Del género y el amor

Mi defensa es a poder reapropiarnos de ciertas características, pero no para convertirnos en quienes las han usado para oprimirnos, sino para transformarlas en fuerza liberadora

No es NoЯmal

13.06.2020

Esta entrada al blog de No es Normal hace parte de nuestra convocatoria “Reflexiones de cuarentena”*

Por: Degenerada

 

Este ensayo tiene como propósito explorar filosófica y personalmente la manera en la que lo que viví fue una experiencia que me permite expandir mi entendimiento de las relaciones de género que yo misma habito y que se van configurando y desenvolviendo históricamente. Leyendo a Sanín, leyendo sobre masculinidad, sobre amor, a Catulo, a Proust y pasando horas y horas pensando y hablando, me he dado cuenta de la manera en la que habité y sigo habitando mi primera experiencia de enamoramiento. Todas mis pequeñas relaciones y micro-amores han tenido un denominador común: yo, que sin duda las ha estructurado y trazado similitudes entre ellas. Pero esta vez, dado que fue el amor más largo y creativo que he tenido, me dejó explorar más que cualquier otro las profundidades de mi relación con mi género y con el género de un hombre hetero. 

Lo conocí en un momento de crisis identitaria (siempre estoy en crisis identitaria). Estaba viendo dos materias de feminismos, estaba metida de lleno en el movimiento feminista, en el trabajo de las colectivas y en el marco teórico feminista. Por esa época justo, empecé a leer feminismo radical. Para ser más precisa, textos acerca de la heterosexualidad obligatoria desde el feminismo lésbico. Dichos textos y la clase de feminismos en la que estaba proponían que la heterosexualidad es una institución política que está intrínsecamente ligada al patriarcado y que, por lo tanto, sirve para oprimir a las mujeres en el ámbito privado (el lema con el que se puede identificar el feminismo radical es “lo personal es político”). De dichas premisas se sigue, entonces, que un acto de protesta que pueden hacer las feministas es renunciar a la heterosexualidad. O, mejor dicho, escoger el lesbianismo como opción política. Tras leer esto quedé con muchas dudas acerca de mi sexualidad. Nunca he estado completamente convencida de ser heterosexual pues, aunque muchos hombres me han atraído, siempre he sentido más que todo una atracción intelectual que mucho se parece a la de una amistad (por mucho tiempo pensé que era asexual). Luego, entré al feminismo y la idea de la igualdad de género me llevó a cuestionarme mucho mi heterosexualidad: Si consideraba que hombres y mujeres eran iguales, ¿por qué me atraerían los hombres? Pero nunca había llegado a un punto más alto de cuestionamiento que cuando leí radfem. La descripción de la sexualidad hetero de esta corriente resonaba mucho con cosas que había sentido en las relaciones heterosexuales, como el deseo de dominación y de superioridad de los hombres o incluso la atracción de las mujeres, yo incluida, hacia prácticas de sumisión y control. Estaba leyendo también mucho acerca de violencia sexual y constantemente me llegaban historias de casos de violencia que torturaban mi cabeza y me hacían sentir indignada. Ponerme en los zapatos de las víctimas, o sólo imaginármelo, me hacía sentir asco, tristeza, pasaba los fines de semana destruida y triste, con ese sentimiento de impotencia, pequeñez e incapacidad. Se podría decir que no tenía por qué sentir eso pues no era yo quién había vivido la violencia, pero había en mi cabeza un flujo continuo de ideas que me hacía ver las pequeñas violencias en todas partes y me permitía entender que eran parte de un entramado mucho más grande. Además, justo por esa época, violaron a una persona muy cercana a mí y no pude hacer nada al respecto; me carcomía la impotencia y la rabia. Todo esto se sumaba a una gama de recuerdos de pequeñas experiencias que yo, como cualquier otra mujer, había vivido, y solo podía pensar en ponerle fin a esa violencia como fuera posible, incluso dejando la heterosexualidad. 

