#SOSCultura | Duque lleva la cultura de naranja a rojo

El episodio con el jugo de naranja de Iván Duque volvió a poner su famosa economía de chiste. Actualizamos nuestro especial #SOSCultura para entender no solo los problemas que persisten y que parten de un extractivismo del sector, sino también las propuestas para buscar una salida razonable a la crisis cultural agudizada por esta pandemia.

Manuela Saldarriaga Hernández

16.02.2021

Cada semana hay un chiste nuevo. Rebobinemos. ⏪

Primero Iván Duque, no contento con la propuesta de “Las siete íes” para el turismo en Colombia (Información, Industrias, Instituciones, Infraestructura, Instrucción, Inspiración e Integración) comparó su programa de industrias creativas con los siete enanitos. De ese modo presentó su economía naranja en la sede de la Unesco, en París, al son del pobre argumento de que muchas cosas empiezan por siete, como las siete artes y las siete notas musicales.



Luego, durante la intervención en la 70 Asamblea General Ordinaria de la Asociación Colombiana de Agencias de Viajes y Turismo (Anato) en 2018 en Bogotá, dijo que esperaba ser el presidente “que pone al turismo como el gran motor de desarrollo del país”, y que “sea el nuevo petróleo de Colombia”. No lo decía en broma ni se refería solo a los destinos de ensueño. También a la cultura y su oro negro. 

Y siguió. Cada semana fue un disparate distinto. Propuso al cantante Carlos Vives lanzarse a la Alcaldía de Santa Marta y hasta llegó a destacar a Uber y Rappi como ejemplos de empresas naranja, sin advertir nada de su precarización laboral, y a sacar pecho en el extranjero para hablar de identidades culturales latinas y de números que no son suyos con J Balvin, Karol G o Maluma, que ocupan los mejores puestos en cualquier ranking de consumo musical. 

Y llegó al punto de explicar su gran política pública naranja con un jugo… de naranja.  

Para que el zumo rinda, entonces a mezclar con agua. La clave, al menos: que no quede insípido. Los chistes se fueron convirtiendo en mentiras. Distracción. Cada cosa daba menos risa. Su performance fue realmente insustancial comparado incluso con el Pibe Valderrama recomendando Frutiño. El problema es que todo lo que Duque convierte viral no es un bien o un mal menor, entonces deja de ser chistosa su indiferencia técnica, más cuando excluye a quienes afecta de tajo. 

No es un misterio que uno de los sectores más perjudicados en medio de esta pandemia es el cultural. Va a ser ya casi un año en que muchísimxs artistas no están en un escenario frente a miles de personas reunidas, en que las salas de cine no estrenan con un aforo completo, en que las casas culturales regionales así como las bibliotecas no están abiertas de par en par, y hay quienes siguen resistiendo a la incertidumbre y al desamparo frente a una anomalía que debilita y agrieta aún más un gremio que siempre aguantaba la respiración para no morir de ahogo. 

Por eso hicimos una actualización de nuestro especial #SOSCultura, que repasó el estado del arte entre líderes de opinión y con poder decisión dentro del sector cultura en el país en el año 2020. En esta oportunidad hablamos con Alejandra Gómez, agente de música nacional; Diana Bustamante, productora de cine; y con William López, exdirector del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia y que coordina la Alianza Colombiana de Museos y la Red de Lugares de Memoria. Ellos no sólo cuestionan cómo se está exprimiendo al país en gestión cultural, también se lanzan a proponer cómo hacerla menos ácida.

🍊 Exprimiendo al país 🍊

La noción de cultura de Duque es muy afín al pensamiento de extraer, uno de los principales problemas que ya existían en el sector cultural antes de que empezara a gobernar el actual Presidente, pero que ahora tiende a agudizarse con la pandemia. El cine o la música son un gran ejemplo. 

El Estado abre sus ventanillas para ofrecer el país como locación, servicios de producción, atraer directores e inversores que muchas veces llegan con un storytelling (casi siempre sobre narcotráfico) y obtienen una gran oferta y mano de obra del talento colombiano, pero casi tercerizado.

