El crímen de la Santamaría

Un domingo de 1956 la hija del presidente Rojas Pinilla fue abucheada en la plaza de toros; ocho días más tarde, el régimen emprendió una violenta venganza contra la plaza y sus asistentes.

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Alejandro Gómez Dugand

03.07.2012

Todo el mundo en Colombia debería recordar la textura de la sangre en la arena. Cada colombiano debería tener claro en su cabeza que el 29 de enero de 1956 el público de la plaza de toros de Bogotá rechifló a María Eguenia Rojas, hija del entonces presidente Rojas Pinilla, en una demostración pacífica de repudio a un gobierno que empezaba a esbozarse como una dictadura. Todos deberían saber que el domingo siguiente, 5 de febrero, el régimen sembró su venganza sobre esa misma plaza que lo había desafiado.

Hoy, en vez de un monumento que lo conmemore o una fecha al año que obligue a recordar, la narración de ese evento está construida sobre voces que se interrumpen y contradicen las unas a las otras. Y es que, de una de las tardes más sangrientas que ha visto la Santamaría, solo quedó el rumor.

Voces de la plaza

Recuerdo a un tipo que lo tiraron desde las gradas. Tres o cuatro lo agarraron. Cayó cerca de mí, desnucado. Muerto. (Álvaro Dugand, testigo).

Una persona lanzaba un grito a favor de Rojas Pinilla y la que estaba al lado no contestaba. Esto era suficiente para que empezara el ataque (Carlos Villar Borda, El atropello de la Dictadura en la plaza de toros de Santamaría).

Agentes del gobierno machacando cráneos ante la presencia de miles de espectadores al mando de personajes tétricos que usaban como antifaz unas gafas enormes y ahumadas. (Hermann K. Dixotony, testigo, en carta a Samuel Moreno Díaz reproducida en el libro El Jefe Supremo de Silvia Galvis y Alberto Donadio).

Lo más horrible lo vimos en el patio de caballos: a un tipo al que mataron a punta de culata. Había cuerpos tirados en el suelo. A uno de esos, un soldado, quizá cuando trató de levantarse, lo sembró en el piso de un golpe de culata y ahí le dio otro con el que se le salieron los ojos de las cuencas. Así como lo oyes: se le saltaron los ojos. (Jaime Rueda en entrevista con Antonio Montaña).

Es posible que ninguna situación hubiese sido tan hábilmente explotada por la prensa de oposición a mi padre como los hechos acaecidos en la Plaza de Toros de Santamaría de Bogotá, los días 29 de enero y 5 de febrero de 1956. (María Eugenia Rojas, Rojas Pinilla, mi padre).

Un general contento y un descontento general

1956: Colombia es un fósforo en constante fricción. Rojas Pinilla había pasado de ser una esperanza, durante los primeros años de su gobierno, a ser una amenaza.

Rojas llegó en medio de un gran estupor. En 1953, el entonces presidente Laureano Gómez daba más muestras de megalomanía que el mismo Rojas en su ocaso. Hoy se habla del gobierno de Gómez como una dictadura civil. Liberales y conservadores promovieron un golpe de estado e instauraron a Rojas como presidente de la república. Así, este militar de Tunja fue recibido por la gran prensa –a excepción del laureanista El Siglo– como el segundo libertador de Colombia. Con su llegada, terminaron la guerras bipartidistas, se hicieron treguas con las guerrillas comunistas y el pueblo, luego de años de guerra civil, tuvo finalmente un respiro. Todo el mundo estaba feliz hasta que se cumplió el año en el que Rojas debía entregar la presidencia y, por medio de una constituyente, decidió permanecer en el poder. En ese momento liberales y conservadores –aquellos que María Eugenia Rojas llama los viudos del poder– empezaron una guerra ideológica contra Rojas Pinilla.

