Juliana Góngora y las rendijas en la escultura

Para Juliana la escultura es un lenguaje transversal. Es el lente con el que ve el mundo, es su forma de relacionarse y su forma de actuar.

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Ana Cristina Ayala

01.02.2018

Juliana Góngora, 1988, es escultora de rendijas. Observadora del musgo entre los ladrillos y de los poderes minúsculos. Amante de los materiales primitivos reeditados en su mano araña. Analfabeta del discurso, del concepto. Lenta. Segura. Y sobre todo incómoda, siempre en la rendija, siempre incómoda.

La tierra, dice, es su principio de reflexión. —Mi piso—. Se acercó a ella porque le presentó un límite: el más humano de todos. —Lidiar con algo más pesado que mi cuerpo y tratar de controlarlo es un reto.—Y con la tierra entendió que la escultura no es investigación intelectual sino una relación con la materia que evoluciona con el tiempo.

Aprendí sobre la paciencia. Que los procesos de la escultura, como los de la vida, no son inmediatos. Que arte y vida no se pueden distanciar. Que estamos enredados con la materia y nuestra relación con ella es física y humana. Entendí que no iba a jugar el doble juego del artista. Que lo que había elegido para mi vida, el arte, iba a ser la vida misma.

'Extensiones de horizonte' (2010). Foto: cortesía de Juliana Góngora.

Una vez en el Jardín Botánico esculpió una escalera de tierra cuyo fin era levantar al cuerpo para encontrar un nuevo horizonte (Extensiones del horizonte). Otra vez, en el museo del Banco de la República, suspendió un bloque inmenso de tierra bajo el cual había otro bloque inmenso de tierra y en cuyo intersticio puso a crecer una especie de frijol casi extinto (Entre). En su última obra, Les Humeurs, compactó tierra, le imprimió una hendidura y la acostó. La convirtió en una cama cuya hendidura era un caldero para recibir lágrimas. Lagrimas que chorreaban de unos pañuelos engrosados con sal húmeda.

Al lado de esta tierra acostada estaba el catre de su padre. Se lo llevó hasta Francia. Se cargó una historia personal a un museo para cambiarle el destino. Convirtió la lona con el surco del peso de su padre en un filtro de agua natural. También lo sometió a la aguasal y la sal le fue trepando, le fue creciendo y lo fue cubriendo de fractales. (Cama de viento). Ella llama a esta obra su obra más viva.

Me dice que la sal evidencia esa transición que la conmueve. Es blanca pero tosca, roe y oxida pero al mismo tiempo se hace dúctil y transparente cuando se mezcla con el agua. —Eso me interesa, dice, porque le gusta estar pendiente de los estados.

'Cama de viento' (2017). Foto: cortesía de Juliana Góngora.

Muerte, entierro, siembra, desaparición, ocultamiento. Vida, renacimiento, guerras púnicas y alquimia. De su obra acepta las interpretaciones y también las niega todas. —Con mi trabajo quiero que las personas se vinculen desde su experiencia. No tiene que ser más complicado que eso.

Goza de una mano araña y de deseos imposibles. Goza de hacerlos posibles. Goza de la ubicuidad de fuerzas. Suave y mínima, fuerte y mordaz. Ahoga y extenúa la materia, la mantiene en un campo de tensión y la revive. La revive en el borde.

Buscaba una estructura imposible y encontré el milagro,— dice acerca de Ensayos sobre la fe, una obra en la que se obsesionó con suspender una línea de granos de arena en el espacio. Un día vi en el jardín botánico una hoja levitando. Es increíble que el hilo de una araña sea tan completo. Frágil, resistente, invisible. Un fluido que se convierte en una línea en el espacio.

"Es como las matemáticas: para yo sumar tengo que hacerlo como los niños, con las manzanas. Pero no con las manzanas abstractas, sino agarrando las manzanas físicas y poniéndolas una al lado de otra"

Juliana entabló una relación con el hilo de araña parecida a la relación con la tierra. —Me retaba pero de manera distinta. Aquí me tenía que minimizar. No debía esforzarme más de lo debido. Tenía que ser sutil para recoger las telarañas y juntarlas en un solo trazo.