Así describe Diana Bustamente, quien es productora de cine y fue directora artística del Ficci durante seis años, la ley 1556 que en el papel “busca fomentar la actividad cinematográfica de Colombia, promoviendo el territorio nacional como elemento del patrimonio cultural para la filmación de audiovisuales y a través de estos, la actividad turística y la promoción de la imagen del país, así como el desarrollo de nuestra industria”. 

“Fui muy crítica de esa ley porque básicamente está diseñada desde una lógica de economía extractivista: vengan, saquen mi petróleo, empobrecen la región y ahí me dan una ganancia… pero lo que está generando es un desmadre”.

Para ella, la ley estuvo diseñada con una mirada de maquila que promueve, casi que únicamente, la generación de empleo. “Pero no estamos siendo un centro de producción de conocimiento o de innovación, sino un sitio en donde la gente viene y repite un proceso. Ese es el espíritu de esa ley”. 

Admite que la ley trajo recursos (ella misma pudo hacer una película no colombiana con esa plata) y dejó otros por contratación, pero su crítica va más allá de las eventuales regalías que puede generar. “El incremento de la producción que provino de afuera sí logró que aquí en Colombia se cualificara más personal técnico, pero a nivel de creación, que es donde realmente está la posibilidad de generar ingresos importantes y cambios en una nación, no lo hemos visto suceder”. 

Cita ejemplos en México y Argentina para argumentar que sus grandes producciones se desprendieron de saber impulsar ideas a través, también, de políticas de Estado que agilizan la creación con otros indicadores y que “no sólo están pegados del extractivismo cultural”.

Pero esa no es la única manera de cavar una fosa. La ‘naranja musical’ de Duque que promueve ejemplos como el de J Balvin, Maluma, Yatra, Karol G ignora que esa es la Industria Miami, según Alejandra Gómez, Directora de Biche, la agencia de proyectos musicales desde donde lleva el management de Frente Cumbiero y el booking de Mario Galeano, Dani Boom, El Leopardo y Romperayo y que tiene una larga historia de conocer y trabajar con el talento colombiano. 

“Eso es Miami porque normalmente están allá produciendo, con gringos, pero no sé si generan empleo suficiente en Colombia”, dice. 

La promoción de estos artistas desde el Gobierno (entre los que se incluyen también otros como Fonseca o Santiago Cruz) más los efectos de la pandemia ha obligado a varios en el sector, como ella, a pensar en agremiarse o sindicalizarse para proteger a artistas más vulnerables o con trabajos inestables y a buscar otros sistemas que proyecten amparos financieros y garantías laborales en estos momentos de crisis.

De hecho el problema, y según la cineasta Bustamante, es que “los dirigentes en nuestro sector siguen siendo muy godos” y eso les ha impedido buscar caminos de financiación distintos a los clásicos. Cita el caso del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico que siempre ha estado corto de recursos pero que, aún en pandemia, insiste en defender la política del sector desde los números de generación de empleo que, según ella, le encantan a los tecnócratas, pero no intenta “morder” otras fuentes de financiación relacionadas con el cine como la pantalla de televisión. Ahí, insiste Bustamante, hay recursos importantes como demostró el caso de Argentina. Algo similar ocurre en la dirección de cinematografía y el Ministerio de Cultura en sí, que ahora tiene la dirección audiovisual y multimedial (“una mamada que nadie entiende”, en sus palabras).

Los actores tampoco lo han logrado. El gremio ha exigido que operadores de TV (Claro, Movistar, Directv y Tigo Une) les pague por repetición en telenovelas y se les remunere el derecho por comunicación pública en Colombia, es decir, que reciban lo correspondiente a propiedad intelectual, pero hasta ahora no ha sido posible, como ha dicho Juan Sebastián Aragón.   