Mis relaciones con los hombres a mi alrededor se empezaron a complicar. Empecé a notar en muchos el deseo de dominación, las prácticas machistas, me empecé a dar cuenta de que en muchas de esas relaciones había desigualdades y violencias que me aplastaban y muchas veces me hacían sentir terrible. Tenía la sensibilidad hiperactivada, y, por ende, cualquier intento de los hombres a mi alrededor por imponerse sobre mí, sobretodo intelectualmente, me sabía a mierda. Me empecé a conectar aún más con mis amigas (aunque siempre he estado muy conectada con ellas) y empecé a sentirme mucho más segura con ellas. Me alejé de muchos de los hombres cercanos pues la rabia era más fuerte que yo y en ese momento no podía lidiar con ciertas actitudes. También me empezaron a atraer mucho más las mujeres y me empecé a visualizar en relaciones sexuales y afectivas con mujeres como nunca antes: sentía que eso me daba una libertad y seguridad que no había nunca encontrado en relaciones heterosexuales, permeadas por la violencia.

Sin embargo, en ese entonces, me gustaban dos amigos de la carrera. Intenté parchar con ambos, pero no sabía si ellos estaban interesados en mí ni si yo quería ser su amiga o algo más. En cierto punto, me di cuenta de que uno de ellos me gustaba mucho más que el otro pero, dado el momento por el que estaba pasando, los había convencido a ambos de que me había convertido en una desertora política de la heterosexualidad. Ambos empezaron a salir con otras viejas y yo no supe cómo sentirme. Me gustaban, pero a la vez no quería estar con hombres en ese momento… Quedé ligeramente entusada con saber que ya era muy tarde, que ya estaban con otras personas, pero igual no me veía realmente con un hombre en ese momento, menos aún porque me había vuelto más competitiva que nunca y terminaba en peleas de las que salía destruida. 

En ese punto, entusada y sin ganas de conocer hombres, feminista hasta las tripas, se me apareció un personaje que retaba absolutamente todo lo que creía. Cuando lo conocí me atrajo mucho porque era un hombre intelectual y sin miedo a discutir con una cantidad de conocimientos y un pensamiento al que yo quería acceder. Pero la primera vez que hablé con él mencionó que había hecho su tesis sobre la violación. Casi me da un infarto. ¿Cómo se atreve un hombre a hablar de esto? ¿La está romantizando? ¿Qué clase de gustos tan patológicos tiene? La segunda vez que hablé con él hablamos de uno de mis autores preferidos y llegué a una iluminación conceptual altamente placentera pero, acto seguido, me habló del acoso (tema en contra del cual yo trabajo) diciendo que no siempre era acoso y que prohibirlo impediría el amor. Me dieron tanta rabia sus afirmaciones que justificaban el sistema y la violencia que lo empecé a odiar. Luego vino el paro. Empecé a hablar mucho con él de diversos temas, incluida la protesta y la violencia dentro de ella, y me empecé a dar cuenta de que amaba hablar con él, tenía muchas cosas interesantes que decir, pero parecía un completo macho. Su actitud masculina y dominante, además del hecho que era mayor que yo, me intimidaban hasta el punto de genuinamente tenerle miedo. Era una persona agresiva en sus afirmaciones, con la cual yo discutía como me gusta, subiendo el tono y viéndome obligada a defender mis argumentos en contra de posiciones completamente opuestas a las mías que me obligaban a cuestionar todo lo que pienso y a hacer todo tipo de jugadas argumentativas. Además, siempre he tenido una cierta fascinación por algunas prácticas supuestamente masculinas, de las que me he sentido excluida. Siempre he disfrutado un cierto tipo de competencia que no consiste en imponerse sobre el otro sino en jugar y luchar de par a par para mejorarse a sí mismo y aprender en la confrontación. Me gusta cierto tipo de pelea física en la que el objetivo no es vencer sino generar un cierto vínculo ritual con la persona con la que se pelea. Me gustan mucho la racionalidad, la universalización y otros ejercicios mentales que por muchas teorías han sido tildados como inherentemente masculinos, opresivos y coloniales. 

