Cultura Peñalosa: “Ahí tienen su hijueputa Cinemateca pintada”

Un lote en en centro de Bogotá se ha vuelto el escenario de uno de los escándalos de la cultura en Bogotá: la nueva Cinemateca Distrital.

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Lucas Ospina

22.05.2016

Mientras la Secretaría de Cultura Recreación y Deporte de la Administración de la Alcaldía Peñalosa envía un mensaje por redes en que anuncia una “Cifra histórica de inversión en Cultura y Deporte para Bogotá”, la misma administración recrea una jugada deportiva y saca de taquito la ejecución de la Nueva Cinemateca Distrital de Bogotá. Lo de esta Secretaría parece ser, en efecto, lo de la “recreación”, pero no tanto para “recrear” en el sentido de darle gozo a una audiencia —en este caso, la que padece de una creciente cinefilia—, sino para ponerse creativos y “recrear” un peliculón de austeridad presupuestal que no corresponde a la grandilocuencia de las cifras con que la administración proyecta el tráiler de su acto histórico.

Mientras el Presidente Santos dice en Cartagena, en un encuentro de Ministros de Cultura de Iberoamérica, que “fomentar la cultura es construir la paz”, en Bogotá la Alcaldía Peñalosa le hace la guerrita al proyecto, no lo articula en el nuevo Plan de Desarrollo y desconoce la labor del pasado Director de la Cinemateca, Julián David Correa, donde el funcionario y su equipo aseguraron los recursos de un nuevo edificio con bodegas climatizadas para la filmoteca, una amplia mediateca, una galería, cinco espacios para los programas de formación y laboratorios de creación, y cuatro salas de cine con todos los sistemas de proyección, entre otros servicios.

La Alcaldía peca de adánica y solo está haciendo el ridículo al “destruir sobre lo construido” en algunos asuntos de cultura. A la administración Peñalosa parece ganarle el ánimo de echarle cemento a iniciativas que han florecido en un pasado remoto o cercano, sean Festivales de Música, sede para la Filarmónica, Centros Locales de Arte para la Niñez y la Juventud o Jornadas Educativas 40×40.

La construcción de la Nueva Cinemateca Distrital de Bogotá se tiene que hacer por dos motivos: uno, porque el dinero para la construcción (22.387.660. 628 millones de pesos) ya fue adjudicado en un proceso –en apariencia— “público y legítimo” al consorcio Cine Cultura Bogotá conformado por Inversiones y Construcciones Andes S en C, Royal Suministros SAS y Donado Arce y Compañía. A este dinero se suma otro fondo de 9 mil millones de pesos, cargado al presupuesto de este año para legalizar el traspaso del lote propiedad de la ERU, Empresa de Renovación Urbana, al IDARTES (un trámite interno pues ambas entidades están adscritas a la Alcaldía). Y dos, porque la iniciativa para hacer un centro cultural en esta zona es el origen mismo de la disponibilidad del terreno, un espacio que fue expropiado a varias decenas de ciudadanos con el fin de iniciar un proceso de “renovación urbana” donde el principal beneficiario debía ser la ciudadanía misma.

El lote para la Cinemateca tiene una historia maldita y tortuosa, es una manzana envenenada. Todo el predio fue expropiado por la misma Alcaldía de Bogotá, hace varios años, bajo la disculpa de que iba a ser destinado a un bien de interés cultural. El proceso de expropiación se caracterizó por condiciones injustas y arbitrarias con la mayoría de sus antiguos habitantes. Katia González, la persona nombrada por Samuel Moreno como directora de la ERU —la entidad que ejecutó la acción—, al terminar su periodo en diciembre de 2011 dijo con orgullo: “A Renovación Urbana la voy a dejar con recursos”.

En la entrevista en El Tiempo, cuando le preguntaban a González por el proyecto de construcción de los dos lotes de la Manzana 5, ella decía: “Es el más avanzado. El segundo lote, donde se podrán construir unas 300 viviendas, se adjudicó a un inversionista-constructor y le va a representar al Distrito un retorno de su inversión en un 155 por ciento”. Y luego, cuando le preguntaban si el Centro Cultural España, proyectado para construirse ahí, se iba o no a hacer, González decía: “La Embajada de España me informó que hay aprobados 2’500.000 euros para la obra. No hemos dicho públicamente nada, porque se tuvo que modificar el convenio para que un tercero lo pudiera ejecutar, ya que nosotros no somos constructores. Se escogió a la fundación Escuela Taller de Bogotá, que es una entidad seria”.