En esa época robó cientos de hilos a las arañas. Los guardó estirados en el interior de un maletín. Los organizó con agilidad y minuciosa fuerza. Con la mano araña. Con la mano araña cuidó que no se fueran a pegar entre sí, que no se fueran a quebrar, y luego les zurció las puntas de unas con otras para obtener una línea larga. Llegó a hacer una que a medió cuatro metros y sostuvo más de trescientos granos de arena.

También se inventó dos objetos en vidrio que luego unió con el hilo de una araña. (Hilantes). Y llegó a hacer un domo a partir de puñados de arena, para resguardar a una araña, que hacía sonar a los extraños objetos en vidrio, a medida que picaba el hilo que los unía entre sí. (Hilantes – Jardín Botánico)

Y aprendí el refinamiento. Una justa mesura.

'Ensayos sobre la fe (2012). Foto: cortesía de Juliana Góngora.

Una vez se puso en la sisífica labor de contar granos de arena sobre la mesa del aeropuerto. —Señalar esa materia punto por punto era algo…algo tan pequeño… pero que podía hablar de algo mayor, y el infinito es algo abstracto y opuesto a mi lenguaje. Es como las matemáticas: para yo sumar tengo que hacerlo como los niños, con las manzanas. Pero no con las manzanas abstractas, sino agarrando las manzanas físicas y poniéndolas una al lado de otra.

Sin ficciones. Cruda. Sin relato ni discurso. Juliana sólo quiere mostrar el juego de tensiones que es la vida. —Es una transformación y no otra cosa.— Y se desaira con un mundo del arte siempre exigente de obras catatónicas y armadas de palabras.

Un mundo del arte que, sin embargo, viene sorteando con éxito. En el 2017 fue elegida por el museo Mac Val en París para representar a Colombia en el año Colombia-Francia. De ahí nació Les Humeurs. Ese mismo año había ganado el premio Arte Joven Colsanitas con su obra Lavanderas, una obra derivada de Muro de sal, que a su vez hacía parte de un conjunto de obras denominado Labor. Fue ganadora de estímulos de creación del Minsiterio de Cultura y fue residente de Flora Ars+natura, estímulos con los que desarrolló en 2016 Labor y cuyos subtítulos, Cuja y Manta de arroz, fueron adquiridas recientemente por la colección de arte del Banco de la República.

La cuja es una cama hecha a medida del cuerpo con soportes de madera y superficie de cuero de vaca. — Ese objeto lo conocí por mi papá.  Era, antiguamente, la manera en que dormían algunos campesinos en tierra caliente [El Espinal, Tolima]. Me sorprendía el dormir sobre un cadáver, sobre un cuero de vaca. La razón práctica era que esa piel hacía sentir el cuerpo fresco. Pero también estaba ese contacto con lo primitivo. Eso que hemos perdido. Y volver a lo primario es mi necesidad.

'Les humeurs' (2017). Foto: cortesía de Juliana Góngora.

Para Labor Juliana recreó la cuja y tejió una manta de arroz para cubrirla. —Mi abuelo durmió sobre una cuja y esta era un proceso personal que tenía que trabajar. Lo hice con mi lenguaje, con el que me siento cómoda y tensionada. Fue el proceso escultórico en el que vinculé mis anécdotas de manera más consciente.

Tejió la manta hilando el arroz como palabras. —Quería tejer una carta. Expresar cierto dolor, frustraciones, culpas y pesos. Una amalgama de emociones que fueron encontrando su tecnicidad. —Al final se convirtió en esa necesidad de cubrir un cuerpo con lo más esencial: el alimento.  El arroz, tan sencillo de hacer. Tan noble. Tan presente en una familia… Y al final esto se trata de que cada quien debe resolver su propio proceso creativo.

070 RECOMIENDA...

Recorrer el sitio web de Juliana Góngora. Allí encontrarán toda su obra y muchas más fotografías.

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Y creo que esa es la condición política de la escultura. Esa de permitirse dejar huella pensando siempre en la acumulación de fuerza que usamos para hacerla. Del exceso o la escasez de fuerza parte la violencia, el abandono, la entrega inconsciente.

Lo más fácil es irse hacia un extremo. Lo más complicado es pararse en el campo de tensión. Por eso siento que es necesaria esa consciencia escultórica en lo que mal llamamos política. Como especie necesitamos empezar a describir más nuestras acciones diarias en vez de exponer nuestros discursos de poder.

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