Mi Colombia es una canción no terminada

Mi Colombia es una mezcla de joropos, cumbias, rock, reguetón, mapalé, champeta, violencias, miedos y rebeldías con tonada del abuelo, la abuela, mi mamá… y dice así…

por

Luna Sierra


19.03.2026

Portada: Juliana Terán

Somos ese relato que nos hacemos, en este especial Colombia-Bogotá tenemos testimonios de jóvenes que intentan encontrar sentidos en sus vidas, querencias en sus destinos, ironías en sus sufrimientos. Hay de todo, pero sobre todo mujeres, muchas mujeres, mujeres construyendo. Hay de todo, pero sobre todo risas, historias, ganas, comidas, atrevimientos para sobrevivir con dignidad. Hay de todo, pero sobre todo violencias. Hay de todo, pero sobre todo, ausencia de Estado. Bienvenidxs a Destino Colombia. Para ver las otras entradas, haga clic aquí.

La Colombia que hoy conozco es una canción en las voces de mis personas más cercanas, voces que siguen retumbando en mi vida. Sin embargo, aquí debo admitir la verdad, “Mi nación colombiana”, esa que es mía y solo mía, ha tenido el placer de verse y sonar tan bella y tranquila como la música. Es una Colombia en la que las mañanas solía inundarse de la voz de Juanes mientras veía cómo se llenaba la mesa de comida; una Colombia donde, de repente, ya no sonaba Juanes sino Fonseca o algún bolero, y luego me recogían para llevarme al colegio. Y así volvíamos a saltar a otro día de la semana, donde las grandes voces de la salsa llenaban el ambiente mientras yo conocía los lugares magníficos de este país y me guardaba en el pecho historias bonitas.

Mi nación viene con eco porque la he construido tal vez desde las noticias, tal vez desde las hazañas de mi abuelo, tal vez desde la voz de alguna tía mientras se quejaba, o tal vez desde voces que ni siquiera tienen una cara para mí hoy en día.

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Al son del arpa y el joropo vivía mi abuelo de lunes a viernes; al son del miedo vivía los sábados y al son de la angustia los domingos. Fue en 1948 cuando, en los campos del Llano, se acrecentó la violencia partidista tan característica de la historia colombiana. Mi abuelo vivía en una finca mediana en el pueblo de Chipaque, Cundinamarca.

Su rutina se basaba en que, entre semana, su preocupación era poder ir a la escuela a pesar de los intentos de su padre por evitarlo. Los sábados solía escuchar a las vecinas que venían a visitar a su madre enferma y, con ellas, llenarse de miedo por las noticias que traían. En un pequeño banco de madera que su familia usaba en la cocina, se sentaba y comenzaba a trazar líneas imaginarias sobre el piso, sobre sus zapatos o sobre cualquier cosa que tuviera a la mano, intentando disimular que sus oídos escuchaban las noticias de sus vecinas acerca de cómo estaban saqueando las fincas, cómo se habían llevado a la esposa de tal, o a los hijos de aquel.

Los relatos de los grupos armados en el Llano se habían convertido en la tradición de los sábados, y se los sabía tan bien como una tonada. Tal vez los conocía tan bien que, desde que tenía apenas seis años, empezó a pensar en cómo salir de allí para que aquella canción llanera compuesta por liberales y conservadores no fuera sobre él la próxima vez.

A finales del primer mes de aquel año, ya no importaba si era lunes, miércoles o sábado: las historias se escuchaban por todos lados. Unos decían que los rojos iban a “lucharla” para dejar en paz los pueblitos; otros ponían a todos dentro de la misma bolsa y solo los llamaban “delincuentes”. Como comprenderán, a los seis años poco importaba distinguir quién era quién. Lo que realmente importaba era ver cómo lloraba algún vecino por sus vacas, o cómo, cuando se adentraba en veredas más lejanas, se podía oler el humo de las fincas incendiándose.

Algunos trabajadores de una panadería empezaron a quejarse de “no querer ser atacados por las guerrillas”, esos diversos grupos subversivos que atacaban zonas rurales y urbanas como forma de “protesta”. Y como aquella salían más y más historias de la boca de muchos.

Fue en ese mismo momento cuando la madre de mi abuelo falleció, lo cual lo dejó sin motivo para seguir quedándose en aquella finca que había sido su hogar. Por lo anterior, fue en el carro de un señor del pueblo, reconocido por fabricar las mejores tortas de cuajada y llevar encargos a la capital, en donde mi abuelo se subió y salió de aquel lugar.