“La explosión de producción en Brasil vino porque su Estado se pellizcó y se obligó a que los cableoperadores con un interés comercial enorme, tuviesen que tener un porcentaje muy alto de producto realizado en Brasil y que además aportaran a los fondos del cine Brasilero, entonces pasó de ser un fondo grande a ser un fondo enorme con unas producciones increíbles”, dice Bustamante. Pero advierte que fue por la audacia en sus políticas y porque supieron tocar capitales. “Aquí en Colombia les da miedo meterse con los privados, porque son los jardineros de los Santodomingo y punto. No van a tener las guevas para salir a enfrentar y tener las grandes tajadas. Y este es un problema global”. 

Sobre cómo hacer que las plataformas paguen impuestos no se quiere hablar en el país por parte del Gobierno, principalmente, porque el sector en cambio busca que por lo que realmente saquen, haya la dinámica de ida y vuelta, y aún los avances son cortos. 

🍊 Recogiendo gajos 🍊

En otros sectores como el del arte, el patrimonio y los museos, se baja por otro deprimido. William López, coordinador académico de la Maestría de Museología y Gestión del Patrimonio de la Universidad Nacional, asegura que la cultura no sólo se expone al extractivismo sino a la cooptación por parte de un sector de la política sobre la memoria y la construcción de la misma desde las artes. 

“Es imposible no leer esto como una gran fiesta o restauración conservadora, en la que se pretende controlar los contenidos de las instituciones para alterar el curso de la memoria”, dice López. “Un sector de la burocracia pretende controlar el agenciamiento público e institucional de la memoria, y del arte, y otro a través del Ministerio siempre está pensando desde una economía extractivista de las instituciones culturales, y así no hay manera de que haya un espacio para fortalecer la autonomía crítica del pensamiento”. 

Asegura además que en ciudades como Bogotá se está viviendo una masacre laboral en los museos y Maloka es un ejemplo. Y critica que, tras la salida de Daniel Castro de la dirección del Museo Nacional, se agravó el programa de fortalecimiento de la política nacional de museos porque quedó en manos de la Dirección de Economía Naranja y no de Patrimonio dentro del Ministerio de Cultura.

“Hay una falta de comprensión absoluta del papel que desempeñan los museos dentro de las comunidades. Los museos cultivamos naranjas, cuidamos los naranjales, pero no exprimimos naranjas y, en ese sentido, hay una completa desconexión del papel cultural que juega el arte en un país que no ha superado la guerra”.

Por otro lado, está el siempre preocupante cierre de establecimientos y la falta de garantías de subsistencia a todo nivel. En el caso de la música, que pasó a consumirse a través de medios digitales donde no todos tienen acceso, Alejandra Gómez agrega que el gremio terminó compitiendo entre los que sí tienen: “en un mar de internet, peleándonos la atención no solo con las otras bandas, sino con la vida cotidiana, la doméstica, el artículo… empezamos a competir por la atención y el tiempo de todo el mundo”, dice. Por eso, considera fundamental fortalecer las capacidades de los artistas en formación de público, en gestión de prensa, en generar estrategias de divulgación, en cómo encontrar otro tipo de ingresos, al menos por ahora.

Le preocupa que a diferencia de sectores como el cine y el teatro, la música no tiene espacios físicos regulados. Los bares y conciertos “se entienden sólo como sitios de expendio de licor y no como parte del circuito cultural e identitario, entonces no los regula ninguna política pública cultural sino que caen dentro de los códigos de policía, lo cual es gravísimo”, advierte Gómez. 

Entre otras cosas, cree que esto abre una brecha moral sobre qué música puede pertenecer a un teatro, cuál es la que pertenece a un bar, cuál es cultura y cuál ocio, “y se pone hasta filosófica la vaina cuando es un tema de política pública. Eso hace que cualquier evento de promoción o dinamismo del sector no quepa y queda dentro de cualquier restricción. Es como si estuviera criminalizado el encuentro. Es segregar inmediatamente y quedamos en un punto ciego”. 

Ante este escenario, dice Bustamante que la política del Estado debería estar enfocada, justamente, en incentivar y no en empujar a que la gente sea micro empresaria. 

