El no lugar de los emberá en Bogotá

El Parque Nacional Enrique Olaya Herrera, en Bogotá, se ha convertido en una bisagra marcada por narrativas violentas entre la ciudad y los emberá. Representa el “no lugar” de una comunidad estigmatizada y su lucha por habitar dignamente.

por

Gabriela Herrera y Daniela Acosta Celis

periodista


24.04.2026

Portada: Alex Jiménez M

¿Cuál es el lugar de los emberá en Bogotá?  

Orlaby, Doris y Héctor, tres jóvenes chamí, fueron parte de un intento de desplazamiento al Parque Nacional. En la última semana de noviembre de 2025, su tío Jairo Borocuara, uno de los líderes de la comunidad embera chamí en Bogotá, convocó un asentamiento en el que participaron poco más de veinte personas. Entre ellos había aproximadamente doce niños. En los titulares quedó registrado que este estaba “exigiendo millones para no ocupar el parque”, como si sus requerimientos en la negociación fueran chantajes. 

Cuando hablamos con Jairo días después, negó esas versiones. La familia ya había participado del desplazamiento masivo de los emberá en el parque nacional en 2024 pero habían salido allí con promesas de ser reubicados a una tierra en Jerusalén, Cundinamarca. Sin embargo, este proceso, explicó, acababa de ser archivado sin justificación, y ahora les ofrecían una nueva tierra en Risaralda. No obstante, debido al conflicto, Jairo insiste en que allí no se puede sembrar ni vivir: “Allá en Risaralda la tierra no está buena. Y acá nos dijeron que ya nos habían dado albergue, que ya nos habían dado alojamiento en apartamento, y que dizque ya no tenemos derecho a nada, que no nos van a apoyar más. Pero lo que pedimos es un espacio para no molestar, para vivir mientras la reubicación es real. Eso es lo que queremos”. En ese proceso, relata, intentaron llevarse por la fuerza a los niños: “Iban a quitárnoslos a la brava. Las ayudas eran solo para ellos, pero no resolvían nada para el resto de la familia”. 

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Cuatro jóvenes emberá dóbida desafían a su comunidad al perseguir un “sueño de blancos”: hacer rap emberá en Bogotá. Desde la UPI La Florida, buscan representar a su gente mientras se alejan de una juventud marcada por la calle y el rechazo.

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En el desplazamiento al Parque Nacional del 2022, Ketoato y Ragüi, otros jóvenes emberá dóbida, se conocieron entre los árboles y las carpas en medio de 1.500 personas. Ragüi apenas comenzaba a aprender español. Ketoato ya conocía la ciudad desde los 14 años. Entre cientos de titulares, ninguno registró que dos adolescentes hicieron amistad a través del rap en medio de discursos técnicos y promesas institucionales que no eran para ellos. 

Antes de llegar al parque, estas familias habían intentado asentarse en múltiples espacios. Desde inicios de los 2000, las comunidades emberá han migrado forzosamente hacia la ciudad, instalándose en soluciones habitacionales precarias en sectores como San Bernardo y Las Cruces. Su sostenimiento combina subsidios estatales, economías informales y trabajo artesanal, en una inserción urbana marcada por la inestabilidad y la exclusión.  

En 2020 algunas comenzaron a asentarse en el Parque Nacional y el Parque Tercer Milenio como modo de protesta para exigir garantías de seguridad en sus territorios y apoyo económico estatal. En 2022, a través de mesas de concertación surgieron acuerdos con las autoridades distritales que terminaron en la creación de los alojamientos temporales como la UPI La Florida y la UPI La Rioja. 

Un informe de la Defensoría publicado en 2023 sobre la comunidad emberá señala que “se han organizado ocho retornos desde 2012 a 2018”. Para 2024, había un total de diez intentos de devolver a las comunidades a sus territorios, esfuerzos que evidentemente han fracasado pues las comunidades siguen aquí. 

En febrero de 2025, realizamos una reportería para profundizar en las condiciones de vida en los alojamientos temporales. Allí no solo encontramos hacinamiento, precariedad y graves deficiencias sanitarias. Registramos que desde 2023 ya existían alertas sobre riesgo de colapso estructural, mal manejo de residuos y falta de agua potable, como lo evidencia una sentencia de tutela de la Personería de Bogotá sobre la UPI La Rioja. 

Frente a este panorama, las comunidades han manifestado su inconformidad en el espacio público, siendo el Parque Nacional Enrique Olaya Herrera su principal punto de encuentro. No solo porque su ubicación es estratégica, es decir, cercana a las zonas donde históricamente se han asentado, sino porque allí encuentran condiciones mínimas para subsistir sin depender por completo de una institucionalidad que, señalan, ha sido intermitente e insuficiente. 

En el parque, dicen, hay agua de las quebradas donde pueden bañarse sin esperar las tuberías, buscan  leña para cocinar sin depender de los cilindros de gas del Distrito, reciben alimentación esporádica de la gente o rebuscan en la calle. Por ejemplo, según Jairo Borocuara, uno de los líderes emberá chamí, hay una razón más: “no hay vías grandes cerca, así que los niños pueden estar tranquilos”. 

Ahora bien, negar los problemas sería irresponsable: los desplazamientos han implicado la muerte de menores, han impedido un proceso escolar normal, y en general, el desgaste de una ciudad que no está diseñada para albergar desplazamientos prolongados. 

Pero falta una discusión más profunda: ¿qué preguntas hacen hoy los medios para contar a una comunidad que ya no es “recién llegada”, sino parte de la ciudad? ¿Qué implica para Héctor, Orlaby y Doris crecer con el estigma de que su familia y su comunidad aparezcan en los medios como una amenaza para los bogotanos? ¿Ofrece la ciudad a Orlaby un entorno que le permita soñar con ser profesora de matemáticas sin renunciar a sus raíces? ¿Qué oportunidades dignas hay para los jóvenes dóbida que están siendo rechazados por sus comunidades por intentar pertenecer a unas dinámicas urbanas? ¿Por qué los hijos de Claudia Queregama, una joven lideresa emberá katio, ya no quieren volver a su territorio y cómo una ciudad está apoyando a una madre para incentivar la cultura emberá a sus hijos? 

Pero los medios y entidades se quedan en las mismas declaraciones y titulares: “Hay una ocupación del espacio público”, “Vuelve y juega: los emberá se toman el parque nacional”, entre otros.  

Tras el último desplazamiento de comunidades emberá a finales de 2025, el Parque Nacional ha permanecido cerrado por la Alcaldía de Bogotá para evitar nuevos asentamientos.

Mientras tanto, estas comunidades continúan desplazándose por la ciudad y exigiendo respuestas a entidades nacionales. La más reciente fue en la Agencia Nacional de Tierras. 

Tal vez la pregunta no sea cuándo se van. 

Sino por qué siempre tienen que volver. 

Y para quienes ya viven, estudian y crecen en Bogotá: ¿cuál es su lugar?  

*Esta columna de opinión hace parte del especial Kundrara Bogotá: Ser joven emberá en la ciudad. 

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Gabriela Herrera y Daniela Acosta Celis

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