El tronco de Sergio Galarza

El escritor peruano lanza la versión colombiana de su más reciente libro ‘Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre’. Una historia autobiográfica, un perfil de su madre, un retrato de Lima en el límite de los ochenta-noventa, un texto transparente y sin vergüenza.

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Juan Camilo Chaves

27.04.2018

“¡Báilalo, ve al frente! ¡Ya te vas! ¡Corre, cholo! ¡CORRE! ¡GOOOOOOL!”. Así le gritó Doris Puente, el 27 de octubre de 1993, a su hijo Sergio Galarza. Él, a los 17 años con una camiseta amarilla bombacha y una pantaloneta roja que le llegaba a la mitad de sus muslos, celebraba un gol mientras su madre le gritaba desde la tribuna. Al finalizar el partido Sergio sale de la cancha sonriendo y su madre baja hasta el borde del césped a tomarle fotos. Al encontrarse, los dos se funden en un abrazo.

Doris era una abogada peruana que no perdía ningún caso. Era quien animaba a Galarza para que jugara fútbol, hasta el punto de cambiar el cronograma de su familia para que él pudiera ir a sus entrenamientos. De estatura corta, voz fuerte y poder de convencimiento. Interesada en la lectura y los poemas. Una mujer metódica que –en una serie de agendas, de diarios/bitácoras– guardaba hasta el último de los detalles de su vida: los gastos de la casa, los pasajes de buses, los antojos que se daba. Era “el tronco de la familia y nosotros la ramas”, dice Galarza sobre su “vieja”.

Hoy Galarza tiene 41 años, estudió derecho, vive en Madrid y el fútbol es sólo un recuerdo de esa época, porque las letras son su profesión. Tras publicar 11 libros, Galarza ha recibido reconocimientos tan importantes como el Primer Concurso de Narrativa del Migrante Peruano en España 2008 y el Premio Nuevo Talento FNAC 2009.

Su más reciente libro se llama Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre (2016) y este año la editorial Laguna Libros lo publicó en Colombia.

"Creo que hay una guerra constante entre ficción y no ficción y que esta última cada vez va ganando más terreno"

¿Cómo es el tránsito del fútbol de adolescencia, al estudiante de Derecho y luego al escritor?

Mis ganas de jugar fútbol cuando estaba en el colegio era básicamente una búsqueda de respeto por parte de mis compañeros. Quienes pertenecían al equipo de fútbol eran respetados por los estudiantes y los profesores. Y como era un colegio muy violento tú tenías que buscar una forma de defensa. Además me gustaba y me parecía que era algo bueno.

Pero al tiempo tenía otras inquietudes que me había contagiado mi madre. La lectura me parecía que te daba un estatus: yo veía a todos los escritores tan bien vestidos en aquella época, que  siempre iban en traje y que siempre decían cosas interesantes. Que hablaban casi como filósofos. Yo quería ser uno de ellos también. La elección era entre ser un jugador que cada vez que lo entrevistan responde dos palabras y siempre le da “gracias a Dios”, o ser un escritor que elabora mucho más su discurso y que incluso plantea preguntas sobre la sociedad, la política y la economía.

Cuando estaba en la universidad, ahí ya había dejado el fútbol porque mis padres me habían separado de él por ser mal estudiante, entré a estudiar derecho porque yo sentía que era la forma más fácil de buscar la vida. Era un carrera que me podía abrir puertas, pensaba en lo económico. Allí conocí un taller de narrativa y ahí es cuando por primera vez me planteo la posibilidad de que yo pueda ser un escritor, de que yo pueda contar cosas. También fue una forma de preguntarme qué puedo contar yo: qué he hecho, qué he vivido y qué voy a hacer con mi vida. Ahí es donde nace mi vocación como escritor.

Comencé desde la ficción, mi primer libro se llama Matacabros (1996), el cuál es casi todo ficción porque me había dado cuenta que había vivido muy poco y que lo que yo cuento es más bien lo que me habría gustado vivir. Lo que yo copiaba de las películas, lo que copiaba de la letra de las canciones, lo que yo pensaba que significaba ser joven: ser libre y salir todas las noches.

Usted después comienza a trabajar como periodista en varios medios peruanos, ¿cómo llega al periodismo?

Cuando estaba estudiando derecho yo siempre pensaba que quería cambiarme a periodismo. Pero tengo una hermana mayor, que estudió comunicación audiovisual, y que no tenía trabajo. Y por esa experiencia mis padres no me dejaban cambiarme de carrera. Me dijeron que acabara derecho y que ahí sí viera qué hacer. Terminé y, después de unos años sin trabajo, comencé a contactar a periodistas que había conocido por mis libros, pero ninguno me contrataba. Hasta que un amigo dejó un trabajo en un canal de televisión y ahí entré como redactor. Para mí fue, sobre todo, el descubrimiento del making off, el cómo se hacen las noticias, cómo se imponen las versiones, cómo se echan cortinas de humo sobre unos temas y cómo se manipula a la gente. Cuando yo entré al canal yo estaba dispuesto a cambiar las cosas, pero un tiempo después mi jefe me dijo: “¿Te acuerdas? Tú hace unos meses querías cambiar y ahora eres parte del sistema”. Esto me lo criticaba toda la gente que me conocía, yo a veces intentaba cambiar cosas, y las metía, pero siempre pasaba que me decían que “esto no vende”. Me sorprendía mucho la ignorancia de los periodistas. Iban a entrevistar a políticos sin saber quiénes eran, ni qué hacían. Y esto era justo en la época después de la caída de Fujimori. En ese momento yo ya estaba pensando en irme del país, pero un exjefe me llamó para trabajar a una revista local como director del área de cultura. Me fui allá un par de meses, pero la revista cerró pronto.