En 1956 se hablaba de que en Colombia había ‘un general contento y un descontento general’. Muchos eventos precipitaron la caída de Rojas: El 8 y 9 de junio 1954, un grupo de estudiantes de varias universidades que (irónicamente) celebraba el día del estudiante caído, fue abaleado de manera inexplicable por el ejercito. Además la censura abierta y directa de los periódicos (condensada en el cierre de El Tiempo y El Espectador) y el ataque a las guerrillas comunistas y liberales que él mismo había indultado para lograr la pacificación del país fueron gusanos que empezaron a corroer la imagen del jefe supremo.

En un libro sobre su padre, Maria Eugenia Rojas –La Capitana– afirma que todo gobierno “por eficiente que sea, con el transcurso del tiempo va sintiendo el desgaste frente a la opinión pública”. Pero no era una cuestión de mero desgaste: el país estaba polarizado entre los seguidores del pinillismo y una generación llena de desencanto que había encontrado en el ex presidente Alberto Lleras Camargo, líder del liberalismo, la destilación de su desesperanza.

Además, Rojas mismo empezaba a dar los primeros pasos de un megalómano. El 13 de junio de 1954, justo después de la matanza de los estudiantes, la administración Rojas tenía planeada una fiesta nacional para conmemorar el primer año de gobierno. “La celebración se haría sentir en los rincones más ignotos de la patria”, afirman los periodistas Alberto Donadio y Silvia Galvis en el libro El jefe Supremo, “cada alcalde debía inaugurar una obra en su municipio y bautizarla con algún nombre alusivo al Jefe Supremo: plaza 13 de junio, avenida Rojas Pinilla, escuela Carola Correa de Rojas, parque María Eugenia Rojas…”

Rojas, como otros presidentes autoritarios de Latinoamérica, empezaba a cubrirse de un aura casi mitológica. “Ya se sentía mucho miedo por todos lados”, afirma Gloria Restrepo, una niña en ese entonces, “yo no se si sea verdad o no, pero recuerdo que mi papá nos contaba que cuando Rojas iba a una finca, o a un almuerzo, soltaba frases como ‘que lindo caballo’, y los dueños no tenían más opción que regalarle el caballo”.

Ese era el clima en el que se dio la hoy olvidada corrida del 29 de enero de 1956, la primera faena de esta historia y en la que María Eugenia Rojas y su esposo Samuel Moreno Díaz fueron víctimas de la desgastada imagen de Rojas.

Media hora de rebelión

Llegamos con mi esposo a la Plaza de Santamaría de Bogotá en medio de una gran expectativa creada, no tanto por el espectáculo en sí mismo, sino por las reacciones de orden político que en esos eventos se presentan (María Eugenia Rojas en Rojas Pinilla, mi padre).

La plaza no era un sitio para hacer política. Ese día sólo había música y fiesta. Mis amigos y yo ya llevábamos más de una manzanilla encima (Álvaro Dugand, testigo).

Como a las tres llegaron Hernando Santos y Alberto Lleras. Y la plaza se encendió en gritos: Lleras, sí . Fui hasta el tendido donde estaba Lleras y le entregué uno de los paraguas. Él, como buen político, comenzó a manejar con él la multitud: abría el paraguas Lleras, sí , y lo cerraba: otro no , fue ahí, en ese momento, cuando entró la hija del general y la plaza cambió (Jaime Rueda, nombre cambiado, en entrevista con Antonio Montaña).

Yo no recuerdo la llegada de Lleras, pero sí me acuerdo de la entrada de La Nena y Moreno. Todo el mundo chiflaba, algo impresionante de ver. Era claro que la gente estaba cansada (Álvaro Dugand, testigo).

Testigos aseguran que cuando el torero se detuvo al frente del palco de honor para brindarle el toro a María Eugenia Rojas de Moreno Díaz, antes de comenzar la corrida, el público gritaba: “No se lo ofrezca porque se lo lleva pa’ Melgar” (Alberto Donadio y Silvia Galvis, en El Jefe Supremo).

Fue una manifestación espontánea. Chiflidos y gritos durante media hora. Y así como empezó, terminó. La corrida se llevó a cabo. Una corrida magnífica, por cierto (Álvaro Dugand, testigo).

