17 años entre Mampuján y Mampujancito

El pasado 10 de marzo se conmemoraron 17 años del desplazamiento de Mampuján por parte del Bloque Héroes de los Montes de María de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). ¿Qué ha pasado desde entonces? Esta es la vida de un grupo de personas atrapadas entre las historias de Mampuján viejo y Mampuján nuevo.

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Emy Osorio Matorel

17.05.2017

La nostalgia de lo que fue

Desde que el mototaxi se desvía de la Transversal del Caribe hacia una trocha polvorienta y estrecha que conduce a Mampuján viejo, se siente la tensión y el olvido característicos en algunas zonas de los Montes de María, una serranía del caribe colombiano, ubicada entre los departamentos de Bolívar y Sucre.

Un puente al final de la vía y dos casas en obra negra dan la bienvenida a Mampuján. Un joven de unos 14 años y su madre, una mujer mayor, suben bultos de la cosecha en su moto. “Lo llevarán al pueblo”, dice el mototaxista, “muchos llegan por la mañana a vigilar la tierra y recoger lo sembrado, pero no pasan la noche aquí”.

Dos cuadras más adelante el paisaje no mejora. Lo constituye una escuela abandonada, viviendas de interés social en obra negra y vacías, una iglesia casi en ruinas y personas con bultos en sus hombros o en el lomo de sus caballos o burros. “Aquí hasta los fantasmas se fueron”, dice un transeúnte mientras señala lo que solía ser el cementerio.

En Mampuján no se escucha el ruido de un picó, las campanas de la iglesia o las habladurías en las esquinas de los barrios. No se siente el olor de animales domésticos, de las frutas de la temporada o de los puestos de almuerzo; tampoco se encuentra una tienda, una farmacia, una estación de policía o más de diez familias.

El pequeño corregimiento se congeló en el tiempo un 10 de marzo del 2000, una madrugada en la que los irónicamente autodenominados Héroes de los Montes de María le quitaron el color, la voz y la vida misma.

Las pocas personas que permanecen observan con un poco de recelo al extraño, aun cuando sea del pueblo (Marialabaja). Eso sí, no dudan en responder con un saludo amable a quien dice con respeto “Buenas”.  “Quien se ha quedado aquí es porque no tuvo otra opción”, exclama con el ceño fruncido el conductor de la moto.

"El desplazamiento forzado no sólo se llevó la tierra, también acabó con la construcción identitaria de cada mampujanero y su tejido social"

En la madrugada del 10 marzo, un grupo de 150 paramilitares liderados por Rodrigo Mercado Pelufo alias ‘Cadena’, llegó al corregimiento de Mampuján, jurisdicción de Marialabaja, Bolívar. Su objetivo era acabar con los pobladores porque supuestamente eran colaboradores de los frentes 35 y 37 de las FARC.

Alias “Cadena” era el segundo al mando de uno de los tres frentes de este Bloque de las AUC, denominado frente Golfo de Morrosquillo. Su líder principal era Edward Cobos Téllez, alias “Diego Vecino”.

La llamada telefónica por parte de uno de los líderes del Bloque, alias ‘Juancho Dique’, llegó a tiempo y no hubo una masacre, como sí sucedió horas después en la vereda Las Brisas -jurisdicción del municipio San Juan Nepomuceno- donde 11 campesinos fueron torturados y asesinados.

A pesar de no haber sido exterminadas, 300 familias fueron torturadas psicológicamente, amenazadas de muerte y desplazadas de su tierra. Así empezó su calvario: la comunidad de Mampuján se vio obligada a tomar algunas cosas y a buscar refugio en Marialabaja.

La administración local de la época les dio albergue provisional en el Colegio San Luis Beltrán, en la Casa de la Cultura y en un antiguo prostíbulo; lugares que no estaban acondicionados para tantas personas, lo que trajo consigo hacinamiento.

Ante esa situación, la comunidad católica Misioneros de la Consolata decidió tomar cartas en el asunto. Su líder, el párroco italiano Salvador Mura, viajó hasta Turín, su lugar de nacimiento, en busca de ayuda económica. Con el dinero recolectado, compró y entregó un terreno a los mampujaneros en la entrada de la cabecera municipal. Este lugar es hasta hoy el hogar de la mayoría de ellos. Lo llaman “Mampuján nuevo” o “Mampujancito”.

El desplazamiento forzado no sólo se llevó la tierra, también acabó con la construcción identitaria de cada mampujanero y su tejido social como población. Se llevó la camaradería entre un grupo de vecinos: pasar el día en el monte y las reuniones en los barrios para echar cuentos –en tiempos en los que no había un televisor.

En medio de ese escenario las personas mayores se vieron obligadas a empezar de cero, a dejar atrás sus tradiciones o a tratar de recrearlas en un nuevo contexto. Por su parte, las personas más jóvenes nacieron en un nuevo lugar, uno muy distinto al de las historias de sus padres o abuelos: uno que jamás será suyo.

 

A pesar de no haber sido exterminadas, 300 familias fueron torturadas psicológicamente, amenazadas de muerte y desplazadas de su tierra. Así empezó su calvario: la comunidad de Mampuján se vio obligada a tomar algunas cosas y a buscar refugio en Marialabaja. FOTO: Gabriel Corredor

 

La nostalgia de lo que nunca fue

La llegada a Mampuján nuevo o Mampujancito es distinta. Está ubicada al costado izquierdo de la entrada de Marialabaja, conocida como La Curva. A menos de 50 metros, una tienda llena de personas conversando, un restaurante que ofrece la sopa y el seco del día y un mural sobre una pared blanca, que da la bienvenida:  “Mampuján es territorio de paz”.