Después de esto me fui a vivir a España. Allí lo que principalmente he hecho en términos periodísticos es escribir crónica y reseñas de libros que es lo que más se me da ahora.

Esta línea entre la ficción y la no ficción es una frontera que muchos escritores atraviesan constantemente. ¿Cómo es en su caso? ¿Cómo se ve en esta frontera?

No quiero perder el vínculo con el periodismo: ni con la escritura ni con la lectura. De hecho me pasa mucho que tengo etapas en las que decido leer solamente no ficción. Creo que hay una guerra constante entre ficción y no ficción y que esta última cada vez va ganando más terreno.

Ahora mismo puedo decir que, para hacer una defensa mía, siempre he sentido que los mejores trabajos suceden cuando un escritor de ficción pasa a la no ficción, que cuando un periodista trata de hacer novelas. No recuerdo muchas novelas de periodistas que me hayan sorprendido, puedo hablar de las de Juan Villoro o las de Martín Caparrós. Sin embargo, sí siento que hay varios escritores de ficción que en muchos de sus textos, incluso novelas, terminan escribiendo no ficción. Ese tránsito me parece que es más fácil en este sentido porque conocen las reglas del juego, porque las reglas de no ficción son más cerradas. En cambio si un periodista pasa a la ficción, creo que siempre pasa que está más atento a contar su verdad y se nota más rigidez: está más pendiente de las ideas que de la narración.

Hay un elemento que aparece desde Matacabros en su obra: lo autobiográfico. ¿Cómo entiende esto y cómo lo ha usado?

Yo creo que tiene que ver con que los dos primeros autores que yo leí fueron Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique. De este último leo muy joven, junto a mi madre, Un mundo para Julius. Ahí es cuando identifico la voz del narrador con la del autor. Yo veo que en este libro Julius se ve a sí mismo cuando era niño y está contando su propia historia. Y con Ribeyro me impactan mucho  sus historias de juventud y del colegio y veo que está contando sus propias experiencias. Quizá que si hubiera leído antes a Borges o a Kafka pues habría ido por otro lado. Siempre he identificado al narrador con el autor y en mi caso lo que empiezo a contar, en mis primeros libros, son mis primeras experiencias trasladadas a algo que puede contagiar a más gente.

Uno de los temas recurrentes en sus textos es la música. Como un filtro que es transversal a su obra desde Matacabros, pasando por Los Rolling Stones visitan al Perú y ahora en Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre. ¿Por qué el interés en este tema?

Las historias que me empecé a contar desde adolescente nacían de canciones. Yo creaba mis propias ficciones con base en la música que yo escuchaba. Para mí la música es una ficción, incluso cuando la canción no tenga una letra interesante la misma melodía ya me sumía en un estado en el cual yo creía que estaba creando un mundo aparte, que me estaba alejando de la realidad. Unos años después, cuando ya comienzo a escribir, me di cuenta que no puedo escribir en silencio. Siempre necesito algo que me ponga en tono. Hay gente que lee o que hace otras cosas. Yo necesito encontrar un ritmo, y con base en ese ritmo es que empiezo a narrar. Siempre me fijo en un par de canciones que me guíen, unas que tengan letras que conecten con lo que quiero contar.

Este año usted está lanzando la versión colombiana de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre (2018). Un libro autobiográfico que cuenta la historia de su mamá –a partir del ultimátum por el diagnóstico de cáncer–, la de su familia y la suya propia. ¿En qué momento supo que tenía  que escribir esta historia? ¿Cuál fue el clic?

Yo venía leyendo muchas historias sobre el duelo y sobre las relaciones entre padres e hijos. Y también tenía un problema: mi madre siempre me reclamaba que por qué ella no aparecía en mis libros y por qué mi padre sí aparecía. Yo siempre había sabido esto, que ella quería ser un personaje. Y yo siempre la leía a ella y veía que había conseguido en su vida casi todo lo que había querido. Pero cuando ella fallece me di cuenta que eso era falso: mi vieja hubiera querido entablar otro tipo de vínculos conmigo. Me doy cuenta de esto específicamente cuando leo la carta de despedida que ella nos deja y veo una especie de inventario de las relaciones madre-hijo con mis dos hermanos y conmigo. Allí es el clic. Tuve que llegar al punto en que ella ya no está para entenderlo y para, ahora, contarlo.