Durante mucho tiempo para mí y para mi familia era normal llegar a los sitios de reunión en medio de aplausos y bienvenidas; pero conocedores, como éramos, de los vaivenes públicos entendíamos y no nos afectaban manifestaciones adversas (María Eugenia Rojas, Rojas Pinilla, mi padre).

Siete mil infiltrados

María Eugenia Rojas asegura que no comentó con su padre aquella rechifla: “si algún comentario se efectuó con posteridad en el seno de la familia, debió ser pasajero y ocasional”. Sin embargo, Álvaro Valencia Tovar, entonces mayor del ejército, afirmó que Rojas, en términos airados, increpó a la cúpula militar por su “inacción ante lo ocurrido, tanto para prevenirlo como para reprimirlo”.

Alberto Donadio y Silvia Galvis, periodistas que le han dedicado dos libros a Rojas Pinilla, afirman que sí hubo un plan de acción: “fue en Palacio, en los días siguientes a la silbatina, donde se acordó que se comprarían 7.000 boletas para la corrida siguiente del 5 de febrero. Las entradas se repartieron entre los agentes del SIC”, el Servicio de Inteligencia Colombiana, “con la orden de asistir a la corrida vestidos de paisano”. La orden, según Donadio y Galvis, era iniciar una protesta propinillista, y castigar a quienes no hicieran parte de ella.

Reportajes posteriores aseguran que muchos sabían que algo rojaspinillesco iba a pasar en la corrida del domingo siguiente. Sin embargo, y ante un cartel de matadores habilidosos, la plaza volvió a llenarse.

La matanza

Amigos y adversarios del gobierno se hicieron presentes en las graderías de la Plaza, en una tarde desapacible que tan sólo ha servido para presentar una deformación gigantesca de los hechos (María Eugenia Rojas, Rojas Pinilla, mi padre).

Tuve conocimiento por el general Rojas de los sucesos ocurridos en la corrida anterior (general Rafael Navas Pardo, entonces a cargo del Combado de Brigada de Institutos Militares, citado por Jorge Serpa Erazo).

Yo volví a la plaza. Si había chismes de que algo podía pasar, a mí no me llegaron (Álvaro Dugand, testigo).

Después de consultar con los comandantes de las unidades emití una orden que en síntesis disponía: evitar desórdenes en la plaza. Enviar suboficiales vestidos de civil para controlar los energúmenos de ambos bandos… (general Rafael Navas Pardo).

Nosotros estábamos en la gradería de sombra. Desde que entramos nos sorprendió la cantidad de policía que había en la plaza (Luz Bernal, en El Jefe Supremo).

Entonces empezaron de nuevo los gritos, pero esta vez, pedían al público sacar pañuelos blancos para saludar a María Eugenia que ni estaba en la plaza. Yo no lo saqué, creo que ni pañuelo llevaba (Álvaro Dugand, testigo).

Como a los 10 minutos llegó un señor como de aspecto sirio-libanés con su señora y se sentó en la misma grada. Un policía se le acercó y le dijo que tenía que gritar no se qué cosa porque no alcancé a oír. Después supe que le había exigido echarle vivas a María Eugenia. El señor se negó (Luz Bernal, en El Jefe Supremo).

En esa fecha mi esposo y yo viajamos a Barranquilla, donde compromisos de orden social (…) exigían mi presencia (María Eugenia Rojas, Rojas Pinilla, mi padre)

Yo no iba a saludar a la Nena. Mis amigos y yo nos quedamos sentados. Pero de repente vimos que se había formado una pelea. Al minuto, otra. Después, otra más (Álvaro Dugand, testigo)

Lo que vi después fue que empezaron a golpearlo, a darle puntapiés; lo agarraban del pelo y se lo arrancaron a mechones (Luz Bernal, en El Jefe Supremo)

¡Claro! Los que estaban pidiendo que gritáramos eran del gobierno, vestidos de civil. Y se notaba porque eran tipos jóvenes y con peluqeado militar. Inicialmente tuvimos la reacción de protestar por lo que estaba pasando, pero era tal la mayoría y la agresión tan de a bulto que conservamos prudencia. No hubo una reacción en contra. No nos dieron la oportunidad. Era un ataque masivo que se le hizo a los asistentes de la plaza de toros (Álvaro Dugand, testigo).