La fundación escogida es seria, sí, pero serios no fueron ni los españoles ni la Alcaldía, cuando unos dijeron tener la plata, los otros no tenían lo de la licencia, y cuando unos tuvieron la licencia, los otros dijeron no tener la plata. En España ya se habían esfumado los recursos en la crisis económica que golpeó a ese país que llevaba años haciendo aspavientos de un blindaje a prueba de todo. ¿A dónde se fue el retorno de la inversión en un “155 por ciento” que con tanto orgullo mencionaba González? ¿por qué esos recursos ahora son tan esquivos para sumarse a la construcción de una nueva y bien equipada Cinemateca Distrital?

En El precio de la Renovación Urbana, un trabajo de reportería sobre el caso de la expropiación, Lina Castellanos cuenta cómo los peces grandes de las especulación devoraron a varias docenas de propietarios para generarle al Estado ese “155 por ciento” de utilidad del que tanto se ufanó González como funcionaria pública. Saul Suárez, un hombre mayor de 70 años, que vivía en la zona en un lote propio con su mujer Amelia, además de señalar el acoso de los funcionarios de la ERU, la Policía y todas las batallas pérdidas y la indiferencia de los entes de control, contaba sobre el negociado a que fueron sometidos: “Es absurdo que la Lonja de Propiedad Raíz de Bogotá haya hecho un avalúo de doscientos o trescientos mil pesos por metro cuadrado. El otro día me fui a preguntar por un proyecto que están vendiendo, el proyecto BD Bacatá. Llegué a la sala de ventas, en la calle 19 # 5-20 y un apartamento de 125.32 metros cuadrados cuesta 733’591.950 millones de pesos, más o menos cinco o seis millones de pesos el metro cuadrado. A nosotros nos ofrecieron 200.000 pesos por metro cuadrado”.

Cuando el Alcalde Samuel Moreno fue destituido y apresado, y bajo la administración de Clara López como funcionaria a cargo, un grupo de funcionarios españoles hizo el viaje a la Indias para el simulacro de que el Centro Cultural España iba finalmente a ser construido. Se trataba de una nueva pantomima, otra deportiva recreación para evitar la acción legal con la que muchos de los expropiados intentaban recobrar sus predios invocando el artículo 70 de la Ley 388 de 1977: “La entidad que haya adquirido el bien en virtud de la expropiación por vía administrativa, adquiere la obligación de utilizarlo para los fines de utilidad pública o interés social que hayan sido invocados, en un término máximo de tres años”.

La Alcaldía, bajo nuevos artilugios, dilaciones y triquiñuelas, ganó todos los pleitos, y cuando en el 2011 el gobierno de España asumió su quiebra, quedó claro que el comodín de la cultura se había jugado solo para embellecer el naipe, que lo de la “renovación urbana” más el “Centro Cultural España” fue solo una jugada mercantil para favorecer los indicadores de gestión de los altos funcionarios de la ERU, González incluida, que actuaron en concordancia con los intereses de los tahúres del truco inmobiliario a los que les fue adjudicado más del 65% de la manzana a un precio tan bajo que permite hacer crecer la inversión en varios múltiplos con cualquier desarrollo urbanístico. La composición accionaria de varias de las empresas que desarrollan proyectos urbanísticos en el centro de Bogotá cuenta con la participación de varios grupos de empresarios españoles.

Hoy, sobre la manzana envenenada, se erige un monumento a la gentrificación, un proyecto de la Constructora QBO y la promotora Convivienda que, bajo el nombre City U, construye un alto complejo de edificios tan desangelado como el nombre con que han bautizado esta maqueta 1:1 de arquitortura bogotana. Son tres torres de marco gris, de ventanas tan estrechas, herméticas y estiradas como la sensibilidad, astucia y arribismo de sus urbanizadores. Tres trabajos de pastelería y pastillaje urbanístico con un hediondo degradé en tonos verde y azul, una coloratura cínica en chambonas placas estriadas de cemento con la que QBO y Convivienda pretenden camuflar la mediocridad de su diseño y compensar la vista de los cerros de Guadalupe y Monserrate que las densas moles de City U ahora ocultan.

En Agosto de 2014, sobre la carrera tercera con calle 19, la Cinemateca Distrital instaló carpas provisionales para celebrar la próxima construcción de su nueva sede. La velada tuvo un tinte cinematográfico: mientras en pantalla gigante se proyectaban secuencias de películas colombianas, entre los asistentes deambulaba un elenco de actores con atuendos peliculeros, entre ellos, un Bolívar autócrata para Bolívar soy yo, un falso embajador hindú para El Embajador de la India y una mujer que ofrecía flores e inhalaba pegante para La vendedora de rosas. Faltó, sin embargo, dado el contexto de la locación, una película que destacó por su ausencia: La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, y como extras para evocarla habría bastado con invitar a los antiguos residentes de ese lote para que representaran el mismo destino sufrido por los personajes de esa tragicomedia: ser desahuciados.