Y en Bogotá, con solo un maletín en mano, la tonada de la guerra no cambió. De hecho, en la capital se escuchaba con más fuerza. La llegada de José a la ciudad estuvo marcada por “El Bogotazo”, que había ocurrido tan solo un mes antes.

José siempre narró este periodo como “pavoroso”. De hecho, fue a finales de aquel mes de marzo de 1948 cuando recuerda cómo, en la plaza de toros Santamaría, la violencia lo visitó, tan bullosa y desconsiderada como alguna tía colombiana en eventos navideños. Fue esa tarde cuando, durante una celebración, un grupo de personas empezó a ofuscarse al creer que había un grupo guerrillero dentro del recinto. Con ganas de no volver a repetir la canción que teñía la guerra desde 1948, comenzaron a atacar con botellas a los señalados. Mi abuelo, al estar cerca, se llevó un corte en toda la pierna que lo hizo querer maldecir peor que en una canción de reguetón.

Sin embargo, tiempo después, fue esa misma cicatriz de los rezagos del Bogotazo, lo que lo salvó de ser obligado a unirse a un grupo armado, pues quienes lo tenían “en la mira” creyeron que esa pierna, marcada con más presencia que una cumbia, había quedado coja.

La historia de mi abuelo le dio un sentido a mi idea de nación. De hecho, fue la primera memoria que construyó una idea de “Colombia” en mí, más allá de lo que yo vivía.

Pero no ha sido lo único.

Dentro de mi cabeza también suena el eco de una canción de salsa, que me recuerda a mi madre. La salsa siempre suena alegre, pero uno aprende rápido que entre tanta bulla también se esconden versos tristes. Uno de esos versos lo carga mi mamá. Cuando era niña vivió un intento de secuestro, en una de las vías bogotanas, mientras caminaba en su uniforme de porrista con un helado de jugo de mora en la mano. Fue un carro el que decidió atacarla e intentar meterla dentro. Cuando el carro rondaba lo que hoy es la zona de El Campín, mi mamá logró saltar del vehículo y correr hacia los vecinos del sector.

Fue uno de esos sucesos que en Colombia pasaban “como si nada”, en una época donde la violencia ya no se llamaba “guerra”, porque al país le dio por cambiarle el nombre a “inseguridad”.

Ella salió bien, pero el susto le dejó una marca que a veces todavía se le nota. A veces me habla con una preocupación rara, con ese tono que suena como si algo del pasado regresara por un segundo. Y yo, aunque no viví nada de eso, sé que parte de mi nación también viene de ahí, de esa historia que ella nunca pidió vivir, pero que igual terminó influyendo en cómo me cuida, en cómo me quiere y en lo que teme por mí.

También puedo poner a sonar la canción de mi abuela, una melodía más revoltosa, como la champeta. Creció en un hogar machista, de esos donde el poder económico no hacía más fácil la vida de una mujer, sino que le ponía más reglas encima. Como pasaba en tantos hogares colombianos de los años 50, vivió rodeada de órdenes sobre cómo vestirse para “dar buena impresión”, cómo hablar y la idea constante de que el dinero nunca era de las mujeres. Le tocó acostumbrarme a que su lugar era el de las labores del hogar.

Pero, como buena champeta, mi abuela tenía esa cosa de cambiar el ritmo sin pedir permiso. Usaba faldas cortas, peinados extravagantes, colores fuertes y casi nunca estaba en casa, todo en una época regida por la idea de que una mujer debía ser recatada, sofisticada y alejada de temas como la política. Fueron esos gestos, esas historias y esos pensamientos los que dejaron claro que también se puede bailar champeta en un lugar que insiste en marcar un paso específico.

De mi abuela entendí que Colombia no es solo un lugar: es esa rebeldía que se hereda, esa manera de seguir moviéndose, aunque otros quieran que uno encaje en un solo estereotipo.

Hoy tengo 20 años y mi nación sigue sonando al ritmo del pop colombiano. Sigo construyendo mi idea de nación a partir de lo que veo, pero sobre todo a partir de los ecos que me conforman. Mi nación colombiana es una mezcla de joropos, cumbias, rock, reguetón, mapalé o champeta. 

Mi historia con la nación jamás ha sido solo mía, sino que nace de una Colombia con millones de estereotipos, donde cada persona encaja en alguno. Podrá ser el de la violencia, el del machismo, el del país más alegre, el de las drogas o el de la cultura. Lo cierto es que mi idea de nación colombiana es que Colombia es herencia y no tiene que ser vivida en carne propia, porque los ecos de las historias que me conforman suenan con fuerza en cómo la vivo y en cómo pienso.

Y la radio sigue sonando.
Mi nación es una canción no terminada, pero que con certeza empezó a componerse antes de mí.

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Luna Sierra


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