La persona que no había gritado era rodeada y agredida a patadas, puños y manoplazos. Después la entregaban a la policía uniformada que en muchos casos continuaba con el mismo tratamiento. Los cuerpos ya inanimados de las víctimas eran arrojados, graderías abajo, y luego tirados abajo al callejón (Carlos Villar Borda).

Después lo empujaron y cayó sobre la baranda y ahí quedó colgado mientras estos hombres lo seguían golpeando (Luz Bernal).

La plaza se llenó de silencio. Nosotros presenciábamos horrorizados. Pienso que debió haber una docena de muertos. Pero de golpe todo terminó. Sabíamos que no podíamos abandonar la plaza, porque la golpiza seguiría afuera. Y mira cómo son las cosas: la corrida se hizo. Todos vimos petrificados una corrida que, una vez más, fue magnífica (Álvaro Dugand, testigo).

Por el lado del borrador

Los muertos de ese 5 de febrero de 1956 fueron enterrados sin nombre. Hoy es imposible dar un número concreto de víctimas. María Eugenia Rojas cita la investigación de los generales Rafael Navas Pardo y Luis Eduardo Ordoñez (ambos integrantes de la Junta Militar que sucedió a Rojas Pinilla) para asegurar que sólo hubo uno: un borracho que se enfrentó “a un toro imaginario y con la ruana le hizo una faena que mereció los vítores de los asistentes”. Según la Capitana, la única víctima fue este borracho que resbaló por las gradas del circo y murió en cama al día siguiente.

Algunos libros publicados sobre Rojas hacen intentos valientes de aprehender los sucesos del circo con lo poco que hay. El trabajo de Alberto Donadio y Silvia Galvis es especialmente importante para rasguñar la verdad de lo que ocurrió en esos domingos de 1956. La prensa posterior habla de dos, de tres, de nueve, de dieciocho o treinta y siete muertes. Los pocos periódicos que no habían sido censurados por el régimen poco dijeron. Una minúscula nota en El Colombiano habla de nueve muertos, pero no dice más. No existiendo un registro en la prensa, los eventos de la plaza dejaron de ser dominio de la historia y pasaron al de la narración oral, donde la historia es de quien la cuente.

Nota publicada por El Colombiano

El poeta Juan Manuel Roca dijo alguna vez que en este país la historia se ha escrito usando el lápiz por el lado del borrador. “¿Qué más elocuente que al periodo más violento del país se le llame La Violencia?”, se pregunta el historiador Ricardo Arias, “alguien dice, a mí me mataron a mi familia, y cuando le preguntan quién, responde que La Violencia. No fue el ejército, no fue el campesino, no fue el comunista, no fue el terrateniente. Ya ahí hay una muestra de cómo se confecciona la memoria en Colombia”.

En este país no se celebra la memoria. No hay un día al año en el que la sociedad se congregue a recordar a unas víctimas ni abundan monumentos que inserten el recuerdo en la rutina urbana de los ciudadanos y que obliguen a la gente a hacer ejercicios de conmemoración.

¿Cuál es el precio del olvido? Verdad, justicia y reparación son tres conceptos que hoy se discuten en Colombia. Los recientes procesos de paz con los paramilitares y la esperanza de que algo parecido se pueda pactar con las guerrillas hacen que el perdón sea el primer paso para una (nueva) pacificación del país. Sin embargo, Arias hace énfasis en algo crucial: “No importa que uno no sea el victimario, ¿cómo, siendo parte de la sociedad, puedo acercarme a las víctimas si no estoy pensando en lo que les pasó a ellos, si no los estoy acompañando en ciertos momentos simbólicos al año?” Recordar es legitimar a las víctimas, es darles humanidad y hacerlas despegarse de las cifras y porcentajes que olvidamos al instante.

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