El ruido de las guerras de los picós entre vecinos, los colores llamativos de las casas y el ruido de los cantos en los cultos evangélicos dominicales, ilustran la cotidianidad mampujanera. Una muy distinta a la del pueblo viejo.

Entre las primeras personas que habitaron Mampujancito se encuentran don Víctor* y doña Juana*, una pareja de esposos que no recuerda cuánto tiempo llevan juntos.

A diferencia de la mayoría de mampujaneros, la pareja no ha sido beneficiada por el fallo proferido por la Corte Suprema de Justicia en abril de 2011, en el marco de la Ley Justicia y Paz, que obligó a que el Gobierno Nacional ofreciera a cada familia reparación integral.  En otras palabras, que no sólo ofreciera cerca de 17 millones de pesos a cada desplazado en reparación económica, sino que mejorara sus condiciones de vida como individuos y colectividad.

 

Foto: Gabriel Corredor

 

Juana tampoco hace parte de iniciativas como Mujeres Tejedoras, liderada por la pastora evangélica Alexandra Valdés, en el que un grupo amplio de mujeres intenta superar el dolor de la guerra a través tejidos artesanales. Juana cree que ahora sus prioridades son otras.

“Yo quisiera regresar al pueblo [Mampuján]”, asegura Víctor con los ojos llorosos y una sonrisa tímida, “pero ando muy enfermo”.  En efecto, mientras que Mampuján viejo no cuenta con un puesto de salud, Mampujancito tiene uno y está a 10 minutos en mototaxi del Hospital General de la cabecera municipal.

Juana asiente a todo lo que su esposo dice. Luego mira el piso de la terraza, ríe incómoda e indica: “Yo no quiero regresar, me da mucho miedo”.  Como Juana, muchos mampujaneros prefieren no retornar a su pueblo. Aseguran que hasta hace poco algunos exparamilitares residían o merodeaban por allá.

 Horas más tarde, en una esquina de Mampujancito, dos hombres ríen estruendosamente. Uno es Remberto y el otro es su amigo, quien no habla mucho porque come cuidadosamente una posta de pescado y un muslo de pollo frito con yuca. Remberto es una de las personas que va ocasionalmente a Mampuján a visitar los cultivos de yuca y ñame que tiene en su parcela.

Remberto asegura que no dejó que el desplazamiento o el conflicto armado destruyeran sus lazos amistosos. “Acá tengo los mismos vecinos que tenía allá, mis compa‘es de toda la vida”, exclama mientras señala las casas y los nombres de sus amigos.

Dice que hay dos razones por las que muchos no han regresado a Mampuján viejo. La principal es el difícil acceso a la zona y los costos de transporte.  “Para ir y regresar hay que pasar por una trocha, niña, y soltar $4.000 pesos diarios (…) la cosa está dura”.

La otra razón es que el terreno de Mampuján nuevo les ha permitido una forma de vida distinta y hasta cierto punto más agradable. Para él, muchos han aprendido a seguir ciertas prácticas del otro pueblo o han creado otras, sobre todo los más jóvenes.

Remberto cree que a pesar de que el conflicto terminó, los jóvenes mampujaneros se enfrentan a otras amenazas. Le preocupa la falta de oportunidades para ellos y el irrespeto de sus derechos fundamentales, debido a problemas como el abandono estatal y la corrupción institucional.

 

Foto: Gabriel Corredor

 

Más adelante, en el puesto de almuerzos a la entrada del corregimiento está la señora Glenis, una de las mujeres que hace parte del grupo de Las Tejedoras de Mampuján. “Creo que muchas personas no se vinculan a la iniciativa por su carácter religioso”, asegura mientras prepara una sopa. Aunque el grupo ofrece actividades para mujeres y niños que no hacen parte de la iglesia cristiana evangélica, todavía algunos muestran resistencia por la naturaleza del proyecto. Para ella es grato que los jóvenes se empoderen pero también siente que no se debe satanizar a quienes no lo hacen, pues señala que “como en todo, cada quien tiene sus cosas”.

En ese mismo lugar se encuentra un grupo de cuatro jóvenes que están a cargo de diseñar el programa para la conmemoración del desplazamiento en Mampuján. Desde discursos hasta obras teatrales, ellos buscan tomar parte en el diseño y la ejecución de esas iniciativas. “Gabriel [uno de los líderes comunitarios] dijo que organizáramos algunas cosas y aquí estamos”, indica uno de ellos.

El 10 de marzo se conmemoraron 17 años del desplazamiento. Poco después del mediodía, Mampujancito está casi vacío: apenas quedan algunos líderes locales corriendo de un lado a otro para resolver asuntos logísticos, jóvenes cerciorándose de que las actividades salgan bien y una que otra persona empacando o haciendo diligencias. Muy pocos se quedaron en el pueblo.

Los camiones pasaron llenos de niños, niñas, adolescentes, adultos mayores, católicos y evangélicos, quienes llevaban consigo bolsos con ropa y algo de comida. “Esos pasarán la noche allá”, dijo un curioso que observaba atentamente.

 

 

*Nombres cambiados por solicitud de los entrevistados.

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Emy Osorio Matorel es sobre pensadora de tiempo completo. Lectora y viajera compulsiva. Estudia Comunicación Social en el Caribe colombiano y sobrevive en espresso doble.

Gabriel Corredor es fotógrafo. El año pasado recibió un premio por excelencia del College Photographer of the Year. Para ver su trabajo, sígalo en su Instagram @gabrielcorredorph.

 

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