El objetivo de este escrito no es en lo más mínimo hacer una apología a la violencia machista que como dije al principio conozco muy bien y me genera asco, odio, repulsión, rabia y ganas de erradicarla totalmente. Tampoco es justificar mi heterosexualidad y negar su obligatoriedad y mucho menos es hacer una distinción binaria de lo que significa masculino/femenino ni justificar prácticas masculinas que están interconectadas con la opresión patriarcal, la cual, evidentemente, como feminista, quiero destruir, y seguiré luchando por erradicar hasta que no me dé más la vida. El objetivo, tal vez, sea explorar desde otras perspectivas algunas de estas cosas, hacer una introspección y, sobretodo, darme la posibilidad de dejar de odiarme por sentirlas. He leído y pensado mucho sobre la culpa y el feminismo y, si bien la culpa puede ser un sentimiento que mueva a mejorar y que haga visible la incoherencia de ciertos actos, cuando la culpa acaba y carcome, es una herramienta más del patriarcado para acabar con la potencia de las mujeres. La culpa, como la tristeza y otros sentimientos “negativos”, es un sentimiento que se califica como una pasión, en el sentido de que lo padecemos, de manera pasiva, y acaba con nuestra energía creativa, destructiva y transformativa. La euforia, el amor y la rabia, por ejemplo, son sentimientos que hacen lo contrario y, aunque el feminismo me ha enseñado a sentir todo lo que no podía sentir por mi absorción de ideales masculinos de racionalidad, estoicismo y “fuerza”, sentir cosas que me mueven y no dejarme aplastar por sentimientos que me paralizan sigue siendo uno de mis objetivos emocionales. En otras palabras, está bien para mí sentir culpa, pero no dejarme carcomer por ella cual monja sino más bien usarla para criticar, transformar, destruir y repensar. Con esto dicho, pasaré a explicar entonces la manera en la que mi relación con este tipo me obligó a habitar otros mundos conceptuales que, si bien en algún momento se contradijeron con mis ideas feministas, hoy en día las potencian desde nuevos lugares y nuevas energías que ven el género de manera diferente.

Siempre me he sentido excluida de la masculinidad, entendida esta como un lugar. Y ¿Por qué querría acceder? Me preguntarían… He hallado dos razones para esto. La primera y más evidente es porque mi género me excluye de ella. “Nací mujer” y por ende debo comportarme como tal. Y dado que el género es binario, esto significa que “no debo comportarme como hombre”. No debo sentarme con las piernas abiertas, no debo hablar duro, mucho menos decir groserías, tomar trago o ser agresiva, pues, como diría mi papá “eso no es de señoritas, pareces un hombre”. Sin embargo, hay una nueva razón por la que la masculinidad se ha vuelto territorio prohibido: la deconstrucción. Como feminista que soy, han llegado a mí, de una u otra manera, teorías e ideas acerca de la masculinidad. Se habla de la necesidad de de-construirla, de repensarla, de pensar en nuevas masculinidades. Porque la manera en la que se ha construido el género es con un binario dominante-sumisa y lo masculino ha quedado con el papel privilegio en un binarismo jerárquico. Para muchas autoras, no se pueden pensar los binarismos en los que vivimos sin pensar en las jerarquías a las que se asocian: norte-sur, masculino-femenino, blanco-negro; no son binarismos neutros, son binarismos jerárquicos en los que cuando A es el opuesto de B entonces se tiene que A > B. Pero creo firmemente que tenemos la capacidad de distinguir lo distinto de lo jerárquico. Que el rojo sea distinto al azul no implica que alguno sea mejor que el otro. También creo firmemente que lo asociado a lo masculino y a lo femenino son un set de características secundarias (o propiedas secundarias como dirían los filósofos) y no se trata de propiedades intrínsecas, biológicas o esenciales. 

Pero bueno, no me quedaré en divagaciones lógicas y analíticas del género porque el punto es aterrizarlo a mi experiencia personal. El punto es que lo que se asocia con lo masculino y lo femenino son conjuntos de propiedades.

El problema es que los elementos de los conjuntos han sido atribuidos de forma arbitraria a uno u otro grupo (hombres y mujeres) y se les ha asociado con valores éticos y políticos que han dejado al grupo de los hombres y sus propiedades como lo bueno y lo femenino como lo malo.

