
no conocíamos armados
Llegaron a Bellavista
muchas víctimas dejaron
A Dios le pido perdón
Y él nos sabrá perdonar
Pa’ que acá en nuestras regiones
nunca más vuelva a pasar
Nosotros los campesinos
vivimos muy asustados
Con violencia e inundaciones
y muchas veces desplazados
Oiga señor presidente
le quiero manifestar
El pueblo de Bellavista
nada más no es el Bojayá
Esa primera década de conmemoración implicó muchos balances y discusiones previas para hacer memoria. Fue una conmemoración especialmente divulgada por los medios de comunicación y con muchos visitantes de diversas instituciones. El canto que apela al presidente para hacer un llamado a las conversaciones con “los armados” es un canto que anuncia, de alguna manera, algo que meses después sería público, la instalación de la mesa de diálogos por la paz en La Habana, Cuba, en octubre de ese mismo año. El canto que invitó a los diálogos también puso en la escena pública la diversidad del pueblo bojayaseño, un pueblo afro e indígena que vive los daños causados por la guerra, antes y después del 2 de mayo, en Bellavista –cabecera municipal- pero también en las comunidades rurales.
El 26 de septiembre de 2016, Cartagena se convirtió en el escenario de la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC. Ese día, en medio de delegaciones internacionales, representantes del Estado, comandantes guerrilleros, víctimas y medios de comunicación, se buscaba marcar el cierre de una guerra de más de cinco décadas.
En ese mismo espacio estaban también las cantadoras de Bojayá.
“Le damos la bienvenida a las alabadoras de Bojayá, un grupo de mujeres que se vestían de negro, de luto, para cantarle al dolor de la guerra, y que ahora le cantan a la esperanza de la paz”. Con estas palabras, la periodista Mabel Lara las presentó ante el país y el mundo.
Para ellas, el escenario no era menor. Venían de cantar en velorios, en espacios donde el canto acompaña el duelo. Ahora estaban ante quienes habían ejercido la violencia sobre su territorio desde diversas orillas y ejércitos. Oneida Orejuela, compositora de uno de los alabaos que se interpretó ese día, recuerda ese momento:
“Y yo dije: ‘Dios mío, ¿será que nosotras vamos a salir mal en este escenario…?’, y el corazón se me puso grande y los ojos más grandes de lo que los tengo. Pero yo dije: ‘Señor, haga la obra en mí’. […] Cada una tenía su micrófono, y yo di un suspiro, un suspiro grandote… y ese suspiro como que me echó el miedo atrás” (comunicación personal, 7 de abril de 2019).
Nos sentimos muy contentos
llenos de felicidad
que la guerrilla de las Farc
las armas van a dejar
[Coro]
Santa María danos la paz
Santa María, danos la paz
Nos violaron el derecho
en nuestra comunidad
ni a la pesca ni al trabajo
no nos dejaban llegar
[Coro]
Queremos justicia y paz
que venga de corazón
pa’ que llegue a nuestros campos
salud, paz y educación
[Coro]
Al presidente Santos
venimo’ a felicitar
por su grande valentía
y a trabajar por la paz
[Coro]
Hace 500 años
sufrimo’ este gran terror
pedimos a los violentos
que no más repetición
[Coro]
El canto que ese día interpretaron las cantadoras nombraba la alegría por el anuncio del desarme de las FARC, y al mismo tiempo hacía visibles las condiciones concretas que las comunidades esperaban transformar: garantías básicas para la vida en el territorio.
Para Oneida, ese momento estuvo atravesado por una esperanza profunda. Sentía que la vida en sus comunidades podría transitar sin el miedo constante, sin los atropellos que habían marcado su historia. Cantó —como ella misma dice— con el corazón abierto, creyendo que ese acto anunciaba un tiempo distinto.
Sin embargo, en sus versos también aparece una pregunta directa al Estado: qué iba a pasar con los otros grupos armados, con las otras violencias que seguían presentes en el territorio. La intervención de Luz Marina Cañola ese mismo día refuerza esa inquietud: la paz no podía reducirse a un solo acuerdo si las condiciones estructurales del conflicto permanecían:
Nosotros queremos paz
y por estas alabanzas
es que hemos venido acá
Oiga, señor presidente
hágasenos para acá
y con esos otros grupos
díganos qué va a pasar
Con esta nos despedimos
no dejamos de pensar
las víctimas de Colombia
no las podemo’ olvidar
En ese sentido, el alabao fue también una advertencia. Las cantadoras señalaron, en ese mismo escenario, que la firma del acuerdo abría una posibilidad, pero no cerraba el conflicto; que la paz, para ser real, tenía que sentirse en los ríos, en los campos, en la vida cotidiana de las comunidades.
Años después, esa advertencia cobra otro peso. En Bojayá y en el Medio Atrato, la presencia de otros grupos armados, las amenazas y el confinamiento de las comunidades muestran que muchas de esas demandas siguen sin resolverse. Lo que en 2016 se cantó como esperanza también contenía, en sus palabras, una alerta temprana. Como lo han señalado líderes de la región, aunque las advertencias no siempre sean atendidas, el canto deja claro que la comunidad no guardó silencio.