“Eso es fatal de esa mirada de la economía naranja. El Gobierno se ha quedado corto en absolutamente todas las medidas que tienen que ver con generar ayudas para el sector cultura. Tiene una deuda con revisar qué está pasando con los sistemas de vinculación laboral y con la fragilidad del mismo sector, porque es un 98 % de informalidad y todos parecen estar tranquilos con eso”.

🍊 Saboreando el zumo 🍊 

Ante el panorama, los tres piden un cambio de visión. 

William López, por ejemplo, considera fundamental las alianzas público privadas con el sector educativo para apoyar a los museos que, en sus palabras, “son un gran reservorio de recursos pedagógicos” y pone como ejemplo a los grupos de líderes del Museo Nacional, del Museo de Arte Moderno de Bogotá y Medellín, o como los activadores del Parque Explora gente que, para él, está muy preparada en la producción y apropiación social del conocimiento. “Ahí hay una asociatividad que podría recibir ayudas económicas directas para precisamente agenciar el arte”. 

Para el largo plazo, López propone la creación de una ley de museos y memoria en el país con un catálogo generoso sobre construcción de paz en el territorio, sobre lo que ya han trabajado y que hasta ahora no ha sido posible ver en la lógica práctica porque, como dice él, este Gobierno está tan ideologizado que no piensa en la paz como una necesidad nacional ni otorga autonomía. “Sobre esa misma es la que se atenta y el Gobierno no debería promover que seamos obedientes con una noción patriotera de la historia, ni fundacional, los museos necesitan autonomía plena para enunciar no solo sobre conflicto armado, memoria, sino sobre las expresiones humanas”.  

Bustamante, por su parte, critica el discurso de este gobierno centrado en el emprendedurismo de la cultura. “Sale el Ministro a dar un diagnóstico, muy crítico, diciendo en su infinita ignorancia que el sector cultura carece de ambiciones, de mirar hacia lo alto. Y ese es el discurso de todos los paisas: salga adelante, hágale pues, pa’rriba. Y qué pena, pero la cultura no es para eso, la cultura no es exclusivamente para producir”. 

Por supuesto que el sector genera unos ingresos importantes en la nación, pero la cultura ni el arte tienen como finalidad en la construcción de sociedad ser medidas por los indicadores regularmente usados para la economía, dice la cineasta. “Claro que un verdadero equilibrio de la economía entiende que hay trabajos sociales que también redundan en el desarrollo de una nación o de una sociedad, pero no solamente en términos de ingresos. Entonces, mirar la cultura como una cuestión de utilidades económicas habla del subdesarrollo en el que profundamente estamos sumidos”. 

Las estrategias de los gobiernos francés y alemán son justamente duplicar o cuadruplicar sus inversiones en el arte y en la cultura a través de subvenciones. “No diciéndole a la gente –advierte Bustamante–: vaya y consíganse unos inversionistas y le doy un beneficio tributario”. Este escenario, para ella, está inventado hace mucho tiempo y a veces funciona y a veces no, pero parte de entender que no todo el arte es comercializable ni tiene por qué serlo. “Bajo esa sombrilla de la economía naranja, básicamente estamos matando cualquier posibilidad de una expresión que sea autónoma que no esté buscando la monetización”. 

Alejandra Gómez prefiere buscar soluciones más locales y ajustadas a la realidad colombiana. Para ella ayudaría muchísimo empezar a pensar de manera rotunda en la cultura como un bien necesario y sostener un diálogo entre lo público y lo privado. 

“Lo público también es para todos, si bien estamos golpeados porque no se reanudan nuestras actividades, al menos presenciales, sé que la publicidad se ha recortado un montón y no sé qué tan bien les esté yendo a los que venden zapatos o café, como para apoyarnos solo a nosotros. Pero el de cultura no puede ser más el Ministerio de chiste con los que pasan y no al filtro de estímulos, sino que tiene que ser un eje central en el desarrollo social del país”. 

Es claro que ha faltado ambición y creatividad para buscar soluciones reales a uno de los sectores que más ha sido golpeado por la pandemia. Y, como dice Bustamante, en ese camino es fundamental cambiar el enfoque, así implique tocar las sensibilidades de los grandes capitales nacionales. 

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