Además, se han dejado las propiedades asociadas con el poder para los hombres. Y ahora, con razón, se está cuestionando todo esto. Por eso, se ha propuesto repensar el género y de-construir la masculinidad para construir “nuevas masculinidades” no hegemónicas, no opresivas, no violentas. Porque, si se tienen hombres opresores y violentos, se tendrán mujeres oprimidas y pasivas. Si bien entiendo esto perfectamente, también creo que muchas de las características asociadas con lo masculino no son necesariamente intrínsecamente opresivas. La violencia, por ejemplo, así como se puede usar para oprimir (el monopolio de la violencia por el estado es un claro caso), también se puede usar para emancipar (violencia del movimiento social). Así, el problema tal vez no sea la violencia como característica, sino la manera en cómo se usa. Todo esto me lleva a decir que hay un problema en asociar todo lo que es masculino con algo malo o algo opresivo. Volvemos a binarismos, a esencialismos, a muchas cosas con las que hemos querido pelear. Y, si bien sé que ese no siempre es el caso, yo como mujer he sentido que la segunda razón para no poner pies en lo masculino es que, bajo algunas interpretaciones del feminismo, lo masculino es sinónimo de macho (lo masculino es opresivo). Por ende, querer adoptar caracteres “masculinas” es querer convertirme en el opresor, querer reproducir las lógicas contra las que lucho, etc. Conozco el peligro de masculinizarme para entrar al mundo masculino en un contexto patriarcal. Pero a la vez estoy cansada de reprimir ciertas fuerzas porque o “no son femeninas” o “no son feministas” (¿tiene que ser el feminismo femenino?). 

Mi propuesta, o mi respuesta, ha sido entonces la idea de desmonopolizar. Así como la protesta social le quita el monopolio de la violencia al estado, yo como mujer le quisiera quitar a los hombres el monopolio de lo masculino. Así, de paso, les quito el monopolio del poder. Pero como con la protesta, eliminar ese monopolio no tiene por qué implicar hacer uno nuevo. Quitar poder no tiene que implicar ejercer poder sobre otros. Usar la violencia contra la violencia no es lo mismo que usar la violencia para oprimir. Es por eso que tantas feministas reclaman su derecho a la rabia. Que tantos movimientos sociales legitiman el uso de la violencia. Que las feministas negras gritaron alguna vez que ser mujer para ellas no había sido ser débiles y frágiles sino fuertes y con rabia. Y es por eso que yo reclamo que puedo ser fuerte, que puedo ser masculina, que puedo ser marimacha, que me puede gustar lo racional, la analítica, la lógica. Porque, por un lado, eso no me hace ser menos mujer, en tanto que para mí ser mujer es un lugar en el mundo, no un conjunto de propiedades, y, por otro lado, eso no tiene por qué hacerme una mala feminista. Está el dilema de que con las herramientas del amo no se puede destruir la opresión. Pero a la vez está la idea de que expropiar al rico de su riqueza y repartirla más equitativamente es una herramienta revolucionaria. Me paro frente a estos dilemas con profunda incertidumbre y no digo que mi respuesta sea definitiva. Sin embargo, me atrevo a proponer, como lo dije más arriba, la posibilidad de retomar propiedades “masculinas” para mi día a día feminista. Con el compromiso de estar en constante cuestionamiento y observación para que no se conviertan en elementos de opresión. Pero ya no aguanto este lugar en el que tengo que asumir unas ciertas características pues es lo que me toca por como nací. Si las asumo, que sea porque es lo correcto dada mi ética. Y mi ética es feminista. Y lo que hace la ética feminista es cambiar los valores, que es exactamente lo que estoy intentando hacer. No soy una mujer “brava”, soy una mujer con rabia. No soy una mujer “loca”, soy una mujer emputada, no soy una mujer agresiva, soy una mujer violenta en cuanto hago parte de un movimiento de resistencia. No soy fuerte para pelear, soy fuerte para luchar…

