Yo te creo, colega.
Con esa premisa se desató en los últimos días otro episodio de #MeToo, el más grande hasta ahora, en los medios de comunicación colombianos. Tras lo ocurrido en Caracol Televisión, varias decenas de mujeres periodistas salieron a denunciar en sus redes sociales experiencias de acoso y violencia sexual vividas en diferentes redacciones del país.
Es quizá la primera vez que un gran medio toma decisiones contundentes ante las violencias basadas en género, más allá de un comunicado. Esto hace pensar ¿Las cosas están cambiando? Pero para que las cosas realmente cambien y este #MeToo no se quede en una avalancha de denuncias que nos confirman lo que ya sabíamos –a costa de la salud mental de tantas compañeras que salieron con sus testimonios– deberíamos preguntarnos urgentemente por las asimetrías de poder en los medios, que siguen perpetuando un sistema depredador para las mujeres. ¿De qué problema sistémico nos hablan estos escraches y cómo solucionarlo? ¿Hay salida, o estamos ante un sistema infranqueable que nunca va a dejar de protegerlos?
El 20 de marzo, Caracol Televisión comunicó que había activado sus protocolos por denuncias de presunto acoso sexual contra dos presentadores que fueron retirados de sus cargos: Ricardo Orrego y Jorge Alfredo Vargas. El medio terminó el vínculo laboral con Orrego y por mutuo acuerdo con Vargas. Ese día, la Fiscalía General de la Nación anunció que investigaría estas denuncias y habilitó un correo para recibir nuevos casos. Luego el presidente de Caracol Televisión, Gonzalo Córdoba, anunció la creación de un comité independiente, liderado por la abogada Catalina Botero Marino, para investigar denuncias de este tipo en el medio.
Vargas condujo Noticias Caracol durante 20 años y lideraba el programa Voz Populi de Blu Radio. Orrego era subdirector de deportes del canal. Ambos publicaron comunicados posteriores donde le hacen el quite a las denuncias.
Simultáneamente inició el juicio contra Lina Castillo, quien en 2019 escrachó al director de RTVC, Hollman Morris, por acoso laboral y sexual, cuando él ejercía como concejal de Bogotá. Morris la contradenunció por injuria y calumnia y ahora es ella quien tiene que defenderse. Ante la presión de la opinión pública, incluida una carta firmada por decenas de periodistas, la fiscal Luz Adriana Camargo reasignó el caso de Castillo a la fiscal 3 delegada ante la Corte Suprema de Justicia, Marcela Abadía, para que lo abordara desde una perspectiva de género.
Vargas, Orrego y Morris tienen algo en común: son lo que acá llamamos ‘vacas sagradas’, un concepto aplicable a todos los campos, incluido el periodismo: hombres muy reconocidos, atornillados a cargos de poder desde hace décadas, y con un capital económico, social, cultural y mediático que los vuelve intocables. Las vacas sagradas se protegen entre sí, afianzando un alambrado fundamental del llamado pacto de silencio: esa complicidad estructural que protege a los agresores y normaliza sus violencias.
Este tipo de hombre, sabiéndose vaca sagrada, tiende a ejercer este tipo de violencias sistemáticas contra mujeres que se encuentran en la base de la pirámide, precisamente quienes nunca se atreverían a denunciar por miedo a perderlo todo.
Los testimonios que se multiplicaron por decenas esta semana lo confirman, y nos hablan de un problema sistémico y no de casos aislados, nada nuevo tampoco. Hemos sido muchas, en redacciones grandes o pequeñas, en medios pertenecientes a conglomerados económicos y en medios independientes. Muchas callaron lo vivido y no denunciaron por miedo a represalias contra sus carreras, o porque sabían que no iba a pasar nada. Unas intentaron activar protocolos que no sirvieron o que fueron revictimizantes. Otras, al verse en una situación desesperada, se fueron. Era eso o enfrentar su palabra contra la del intocable, la vaca sagrada.
Algunas señalaban que la situación en Caracol lleva muchos años. ‘Muchas no fuimos escuchadas y no hablaron por miedo a cerrarse las puertas o porque no les iban a creer’, afirmaron en sus redes presentadoras como Catalina Botero o Mónica Rodríguez, quien aseguró que “Estamos rodeadas de acosadores y que en los mismos lugares de trabajo lo omiten deliberadamente, porque muchas fueron a denunciar y nunca pasó nada”.
Pero sabemos que va mucho más allá de Caracol, y que tiene más que ver con esa cultura de la vaca sagrada, que parece estar en todo lado como una ley inquebrantable. Es decir, tiene que ver con la pregunta por el poder en los medios. Y aunque estos días se sientan como si las cosas estuvieran cambiando gracias a la insistencia de periodistas y activistas, mientras no acabemos con la figura de las vacas sagradas intocables en las redacciones, o sea con quienes mantienen y acumulan el poder dentro de los medios, las denuncias masivas pueden terminar convirtiéndose en la cresta de una ola que nunca estalla. Y necesitamos que estalle.
Necesitamos que todas las experiencias de acoso y abuso, las de hace 15 años y las de ahora, tengan consecuencia incluso para las vacas sagradas. Sobre todo para las vacas sagradas. Que sientan que no pueden mandarse correos de nudes de mujeres entre ellos, o acosar en el puesto de trabajo a sus subalternas, o ‘pedírselo’ a una periodista practicante, o violar a una colega en una fiesta, y creer que otra vez van a poder salirse con la suya.
Y la única manera posible es que esa cantidad de denuncias de acoso y abuso sexual en los medios nos lleve a preguntarnos: ¿Quiénes son los que dirigen estos medios, los que toman las decisiones económicas, los que están como jefes de redacción, editores, productores… y por qué seguimos sin ser las mujeres, o por qué seguimos siendo tan pocas mujeres? Y sobre todo ¿Hay forma de cambiar esa realidad, se puede?
Mientras la asimetría de poder siga instalada, el sistema que nos depreda va a seguir violentándonos. Si desligamos esta pregunta fundamental del panorama actual, la silla nos va a seguir quedando coja. Es cierto que ha habido avances sobre la participación de las mujeres en los medios, pero no los suficientes para frenar un problema sistémico que nos sigue obligando a renunciar a nuestros sueños por culpa de las violencias ejercidas por estas vacas sagradas.
No más. No dejemos de cuestionar quién manda en los medios. La cresta de la ola tiene que estallar esta vez.