"Creo que he contado simplemente la verdad"

En este libro hay un elemento transversal que es la memoria: ¿cómo reconstruimos la historia de alguien, de una familia, de una ciudad? Yo siento que este libro es profundamente periodístico en términos de reconstruir un contexto que sea lo suficientemente verosímil para que entendamos quién era en realidad su madre. Cuénteme sobre el proceso de escritura del libro desde la idea de reconstruir la memoria de alguien.

Todo este contexto lo cuento para entender las decisiones de mi madre y entender el valor de los personajes. Porque todo esto sucede dentro de la democracia de Perú, la crisis más fuerte que ha tenido mi país. De 1988 a 1992 se vivió una crisis económica brutal en la que la gente se quedó sin trabajo, perdieron todo lo que habían tendido y casi desaparece la clase media.

La reconstrucción de esta historia parte de mi versión, la cual la he tenido que contrastar con la versión de mis hermanos. La versión de mi padre no la tengo, porque con él no hablo de estos temas, no es fácil hacerlo. Mi versión la contrasté también con la mejor amiga de mi madre y con algunas otras personas cercanas. Pero este contraste lo hice una vez estaba acabado el libro. Les preguntaba por escenas particulares , sobre cómo recordaban ellos algunos pasajes en los que yo estaba muy pequeño.

Pero hubo otras cosas no contrasté y que descubrí como nuevas después de publicarlo. Este puede ser el único dato erróneo del libro. Cuando hablo de mi abuelo, cuento que él tenía dos familias, pero después de lanzar el libro supe que tenía tres. Cuando estás contando la historia de personas los datos deben ser exactos. Los datos de mi madre están contrastados, además, con sus propias agendas de notas donde ella escribía toda su vida.  

Me interesa mucho que, en el libro, siempre muestra a su madre entre una dualidad que de alguna forma usted mismo no entiende y que por momentos lo hace dudar. Una madre a la que le gusta la misa, pero que cree y lee el tarot; una madre que es muy racional y metódica pero que cree en la homeopatía y la medicina alternativa. ¿Cómo fue la construcción de estos matices de su madre desde la escritura?

Mi vieja, cuando vio que se me comenzó a caer el pelo, me enviaba a madrid una loción crece-pelo. Ella era la representación perfecta de su generación, de una especie de católico de avanzada, de católico progre. Uno que sin golpearse el pecho cree en esa fuerza sobrenatural, pero que no necesita estar adorándolo. Es como que hay algo ahí que va a poner todo en orden, que va a ordenar los fallos del sistema. Como que si te ha ido mal, la próxima vez te va a ir bien porque hay que compensarlo. Uno que cree que si tú obras bien, eso te será retribuido. Para mí eso es un pensamiento esotérico, pero para la gente con fe está bien. Y yo veía a mi madre así, con esa dualidad. Ella se vanagloriaba de haber estudiado en un colegio público, pero nos envió a un privado religioso; fomentaba el diálogo en casa, pero le parecía bien que nos castigaran en el colegio… algo habríamos hecho mal. Todo el mundo tiene sus contradicciones y ella tenía estas.

Yo al escribir el libro tenía miedo de caer en el mito. Porque sobre ella se habían construido muchos mitos. Era una persona que se imponía a pesar de medir un metro y medio, que con una mirada o con su voz provocaba que todos nos quedáramos en silencio. Eso se lo pregunté a todos y coincidieron en que ella siempre fue así. Mi vieja tenía esa capacidad que tienen los líderes: no sabemos por qué, pero les hacemos caso. Te explicaba las cosas de una manera  que tú decías: “Vaya tiene razón, vamos a seguirla”. Ese era el mayor miedo que yo tenía, que no quería mitificar al personaje y creo que no lo he hecho. Creo que he contado simplemente la verdad.

Su madre tenía una frase que le repetía siempre y que aparece varias veces en el texto: “Nada está oculto bajo el sol”. Al final del libro usted hace un disclaimer sobre la transparencia: asegura que una puerta abierta a las interpretaciones del libro. Se lo menciono porque me interesa esta idea de la transparencia en la escritura, sobre cómo usted le muestra todo o casi todo al lector. Sobre cómo se presenta desde una escritura vulnerable, casi desnuda.

Eso tiene que ver con el hecho que yo me mudara a Madrid para empezar una nueva vida. Era un borrón y cuenta nueva, un lugar donde podía comenzar son los errores que había cometido antes. Pero cuando comienzo a escribir mis últimos libros, me doy cuenta que la única manera de enfrentar ese pasado era la pérdida de la vergüenza. Y como todo lo que yo escribo pasa por mi experiencia, pues acá tenía que desnudar al narrador y apostarle a pasar esta vergüenza. Esto suponía enfrentarme a la verdad en muchos casos. Es el relato de un hijo que  le confiesa a su madre y a su familia lo que cree que ha hecho mal o que se ha equivocado. Más que un arrepentimiento es asumir la culpa y saber que no está mal tener culpa. Hay que aprender a vivir con eso.

 

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