En La estrategia del caracol un grupo de inquilinos va a ser desalojado de una gran casa marchita porque su propietario quiere hacer pasar el inmueble por un bien de interés cultural para crear una burbuja inmobiliaria, los residentes saben que la lucha está perdida pero recurren a todo tipo de maromas para dilatar el proceso. Al final, cuando los autoridades del Estado llegan al predio para dar la última estocada se encuentran con un cascarón endeble que se derrumba y deja ver el vacío: los habitantes se han llevado la casa a cuestas y solo han dejado un mural con el croquis de la fachada y un mensaje digno de despedida: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”.

Uno de los antiguos habitantes de esta zona escribió una distopia cuando vio que, de la noche a la mañana, su inmueble perdió el estatus de conservación arquitectónica y le llegó la orden perentoria de abandonar su hogar: “He sido expulsado de mi casa junto con los libros de la nutrida biblioteca que, libro a libro, levanté a lo largo de la vida. Alguien debería consignar ese hecho, como un punto más del programa Bogotá capital mundial del libro. Espero que en el futuro el horror sea patrimonio de la ficción y no de la realidad”. Las palabras son del escritor Jairo Aníbal Niño, un artista desahuciado por la promesa de esa “cultura” que no le dio tiempo de idear su estrategia de caracol, pues dos años después de escribirlas, murió, en agosto de 2010.

La Universidad de los Andes tomará en alquiler por 10 años una de las torres de City U con capacidad de 600 camas para albergar ahí a estudiantes, profesores y funcionarios. Tal vez en uno de esos habitáculos, un estudiante, profesor y funcionario, que no pueda conciliar el sueño por una sensación ominosa —producida tal vez por el fantasma del pasado delictivo y las maniobras leguleyas de los funcionarios estatales y las empresas constructoras que asesinaron jurídicamente a los antiguos propietarios para hacerse al lote—, se digne en su vigilia culposa a leer alguna de las obras de Jairo Anibal Niño. El lector insomne podría comenzar con algo de literatura infantil, como Zoro, donde un niño de la selva se enfrenta a un tigre de cristal, gigantes de piel de vidrio y águilas de hielo, o podría pasar a una obra de teatro documental llamada Los inquilinos de la ira que, basada en hechos reales, muestra cómo un grupo de campesinos —en su lucha por la tierra y por el techo— son asesinados por la fuerza pública.

O tal vez, para continuar con el ejercicio de “Recreación y Deporte”, con esta puesta en escena, en el futuro algún doctorando quiera salir de City U a estirar las piernas, luego de trabajar arduamente en una tesis sobre los funcionario públicos que impostan tener un doctorado (los “doctores” Petro, Peñalosa, Hinestrosa y compañía), y se meta a una función de cine en la recién inaugurada Cinemateca donde una película cuente la historia de la construcción de la Cinemateca misma (o tal vez la tesis sea sobre el retorno social de la inversión en cine y como una película colombiana nominada al Oscar le trae más beneficios de imagen en el exterior al país que toda una campaña de “Colombia es pasión”). O tal vez nada de esto suceda, no tengamos un “happy ending”, solo una puesta en abismo, un lote vacío a la espera de una partida presupuestal que nunca llegará, un cerco donde pasta la inoperancia y un cerramiento metálico descuidado con un grafiti anacrónico en clave cinematográfica: “Ahí tienen su hijueputa Cinemateca pintada”.

Posdata: “Qué si, que no, en mi casa mando yo”, parece decir la Alcaldía Peñalosa que hace unos días decía que no había recursos para la Nueva Cinemateca Distrital y ahora, luego de la presión del sector audiovisual —en movilizaciones callejeras en el Concejo de Bogotá, redes sociales, cartas enviadas a medios de comunicación, proyecciones de cine y apoyo de directores de cine— dice que “sí” pero… En una nueva comunicación vía Facebook el grupo “Bogotá defiende su nueva cinemateca” hace varias aclaraciones sobre las imprecisiones dichas por los funcionarios de la Alcaldía de Bogotá en una rueda de prensa, cuestiona a esa adminstración por la pérdida de unos recursos que ya parecen estar asignados al proyecto y se pregunta “¿Cuál es el interés de vincular a los negocios privados en el proyecto?”. Esta película continuará…

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