El 18 de noviembre de 2019, Bellavista volvió a reunirse alrededor de sus muertos. Diecisiete años después de la masacre del 2 de mayo, los restos de las víctimas regresaban al territorio para ser enterradas de manera digna. Los cuerpos que durante años habían permanecido en fosas comunes, sin identificación clara, volvían ahora a sus familias. Este acontecimiento tiene detrás la lucha constante de la gente bojayaseña por dignificar a sus muertos y un trabajo político arduo de los representantes de las víctimas quienes logran que el 17 de octubre de 2015, en la mesa de diálogos de paz en La Habana se emitiera el comunicado 62 donde, el caso de Bojayá, es uno de los priorizados para búsqueda de desaparecidos.
Los cuerpos de las personas de Pogue viajaron por el río hasta su pueblo, donde tuvieron su velorio y el deshacer de sus pasos. En el regreso hacia Bellavista, los botes se detenían en cada comunidad a la orilla del río: la gente esperaba con banderas blancas para despedir a sus paisanos. En cada parada, las mujeres colocaban un canto. El río Bojayá se llenó de canciones.
Finalmente, los cuerpos llegaron a Bellavista Nuevo, donde fueron entregados a sus familias durante la semana. El 17 de noviembre se realizó el velorio y, al día siguiente, el entierro. Todos fueron sepultados en el mausoleo construido en la entrada del pueblo. Durante esos días, el canto no se detuvo. Todos los días había un motivo para cantar y acompañar, para sostener un dolor que volvía a hacerse presente, pero también para dar alivio: el de la despedida y el duelo. “Vamos a cantar desde que lleguen los cuerpos a Bellavista, hasta el último día”, había dicho Luz Marina días antes. Y así fue. Cada noche hubo cantos. Algunas mujeres se quedaban despiertas, otras dormían por momentos y luego retomaban.
Durante esa semana, el pueblo se preparó para velar y enterrar a sus muertos. En el coliseo, alrededor de cien cajones de madera, blancos y cafés, fueron dispuestos con flores, velas y fotografías. En el centro, el Cristo mutilado de Bojayá. Sobre ellos, una tela blanca: “Las víctimas de Bojayá descansen en paz”.
En medio de ese velorio, Oneida Orejuela llamó a la prensa. Les pidió que grabaran. Lo que iba a cantar —dijo— tenía que ser escuchado.
Ya llegó la Fiscalía
Y Medicina Legal
Haciéndoles la custodia
Y los puedan enterrar
[Coro]
Para siempre seas bendito
y hoy vamos a recordar
Esta masacre tan grande
que ocurrió aquí en Bojayá
Los señores de la prensa
Que no dejen de filmar
Que digan al presidente
Que esto aquí no va a acabar
[Coro]
Que con los ojos aguados
Aquí los vamo’ a esperar
Y los que no han ‘parecido,
Continúen a buscar
[Coro]
El caso de Jorge Luis
No tiene comparación
Que le quitaron la vida
Por servi’ a la población
[Coro]
Adiós, padre Jorge Luis
Iñingo su compañero
Por servirles a los pobres
Los mandaron para el cielo
El canto de ese día no solo nombraba lo que estaba ocurriendo, también aquello que aún no terminaba de resolverse. La llegada de la Fiscalía y de Medicina Legal, la custodia de los cuerpos, la posibilidad de enterrarlos: todo aparece en los versos como parte de un proceso que, aunque necesario, llegó tarde. Diecisiete años después, las familias podían por fin despedir a sus muertos, pero lo hacían luego de una espera prolongada y en medio de una violencia que no se había detenido.
Al pedir a la prensa que grabara, Oneida señalaba la necesidad de que ese momento no quedara reducido al ámbito local, de que fuera escuchado por el país, por el Estado. El alabao volvía a operar como una forma de denuncia, como un registro de lo que seguía pendiente. En ese mismo sentido, el canto insiste en la búsqueda: nombra a quienes no han aparecido y exige que el trabajo continúe. La entrega digna no es completa mientras haya cuerpos sin identificar y familias sin respuesta.
Para quienes miraron la masacre desde afuera, pudo haber sido una noticia más, un hecho dentro de la historia del conflicto armado en Colombia. Para Bojayá, en cambio, no es un episodio cerrado. Es una experiencia que transformó la vida del pueblo: en los cuerpos, en la salud, en el miedo persistente, en el desplazamiento.
Camino a velorio en Pogue y Última novena. Entierro final 2019. Fotografias Natalia Quiceno
El viaje sonoro que hila una lucha por la paz, la memoria y la dignidad continúa hasta hoy. Las cantadoras, sus cantos, lo que comunican y lo que nos enseñan en las formas de crear, siguen reivindicando la necesidad de construir la paz en Colombia, una paz que se hace navegando, compartiendo el dolor, imaginando futuros de mayor justicia y autonomía. Ese tránsito ha implicado transformar prácticas, ensayar, decidir qué cantar y cómo hacerlo, pararse en escenarios donde ya no está el muerto que ordena el cuerpo y el sentido del canto. También ha significado reorganizar la vida cotidiana: dejar la casa, los hijos, el trabajo en el campo, para poder salir.
Cada viaje tiene detrás una red de cuidados, de acuerdos, de renuncias pequeñas que hacen posible que los cantos lleguen a otros lugares. En ese ir y venir, los cantos han ido abriendo espacios de diálogo. Hoy lo que se canta en Pogue o en Bellavista puede ser escuchado en otros lugares del mundo. El alabado en sí mismo encarna un viaje de lo fúnebre a la memoria histórica, del río Atrato al mundo, de la guerra a la paz. Su poder expansivo hoy se vive en las voces de las nuevas generaciones que no renuncian a ritualizar la muerte y buscar la paz.