En fin. Divagué, como suelo hacerlo, y me desconecté del cuento principal: la conexión que tiene todo este pensamiento con mi relación. Para terminar este ensayo, ataré cabos y les contaré por qué pensé todo esto mientras estuve enamorada de un hombre, “masculino” y heterosexual. Este personaje, si bien tiene actitudes de macho (como todos los hombres, no lo siento si ofendo), me llevó a reconectarme con mi lado masculino. Más que estar atraída por su masculinidad cual mitad complementaria a mi femenidad, me vi atraída por ella en tanto que reavivaba en mí fuerzas olvidadas. Reconecté con mi yo infantil, quien no sabía (o no quería saber) que era mujer y que por ello debía comportarse como tal. Esa yo jugaba con los juguetes que quería, armaba legos, jugaba carritos, y también jugaba polis. Porque, ¿por qué no? Pero ante nada, vivía encantada con las historias de aventuras, los relatos de caballeros, excursionistas y piratas. Por las historias de guerra, por los relatos heróicos. Amaba ser fuerte, más fuerte que sus compañeros, empujar, pelear… Pero nunca lo hacía porque quisiera destruir, dominar, oprimir. Lo hacía porque quería jugar. Saliendo con este man, volví a sentir esa fascinación. Me transportó a relatos históricos, a cuentos de guerra, al mundo de la imaginación, de la literatura, de las narraciones medievales de amor y de dragones. Como buena ñoña que siempre he sido, escuché estas historias fascinada, al tiempo que imaginaba las mías. Reconecté con mi amor por las matemáticas, los juegos del pensamiento y de la lógica. Y recordé que son eso, juegos. Que se han convertido en guerras, colonizaciones y opresiones. Que han dejado vencedores y perdedores, que han acabado con poblaciones. Pero que en un principio son juegos. Juegos que podemos aprender a jugar sin matarnos, sin violarnos… Podemos empujarnos, luchar, pelear, sin que el propósito sea acabar con el otr@. ¿Qué tiene de malo pelear para debatir? ¿Por qué no luchar para liberarnos? ¿Por qué no confrontarnos para amarnos? ¿Por qué todo tiene que ser “color de rosa”, lleno de caritas felices? Es sobre todo por la lógica capitalista, por el consumo de la idea de felicidad que nos mantiene productivos, y de pacificación, que sólo ha servido para conquistar el mundo entero e imponer la paz europea, dejando miles de conflictos. 

Entendí mucho de esto en el diario convivir con una persona defensora de la masculinidad, que cree que el amor es una lucha y que piensa que la fuerza es el mayor valor. Estoy en desacuerdo con muchas de sus creencias y estoy convencida de que muchas veces las usa para justificar su manera de habitar y entender la masculinidad que puede ser esencialista. Pero también entiendo sus reclamos (tal vez me convenció por que estaba sesgada), ante todo porque son reclamos míos.

Lo que pasa es que, como feminista, mi defensa no es a la masculinidad, mucho menos a la masculinidad hegemónica. Mi defensa es a poder reapropiarnos de ciertas características, pero no para convertirnos en quienes las han usado para oprimirnos, sino para transformarlas en fuerza liberadora

para nosotras mismas si habitar en esas características nos da cierta comodidad en un mundo machista, pero también para todas, como herramienta para desmonopolizar la violencia. 

*Nota de No es NoRmal: 

Abrimos este espacio para escucharnos. Hace unas semanas, lanzamos una convocatoria de libre participación, temática y formato en redes sociales que tiene como propósito crear un espacio seguro y diverso en el que podamos compartir las reflexiones y los sentimientos que ha suscitado la pandemia y el confinamiento en el que nos encontramos. 

Como colectiva feminista, reconocemos que son tiempos difíciles que han hecho visibles tipos de desigualdad, violencia y opresión que estaban presentes desde antes. Consideramos, por tanto, indispensable preguntarnos por nuestra labor comunitaria y por las formas de cuidado y acompañamiento que vienen con esta. Leer y ver los pensamientos y procesos de creación de otrxs nos puede recordar que no estamos solxs. Así, este espacio se plantea como una posibilidad tejer redes mediante la escucha y el cuidado colectivo. 

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